La colilla y el mito. (La delgada línea I.)
Mi novela está acabada, para todas las almas cándidas que no leyeron el último episodio de mi fascinante vida. Terminaba con la voz en off del narrador en español neutro —acento neo-chihuahua, dicen por aquí los friquis— de la siguiente manera: “¿Logrará nuestro intrépido amiguito publicar su magna obra y convertirse en el Rowling español con bolas, ser multimillonario, presenciar cómo su libro se transforma en un lamentable producto de marketing y en una película protagonizada por un actor de la serie Compañeros, comprarse un yate y una isla y apartarse del mundo con las mejillas teñidas del rubor de la autosatisfacción y la vergüenza a partes iguales, es decir, la derecha de una cosa y la izquierda de la otra?”.
Porque mi aspiración más acariciada, claro, es la de cualquier misántropo: vivir en una isla desierta. Sin embargo, si lo consiguiera, me plantearía una duda moral, porque, de vivir yo ahí, la isla dejaría de estar desierta. Debido a esta terrible paradoja, jamás podré cumplir mi sueño. Trágico.
Politeísmos está siendo merendada por el Monstruo, y yo me aburro. No porque no tenga cosas que hacer; qué va. Este año he tirado toda mi vida por la ventana —la he defenestrado, caballeros, que hay que ver lo que me gusta este verbo y lo mal que lo usan los traductores de Star Wars— y ahora me toca comprarme una nueva, pero no me apetece una mierda pegarle el carpetazo a la antigua. Así que hago tiempo. Medito sobre mi trabajo. Paso horas y horas meditando sobre mi trabajo, pero no lo leo. Aún no puedo —no debo, no debo, dice la vocecita de mi cabeza— ponerme a corregir porque no tengo los ojos limpios y mi visión carece de perspectiva. Vamos, que aún me sé de memoria las trescientas y pico páginas —al menos ya no recuerdo cuánto era el pico— y, por tanto, resulta absurdo intentar buscar erratas cuando todavía no soy capaz de leer pegado a las letras, sino que declamo de memoria las frases como un pregonero. Tampoco me apetece recorrerme por sopotocentésima vez Madrid para comprobar los últimos errores de documentación —que los habrá—, y no tengo posibilidad de momento de salir corriendo a Londres para tomar los datos que necesito de la acción que se desarrolla ahí.
Escribir es un trabajo. Y uno más duro que lo que pensáis. Tengo que hacerme todos los recorridos de la novela para calcular los tiempos y tomar detalles de importancia, tales como el color de las farolas, la pintada de la esquina y si a la colilla que había en el suelo de la esquina en marzo del año 2000 le faltaba o no el capullo de ceniza.
No, bromeaba.
Pero tal vez no tanto como pensáis.
Politeísmos, si engaño a alguna editorial, va a ser un bombazo. Ahora seguro que os estáis partiendo la polla de mí, diciendo: “Al, estás colgado: tú no eres más que un friqui, y seguro que escribes fanfics erótico-festivos de la princesa Leia vestida de esclava y encima tienes la falta de gusto de pelártela con ellos. Tú no sólo no vas a ser un bombazo, sino que ni siquiera te van a publicar. En las editoriales les entrará tal ataque de risa que se ahogarán en su propia saliva, y además tendrás que salir corriendo dejándote la chupa en la silla no vaya a ser que te partan la cara por matar al editor, que a ver quién paga a los de abajo, y en Anaya y en Planeta son un huevo: todos contra ti en plan última viñeta de Mortadelo y Filemón”.
Bueno. Pensad lo que queráis. Tiempo al tiempo. Mis tiernos lectores que llevan siguiendo esta trepidante aventura desde el primer post y aguardan clavados al ordenador cada una de mis aportaciones, podrán contarse como Los Primeros En Descubrir Al Genio. O no podrán contarse. Porque igual no hay ni uno.
Politeísmos es una novela de fantasía. Pero no es una novela de fantasía con orcos, elfos y bolas de fuego. Es una novela de ciencia-ficción. Pero no es una novela con naves, pistolas láser y uñas retráctiles.
Está en la delgada línea. Ahí está su originalidad, su triunfo, y por eso será un bestseller y venderán camisetas de Tu Dios Interior.
