Carta de amor de una novela frustrada.

El 28 de enero del año 2000 el personaje de Álex conoce a Verónica en el Phobia y se la tira.
Así comienza Politeísmos. No con esa frase, sin duda (aunque tendría su gracia, ¿no os parece épica? Mucho más que la auténtica, “Pidió un tercio y encendió un cigarro”; que menuda sosería de principio, ya fosilizado, claro). El 28 de enero ha pasado; hasta el 24 de marzo, que es cuando termina la acción del libro, nos quedan dos meses cuajaditos de efemérides. Los celebraremos a medias, ya que no podemos desvelar la acción porque, como bien sabéis, no hemos publicado todavía y está feo sacudir a spoilers. Aquí publica hasta el gato antes que uno. Todo el mundo publica. Todos los que son alguien. Yo no soy nadie ni falta que me hace. Algunos llevamos el fracaso en las venas. Lo traemos escrito en la frente. Estoy tirando mi vida por el retrete. Claro, luego me quejo si se atasca el desagüe, y chillo que no quiero ser mayor, que quiero ser pequeño, quiero que llame otro al fontanero, no yo, yo me quiero largar al parque a darle patadas al balón y a merendarme la nocilla y el mundo entre dos rebanadas de pan de molde. Yo quiero huir, meterme en mis ficciones, ser un detective, un espía, un astronauta, un policía, un ladrón de guante blanco, un fantasma, un extraterrestre un superhéroe un licántropo. Un escritor, que es todos ellos. Y no puedo. Porque sigo con depresión, claro. No quiero ir al curro. No quiero levantarme a las siete de la mañana. Ni siquiera quiero levantarme. No quiero limpiar ni cocinar ni comer. Pero yo me he hecho mi plato y ahora tengo que tragármelo, aunque se haya quedado helado y parezca un emplasto con grumos. Al microondas va, y a seguir escribiendo posts recalentados hasta que venga la noticia crujiente de la publicación, si es que viene. He escrito una novela; creía que saldría YA y se retrasa hasta límites que me obligan a considerar si debería dedicarme a otra cosa, y dedicarme en serio, para llegar reventado por la noche y freírme ante el televisor, salir los fines de semana, emborracharme como actividad social —nunca más solitaria—, y dejar de pensar. Pasar a ser gente. Como todos. Olvidar que tengo un don, el puto don de evadirme y de contarme historias, y sentir que son más reales que las que me pasan, y vivirlas a lo bestia, de la forma en que no vivo mi vida, que a nadie le interesa. Y a mí, al que menos. Quiero follarme otra novela, otros personajes, otros mundos. Politeísmos y yo hemos acabado. Tengo que rehacer mi vida. Pero ah, aún la tengo aquí. Me manda mensajitos al móvil. Me dice que me echa de menos. Que lo nuestro aún funciona. Que deberíamos darnos otra oportunidad. Que no me rinda tan pronto. Que fuimos muy felices. Que aún podemos serlo. “Álvaro, por favor”, gime, y no soporto ver llorar a una novela adulta, hecha y derecha, “si me publicas, volveremos. Será para un mes tal vez, para dos, pero volveremos. Follaremos igual que follábamos, con nuestros mismos juegos. Follaremos como bestias, como animales. Serás otra vez el lobo que eras, y dejarás de ser un perro doméstico, amansado por el mercado y el tiempo. Me compartirás con muchos —sé que eso te pone, pedazo de enfermo—. Podréis hablar de mí, de mis mejores posturas, de mis encantos secretos, de mis problemas, de mis curvas argumentales y mis turgencias, de lo mal que la chupo en el primer capítulo, de cómo sorprendo en el cuarto, cómo me lo curro en el séptimo, cómo te llevo al orgasmo en el décimo, y a partir de ahí no lo dejo, salvo anticlímax diversos... Álvaro, aún nos queda lo mejor. ¿No me crees? Mírame. Mírame a las letras y dime que me odias. Escúpemelo a los párrafos que tanto acariciabas hace un año, pasando los símiles, los zeugmas, las enumeraciones, con la punta roja de un pilot, trazando un hilo fantástico, imaginario, que a veces se volvía nítido, para eliminar a golpe de cruz y de vistos y carcajadas, como si fuera el examen nefasto de un alumno, la metáfora, la adjetivitis, la catacresis, lo que dolía, lo que sobraba, lo que me impedía crecer; y lo hacías con rabia dañina, con soberbia de creador, como si yo fuera tuya, sólo tuya, para nadie más, y quisieras sacar de mí mi mejor yo, igual que decía Salinas antes que los libros de autoayuda... Sé que ya me detestas. Te dices que soy demasiado juvenil para ti, que ya tienes treinta tacos, que no estás para perder el tiempo en lolitas con la cabeza llena de fantasía y