Revival Goth: La noche de los zombies calientes (perdón, que es de los muertos vivientes).

Mi hermana pequeña, que siempre se preocupa por mi salud, mi estado de ánimo, si estoy sobrio o borracho, si follo con regularidad, si como caliente una vez a la semana o si me han devorado mis perros, ha celebrado su cumpleaños. Y me ha obligado a salir. A mí.
Sí. Álvaro Naira ha salido este fin de semana. Temblad, hordas de la noche.
Porque encima me ha llevado de gotiqueo. Por hacer algo distinto, dijo. Distinto para ella, no te jode. Me llamó por teléfono, ya que, naturalmente, a mí se me había olvidado que era su cumple —hay años en que se me olvida hasta el mío—, y me dijo:
—Álvaro, sin excusas. El sábado sales conmigo y con mis amigos. Quedamos en Sol a las diez. Que se vengan también X y X, que hace mucho que no los veo (insértese los nombres de dos colegas míos, a los que no cito porque no deseo que compartan mi gloria, soy así de egoísta).
Yo suspiré prolongada en lugar de largamente, como en un novelón romántico, aunque en ésos también lo hacen “temblorosamente” o “trémulamente”, que es mucho más propio.
—María, paso. No me apetece. Si quieres nos vemos el domingo y te doy tu regalo (que no había comprado todavía, por supuesto).
—No —me cortó ella—. No voy a ir a tu casa. Vas a salir este fin de semana y que te dé el aire, que a este paso te vas a poner amarillo. Vas a beber, vas a bailar, vas a reírte y a pasarlo bien con mis amigos. Me da igual lo que tengas que hacer.
Me apetecía tanto como una exploración rectal, pero preferí ser diplomático.
—María, paso. En serio. Voy a trabajar con Politeísmos —¡compra Politeísmos, novela de gran éxito de Álvaro Naira, cuando salga a la venta en tu librería!—, que ahora el único rato que tengo son los fines de semana. Lo entiendes, ¿verdad? Tengo que darle una última lectura para deshacerme a patadas de las rebuznancias y reiteraciones que se me han escapado en las cuatrocientas veintisiete correcciones que he hecho, imprimir originales de la novela, hacer llamadas a editoriales, buscar contactos y chupar pollas. Además, estoy hasta los huevos del curro. Estoy saliendo a las mil. Quiero dormir. Tengo que sacar a mis perros. Me da alergia el sol. Me apetece verme la trilogía clásica de La Guerra de las Galaxias, El señor de los anillos, El Padrino I y II y las cuatro primeras de Alien. Tengo que limpiar la cocina antes de que aparezcan cucarachas, que mi religión me impide matarlas. No salgo a la calle porque un cocodrilo me comió la cara. Estoy agotado. Soy misántropo.
—Me da igual. O vienes o no te vuelvo a dirigir la palabra, y eso incluye no ayudarte a publicitar la novela.
Esa amenaza me congeló la espina dorsal.
—Vale. Salgo. Pero te vas a arrepentir. Me convertiré en el Caballero Banqueta y os amargaré a todos. Conseguiré que os sintáis unos capullos por estar bailando y haciendo el indio mientras yo os contemplo desde mi privilegiada posición de Escritor Maldito que valora y critica a la concurrencia para después ponerlo por escrito.
—A las cuatro copas se te pasa toda la tontería, Álvaro. Que nos conocemos.
A las tres copas incluso, pensé yo. Que nos hacemos mayores. Pero no se lo dije.
—Además, te tienes que venir porque vamos a salir a un sitio gótico.
En ese momento la cámara se detuvo, mi cara se contorsionó, mi cuerpo, el sillón, la tarima, la pared, el salón entero empalidecieron, se tornaron blanquiazulados, se volvieron de hielo y se hicieron añicos con gran estrépito. Después de recoger los trocitos de mi persona y colocarlos en su sitio, articulé muy despacio, por si me había confundido:
—¿A un sitio gótico?
—Sí, lo hemos hablado y nos ha parecido que sería divertido, por hacer algo distinto. Habíamos pensado ir a Chueca a un bar de ambiente o a uno siniestro —ahí yo andaba pensando en que dónde estaba la diferencia—. Ganó el rollo gótico, que así te sacaba de casa, porque de pachangueo no sales ni aunque te maten.
—Ni de gotiqueo, María. Que estoy viejo.
—Te encanta decir eso —sentenció ella—. A las diez en Sol. En el Oso. Tráete a éstos.
Y me colgó antes de que pudiera cambiar de opinión.