¿Os he hablado alguna vez de “la delgada línea”? ¿No? Por si acaso: es el punto en el que se tocan realidad y ficción; el punto en el que, si estiras las yemas de los dedos, puedes llegar al cielo, pero con los pies firmemente asentados sobre la tierra. Si no estrangulas los músculos para alcanzar a un dios y tocarlo con las manos, caminas por un mundo tan anodino e insustancial como el de las novelas de Lucía Etxebarría. Si te pasas, levitas, y eso siempre es risible, sobre todo si llevas los calzoncillos por encima de los pantalones y no eres Christopher Reeve.

Mejor andar tranquilamente, al trote, pies en el asfalto y mirada detrás de las nubes, en el firmamento estrellado. De cuando en cuando, pegar un buen salto y dejar la realidad en el suelo. A pocos metros.
Ahí está la delgada línea que hay entre la fantasía y el realismo. Rozar lo mágico sin resultar increíble y, sobre todo, ridículo.
(Todo se resume, en el fondo, a no ser Juan Tamariz.)
Ésa es “la delgada línea”. Un día de éstos haré el diccionario Naira-español, español-Naira y os iluminaré sobre los términos más oscuros de mi imaginario. Un ejemplo: “la casita”. Yo hago casitas. Otros escritores también. Yo intento evitarlas. “La casita” tiene un profundo significado estilístico, y se refiere al momento en el que el Autor resuelve una situación complicada por un quiebro absurdo y lamentable de la acción. Lo que yo denomino “la casita” es la torpeza de la trama. Igual que cuando los niños se enfrentan al papel en blanco y dibujan una casita con su puerta, su tejado a dos aguas, su chimenea con humo y su ventanita, la casita literaria es la opción más predecible y tópica, más fácil y triste, aunque entrañable por su puerilidad. Dan ganas de acariciarles el tejado a ciertas casitas. Casitas asombrosas haberlas haylas hasta en la Literatura con Mayúsculas. Si se oscurecen un poco por un lado con carboncillo a lo mejor ni se nota lo mal que están hechas. Verbigracia, la gran casita, chalé de cinco plantas, de la literatura española: ¿Por qué coño don Quijote se pertrecha de todo lo que necesita pero no piensa en el escudero, absolutamente imprescindible para todo caballero andante que se precie, y ni siquiera nombra la posibilidad de buscar uno antes de salir de viaje la primera vez? ¿Es que se le olvida? ¡Joder, si hasta Frodo Bolsón lleva el suyo!
Ésa es la casita: que a don Quijote se le olvide el escudero. Porque al que no se le olvida es a Cervantes. Todo lo contrario: si Sancho le llega a acompañar en la primera aventura, se hubiera dado cuenta de que a su señor le faltaba un tornillo y que le habían armado caballero de coña, así que no hubiera picado para irse con él. Grandísima casita. Bien sombreada; ni se nota.
Regresemos, que me pierdo. Soy tan friqui del Quijote como de El señor de los anillos...
Mis casitas son más modestas que las de Cervantes, pero no voy a hablaros de ellas: habría spoilers por todas partes y no me da la real gana que luego no compréis mi novela porque ya sabéis cómo acaba.
Voy a hablaros, de nuevo, de la delgada línea. De la colilla y el mito.
Porque eso es Politeísmos. La colilla y el mito. Bajar a lo más rastrero, lo más habitual, a la rutina más asquerosa, al día a día, al realismo sucio de un Raymond Carver que nos describe hasta las veces que se chupa los dedos cremosos de mantequilla el hombre gordo de la esquina del restaurante que atiende la protagonista y...
Subir hasta lo más elevado, a la magia, el misterio, la mitología, el espectro.
¿Cómo explicarlo?
Suceden cosas asombrosas e increíbles narradas de forma absolutamente vulgar, como si pasaran todos los días. Los personajes van a comprar condones a la farmacia y tabaco al estanco, pero tienen divinidades animales dentro.
Si ellos, que son tan corrientes, las tienen, también las puedes tener tú.
Esa es la idea. La colilla y el mito. Lo más bajo y lo más alto. Porque si empiezas en el suelo, el vuelo será más largo.