de pájaros azules, tan propios de otra época, Álvaro... Que ya no somos románticos, ya no somos modernistas. Nunca lo fuimos, ¿te sirve? Estuvimos saltando desde el colchón del hiperrealismo al del mito, dando volteretas, enlazándonos como cobras, retorciéndonos en la fantasía convencional, buceando en la bañera de la narrativa de metro, de parada de autobús, de evasión barata, para salir, siempre, para llegar más lejos... Pero tú ahora te convences de que soy mala, mala con avaricia, y demasiado amable al tiempo, porque no incomodo, no destruyo, no hago sufrir lo suficiente..., y así me haces prostituta y santa —qué típico, Álvaro, qué típico—, dices que no te convengo, que soy poca cosa, que soy fea, simple, igual a miles de millones, que no aporto nada, que no soportas ni mirarme, que estoy mal hecha, aunque mi simetría sea perfecta. Odias aquello de mí que antes amabas, como siempre sucede. Álvaro: te equivocas. No soy tuya. Dejé de serlo en cuanto me escribiste la última palabra en los muslos, apretando con las uñas en la piel seca y rosada, y dejaste tu nombre en un rastro de carne blanca. Me firmaste entonces. Lo hubiéramos hecho con sangre y cuchillas —nos hubiera gustado, ¿no es cierto?—, pero lo hicimos con los dedos, con las teclas, con la tinta, por aquello de los tópicos gastados. Y aquí estamos. Tres años, Álvaro. Pronto se dice. Dos años de desencuentros, uno de encuentros siempre en la pantalla, a cada minuto, al otro lado, de buscarte mientras trabajabas, mientras salías a comprar, mientras viajabas, mientras veías a tus amigos y a tu novia, y no fui feliz hasta que te aparté de todo, Álvaro, hasta que te tuve sólo para mí, hasta que te quedaste en el paro y completamente solo, y no te importó, te dio lo mismo, porque sólo yo era real, sólo yo era verdadera, sólo entre mis páginas pasaban cosas ciertas. Y ahora, me tiras. Ahora me desprecias. No es culpa mía, Álvaro. Nos ha pasado la vida por encima como un coche, nos ha aplastado la realidad, ha conseguido que odies los centros comerciales, las librerías, los autores, las presentaciones, las publicaciones de crítica, los suplementos culturales, el olor a limpio de la imprenta, las cubiertas satinadas y brillantes, las voces de megafonía que anuncian las sesiones de firmas: hasta los libros los odias, Álvaro. Hasta la literatura. Lo sientes todo como el tinglado de una gran farsa a la que tú no estás invitado, porque eres de los pocos que van de calle, que no van disfrazados, que saben lo que quieren, que no se amoldan, que no cambian, que no pasan por el aro del concurso, de la carrera de fondo, de la persecución al autor consagrado. ¿Tengo yo la culpa de lo que ha pasado? Álvaro; sólo soy una novela. ¿La primera? La primera publicable, la primera que importa. Las demás fueron pruebas, proyectos, manoseos en los rincones de un garito, cogidas de manos en el cine, besos blancos. Tú y yo hemos follado. Nos quisimos. No puedes echarme a patadas porque estés cansado. Cuando me hayas usado, cuando ya no sirva, cuando te canse de veras, no me dejarás tú: me iré yo sola, a tirarme a lectores que no conoces, que no quieres conocer, que no conocerás nunca, porque si los conocieras, ya no serían lectores: serían amigos, te leerían por compromiso, y eso no te interesa. Lo hermoso, Álvaro, lo bonito de esto, es que a ellos no les importarás ni lo más mínimo, les importaré yo, sólo yo. Te criticaremos por las noches, nos reiremos de ti y de tus perversiones, compartiremos la cama, un bol de palomitas calientes, una bolsa de pipas de calabaza, un cigarro, una mesa, un sillón, un banco del parque, un asiento del metro; me meterán el flexo hasta el fondo, me atravesarán con los dedos, explorarán los rincones húmedos por los que tú te hundiste dejando tu huella. Follaremos de todas las formas posibles, en todos los sitios que imagines, y tú no estarás allí. Estarás con otra, y me habrás olvidado, como yo te olvidaré, porque tendré otros, otros que me entiendan de una manera distinta; ni mejor ni peor: diferente. Entonces, pasaremos página. Tú me cerrarás para siempre, y seguiremos creciendo. Solos, cada uno por su lado. Pero no ahora. Todavía no. No puedes. Me tienes presente, cada minuto del día y de la noche. Álvaro: asúmelo. Aún me quieres”. Y lo que me jode es que la muy puta tiene toda la razón. Desde el faro, Al. Álvaro Naira © 2008 













Álvaro Naira dijo
Bof... qué lírico.
3 Febrero 2008 | 09:05 PM