La noche comenzó normal; dejé sacadas a las supernenas —el que no capte el chiste que vaya a los archivos y se lea el post de Pétalo, Cactus y Burbuja— para que no se mearan sobre mi cama, arrastré mi cuerpo hasta Sol, repartí besos entre todas las veinteañeras y apretones de manos entre amigos y panolis —llegué tarde, para guardar la costumbre—, recibí quince nombres y no hice ningún esfuerzo por recordarlos y escuché felicitaciones a diestro y siniestro para “Mery”.
—María —le dije a mi hermana—. ¿Te haces llamar Mery entre tus colegas?
Mi hermana empezó a reírse.
—Es un hipocorístico, Álvaro.
Sí, estudia filología. Debe de ser una enfermedad genética.
—Pues es una gilipollez de hipocorístico, María. Es tan largo como tu onomástica —respondí con chulería libresca.
Ella sonrió, tomándome el pelo, claro. Siempre ha sido mucho más lista que yo.
—¿Ah, sí? —contestó—. María tiene hiato, Álvaro. Que yo sepa son tres sílabas, y Mery sólo dos. ¿Es que no sabes contar?
Enrojecí hasta la raíz del pelo porque de verdad no me había dado cuenta, pero es más fuerte que yo soltar la última palabra:
—Soy de letras.
Después, la felicité por cumplir los dos patitos y le di un vale por un regalo de no cumpleaños cuando sea multimillonario. Se lo tomó a chunga, pero yo iba muy en serio. Cuando sea multimillonario, saldaré mi deuda.
Y nos dirigimos al Seis.
[Nota: en mis tiempos, el 666 era la discoteca de los niñatos. Siempre ha cerrado temprano y nunca han pedido carné, así que era el lugar de merendola ideal para aquél que tuviera inclinaciones hacia las lolitas. Por otra parte, resultaba un antro despreciable para La Vieja Guardia, que prefería mostrar su Pain & Suffering en el Heaven, Dark Hole, New Order, Angst y otros efímeros que aparecían y desaparecían de la Escena madrileña. El Phobia era el rincón de los tranquilos, ideal para apalancarse en banquetas y ver pasar el tiempo. Y los góticos, claro.]
Yo iba gruñendo y refunfuñando, por dentro muy divertido al contemplar cómo todos los chavales —mi hermana incluida— vestían de luto riguroso, excepto un tipo con algo más de personalidad o de vagancia que llevaba vaqueros. Unas cuantas niñas iban especialmente disfrazadas, y me imaginé sin mucho esfuerzo a la piara de chiquillas reuniéndose en una casa y saqueando los armarios para no dar la nota, para ir de góticas, echándose en la cara polvos de talco para el culo de los bebés y pintándose los ojos con rotring. Paciencia. Uno de mis colegas iba con una camiseta de Naranjito, lo que compensaba la fúnebre concurrencia. Un poco.
El Seis es enorme, alargado, tiene unas columnas que imitan templos griegos, varias partes con metidos y entradas, como tropecientas barras —vale, sólo cuatro, creo—, una especie de terracita interior elevada junto a la pista con dos mesas para mirar bien a los que se creen en el UPA dance y unas redes de pescar en el techo. Presumo que con imaginación habrá que suponerlas telarañas. La fauna del ecosistema que se presentaba a los ojos del biólogo rondaba los veinticinco-treinta años —mi sorpresa fue mayúscula al encontrar cómo había subido la franja de edad, fruto de sin duda de los diversos cierres de locales para Góticos de Primera Generación, que concentran a los friquis en un solo sitio—. No localicé ejemplares especialmente reseñables dentro de la categoría Ausencia Absoluta de Sentido del Ridículo —tal vez sea que a estas alturas a mí pocas cosas me asustan—, pero sí un abundante número de Crestas hasta el Techo, Vampiresas Medievales, Sudorosas Niñas Embutidas en Vinilo y Polipiel y Tíos con Faldas, modelitos que, en un 90% de las veces, repetían los de las féminas. Mi hermana, que no dejaba de reír, comentó que les quedaban mejor a ellos que a ellas. Tíos con sobretodos, pues bueno. Todos. Sí, yo incluido. Bailaban con el abrigo, ondeándolo al viento y sintiéndose en Matrix. Hice un vuelo rasante para calcular en qué lugares podía depositar papeletas de publicidad de mi novela y concluí que lo más adecuado era en la entrada, con el puerta, si me dejaba. Si no, repartidas por las mesas y en la barra. Tuve que soportar el choteo de los colegas, ya que mis Tiempos Oscuros y Desesperados son ampliamente conocidos por todos, y jurar y perjurar que nunca le robé a mi hermana más ropa que calcetines cuando no había limpios, y que jamás he llevado falda. Vale, que sí, que será una convención social, pero a mí me parte la polla un tío en falda, lo siento. Además me resulta muy misterioso pensar en cómo mearán. ¿Se la quitarán? ¿Se la bajarán? ¿Se la levantarán y se la echarán sobre la cabeza como un burka y apuntarán a ciegas? ¿Se recogerán las telas coquetamente? ¿Se harán un nudo con ellas? ¿No mearán nunca porque miccionar es vulgar? Hay misterios del universo que es mejor que no salgan a la luz jamás...
