No lo pude evitar.

Inmediatamente estábamos allí los dos. Tú, tumbada boca arriba sobre una suave y delicada alfombra. Yo, semisentado a tu alrededor. Tú, con tu cuerpo desnudo, cubierto tan sólo por una camisetita blanca, ajustada, sin mangas, y una braguita de algodón, igualmente inmaculada.

No lo pude evitar.

Bien sabes que soy un chico fácil para esos menesteres, y si quieres cosquillitas, yo te las hago, o te las doy, o te las provoco.

Tus pies me lo pedían, parecían suplicar que comenzara por ellos. Desde tus delicados talones hasta el extremo de tus finos y suaves deditos. Centímetro a centímetro ibas percibiendo ese hormigueo que te subía desde ahí hasta el último de tus cabellos, un cosquilleo que ya se dejaba notar en el resto de tu cuerpo. La yema de mis dedos son generosas, comparten el placer de recorrer tu cuerpo con el suave susurro de mis leves soplidos, que te hacen llegar un fresco airecillo que va recorriendo cada poro de tu piel, erizando cada pequeño vello que encuentra en su camino.

Mis dedos coquetean con tus rodillas, flirtea con tu hueco poplíteo, tomando fuerzar para iniciar el ascenso hacia tus borrascosas cumbres, previo regocijo en tus bien formados muslos, que anuncian el camino a seguir hasta llegar al Jardín del Eden, a tu paraíso corporal, al oasis en mitad del desierto de tu tostada piel. La suave telita de la braguita delata lo que está sucediendo en tu interior, me va insinuando que todos los torrentes se han activado para nutrir a tu fuente, la fuente del deseo, de mi deseo, de tu deseo.

Tímida y fugazmente el extremo de mis uñas hacen un guiño por el montecito del gozo, por la duna del placer.

Humedezco mi boquita en un fresquito cubito de hielo, que comienza a desprenderse de gotitas de agua que acaban en el oceano de tu ombligo. La puntita de mi lengua se zambulle en la sima y juguetea con tu ombligo, contigo, con tu placer. Enseguida se mezclan las temperaturas creando una especie de agua que se evapora, que tiene a tu piel expectante, atenta a adivinar cuál será el siguiente paso. Echo una mirada fugaz y puedo adivinar cómo tus pechos ansían la llegada, parecen querer venir a mi encuentro esos duritos y firmes pezoncitos, que habrán de seguir esperando, pues mi mano porta una fresa untada en chocolante calentito que recorre, que surca tu torso, saltando entre cada costillita, buscando ser comida, ansiando sentir el calor de tu lengüita mientras la saborea.

Tu boquita saborea la fresa, la mía saborea tu pecho, mis dedos? Mis dedos divagan, no saben dónde meterse para no caer en el desenfreno.

Mi boquita escala por tu cuello, sin dejar un centímetro sin caramelizar, sin dejar un poro sin acariciar. Mis dedos palpan tus rasgos faciales, tu mentón, tu nariz, tus ojitos, tus orejitas. Mi boquita los sigue y se camufla entre tus labios, se confunde con tu lengua.

Te miro a los ojos, me miras a los ojos. Sobran las palabras, hablan su resplandor