Logo de La Coctelera

Perversiones de Hombre Ave

Se dejará sentir la oscuridad de esta mente: Adán Echeverría en la distancia de sí mismo.

30 Enero 2008

Profesionista ... Adán Echeverría

Ya no recorrerá la casa con esa lúgubre silueta por ser introvertida. El hospital y sus olores característicos le dan tranquilidad. Saca del bolsillo derecho de su bata clínica, el bilé que siempre la acompaña, se remarca con negro los labios, con ese gesto se siente protegida y poderosa. Su imagen oscura le queda bien en esta fase. Ahora sabe que todo lo puede.

Será cuestión de acostumbrarse a esta calma. Se dispone a pasar el tiempo, paladeándolo. Lo tendrá de sobra, en esa casa que será solo suya, o de quien quiera compartir con ella, quizá Enrique, quizá, o algún otro que aún no despliega su rostro en el cerebro. La han dejado en paz y el futuro es un camino allanado.

Desde la infancia supo que era diferente a la igualdad física que le mostraba el rostro de su hermana, y quiso mantener, a toda costa, esa sensación de ser única; Annie nació unos minutos después que ella y cuando tuvo conciencia, supo que les habían dividido el alma. La odió en silencio.

A su mente llega la estampa de esos tres rostros que la han ido cercando año tras año, ahora desleídos, detrás de las puertas que no dejan escapar sonidos: la futura psiquiatra pudo descubrir a tiempo los signos de la enfermedad: La mancha simultánea del silencio marcada en la silueta de su gemela, que se cubre con las sábanas del hospital. Los gestos de su madre, arrastrada por la angustia, los ojos como gotas de aceite en un charco. La mirada silente de Ricardo, cargada de espejismos. Todo ha sido una rutina de golpes en las paredes, la furia contenida por los medicamentos. Teresa se detiene, ¿tiene dudas? No. Quiere disfrutar su libertad, se ha librado de ellas y de él.

Su madre no pudo entender las diferencias entre sus hijas. Estaba convencida que el juego genético del gemelismo le permitiría sentirse más madre que las demás, y tendría razón en quererlas idénticas siempre, en las vestimentas, los cortes de cabello, la misma escuela, compartir la habitación. Todo se complicó cuando la pubertad entregó sus aromas y estilos: Annie con el halago de los que la rodeaban, Teresa percibiendo el mundo en tonalidades grises, separándolas de golpe.

Camina despacio por el corredor del hospital. Sus voces internas le hablan de la superioridad que ostenta al reconocer la locura de los otros, ha valido la pena desgastarse las pestañas. Al final del pasillo la espera Enrique, el cigarro en los labios, con el humo se elevan sus gestos medidos, los músculos del rostro tensos, su humor repentino que la devasta.

- ¿Todo listo?

- Liquidado.

A los doce años vino la enfermedad de Annie, el silencio paseando por la casa de puntitas, tocando el hombro de los personajes. La sensación que dejaba el roce de la muerte en cada músculo. Teresa mirando su imagen en el rostro de su gemela, en ese cuerpo hirviente de la chica, anhelando su final. La madre ardiendo en oraciones, burbujeos de plegarias por la hija, unos minutos menor.

- Lo eres todo, resiste- dijo la madre y con ello alejó los pasos de la hija mayor hacia el pasillo, del pasillo al cuarto, del cuarto hacia el interior de si misma, hasta sentir la soledad meterse en los huesos. La muerte comenzó a reírse de ella, con esos dientes blancos de muerte pura. Estridentes carcajadas se burlaban en el espejo, la perseguían, y ¿quién escucharía su desesperación si no existía en esa casa? Tuvo que apretar la almohada contra el rostro, rezar las fórmulas que le enseñaron en el catecismo para que las voces cedieran. Pero regresaban constantes, crecían con ella, y tuvo que acostumbrarse. Annie no murió, y en Teresa la mirada se guardó, seca, en sus adentros.