El pincha, que está separado por una cristalera de seguridad para evitar que le hagan peticiones o le pongan una bomba —a veces lo merecería— puso The Mission, copia ñoña y barata de Sisters of Mercy que se deja escuchar, a los susodichos, NIN, al —sigh— Manson y algo de Depeche Mode remezclado de una forma particular. Yo estaba tan tranquilo y a gusto cuando comenzó el blackalao. Puro y duro. La diferencia que tiene con el bakalao estándar consiste en que los que bailan van de negro. Sólo se soportaría con LSD, y no había a mano, qué trágica es la vida, aparte de que yo sólo me dopo con aspirinas...
Con la intensa sensación de haber superado ya eso, de haber crecido, de ser un pulpo muy grande en un garaje muy pequeño —yo salía de ese rollo hace muchos, muchos años—, con ese terrible “yo ya he estado aquí” repicando en las sienes, bebí. El “yo ya he estado aquí” (que nos dice que somos viejos, que hemos cerrado etapas, que no encajamos, que debemos cenar leche con galletas, salir a pasear con el bastón y usar una manta eléctrica) no se detuvo, en cambio.
Así que bebí, y mezclé, y mezclé a sabiendas y a conciencia, para hacerme la coctelera en el estómago y perder toda la dignidad, la perspectiva y el dinero de la cartera.
A la tercera copa, todos estábamos haciendo el gilipollas. Mientras yo recordaba, sin poder evitarlo, el soma de A brave new world y el trance místico del baile bacante al que se sometían los miembros de todas las castas para estallar de éxtasis, para desaparecer y purgar las necesidades de la magia, de lo divino, de la cohesión social, del amor, del equilibrio y de la felicidad y la dicha, con la intención última de perder la personalidad y convertirse en un rebaño balante de ovejas, uno de mis colegas —Lector del Comité de Corrección de Primeras Pruebas— comenzaba a jugar a la catalogación.
Jugamos a Politeísmos. Empezamos a darles dioses bestiales a la fauna, que estaba ya bastante animalizada de por sí. Encontramos zorras, gatas, cacatúas, una pantera terrible, una coyote encantadora, un gatito montés con actitud de comerse el mundo, un perro callejero que no nos sostuvo la mirada, y pajaritos, muchos. De todos los tamaños y colores, aunque vistieran de negro. Sólo por fuera, claro.
Porque Politeísmos, como mis sufridos seguidores saben, es una novela de chamanismo moderno, en la cual los personajes llevan divinidades animales dentro, que luchan por acabar con el hombre. Save the planet, kill yourself, pero con menos jeta y sectarismo nauseabundo que el amigo Chris Korda.
Dejar el mundo para las bestias, para los árboles, para las rocas, las montañas, para el cielo y la tierra. Recomponer el equilibrio. Eliminar al Monstruo que camina a dos patas, que tiene la absurda capacidad de pensar hacia detrás y hacia delante —nunca en el presente, siempre en otro lugar, siempre—, de fabricar instrumentos, balbucir chorradas y ponerse ropa encima.
Ojo: no sé cuántas veces lo repetiré. Politeísmos no es una novela de fantasía común. Es fantasía realista. No podréis saber lo que es eso exactamente hasta que la leáis. Eso sí: yo prometo, y cumplo. No hay orcos ni elfos. ¿Licántropos? Pues... haberlos, haylos, aunque no existan. Yo sería uno de ellos, según la religión de Politeísmos, y la verdad es que no me transformo en nada con la luna llena, como tampoco sucede en la novela —cachis, ya no la vais a comprar, ¿no?—. Pero soy un lobo. No uno tan grande como el Álex —protagonista de mi novela—. Él lleva dentro a un Canis lupus lupus y yo no paso de signatus. Faltaría. Aquí hay clases.
¿Y vosotros? Conozco cánidos, felinos, pájaros, carroñeros, presas grandes y pequeñas. ¿Cuál es el vuestro? ¿Lleváis dentro algo?
Lo sabréis cuando salga a la venta, que si os lo digo ahora no la compráis.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007
















AcMe dijo
No existe nada más gótico q una naranja jugando al fútbol, los q van de negro son unos conformistas jejejejeje
26 Febrero 2007 | 04:51 PM