Deshacerse no lo es todo
Uno se la pasa mirando y mirando el ordenador. No queda mucho tiempo para no saturarse de imágenes. Nada como poder escapar hacia el vacío que te deja un día soleado en una playa. Mirar la duna y su inmensidad de silencio atorado. Silencio y ventisca, silencio y oleajes. ¿Dónde encontrar al fin el silencio?
El caso es que tuve la oportunidad de presentarme en un acto sobre la obra visual de Dionisio Cañas, mucha expectativa, y vamos adelante. Devolví la mirada sobre las amistades. Esas que se entierran en el fango, porque no eran reales como uno se las había permitido. Eso, y caminar descalzo por paredes, soportando los mocos irreales de lo que es una pasión en el olvido, no tiene miramientos ni de donde jalar para otros mundos igual de irreales en los que uno puede andarse perdiendo. He ahí la poesía virtual, la poesía digital, esa que aparece únicamente en las imágenes de los sueños y fantasías que uno se va creando acerca de las personas que conoce.
Alguna mujer de tatuajes en el vientre se ha echo viento, se ha quedado diluída dentro del correo escrito hacia alguna otra mujer que me retiró el saludo, y a quien sólo le queda el insulto hacia el rostro de este quien les escribe. Cuando truenas con una truenas con todas.
Lo había dicho tantas veces, no se puede confiar en nadie. Y qué de todas esas noches de proyectos, de editoriales por venir, de libros colectivos que formar. De todas esas ideas de envejezcamos juntos, se van por la coladera de los días.
Uno no tiene que ser el mejor ni morirse en el intento, en esta crueldad que apenas alcanzamos a dibujarnos en el rostro: Cuiden a sus niños, los monstruos han salido del ropero.
Vamos a cazar aves pardas que cuelguen de alguna bugambilia. Ahí nos iremos enredando sobre la piel de nuevas quimeras que puedan arrancarnos la leche agria y nunca retenida de nuestras pasiones.
Un poco de sudor, un poco de calma, un poco de sudor, y el grito altisonante de: Te vino el saco, el grito soez a la distancia de: Soy una mujer cruel y me causa lástima este poeta de media taza que se puso a llorar sobre mis brazos.
Esas ex-parejas que tantas veces nos rindieron la cicuta y cuyos mocos nos hicieron regresar tantas veces. Que lindo es presentirse involuntario y lleno de maldad, pero cuando sale el coco en la noche, y el corazón se hace pequeño en el desamor, todos juntos nos rezamos un rosario y tomados de la mano, cantamos el Loa Aleluya.
No tiene nombre el hecho de andar hablando mal de las ex-parejas, pero con todo, hay que tomar las cosas de quien viene. Puede ser difícil aceptar, que las horas pasadas juntas tan solo signifiquen en el día un: no puedo hablar ahora, no creo poder verte, no tenía ganas de hablarte. Las tareas son siempre inmerecidas. Anoche platicaba con alguien que me decía: Ahora entiendo Adán, eso de: la soledad enloquece a las mujeres. Y que una mujer lo diga ya es ganancia.
Es que soy infiel a ultranza, me encanta el brincoteo, o como dice alguna más: mi amor por el falo, es irredimible.
La realidad siempre es mas decadente que las letras. No todo lo que se escribe se ha vivido, como dice el poeta desde el fonde de su abandono: Cómo me dan pena las abandonadas...
Habrá que percibirse racional para pensar en esas exparejas y darle su lugar en la vida. Claro que es posible reflejar el odio o el desprecio hacia alguien, pero si viviste con él, algún capricho al menos, que triste es luego andarse desgastando en decir: lo dejé porque lloriqueaba, es que realmente no me satisfizo mucho, no era suficiente bueno en la cama, quería mangonearme, carajo valdría mejor callar y no quedarte como un necio.
Uno por supuesto pensaría, como tantas veces he pensado cuando las escucho: Carajo, si bien que te encantaba cogértelo, si bien que le bajabas lana, ahora la muy cruel, la muy dura, todos tenemos nuestro rato de mocos, o acaso ¿no anduvimos alguna vez de rodillas suplicando que no nos dejen? ¿No lloramos alguna vez porque alguien no era nuestro del todo? Solo uno conoce sus verdades:
Verdad: Siempre me ha movido el sexo.
