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Perversiones de Hombre Ave

Se dejará sentir la oscuridad de esta mente: Adán Echeverría en la distancia de sí mismo.

30 Enero 2008

Maquillaje ... Adán Echeverría

Silvia se concentra en la abertura de sus poros. El agua ha hidratado su piel, y el jabón le ayudó a retirar el exceso de grasa que le daba brillantez. Se siente opaca, traslúcida. Mira su reflejo e intenta reconocer el rostro descolorido, ya sin luz ni ánimo para ir más allá, seguir esta carrera que le ha arrebatado los años. Al atardecer se deshará de las imágenes de sí misma, ahora prefiere concentrarse en esa piel sin brillo, lisa y humectada. Ser ella una vez más, real y sin engaños, como en el nacimiento, volver a sentir aquello que alguna vez pudo ser inocencia, en el principio de la vida, aunque sea los últimos instantes que le quedan.

Sabe que llegarán, vendrán por ella, que su Gustavo no podrá defenderla. No podrá interponer el cuerpo ante esa bala que, igual lo sabe, viene marcada para ella, para Silvia y sus historias, para Silvia y esos rostros que ha sido alguna vez, bajo las pelucas y el maquillaje, en algún país, en alguna frontera, en el engaño que le brindaba la oportunidad de saberse viva, que sin embargo siempre le hizo añorar algo, eso que ahora confirma al verse al espejo sin pintura, con las células de la dermis limpias, ser ella de nuevo.

Gustavo tuvo su propia bala, muy justa y certera, inolvidable, y se desmoronó como una montaña hasta los pies de Silvia. Los borbotones de sangre no dejaban de salirle del cuello.

Ella miró los ojos de su amante oscurecerse. Crecer el disco de sus pupilas, su terror ante la muerte que movía su manto por encima de las cabezas. Quiso reconocerse en esos ojos, en ese rostro bello que no tuvo tiempo para llorar, que no tuvo oportunidad de arropar con besos de despedida, no pudo, el disfraz que llevaba se lo ha impedido, siente que el rencor la golpea al no decir adiós con su propia personalidad.

Tuvo que huir porque él se lo exigió. Y aunque no puede estar segura de su muerte, no sabe con certeza cual fue el desenlace, corrió por la ciudad con las luces mercuriales marcándole el paso. Él tirado en el pavimento durante la carrera. Silvia quiere convencerse que Gustavo no murió esa tarde, mientras los minutos de ausencia llegan plenos a morderle el alma.

No paró de correr hasta esta mañana que ha decidido no huir más, y esperar que toquen a la puerta, ver de nuevo a Gustavo aparecer con su sonrisa, los ademanes de macho conocedor del mundo que tantas veces la orillaron a trasnochar el deseo; o quizá lleguen aquellos que le arrebataron la felicidad, y esa vida que arriesgaron para vivir juntos.

Mira sus dedos recorrer los recovecos de su anatomía. Centímetro y centímetro de historias, pieles y violencias disipadas ahora por el agujero del drenaje, junto con el agua que le ha arrancado los últimos sudores y esa sangre de las manos, el aroma, ese rostro descompuesto del amante y su última mirada, no fue tristeza ni miedo, era una mezcla de sentimientos que significaban sueños rotos: Que nunca te alcancen, has que valga la pena.

Sentada en el banquillo del tocador, la memoria de Silvia empieza a jugar su última partida. Ahí está de nuevo el rostro de su padre, el tufo que le rodeaba cada noche, mientras ella, desde su colchón, daba la espalda a los bultos que se retorcían con furia, al otro lado del cuarto sucio y mal iluminado. Se le quedaron grabados los gritos de su madre, mientras ocultaba el rostro bajo las almohadas.

Ahí esta de pie recargada en un poste, a la espera de clientes, mirando el avanzar lento de ojos que calculan su carne, miradas que soban sus pechos diminutos. Pasan los automóviles en cámara lenta. Así pasan los recuerdos y los aromas de la calle que se filtran hasta Silvia. En esa esquina se observa fatigada, con la furia en cada chupada a los cigarrillos. Apenas unos meses que ha dejado atrás a la pandilla de la infancia.

Y las balas zumban en sus oídos, entran los ruidos de la ciudad hasta su habitación oscura. El sol es sólo una silueta detrás de las nubes que comienzan a juntarse. Silvia enciende la luz y mira la blancura del cuarto. Las paredes, el piso y el techo como un augurio impuesto en el cuidado de su carne tras el baño. Por lo menos esta última vez, ya sin Gustavo, ha querido reconocerse como es para que él la mire tierna, como siempre quiso.

