Totemismos.

En realidad tendría que haberse llamado así mi novela —Politeísmos de Álvaro Naira, pronto a la venta en vuestras librerías—. Hoy os voy a explicar por qué no se llama Totemismos y —de nuevo— de qué trata. Para variar un poco, claro.
Como mis lectores habituales saben —y si no lo saben, aquí estoy yo para recordárselo— Politeísmos es una novela de fantasía realista que parte de la premisa de que todos llevamos un alma animal dentro: una cobaya, un suricato, una cocaburra, un ornitorrinco... ¿Qué? ¿No os mola? No jodáis, no van a ser todo animales flipados, lobos, águilas, cuervos, zorros y gatos.
[Por supuesto, en mi novela los animales son TODOS flipados. Pero coño, es literatura.]
Trata de totemismo, sí. Pero urbano, ojo. No es uno de esos libros de portada gilipollesca en azul cobalto con letras de plata de caligrafía inglesa, un lobo y una india al lado.
Es una novela que enclava la creencia totémica en el Madrid gótico del año 2000. Sí. Gótico. Esos tipos tan raros que van de negro y con botas hasta en verano. Cuando mezclas el tocino con la velocidad y un sistema religioso supuestamente primitivo con niñas que se pintan el ribete de mapache en el ojo y los labios como un pozo de alquitrán, pueden pasar dos cosas:
1. Que salga una puta mierda ilegible y paródica que provoque la risa al que lo lee.
2. Que la novela sea jodidamente original y que funcione.
He sudado sangre para que se produjera la segunda alternativa, pero no os voy a hablar de su calidad y de lo chupi que es porque eso lo tendréis que juzgar vosotros. Os voy a hablar del título.
¿Qué es el totemismo? Ahora saldrá un listo y dirá: es la religión en la cual un animal escoge y protege a una persona en las tribus no industrializadas. Y en lugar de salir el listo, salgo yo y digo: el totemismo es una entelequia. Es decir, que no existe. Se lo inventaron los antropólogos. Se impuso durante bastante tiempo la teoría de que la religión se crea a partir del animismo —ponerse a hablar con todo los que nos rodea, incluyendo piedras—, se enriquece posteriormente con el fetichismo —cansarse de esperar a que responda la piedra y pasar a adorarla y bailar la sardana ante ella—, se complica con el totemismo —los bichos son más agradecidos que las piedras: algunos mueven el rabo cuando les bailas la sardana—, se vuelve civilizada con el politeísmo —los muchos dioses que caminan a dos patas pueden bailar sardanas contigo en lugar de morderte los tobillos—, se pone caprichosa con el henoteísmo —hay un dios que baila mejor la sardana que otros, y a ése hay que hacerle más caso— y descubre la Verdad Verdadera con el monoteísmo, y si es cristiano, mejor: sólo Yahveh baila la sardana. Y existe.
Esto es una gilipollez. Lo de la evolución religiosa: lo de la sardana es muy serio.
Todo evolucionismo es decimonónico, trasnochado e imperialista. Siempre que alguien os venda que las cosas cambian para mejorar, desconfiad: yo veo por debajo del papel impreso de esas historias al hombre blanco, firmemente montado a horcajadas en su progreso, clavándole las espuelas, cabalgando al galope y dispuesto a meterle un misil Tomahawk entre las cejas a los indios, los búfalos y las creencias “primitivas”. Aparte, si hay algún antropólogo en la sala explicará esto mucho mejor que yo: las religiones nunca son tan simples como lo es la plantilla que usamos para estudiarlas. No encajan cuando la ponemos encima.
