Trasnocharse hasta morir
Desperté en el cuartito rojo con unos deseos terribles de matar o matarme, sin embargo salí ileso. La cordura ha dejado que el roto sueño de esperar sobre uno mismo se diluya. Y es que hay ocasiones cuando la violencia entra de puntitas en las orejas y uno no puede sacudir más que los puños. ¿Me he quedado solo? ¿Quién no puede tolerar la misma soledad de los sepulcros? ¿Quién no puede medirse el féretro cuando va de compras? ¿Quién no quiere la rata del espejo entre sus piernas?
Me han hablado de novelas, de chantajes, del puritito drama en que uno siempre va empeñado. Eso soy. Este ditirámbico silabario en que me deposito. No queda otra cosa que no sea la palabra. He leído tu labio, he leído tu diario y no hay mayor sorpresa, he leído tu terca voluntad de aferrarte a ese humo, de estar en otros brazos descansando hacia el amor, pero las mordidas que me debes son tan solo puritito desenfreno.
Supe siempre que el tigre que me habita no logra fácilmente ser domésticado bajo las piernas de nadie. Lo dije en el café, los novelones tienen un momento y un final. Y salva sea la parte en que aún no puedo descubrir esa oscuridad dentro del túnel.
Qué hay de mi carácter. Aquella diosa de ámbar que se dejó salir por el costado. Aquella boca de agua con sus espinas, dobladitas sus espinas, bebiendo café con su delgadez de siempre, mirando mirar cada silencio atorado en la garganta. Aquella princesa de luz, que se aleja, se acerca, se aleja. Esas cejas de terrible lasitud que siempre habitarán la mente con todo el daño que causa su belleza. Y esta pantera blanca que nunca ha podido relamerse el lomo bajo de mis pies, sobre mi cabeza, así, encirculados y girando, girando van los ojos, la lengua gira y gira en el dolor de despreciarse. Qué ha sido de las calles de adoquines, cuando el frío se nos colaba por los pasamontañas, esas montañas verdes que tantas veces construimos. No, yo no te he amado. No, yo no se amar, y cada una tuvo su porción de realidad sobre el intelecto. Acá nos vamos como los murciélagos a pasar la noche dentro de la cueva, cuidándonos el semen para una nueva temporada de calores.
Y es que hoy que despierto y todo es el grito de: No sirves para nada Adán Echeverría, sólo te gusta perder el tiempo habiendo tantas cosas por hacer, no sirves para nada Adán Echeverría, ni tus cojones son suficientes para tomar el arco y ensartarte la flecha en el pescuezo. Y así abundaron los golpes, los empujones hacia la calle, romperse los dientes, los labios, tirar las cosas hacia el infinito, y sacar de la vida todo aquello de a disgusto. Alguna vez lo escribí a los diecisiete: No necesito el amor de nadie, quiero sentirme solo. Y no han podido largarse de mi vida en el tiempo necesario para no sacarme los colmillos.
Es una prisión la necesaria. Es un sanatorio lo que exijo, o alguna noche cabra que pueda venir a brindarme el odio necesario para salir y asesinar a alguien, al primero que te mire, al que te golpeé con el hombro al pasar, al que quiera levantar la voz cuando te habla. Habría que salir de día y dispararle a todo el que vaya pasando, cacería señores, cacería, que la vida no logra alcanzarnos para sobarnos la cabeza y decirnos: Cálmate Adán, calma, soooo, que la zanahoria se te cae de los belfos, y ni un terrón de azúcar espera tu indescencia.
Hay que rematarlo, que me atraviesen el culo los violadores, que me saquen los ojos, como tantas veces lo habia deseado esa mujer de labios finísimos.
En qué me he convertido, en el abusador de siempre, en el irresponsable, en el tipo amargado que todo lo odia y con nada puede estar contento. En el eterno indio que se queja, en el perverso hombre ave que siempre me habita, y es que todo esto es un teatro de fantasmas, en el que uno puede regodearse la pupila con el fingimiento. De ser un niño genio que traspasa las comunidades escolares, en ser un niño sabio que siempre tiene una respuesta dentro de las discusiones, en un niño eterno que nunca se deja amedrentar por las imposiciones. Viva la anarquía de mis párpados, el sudor del miedo, el terrible espacio en que puedo descansarme. Ya lo habíamos planeado, morir a los 40 años, y eso que es parte del deseo, siempre será mejor para un crío en desarrollo, que no tiene la culpa de tener un padre tan lleno de odios, altibajos y duermevelas inquisidoras.
Porque un tipo del ambiente a que pertenezco no ha nacido para encontrar educación, moral, rutina, mucho menos felicidad arcaica.