Con los ruidos se filtra el viento, el sonido monótono de los insectos del agua atravesando el umbral de la ventana para volar cerca de los oídos, esas balas que zumbaban mientras escapaban por las calles, ella de la mano de Gustavo, colgados de la adrenalina, compartiendo los demonios que retumban de miedo en el interior del pecho.

- Ya no podremos dejarnos- se dijo mientras reposaba el rostro en el pecho de Gustavo, ahí en la oscuridad de aquel callejón que habían habilitado para pasar las noches, retirados de la tribu, construyendo su intimidad.

La tribu la formaban con esos mocosos delincuentes con quienes todo, desde que abandonó la casa familiar, era un ritual y un juego, planear ser partícipes de las emociones fuertes, jugar a sentirse vivos. No había oportunidad de perder, fallar era inapropiado. Sólo la muerte indicaba el fracaso. Y en ese arriesgarlo todo se les iban los días de la supervivencia. Conocía las reglas, no había que rajarse ahora.

Con el rostro pintado de negro asaltar a los ancianos y a las mujeres que solitarias pasean por las calles, al salir de las oficinas, rumbo a casa. Y estos mocosos que no tienen hogar más que el pavimento. Ella y ellos desamparados bajo las luces mercuriales, sobre las bancas de los jardines públicos. En el uso continuo del pasamontañas. Deformaciones faciales que genera el uso de la pantimedia para no ser identificados con facilidad, asaltando tienditas de videojuegos, escuelas, dulcerías.

Luego la correccional y el rostro manchado de sangre. Silvia reconoce cada cicatriz sobre su cuerpo mientras va pasando los dedos.

Eran sus hermanos desde que huyó de casa. Mamá había muerto, a qué quedarse. ¿A ser la sirvienta del gordo ebrio? Su pestilencia rozando las mejillas. Era mejor la calle.

Pero esos chiquillos que la acompañaban se han ido, en un maremoto se los ha tragado el mar de la indiferencia. Silvia seguía fiel a su esquina. Ahora sus compinches vuelven cargados de furia. Ella no quiere huir más. Sentada frente al espejo contempla sus manos, los poros abiertos.

Se hizo invisible corriendo entre carros que no abandonan el asfalto ni dentro de las pesadillas. Solos contra el mundo, que se ha lavado las manos cerrando ojos y oídos. Guardando el alma y la caridad para la fotografía del periódico.

Dentro de la alcantarilla eran otra tribu de malvivintes para la ciudad atiborrada de historias. Ahí descubrió a Gustavo con sus ideas de salir a la luz, robar no solo por droga (eso era lo natural, lo cotidiano), robar para irse del mundo, construir su propia vida, servir de mulas, de burritos, darse a notar. Demostrar y mostrar que no puede haber dudas, que no puede haber remordimiento, y así, mostrándose en las calles, ya sólo eran dos, Silvia y Gustavo para ser correspondidos por los narcos y ayudar al imperio sirviendo en las calles, junto a las escuelas, en las discos, salir de las ciudades, distribuirla, esconderla, curarla, entregarla a quien la necesite. Imperio de violencia contenida, donde la voz de la metralla y el coraje de arriesgarlo todo son lo único que importa.

Se mira en silencio con las manos en el tocador, sentada, su rostro reflejado por última vez, quiere sentirse real, no seguir huyendo de ella misma. Las manos de Gustavo le acarician el cuello, ella se deja tocar por ese fantasma, por la sensación de niebla que le va subiendo las pantorrillas.

Se levanta sacudiendo la memoria y camina hacia la ventana del apartamento, deja entrar la tímida luz que el día nublado enseña y el aire fresco que casi no recuerda, siempre ha sido la polución sobre su piel.

Es una mujer más en una ventana. De las de este edificio, de los otros edificios. Eran los edificios oscuros ante sus gestos de niña, ¿cuántas mujeres en una ventana? ¿cuántos rostros huyendo de sí mismos? Gustavo huyendo de los judiciales. Ella y él huyendo de sus antiguos hermanos de la alcantarilla que por lana, ahora quieren acabar con ellos.

Han puesto precio a su cabeza. Ya no son parte de la tribu. Dejaron de serlo al construir su propia intimidad, trazaron una línea fronteriza, una división imperdonable, y es que de la invisibilidad no puede uno salvarse. Tienes que seguir siéndolo hasta la muerte. Esa celosa entidad te perseguirá con su traje de codicia, envidia tatuada en las mentes que no te dejarán descansar.

Y Gustavo y Silvia no tenían descanso, detrás de la admiración estaba el enojo de no soportar su relación, su figura dual, dualidad en la que eran irreconocibles como seres individuales, no individuos independientes, crecimiento mutuo, lejano ya de las alcantarillas. Por eso le dolió tanto dejarlo abandonado en el pavimento, una parte de Silvia quedó ahí varada, una parte de Gustavo se mira en el espejo.

