Contar cuentos. (Crítica literaria XI).
Leído: Obabakoak, de Bernardo Atxaga.
Psé. A ver. No es una novela. Tampoco es una recopilación de cuentos. Anda a caballo entre las dos, y ahí es donde mete la zarpa. Quiero decir con esto que en teoría se trata de una serie de relatos cuyo único lugar común es... un lugar: Obaba, una aldea ficticia del País Vasco. En teoría porque no lo es; hacia el final cobra una estructura y se convierte en novela: continúan los personajes y continúa la historia, crece, se organiza y funciona. Mi sensación, al leerlo, era la de toparme con una construcción accidental, con un autor que había recogido material disperso que tenía escrito y al final se atrevió a hacer una novela corta. Me sentí hasta cierto punto engañado. Si me vendes relatos, hasta el final. Si me vendes novela, desde el principio. No “aprendas” sobre la marcha y al final te lances.
Nunca lo repetiré lo bastante: será todo lo postmoderno que queráis montar una historia a cachos y no con esa linealidad, supuestamente tan cómoda, de contar una historia del derecho y no del revés, tan propia de la literatura del siglo XIX, con su introducción, su nudo y desenlace. Ah, es que eso es muy fácil. Claro. Hay que rizar el rizo y que el lector deje de ser “hembra” —como decía Cortázar antes de que las feministas se le echaran al cuello— y pase a ser “macho”, activo y participativo, y se dedique a colocar las piezas del puzzle que cuidadosamente el escritor ha dispuesto al azar, que mola más que dárselas numeradas.
Me parece muy bien.
Siempre que se sepa hacer lo otro.
Me explico: Dalí sabía pintar. Y pintaba. En determinado momento le entró la humorada de realizar la escultura “Teléfono bogavante”, que consistía en un teléfono cuyo auricular era un bogavante —nunca os lo hubierais imaginado—. Se lo cascó por quince millones de pesetillas a la casa de subastas Christie’s un año antes de palmar, en el 88. Eso es digno de carcajada y aplauso, sí.

Pero Dalí sabía pintar. Que fuera un capullo oportunista —avida dollars— es posterior y secundario.
Frente a esto, imaginad la siguiente situación: llega un tío, suelta un poco de basura en la planta de arriba del Museo Reina Sofía de arte contemporáneo y lo llama “Objetos dispuestos al azar”. La pregunta es: ¿sabe hacer otra cosa? ¿No hace eso porque es incapaz de esculpir? ¿Dónde está el arte ahí? Sin comentarios.
En literatura, lo mismo. Demuéstrame que sabes manejar una trama. Enséñamelo. Construye tu arquitectura novelística de forma que no se te caiga. No me lo hagas fácil tampoco; te voy a pillar. Engáñame. Móntame un rompecabezas tan bien hecho como el de Rayuela, o hazme creer que leo una novela decimonónica lineal y hasta juvenil e intrascendente cuando por debajo la estructura hace volteretas —ajem. Como Politeísmos. Salvando todas las distancias, por supuesto—. Pero no me canses. No me aburras. No fuerces mi paciencia. Te leo en mi ocio. No eres tan importante como crees. Quiero una ficción, quiero una puerta a otro mundo, amable o tremendo, no me importa. Pero eso es un libro y es lo que pido. Yo leo con los dientes y trituro, no con los ojos. (También mis propias obras; hay que ser consecuentes. Otra cosa es que me calle la autocrítica. De momento.)
Bueno. Que conste que estoy siendo injusto con Atxaga. No he leído más obras de él que Obabakoak. Es un buen escritor y tiene ahí relatos excelentes, pero otros pierden fuerza —voy a leerlo más y posiblemente me retracte de este artículo—. Lo he cogido de excusa para soltar unos cuantos espumarajos contra la postmodernidad. Ya lo dejo.
Tiene un cuento magnífico, Obabakoak. Es el siguiente:
Para escribir un cuento en cinco minutos
Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga —además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente— un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua —si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello— y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).
Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también —en la estantería que está a su izquierda— el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces —y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel— esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.
Arf. Qué buenísimo.
Lo malo es que continuuuuuuuuúa. Y nos narra una historieta de una señorita que se quema la cara. A mí, personalmente, me la trae al fresco después de leer eso. Estaba tragando metaliteratura, que es esa pijada en la cual escribes sobre escribir. Lo estaba disfrutando. Me gustaba. Pues que no me salga por la tangente, coño, que me da rabia y me entran ganas de agarrar las tijeras de la carne, el cuchillo jamonero y el hacha.
También tiene Obabakoak el mejor cuento de la historia de la literatura. (Hala. Y me quedo tan ancho. Y que me lo rebatan. Sí. EL MEJOR CUENTO DE LA HISTORIA DE LA LITERATURA.)
Claro que no es suyo.
¿No sabéis de cuál hablo? Pues agarrad las palomitas, repantingaos en el sillón y preparaos a disfrutar. Es breve. Brevísimo. Como buen cuento.