No se puede valorar una religión de forma superior a la de al lado. No se pueden medir su antigüedad o su pureza. No sale una de otra ni desemboca como los ríos. La peña no deja de ponerse hasta el culo de ayahuasca de pronto y pasa a comer hostias a bocados —podrían mojarlas en la ayahuasca para darles saborcillo—. No aparece Cristo y le pisa los cataplines a Zeus, aunque sería divertido y seguro que Zeus lo hubiera preferido. Aunque somos todos muy civilizados, no paramos de rendir culto a los antepasados, que no son más que un fémur roñoso y medio kilo de polvo al que se la fuma que le des una corona de flores o te mees en su calavera.
No hay ninguna religión pura, y por eso no existe el totemismo.
¿Os pongo un ejemplo?
Vamos a estudiar las creencias de un cristiano estándar de nivel cultural medio:
1. Le reza a Dios —sólo cuando no le llegan las pelas para pagar la hipoteca—: una divinidad única y creadora: monoteísmo (no entro en la trinidad, que esto no es un seminario de teología).
2. Para que el nene apruebe un examen, nuestro cristiano le pone una velita a un santo. Hay muchos y cada uno se ocupa de una parcela de la realidad, igual que los dioses griegos: politeísmo.
3. Se la pone en especial a San Judas Tadeo, abogado de las causas difíciles y desesperadas —es que el nene no le estudia—. San Judas es muy milagroso, tiene el mantón más bonito y las estrellas más doradas que el santo del barrio de al lado y eso trae como consecuencia que cumple los deseos mucho más rápido: henoteísmo.
4. Nuestro individuo cristiano estándar lleva en el monedero una piedra de jaspe que trae suerte. No se lo toma muy en serio, pero nunca sale a la calle sin su piedra: fetichismo.
5. El día de todos los santos le compra un ramo de flores a su padre y habla con la lápida como si le escuchara: animismo.
6. Su signo del zodíaco es Cáncer y, aunque no cree en “esas cosas”, se lee todas las semanas la columna del horóscopo de la revista Hola, a ver qué le va a pasar bajo la protección del cangrejo del cielo: totemismo.
Vale. Nuestro cristiano estándar es gilipollas, y además, hipócrita. No os he descubierto nada nuevo.
Lo mismo para el totemismo. No hay en todo el planeta una sola cultura que haya creado una religión a partir de los animales protectores y sólo con ellos. El totemismo es un sistema que calza muchas mesas para que no se tambaleen. Hay totemismo entre los cristianos. Hay totemismo entre los scouts, que llaman a los chavales “lobatos” y se cortan a su medida el traje que nos cosió Kipling. Hay totemismo entre los niujeros, que tienen los cojones de pensar que un animalito se va a ocupar sólo de ellos y de que sean felices y prósperos mientras adoran a Gaia—una tierra gorda y sonriente que nos cuida, como si no estuviera hasta los huevos de soportar nuestro ínfimo peso y nuestras descomunales ínfulas—. Hay totemismo en China con el buey, y en la India no os quiero contar con la vaca. Hay totemismo en México: el nagualismo. Hay totemismo en Australia. Hay totemismo hasta debajo de mi alfombra, pero un tótem, en origen, sólo es un poste de madera algonquino con bichos que señala un parentesco lejano con una nutria, una marmota o un perrillo de las praderas que preñó a tu tatarabuela, una organización de clan y tribu —el tótem no te protege sólo a ti, capullo, ¿o qué te creías? Protege a la comunidad. Faltaría— y un tabú de matar y comerse a determinado bicho y follarse a una persona que esté protegida por el mismo. Eso es el totemismo.