Todo por no entregar la última ganancia. Por querer seguir solos, creer que lo pueden todo y lo podían todo: huir hasta las nubes, encumbrarse.

Se mira ahora inundada de otros nombres, cercada por rostros que son ella misma, los carnets, los pasaportes, tantas personas que ha sido; ya no sabe si Gustavo es Pedro Escobar, si ella no pudo haber sido la ejecutiva Mónica Suárez que atravesó tantas fronteras, tantas aduanas en busca del descanso, de apartar el miedo.

Pero Gustavo ya no está, al menos no en este apartamento, queda su sangre en esta ciudad donde al fin ella detuvo la carrera. Se quedó tirado en la calle mirando el cuerpo de Silvia hacerse pequeñito mientras se alejaba. ¿Habrá grabado esa imagen? ¿Tendrá memoria la muerte?

Sólo es ella esperando, esperando que por fin lleguen. Esperar nunca ha sido tan fácil como ahora. Que llegue la hora y el avión abra sus compuertas, los asesinos bajen a tierra, recorran las calles como, con seguridad, se las han indicado.

Subirán por las escaleras hasta hallarla sentada en el departamento, con los trozos del espejo regados por el piso. Primero pensó en apuntar la pistola sobre la puerta y llevarse al primero que entrara, luego decidió esperar que entren y pegarse un balazo con el cañón dentro de la boca, ahora ha tirado las balas por la ventana. Quiere estar desnuda con la cara limpia de frente a sus asesinos. Dejarse morir sin poner resistencia. Quizá así pueda alcanzar a su Gustavo, o mejor aún, quizá Gustavo entre malherido y le llene el cuerpo desnudo con su sangre y el latido de sus labios.

Saca las credenciales y las expone en abanico sobre el colchón de la cama, las va escorando de acuerdo con los momentos vividos, quiere negar que sucedió aquello que le hizo tener temor por primera ocasión, quizá la única, encarar el rostro de la violencia que fue capaz de brindar, que supo y reconoce es capaz de ejercer: la niña muerta que le recordó su vida, los sirvientes de la mansión donde los había instalado los narcos; pero aquellos infelices sirvientes desaparecieron como los extras de las películas, sin que a nadie les importara su vida, había que huir sin dejar testigos, escapar con una identidad nueva sin dejar lastres, escapar con el botín cobrado.

Gustavo no tuvo piedad, ni ella que lo siguió sin mirar atrás, por el miedo de esos ojos que perdían los colores, que abandonaban los brillos hundiéndose en la muerte, esos segundos que aún la persiguen en las pesadillas, como luego sucedió con los ojos de Gustavo oscureciéndose mientras el rostro de ella iba desdibujándose sobre las pupilas del amante. Mientras Silvia se hacía diminuta al emprender la carrera y abandonar al amante moribundo.

Espera y mira su piel, las heridas en las muñecas. Le duele la nariz, le pica el recuerdo de la pimienta y el agua mineral que en la correccional le metieron para educarla. Estaba desnuda colgada de las manos. Todos los oficiales comiendo de su carne con la vista, con los dedos, con la lengua, era una mercancía para ser usada, una vulgar rapazuela que debía ser arrancada de la sociedad.

Y los mismos asesinos que ahora espera sentada junto al espejo, fueron quienes pagaron su libertad. Había que ser fieles, pero ella sólo podía serle fiel a Gustavo, por eso lo siguió, por la esperanza de la niñez de encontrar un nuevo mundo y esconder para siempre su vida. Construir una familia verdadera, la que nunca tuvo.

Los autos pasaban por su esquina, aquella esquina que Gustavo le escogió para llamar clientes. Los esperaba, entraba a los carros, y en vez de ofrecer su carne, ofrecía las pastillas, las bolsitas de coca, y escapaba limpia de las redadas. Gustavo siempre sabía como escabullirse, por eso se fijaron en ellos, por eso el cartel decidió que fueran parte del imperio, les pusieron casa, les dieron nueva vida, pero no dejaban de ser esclavos, y a Gustavo como a ella no les gustaba obedecer.

Ya no hay nadie. No queda nada por qué luchar, no más ideales que seguir. Sólo es ella esperando en la blancura de una habitación rentada.

Se ha nublado afuera, adentro de ella ya estaba nublado desde su llegada. El aire ha comenzado a enfriarse, los pezones crecen, y ¿dónde esta la lengua de Gustavo? Sus dedos que hieren como vidrio.

Está su padre, de quien huyó para no ser la mujer que a él le hacía falta al perder a la esposa. ¿Y por qué se fue su madre? No pudo entender en ese entonces la muerte. Y luego, con el cuerpo moribundo de Gustavo entre sus manos, mirando su imagen desaparecer en las pupilas, sigue sin entenderla. ¿Podrá entender la propia?

