Mis grandes borracheras o perdemos el piso de la conciencia
Siempre hay un momento para llenarse de lugares comunes. Soy un lugar común en todos los sentidos. Ese otro yo que soy cuando ando briago, ese otro que se sale de sí mismo y corre hacia la locura. Y es que me voy perdiendo en la niebla, ese abismo que me recorre y se lleva mis neuronas. Hoy me duele el estómago. El viaje en el pesero me ha mareado; al bajar tuve que esquivarme los zapatos por el vómito. Porque vomito de mi propia idiosincracia y no me reconozco. Soy alcohólico de acuerdo. Un cerdo impostor de raciocinios, y mis frases fueron: Yo puedo hacerte escritor, muy a lo Pacheco (jejeje), como para que nadie me cuestione mi propia idiotez desenfrenada. Y ahora me río de mi propia bruma, de haberme representado en tanta falsedad. Tienen razón, soy patético, y ha llegado Víctor Hugo para demostrarme que sólo soy escoria. En un principio podría arrepentirme de mis actos, podía atacarme el sentimiento de haberla regado, el sentimiendo de decir: no lo vuelvo a hacer, esa cruda moral en que nos reconocemos, ya no puedo disculparme por mis actos. Alguna vez sufrí cuando estuve en la cárcel, por haber chocado, por haberme peleado a golpes con unos policías, por haber atropellado a un anciano, pero de eso al sexo oral y la violencia no hay distancia. Menos sobre esa persecución y el acoso en que uno se desgaja.
Todo lo que uno puede revolverse, todos los seres que uno mismo se descubre. He perdido la conciencia, he borrado esos actos cuando camino en automático, y agradezco a los que me han hecho llegar a casa, tantas veces, los que cerraron la regadera para que no me ahogara, los que me tiraron a la puerta del hogar, tocaron el timbre y arrancaron a correr, los que se apiadaron de no reconocerme tirado en la calle.
¿Qué dirá tu hijo?, dicen los inquisidores. Mi hijo paloma, mi hijo garza, mi hijo picotazo y brillantina, mi hijo patineta y árbol de raíces gruesas. Mi hijo dirá: vamos a casa padre, y cargará con mi espinazo.
Esa lástima que muestro en cada acto. Esa lástima que pervive en mi razón cuando me paso con los trafos. Soy alcohólico, soy alcohólico, soy alcohólico (me golpeo el pecho en la misa embriagadora): un día despertaré con un cadáver a un lado, o con un miembro entumecido dentro de la boca (jajaja) que se aprovechen de mi cuando ando tirado por las calles, o que vengan dulces muñequitas, saurios y dragones a levantarme de las patas y arrastrarme a mi covacha.
He perdido y soy inofensiva criatura del demonio. Soy tu hijo diablo, no me levantes más, húndeme las garras, que siempre hay esperanza para perderse un poco más.
