Buscando a Daniela (me encuentro) en Lágrimas de Newton
Ahí está Daniela Bojórquez y yo meditando en la presentación del libro de cuentos que agrupa a los talleristas de Alberto Chimal. Hay algo de frío, una cerveza en la mano y miro a Daniela, ahí, como siempre que la he visto, tomando la palabra, saludando a los que pasan a su alrededor. Soy yo buscando a Daniela, reconociéndola en las voces de los personajes que describe en esta su primera obra, como si cargara con ellos todo el día (y es que puede suceder que uno lleve a todos lados a sus personajes), soy el lector que intenta adentrarse en la soledad (y qué es el rompimiento sino abandonarse a uno mismo), —te he hablado de ella— le había dicho en un cuarto de dos por dos, tocando el techo con las puntas de los pies, y ella (mi ella de aquel entonces) desnudita como debió estarlo siempre, va pasando su lengua en mi barbilla, estiro el libro de cuentos y le hablo: “Por la noche vuelven las pesadillas y Mena no tiene a quién abrazar”, salto un poco: “...la manera es lo de menos, y Mena, el día después de mañana mirando a mamá muerta...” (en Monito maniquí), me han gustado sus cuentos, le había dicho pero quizá no me escuchara, planeábamos ya la separación. Y supe de la soledad, leer la soledad, leer a solas, al amanecer, en los camiones, devorarse, fue cuando comencé a buscar a Daniela, y me dí cuenta que yo habitaba estas historias. Habitaba mi pasión, mi sentimiento tirado al aire, voladores de odio, aletazos de abandonos, todos nos decimos adiós sin consecuencias (¿todos?), los seres humanos predecibles y patéticos: y creía que aún no era humano: tear down the wall, gritan a mi oído.
Acá estoy, mi aquella me ha invitado a la presentación del libro de los talleristas de Alberto Chimal, en esta institución de letrilleros me hallo inexacto, robando el tiempo a mi propia vida, y en el avión, y en el hotel, y en las noches de chelas y hierba y siempre las voces, todos dejando sudor en mi conciencia, y Daniela, Daniela Bojórquez entre los dedos, hoja a hoja página y blancura, el desdoblamiento del artista, fotógrafa, escritora, egresada del diplomado de
Estoy sentado como una linda mujercita, escuchando a la amiga que viene a contemplar mi tristeza, a ser compañera como siempre en los rompimientos, y una cometa se eleva en el parque de enfrente, y acá está la lluvia, siempre presente, cuántas veces he reconocido el rostro en esos nubarrones, buscando al autor me siento Mirta sentada frente a la narradora, esa voz que le va contando sobre los amores que se diluyen, que permiten sentirme una tonta-imbécil, una tierna mujercita como siempre he querido serlo; y mi aquella de ese entonces sería mi propio Gutierre.
“Olvida a Gutierre. Tienes ojos profundos y pocos años. Gutierre mañana o a más tardar dentro de tres semanas, se irá con otra (la idea de él en otro lugar, con alguna otra mujer en este momento, posa un velo como bruma del campo sobre los ojos de Mirta —y me reconozco Mirta—, que me miran con cariño a veces, extrañeza casi siempre y enojo en este instante).”, (en Perder el hilo).
Cierro el libro de Bojórquez, avanzo las páginas: “Habían dejado de verse, ocupada una en la venta de collares y el otro en un viaje a las islas del sur.” (en Mece el mar), no puede ser, carajo, sigo dentro, sigo desdoblado inmerso en la soledad, girando, girando sobre mi propia sombra que se descompone.
Mi propia ella que se ha desvanecido, ella es mi machito, ella mi cabra, ella mi rémora sanguínea. ¿Cómo se siente el esqueleto del abandonado? “Le parece que si él llega, no necesitarán de otras palabras, con que llegue es suficiente...” (en No demasiado).