Una bala le destrozó el rostro a su amante. Su Gustavo, su Pedro Escobar, su luz, ese refugio cálido.

Está sola, con su imagen verdadera en el espejo.

En su escondite, madriguera de recuerdos, covacha infame que no protege la memoria, donde no ha podido aislar los recuerdos, no pensar en la infancia, ni en la huida, estar preparada, concentrarse en la entrada del proyectil hirviendo que horadará su cuerpo limpio de historias. No pensar en Gustavo, olvidar su ardiente cuerpo y quedarse callada, libre de lágrimas, sin miedo, esperando perder al fin su rostro, esos gestos que nada significan.

No se reconoce sin pintura, ha sido tantas cosas en su vida, ha vestido máscaras hasta el hartazgo. Por eso quiere admirar sus facciones sin maquillaje, es un último descanso antes de encontrar el otro mundo, ese otro estado físico que Gustavo le contaba dentro de la oscuridad de las alcantarillas, en el callejón que juntos escogieron, ese mundo nuevo en el que sólo viven las cosas que uno quiere que existan. Donde cimentaron esperanzas. Allá la esperará su madre, su propio Gustavo, su propio ser ella para siempre, libre de pasados y reminiscencias.

Deshace la maleta, tira al suelo la ropa. Muchos rostros la contemplan, ha roto el espejo. Ahí esta ella de niña corriendo por las calles mientras cae la lluvia, huyendo de la policía. En la esquina de los clientes, en el callejón, bajo el peso de su padre, es Mónica de nuevo, es un rostro desencajado por las lágrimas. Es la niña muerta, alguna sirvienta que quedó tirada en la mansión, es ella golpeada por la justicia.

La lluvia cae. Con ella se lavan las historias de la ciudad. Todos se guarecen. Se cierran las ventanas de los edificios. Golpean la puerta.

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Contador Gratis Mérida, Yucatán, (1975). Escribe poesía y cuento. Biólogo con Maestría en Producción Animal Tropical por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Integrante del Centro Yucateco de Escritores, A.C. Ha publicado en poesía El ropero del suicida (Editorial Dante, 2002), Delirios de hombre ave (Ediciones de la UADY, 2004) y Xenankó (Ediciones Zur-PACMYC, 2005), y el libro de cuentos Fuga de memorias (Ayuntamiento de Mérida, 2006). Ha compilado como coautor el libro Nuevas voces en el laberinto: Novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (ICY, 2007). Participa en los libros colectivos Litoral del relámpago: imágenes y ficciones (Ediciones Zur, 2003), Venturas, nubes y estridencias (ICY-INJUVY, 2003), Los mejores poemas mexicanos. Edición 2005 (Fundación para las letras mexicanas y Joaquín Mortiz-Editorial Planeta, 2005). Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007) convocado por la Universidad Autónoma de Yucatán. Ganador del X Premio Nacional de Poesía Tintanueva 2008 (convocado en 2007); Premio de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Ha obtenido becas estatales y fue Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) categoría Jóvenes Creadores en Novela (2005-2006). Mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez (2005), de Morelia, Michoacán Es parte del consejo editorial de la revista Navegaciones Zur del Centro Yucateco de Escritores, A.C (CYE). Ha publicado en las revistas Abisal del Instituto Quintanarroense de Cultura; Luna zeta, Fandango y Plan de los pájaros (Oaxaca). En la revista Acequias de la Universidad Iberoamericana de Torreón (Coahuila). En los suplementos Arena del periódico Excélsior y El Ángel del periódico Reforma y las revistas Tierra Adentro de CONACULTA, Alforja de poesía de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), SIC y los otros errores, Opción del ITAM, La Colmena, Blanco Móvil, Archipiélago, El Universo del Búho del Instituto René Avilés Fabila, Eje Central y Registro (Distrito Federal); en la revista Salamandra de la Universidad Autónoma Chapingo y la revista Molino de Letras de Texcoco (Edo. de México); en la revista Tabique (Cuernavaca, Morelos); en la revista Puntos suspensivos (Zacatecas); en la revista Iguana azul (Puebla); en la revista Cultura Veracruz (Veracruz). Ha publicado también en los proyectos electrónicos Prometeo digital de la Asociación Prometeo de Poesía (Madrid, España), en el Proyecto Sherezade de narrativa contemporánea de la Universidad de Manitoba (Winnipeg, Canadá); en la Comunidad Literaria Ficticia (México). En la revista electrónica El Otro Mensual (EOM) del sitio Eldígoras (Barcelona, España); en la página Letralia. Ciudad de letras (Venezuela), en la revista electrónica The Big Times (Puerto Rico). Participa en el taller del CYE y coordina la Catarsis Literaria El Drenaje.

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