En cuanto al estilo de la novela, es llano, rápido, seco, metálico, lleno de tacos y salpicado de lirismos que refulgen entre la prosa veloz, aparentemente descuidada, como esmeraldas en una montaña de estiércol. Un amigo mío —no diré su nombre con apellidos porque puede que no le hiciera gracia figurar por ahí— me hizo una crítica maravillosa, y voy a pegaros unas frases que me inflaron el ego con gas propano como poco.
“Dice Heinrich Böll en su novela Opiniones de un payaso que uno de los personajes (la hermanita) era tan dulce que cuando decía mierda (Scheiße) sonaba como si hablara de la nieve (Schnee). Te pasa algo parecido: Aunque hables de calcetines sucios lo haces tan bien como si hablaras de la nieve”.
Gracias, Jose.
Politeísmos, como saben los sufridos lectores que me siguen desde el comienzo del periplo, es “una novela de fantasía realista, urbana, sucia y contundente, con una mitología elaborada de tipo pagano, que le da una vuelta de tuerca al tópico de los licántropos”.
Lo peor es que no lo he copiado: me lo sé de memoria. Joder.
La novela comienza en un garito siniestro del Madrid del año 2000, en el que un ex gótico retrancado que sigue yendo de gotiqueo por costumbre se liga a una niña tonta que va con dos amigas tan tontas como ella, pero más feas. Nuestro ex gótico retrancado favorito, veintiséis años, carisma 18, mala hostia antológica, botas New Rock de contrachapado metálico, boca muy grande y sinceridad a prueba de escrúpulos —si le preguntas, te dirá lo que piensa y se la pelará que su opinión te destroce de por vida— es un hombre profundamente religioso. Álex —así se llama— es creyente; creyente hasta el desgarramiento, y eso le destroza por dentro.
Pero no es cristiano. Tampoco es satánico, no jodáis.
Es politeísta.
Cree en un chamanismo moderno basado en los tótems, animales guía, divinidades privadas, bestiales, que escogen a cada persona. Su dios interior es un lobo. Un grandísimo, violento, jerárquico, hijo de puta, altivo, noble y sangriento lobo gris de la tundra. Es lo que es. Es lo que hace.

La colilla: el cigarro aplastado con la boquilla naranja mojada de saliva, con la punta del tabaco todavía humeante sobre el adoquinado de la acera gris. La vida cotidiana, lo más sucia, mínima, intrascendente y detallada.
El mito, limpio, elevado, altísimo, porque todos los dioses existen si alguien se para a pensar en ellos. La realidad es una cuestión de grado y está sobrevalorada. Aquiles es más real que el Marqués de la Ensenada. Si yo creo en un dios, ese dios es real para mí. Por eso Zeus existió hasta que se extinguió su culto. Así pienso yo. Así creo. Así funciona. Así lo cuento. Pero en Politeísmos los dioses no son antropomórficos. Son divinidades tan primitivas, tan bestiales, tan simples, tan poco humanas, que puede que no se las haya inventado el hombre: puede que le precedan y que sean, así, auténticas.
La colilla del suelo y el mito del cielo. Un siniestro de veintiséis años embutido en un sobretodo de cuero negro, que fuma sin parar y camina elásticamente sobre botas con remaches de acero, con una sonrisa desagradable estampada en la cara, que cree que es un lobo. Y lo es, por dentro. Si te atreves a discutírselo, puede que te tragues los dientes.
Si le pillas en un buen día, es posible que enarque una ceja, sonría torcidamente, tire la ceniza, se gire en la banqueta del antro, te mire con fijeza y te diga: “Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la que te hace libre”.
¿Te lo crees? ¿Juegas o no juegas? ¿Tienes un dios interior que te mastica las entrañas y pugna por salir afuera?
¿Estás dentro?
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2006










Álvaro Naira referenció
Piedra, papel o tijeras.
... Como los baños en los bares. Al que le apetezca saber de qué va mi novela, que lea el post “La colilla y el mito”. Porque yo... ya no sé venderla sin contaros de qué va por décimo octava vez...
20 Noviembre 2006 | 12:27 AM