Y nada nos detiene al alejarnos, se rompe el punto del no-retorno, como en la fornicación, si no se da el apretón de la calma, entonces todo se dispara hacia la salida, la salida de tu vida, y la mía, y la nuestra y nos quedamos cadavéricos y reptilíneos, óseos; es poco lo que nos condiciona, acá estamos lúgubres tras el abandono. Y habitamos la tierra, esta tierra que es la verdadera, la fantástica tierra de las fantasías, la isla misteriosa, la villa de Oz, la canción del inmigrante, el dorado, acá en nuestro territorio completamente nuestro, el mundo feliz, un mundo feliz, habitando la literatura, belwayé (para ser regionalistas), la matrix, cualquier zona-paraíso-lugar: comala, macondo, santa maría, cualquier otro, nuestros terrenos, nuestras ficciones, y Daniela Bojórquez perdida corriendo en esos sitios, de sitio a sitio hay estaciones, años, décadas, movimientos literarios, becas, traiciones, rompimientos, sueños, guerrillas, unos mueren, se dictan sentencias, caen los ahorcados y perdonen ustedes siempre no había armas atómicas, pero el tipo era malo eso que ni qué, se le ahorcó en cadena nacional porque era lo mejor para los niños, y siempre las vitaminas que nos levantan, las encuestas que nos apuntan sus molares de máquinas y raciocinios, pero ella camina, yo camino, ellos caminaron, todos sobre la literatura, y es que nadie nos arruina la zona que construimos, ni sus lagrimitas, ni sus llamaradas, acá estamos construyendo, construyéndonos, y nos vamos todos por la misma ruta, sigue el camino amarillo, o la línea de fuego, o quizá debas seguir pedaleando letra por letra para construirte y basta: ella no construye sobre eso, ya viene implícito en su genética, desde el kinder o en la primaria pudo ver los volantes en las casetas telefónicas, o mirar por las ventanillas del metro, pero la formación televisiva, de cineastas, fotográfica, nos trae al punto de chocar, colisionar, como intelectos, transformándonos, ella en sus narraciones, yo como sus personajes, y doliendo doliendo como en Duela duele: “Vivir ahí sería perfecto, el problema es la inseguridad, más para alguien como ella, que está sola, una mujer joven y sola”.
Siempre la soledad y la lluvia, el asfalto, los edificios, el metro no puede faltar, y el hacinamiento, y que me dices de la inseguridad, todo recurrente, y la forma tiene que ser armada para ignorar el fondo, o para crear el mismo fondo, el mundo construido de Daniela Bojórquez es diferente en la percepción hacia lo que puede suceder con el verdadero Distrito, (el defectuoso que ni qué —qué de qué, bueno, pos pa luego...) y la autora nos mira de reojo y lee con nosotros, se lee con nosotros, nos lee al interpretarla, y yo sentado(a) (ah, las dualidades tan incomprendidas por los homofóbicos) , soy Mirta (en Perder el hilo):
“—¿Qué decías?— pregunta.” (pregunto pal caso).
“—Decía que para ti Gutierre ya no existe—. (Que ya no exista, Mirta, y esto lo pienso mientras mi amiga regresa a la conversación, a su capuchino, a su presencia en estas mesas de la terraza).”
Lo piensa la narradora(o), Daniela —quizá— la maldita que le ha dado baje con el novio, amiga, si chucha y sus calzonzotes.
Todo se nos nubla de nuevo, las intenciones, los rostros que van recorriéndose uno a otro, y nos queda la cometa, detenida en el cielo, brillando, en contraste con el firmamento.
Todo se nubla, todo, todo, se va descascarando y me encuentro, me he encontrado buscando a Daniela. Voy hacia el espejo, y ahí estoy con el estómago crecido de las caguamas, con el pelo enredado, los mismos jeans sucios, y dentro de la pupila, la sonrisa destartalada de Daniela Bojórquez, atrás han quedado los sinsabores del rompimiento, los horizontes son plenos y anaranjados, amanece, seguiremos la ruta de las lecturas, hoy alguien me ha salvado. He leído y se que existo.

Lágrimas de Newton por Daniela Bojórquez publicado por Ficticia y

OJOS DE DESTERRADO dijo
Cuando encontré algo que hablaba de la señorita Bojorquez no pude evitar sentir una lucecita en el corazón, y esperaba encontrar otra cosa, una de estas cosas que acostumbro encontrar: becaria de no se qué, diplomado de no se dónde, asombrosa conversadora... un cúmulo de información sobre la persona que paradojicamente resulta impersonal. Yo no conocí jamás a Daniela Bojorquez, yo no logré atraparla y mejor dicho no lo intenté porque sabía desde antes que no le pertenecía a nadie ni nunca le pertenecería a nadie. A pesar de que logro verlo todo desde lejos ahora, no puedo conciliar la idea de compartir su desnudez contigo, debo confesar que encuentro una belleza extraña en tus palabras, pero me resultan muy desconcertantes, no puedo soportar escucharte hablar de ella que fue tan secretamente mía, tan aparte de su mundo literario, me perteneció a mí sin parsimonia, a mí un simple mortal sin instrucción, tan vulgar, tan corriente que te parecería casi increible que me haya pertenecido a mí, como me pertenece la madera, la tierra. Sentí rabia porque lo que hiciste no fue hablar de tu encuentro contigo mismo a través de ella, eso son sólo patrañas, publicidad barata, lo que tu hiciste cabrón, fue clavarle la bandera de tu país y reclamarla para tu imperio de ideas y vanidades, fue apropiartela, capturarla en una postal, derrumbarla.
25 Febrero 2008 | 11:29 PM