Luego apareció Ricardo con sus gestos de niño consentido, y la mujer que se va deshaciendo de la bata clínica para subir a su carro, guardando el bilé en el bolso, (siempre a la mano), reconoce que desde temprana edad todo lo juzgaba a través de los rostros que de ella misma se había inventado; discutió noches enteras la posibilidad de abrir el muro y permitir la entrada de aquel chico a su vida: ¡Estás loca! ¿Si nos descubre? ¿Quieres que sepa de nosotros y nos eche de tu lado? ¿Te hemos hartado, Teresa?, ¡Queremos apoyarte!

- No es que no las quiera, pero quiero encontrar alguien más.

-¿Para qué, te aburrimos?

- No es eso. -Y la razón pudo más, ellas pudieron más, clausuró sus pensamientos. Ha atravesado el estacionamiento con Enrique siguiéndole los pasos.

Ricardo no pudo romper las barreras que Teresa había puesto. Ella lo escuchaba con desgano, hasta con fastidio, escondiéndole su mundo, fuera de él y de todos. ¡Déjalo, es un tonto! Le decían, se decía mirándose al espejo.

Enrique la toma de la mano, le ayuda a subir al carro y cierra la portezuela, va hacia el lado del copiloto y se sienta a su lado; ella sigue pensando en el rostro de la madre, los ojos encendidos por el horror. ¡Nunca olvidará esos ojos!

- Deja que el tiempo lo arregle todo -decía Enrique y Teresa recorrió con la vista su cuerpo adelgazado, lo miró por el retrovisor y tragó silencio, ¿para qué verter nuevas palabras si ya estaba todo dicho? Ella mirará el futuro como una pluma que se eleva al aire. Enrique paseará con ella. Al fondo de la memoria quedará esa familia con la que creció por veinticuatro años. Estupefactos, confundidos por el efecto de las medicinas que Teresa les ha suministrado.

Fueron años de sentirse perseguida por el grillete social que su madre quería imponerle. No te conoce como cree; se fuerte y piensa: todo es un juego de ciegos, se guían unos a otros por intricados laberintos, le dijo Enrique al aparecer. Y era cierto.

Teresa habitando los recovecos de la inteligencia, las lecturas le han abierto el mundo. De niña la biblioteca cercana a casa, ya joven los encierros en el baño por la madrugada para descubrirse en las historias que le parasitaban el cerebro. Muchas veces detenía sus charlas con los suyos, que la entendían, si Annie o su madre entraban a su recámara.

- ¿Por qué te encierras? –Teresa sólo sonríe, no pueden saber qué se siente estar inundada de pensamientos.

Annie lo presentía. Algo le hacía sentir los temores continuos de su hermana. Sentía que la soledad de Teresa igual la iba consumiendo; se resistió a dejarse y quería que su hermana escapara de esa agonía. Pero no supo cómo acercarse. ¿Cómo hablar con alguien que siempre está a la defensiva?

- Cuéntame qué pasa.

- ¿De qué hablas? Averigua qué pasa contigo.

- Cada día estas más rara.

- Lo mismo digo.

- No sales. Este cuarto tiene un olor a...

- Nadie te pidió que entraras.

- Debes de salir con alguien...

- No necesito lo mismo que tú, entiéndelo de una buena vez.

Y pudo verlo, su madre, su hermana y Ricardo, eran presa de alguna de las enfermedades que sus revistas de ciencia señalaban. Enrique se lo había intentado hacer notar, pero ella no quería creerlo, ahora se ha convencido. Tiene que esconderse, buscar la forma de ayudarlas, pero antes tiene que protegerse de que ellos le hagan daño.

Su cuarto era territorio sagrado, ahí tenía todo lo que necesitaba, sus libros, las revistas de ciencia, y desde hace unos meses la voz y la presencia de Enrique.

- Habla tanto de él y no quiere que lo conozcamos. ¿Algún maestro? –discutían Annie y su madre, ella cerraba la puerta rápido para que no se dieran cuenta que las oía.

Enrique apareció el último año de la carrera. Fue mutuo el reconocimiento de las intenciones para la vida. El silencio puntiagudo. Su continuo pasearse en los jardines, la burla de los estudiantes. Mirada dura y ausente, labios apretados, en todo había reconocido Teresa un poco de su intimidad.