Naturalmente, mi novela no trata de eso. Por ello no la llamé Totemismos.
Hasta ahí, de acuerdo. Mis personajes creen en divinidades animales, a secas. Vamos a quitarle la purpurina al puto horóscopo de los “animales de poder” y hablamos. Porque la mayoría de mis lectores puede que piense que en Politeísmos los personajes llevan animales dentro, los sacan a pasear con correa etérea, son brillantes, espectrales, azulinos, opalescentes, intangibles, bellísimos y dejan a su paso una estela espumosa como las estrellas fugaces y los tapones del champán. (Vid. vídeo inferior: sé de un personaje mío que si lo hubiera llegado a ver todavía se estaría riendo).
Ya. No te jode. Y de paso los personajes —prepúberes con peinados puntiagudos de colores exóticos, ojos descomunales y piernas que les llegan a las axilas— coleccionan almas animales, como los pokemon, las entrenan y pelean con ellas, después de ponerse un pijama de satén que parece de forofo del Barça, muy confortable para pegar saltos entre los edificios de Manhattan y luchar contra el crimen organizado y otros tipos en leotardos.

NO. NOOOOOOOOO. (Pronúnciese el no con tono de Luke Skywalker cuando se entera de que Vader es papá).
Fantasía realista, lectores míos. Aunque en mi libro sucedan un montón de cosas sobrenaturales... no sucede nada sobrenatural. Y como si sigo por aquí reviento mi novela, lo dejo y paso a otra cosa mariposa y regreso al tema previo: el tótem. El animal de poder
El personaje de Álex cree que es un lobo. No le protege un lobo, no ha nacido bajo el signo del lobo, los lobos no acuden a su aullido, no se transforma en lobo con la luna llena, no devora jovencitas, no tiene un olfato especialmente desarrollado, no caza con las manos desnudas, no se disfraza con una piel de lobo y baila al son de los tambores la danza de la lluvia (y la sardana), no canta el uka-luka-lula como los ewoks, no hace magia, no pronuncia conjuros flipados, no le rinde culto a nadie y si alguien se atreve a llamarlo “maestro”, “gurú” o “guía espiritual” es posible que acabe de ingrediente principal de un plato de huevos estrellados con patatas. Álex es un lobo. Simplemente. Es un lobo que lleva puesto un traje de chaval de veintiséis años con sobretodo de cuero y botas New Rock —es que su carcasa es un poco macarra—. Ahora bien, cada gesto, cada comportamiento, cada actitud del personaje es de lobo. Juega a la intimidación, chasca los dientes, caza, se mueve en posiciones jerárquicas de manada, actúa según su naturaleza, siempre. Es un lobo vestido de humano. (De humano siniestro, qué le vamos a hacer.)
¿Y qué hace este tío, este lobo que camina a dos piernas?
Vivir. Simplemente.
Los personajes, todos, están creados a partir de su animal. No tenéis ni puta idea del curro que es eso. Me atrevo a decir que ahora mismo sé más de etología que muchos biólogos. Estoy trabajando en un test flipado para sacar el animal interior de todos mis lectores, y tardo semanas, meses y años porque no ando haciendo un horóscopo, sino un desguace de piezas de comportamiento animal y de cómo sería cada bicho si anduviera con pinta humana. No es fácil.
Y eso es mi novela.
Ahora bien: el totemismo no existe como religión desarrollada en el mundo real; os lo he dicho. Sin embargo, en Politeísmos funciona. Es una religión compleja, que tiene sus mitos, su escatología y su meta. La meta es, siempre, acabar con el hombre. Uno a uno. Hasta que no quede nadie pudriendo el planeta y produciendo kilo y medio de basura al día. Digámoslo con ternura:

En profano: “Salva el planeta: suicídate”.Lástima que ese slogan no sea mío, sino de una secta. Es lo que late bajo Politeísmos. Sin ñoñerías de Nueva Era. Sin bobadas. Sin estupideces. Sin galletas de jengibre y conjuros con velas, lacitos y sal gorda. Yo soy ecologista, mi novela lo es. Hasta la náusea. Pero sin llantos ni desgarramiento de vestiduras. Con simpleza y contundencia. El ser humano es mierda: vosotros y yo. El ser humano da asco, con su cerebro hipertrofiado, su cara estúpida de cachorro de mono, sus patas absurdas y colgantes como tentáculos fofos, su pulgar oponible que siempre necesita sujetar algo, su carne flácida, aceitosa y resbaladiza, sin una áspera mata de pelo encima, sus uñas planas e inútiles que no pueden matar ni cucarachas, sus dientes diminutos y ridículos, su pelvis inservible, mal puesta por culpa de caminar derechos, que hace que la hembra sapiens sea la única criatura que pare con dolor de la tierra. Inútiles desde la cuna: ni nacer sabemos. Inútiles hasta la tumba: para morir montamos cada espectáculo... Y en el lapso, como nos damos vergüenza, nos cubrimos con trapos para no mirarnos.
Eso es el hombre. El único animal que nunca sabe lo que tiene que hacer, porque carece de instinto. Y siempre mete la zarpa. Hasta el fondo.
¿Por qué no titulé mi novela Totemismos, si trata de animales interiores? ¿Por qué Politeísmos?
Politeísmo sólo significa “muchos dioses”. Antropomórficos por lo general, grecorromanos por costumbre, con sus dos patitas, su melena al viento, su vestido blanco y hasta el culo de esteroides, con los músculos inflados bien recubiertos de aceite de oliva —por eso brillan—. PERO obsérvese el plural: no hablo de un politeísmo. Hablo de muchos. Hablo de todos. Hablo de todas las creencias en pluralidad de divinidades. Hablo de la creencia en sí, que es lo que valida a los dioses. Ya lo dije en otro post: La realidad es una cuestión de grado y está sobrevalorada. Zeus existió hasta que se extinguió su culto. Aquiles es más real que el marqués de la Ensenada.
Si tú crees en algo, ese algo es real para ti.
Todos los animales son bellos. Todos son perfectos. Desde el ratón de campo hasta el tigre de Bengala. ¿No sería increíble pensar que muchos llevamos uno dentro?
Como dice el personaje de Verónica: “Si no es real, merecería serlo”.
Así que yo creo.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007


















thewatcher dijo
El tema de los estadios de las religiones siempre me ha hecho mucha gracia. ES todo culpa del positivismo de Comte y su hijo bastardo, el estructuralismo. Somos superiores a los indios, así que tenemos derecho a decirles lo que tienen que hacer, y si se ponen tontos, tenemos derecho a cargárnoslos. Debo de ser muy corto, porque no sé ver el abismo que separa una procesión con el San Isidro a cuestas pidiendo que llueva y a un chamán navajo bailando la danza de la lluvia...
Por lo demás, gran post. ¡Has vencido al calor!
Un saludo.
2 Agosto 2007 | 06:33 PM