Verdad: No puedo tener amigas, siempre acabo con ganas de cogérmelas, o me las acabo cogiendo, y con las que no cojo, pues no eran mis amigas.
Verdad: Hasta llorar el te amo tanto, es parte de la misma simple mentira para poder hacer que el otro ceda, y decirse, no que me dejabas pendejo (a).
La poderosa lucha por el control. La realidad es una, no se arriesga nunca, que el otro sea el que arriesgue, que el otro sea quien ceda. Hay que ser un verdadero amo de la actuación para que las cosas te valgan tanto puras madres. Buuu, buuu, si te amo en serio, y lo único que quieres es un nuevo revolcón.
Esto en cuanto a ex parejas. No seamos tan falsos. O, seamos falsos y que cada quien se rasque solo.
En esta vida, regocijarse de hice llorar a este, aquel lloró por mi, ese tipo quería meterme mano pero yo nunca cedí, no vienen al caso. Es vanagloriarse de sus propios escupitazos hacia arriba, de ahí que los tradicionalistas digan siempre: Como te ves, me ví, como me ves te verás. Que puedan decir: La ruleta siempre gira y gira, estarse prevenidos.
Alguna vez una mujer se citó en el café conmigo para hablarme de sus sentimientos, de sentirse doblegada de nuevo por la maldita soledad. No hubo más remedio de decirle, disfrútala carajo, y si no puedes acéptala y cede ante cualquier falo endurecido que te quiera acariciar el karma.
Uno tiene que rendirse ante si mismo en el espejo. He hecho esto, he hecho aquello, y la búsqueda no para ni termina.
Uno tiene que abrirse en canal para poder mirar la podredumbre del cigarro en los pulmones, la pudrición del hígado, y el corazón endurecido por esa carcoma pasional que no tiene sentido ni privilegio.
Acá estoy necio a rendirme ante la multitud de parias. Estoy pensando en aquellos rostros risueños que tanto compartieron a mi lado, cada proyecto literario que juntos fueron creciendo, y en que acabó, ¿acaso los desprecio? No, solamente digo: Que se arruinen solos. Que cada quien continúe en su propia lucha y sin rencores. Nos juntaremos algún día para beber alcoholes, fumar algo de hierba y darnos coletazos de escorpión en las columnas.
Uno puede decir hasta el cansancio, carajo si siempre les brindé el apoyo, ha dónde han ido las reuniones de los viernes. Pero los viernes quedaron sepultadas en esta hoguera de las vanidades, en el hecho de pensarse superiores a mi sorna, en el hecho de plantarme indigno de su letra y su palabra.
Ahí voy de nuevo, cadavérico y enlunecido por tantos parajes interpuestos. La última llamada por teléfono, el último disgusto, y ese último correo, para acabar mirándonos en una ex estación de ferrocarriles y ser presa del insulto disfrazado.
Que cada quien se acomode sobre sus propios errores, y patalee entre su lodazal simiente. No habremos de sepultarnos en la prensa, ni en permitirnos abordar lo indefendible. Al menos me quedan los actos, esa defensa a ultranza del trabajo, la defensa del grupo al que creí pertenecer, y el oído y el abrazo siempre presto para cuando hubo tristezas.
Ahora, quien recogerá mis pedazos en esta simulación de la amistad a todas vistas inexistente. Los días queman como quema el sol en esta ciudad situada en el sureste. Los días queman entre los dedos por cada aspecto en que uno se funde en el recuerdo.
No dejarán las lágrimas ni este gimoteo, por acariciarte las tetas. Esa lúgubre sensación de saberse irreconocible a eso que llaman amor y no son más que ganas de utilizar la carne en beneficio.
Así es como queda definido ese borde. Ese borde incierto de nombrarte, hija de Dárdano. Ahí quedan las voces y el atraco. Pensar en no dirigirse de nuevo la palabra. Tanto semen en la boca y ahora señalar, no tengo tiempo para más pláticas. El aburrimiento, ya te he conocido, y no hay más horca que pueda darme tu brazo.
Como siempre presentirse simplemente el Eterno indio que se queja.