- Somos iguales.

- Odio que digas eso, es de lo que he huido siempre.

- Tu gemela no es como tú. Pero nosotros somos iguales.

No por casualidad Teresa escogió la especialidad de psiquiatría. Ha logrado darse cuenta a tiempo de los males que aquejan a su familia y a Ricardo; esa locura primigenia con el encierro podrá tratarse, y hay posibilidad que logren recuperarse, ha dicho el director del hospital. Como su ayudante, Teresa ha mostrado los avances de sus estudios, su dedicación con los enfermos le ha valido el reconocimiento y la confianza.

- Creo que nunca he platicado tanto.-le dijo Enrique al terminarse el café y quedaron de verse al día siguiente, y al siguiente. Se contaron las frustraciones mutuas, y Teresa se descubrió intoxicada: alguien, al fin, que podía enseñarle.

- ¿Y Ricardo? ¿Qué harás con él? -Que puede importar Ricardo, ese estúpido del mundo pop, tan fuera del sendero que se ha trazado. ¡Cállate, que te gustaba Ricardo! Claro que no. No hagas caso Tere, no sabe lo que dice.

- ¡Cállense todas! -Y desde entonces sólo fue Enrique

Ha sido fácil diagnosticar a los que la persiguen. En sus gestos y ademanes se palpa la posibilidad del trastorno de los sueños, la repetición de las formas verbales: amor al poder, a sobresalir, a destacar. Ansiedad que causa frustración. Las fallas anatómicas producto del mestizaje. Los continuos fracasos amorosos de su hermanita. El desencanto, la lujuria, la búsqueda del sexo fácil, esa paz efímera a través del arrepentimiento y la penitencia religiosa. ¡Tantos años lleva su madre disculpándose por todo, temiendo castigos después de la muerte! Todo le ha llevado a mirar con detenimiento y sorprenderse: ¡Tenías razón, Enrique!

Annie y los sobresaltos nocturnos, su madre y los continuos orgasmos que le brinda la masturbación. No se detienen, corren precipitadas. Se han vuelto conejillos de indias en los apuntes de Teresa. Ella y el orden establecido que le ha enseñado Enrique: tomar notas y ofrecer hipótesis. Sólo falta la comprobación de sus ideas.

Mientras coge con Enrique, frente a los espejos que ha dispuesto en la sala, reconoce que la lujuria y la decadencia son el grillete para las conciencias (¿para qué el arrepentimiento?): Annie y las voluntades animosas de su carne blanda, la madre mirando el atardecer de su vida que su cuerpo siempre quiso evitar, Ricardo en la necesidad de satisfacer pasiones. A Teresa el cuerpo etéreo de Enrique le basta.

Al mirarse la piel sudorosa, puede sentirse Annie por las similitudes, el rostro idéntico en el espejo, quizá alguna vez pruebe a emular sus gestos y salga a la calle a divertirse con los amigos de su hermanita. ¡Ni cuenta se darían! Quiere sentirse su propia madre en la agonía de las necesidades. Le queda disfrutar el miembro que la penetra. Quisiera penetrar una linda virgencita, sentirse un poco el pobre Ricardo.

Annie no alcanzó a decir palabra, los gemidos del orgasmo quedaron atrapados por la mordaza y las cuerdas que unieron su espalda y nuca a las de Ricardo. Las miradas cavilosas de Enrique resbalando por las paredes. Junto con Teresa los han sorprendido teniendo sexo. Luego vino el martillante juicio del ¿por qué lo haces? No hay respuesta, somníferos obligados, desatarlos y despertar en el siquiátrico.

La madre llegó histérica al hospital. Teresa la recibió en la oficina del director. Todo estaba preparado; el doctor ha confiado en su alumna, y sucedió tal como Teresa se lo había dicho: se pondrá histérica, estallará en la paranoia.