El gesto de la Muerte.Un joven jardinero le dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar lejos de aquí, en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta su mejor caballo. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
—Muerte. ¿Por qué le hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —responde la Muerte— sino de sorpresa. Pues lo veía lejos del lugar de la cita, ya que debo tomarlo esta misma noche en Ispahan.
¿De quién es este prodigio? JA. Pues de todos y de nadie. Es popular, señores. Es de Cocteau, de Borges que lo “tradujo” —como traducía él, inventándose la mitad, de hecho yo no he encontrado el original de Cocteau, aunque tampoco es que me haya matado a buscar—, de Somerset Maugham, de John O'Hara, de García Márquez, de Juan Benet y hasta de Terry Pratchett. Es de Yalal Al-Din Rumi —éste suena más antiguo, ¿eh? Pues tampoco es el autor—. En teoría es de las Mil y una noches —en las mías no está, lo juro, pero es que no tengo las que “tradujo” Galland sino una edición actual, mucho menos fantasiosa—. Es de todos. Y de Bernardo Atxaga, por supuesto.
[Filólogos del mundo, aburridos y necesitados de hinchar vuestro currículum con publicaciones en revistas especializadas, ¿quién se anima a seguirle la pista textual a este cuento? Las ciudades fatídicas varían entre Samarra e Ispahan; da para un estudio abultadito. Yo paso.]

Obabakoak es realismo mágico y un Cien años de soledad de segunda fila. Bien escrito, por descontado —yo no leo mierda, salvo cuando lo hago—. En la literatura vasca dicen que es la puta hostia; en la universal creo que su sombra es poco alargadita. Me gustan sus pinceladas de relato popular, el cuento del jabalí blanco —otra corza de Bécquer—, el relato del chico alemán al que le escribe cartas una chica ficticia —como la historia de Kafka y la muñeca viajera—. Me gustan los retazos de folclore, la superstición, el lagarto que se mete por el oído y deja sorda y tonta a la víctima, los cuentos de viejas. Ahí gana fuerza y profundidad.
Porque los mejores relatos, al final, son los de toda la vida. Y si no me creéis, pinchad en el vídeo, un pequeño ejemplo de la obra maestra del marionetista Jim Henson, alabado sea.
Desde el faro,
Al.
Álvaro Naira © 2007
















Álvaro Naira dijo
Bof. Al menos actualicé. Sí, ya sé que es un artículo pedantón.
Para todos los adoradores de Jim Henson, se puede bajar la serie del cuentacuentos —lo MEJOR que hizo en su vida, e hizo maravillas— aquí. Recomiendo especialmente “El soldado y la muerte” y “Hans el pequeño erizo”.
Saludos. Si es que queda alguien al otro lado. Parece que lo hago aposta lo de perder lectores con mi ritmo de actualización, ¿eh?
Ah. Lo olvidaba.
Sin novedades en el frente. Naturalmente, me refiero a la publicación de Politeísmos.
14 Octubre 2007 | 04:01 AM