- Espero que no se afecte tu trabajo, quiero que te titules rápido. Has hecho bien. Hacen falta muchachas como tú, que tomen en serio la profesión. –le dice el director dejándola a cargo.

– Estarán bien. -ha dicho Enrique atrapando su cabello entre los dedos.

- ¡Qué importan! Sólo quiero terminar a tiempo la tesis.

Enrique y Teresa los cuidarán hasta que ella acabe el posgrado. Ella arquea las espaldas cuando le llegan al fondo. Aprieta las piernas sobre el torso de Enrique: yo te cuidaré, es la promesa. Teresa mira el espejo, se siente un poco Annie con su mismo corte de cabello. No alcanza a ver el vibrador pero lo siente completo en sus internos. Con una mano continúa masajeando su cuerpo, la otra hace entrar y salir el instrumento. Se mira lúcida y completamente sola, contorsionándose frente a la mujer del espejo. La voz de Enrique le dice cuánto la necesita y ella baja la otra mano a su vagina. Acá estoy. Sola. Para tí. Contesta poniendo los ojos en blanco.

servido por Adán sin comentarios compártelo favorito

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Adán

Perversiones de Hombre Ave

Mérida, México
ver perfil »
contacto »

Contador Gratis Mérida, Yucatán, (1975). Escribe poesía y cuento. Biólogo con Maestría en Producción Animal Tropical por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Integrante del Centro Yucateco de Escritores, A.C. Ha publicado en poesía El ropero del suicida (Editorial Dante, 2002), Delirios de hombre ave (Ediciones de la UADY, 2004) y Xenankó (Ediciones Zur-PACMYC, 2005), y el libro de cuentos Fuga de memorias (Ayuntamiento de Mérida, 2006). Ha compilado como coautor el libro Nuevas voces en el laberinto: Novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (ICY, 2007). Participa en los libros colectivos Litoral del relámpago: imágenes y ficciones (Ediciones Zur, 2003), Venturas, nubes y estridencias (ICY-INJUVY, 2003), Los mejores poemas mexicanos. Edición 2005 (Fundación para las letras mexicanas y Joaquín Mortiz-Editorial Planeta, 2005). Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007) convocado por la Universidad Autónoma de Yucatán. Ganador del X Premio Nacional de Poesía Tintanueva 2008 (convocado en 2007); Premio de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Ha obtenido becas estatales y fue Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) categoría Jóvenes Creadores en Novela (2005-2006). Mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez (2005), de Morelia, Michoacán Es parte del consejo editorial de la revista Navegaciones Zur del Centro Yucateco de Escritores, A.C (CYE). Ha publicado en las revistas Abisal del Instituto Quintanarroense de Cultura; Luna zeta, Fandango y Plan de los pájaros (Oaxaca). En la revista Acequias de la Universidad Iberoamericana de Torreón (Coahuila). En los suplementos Arena del periódico Excélsior y El Ángel del periódico Reforma y las revistas Tierra Adentro de CONACULTA, Alforja de poesía de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), SIC y los otros errores, Opción del ITAM, La Colmena, Blanco Móvil, Archipiélago, El Universo del Búho del Instituto René Avilés Fabila, Eje Central y Registro (Distrito Federal); en la revista Salamandra de la Universidad Autónoma Chapingo y la revista Molino de Letras de Texcoco (Edo. de México); en la revista Tabique (Cuernavaca, Morelos); en la revista Puntos suspensivos (Zacatecas); en la revista Iguana azul (Puebla); en la revista Cultura Veracruz (Veracruz). Ha publicado también en los proyectos electrónicos Prometeo digital de la Asociación Prometeo de Poesía (Madrid, España), en el Proyecto Sherezade de narrativa contemporánea de la Universidad de Manitoba (Winnipeg, Canadá); en la Comunidad Literaria Ficticia (México). En la revista electrónica El Otro Mensual (EOM) del sitio Eldígoras (Barcelona, España); en la página Letralia. Ciudad de letras (Venezuela), en la revista electrónica The Big Times (Puerto Rico). Participa en el taller del CYE y coordina la Catarsis Literaria El Drenaje.

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera