Yo amo el gesto de tu luz presta,
amo tu mueca risueña, esbelta,
en gracia pone estrella enhiesta;
el cielo azul del altivo delta.
El aura de tu piel tersa y blanca,
la traslúcida alma de tus senos,
la cumbre dorada de albahaca:
figura perfecta de mis deseos.
Sueño impaciente, sueños vivientes,
deseos ardientes, palabras diablas,
comunión imante de dos amantes;
en el lecho nocturno tu inhalas
los sopores de mis pueriles sienes;
alborada faz de mi piel sin alas.
servido por andry
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El retumbar de los tambores se vuelve cada día más grave. Camina por las paredes devorándolo todo. La pintura antes blanca se muestra ahora color crema oscuro, con dibujos de caras deformadas, ovoides y alargadas, y con el contorno desfigurado como si estuvieran derretidas. En las esquinas, inmensas telarañas forman redes de contrabando con las moscas que vuelan incansables desde hace noches, cuyo silbido rezumbante forma parte ya de la caja sinfónica de mis oídos. Yo estoy aquí, arrodillado en el suelo cenizo de la chimenea, oculto tras el sillón de cuero negro, respirando el cargado aire del cilindro ahumado. Cuando mis pulmones estén cargados de los restos incendiarios del carbón y tengan sus paredes untadas de dióxido de carbono, moriré. Mi gran obstáculo se halla en la prohibición que tengo para toser porque de hacerlo me cogerá, y eso me obliga a retener todo en mi interior. Sufro mareos constantemente, el suelo de la chimenea está encharcado de mis propios vómitos, y mi pantalón está empapado de ellos que son absorbidos por la tela hasta las ingles. La garganta me escuece y me arde como si tuviera un dragón dentro y la irritación bulle en cada trago de orina.
La sed es una de las sensaciones apetitivas más duras de soportar, no obstante es una de las menos conocidas por el hombre. En condiciones normales, si sintiera la boca seca me acercaría a la nevera y con el vago gesto de pinzar la tapa de una cerveza calmaría la sed sin darme cuenta de que quizá no la tenía. Pero ahora, cuando siento su sequedad en mi garganta y en las paredes del estómago y mi cerebro brama a chillidos ríos de agua por el esófago, lo valoro más que a mi vida. La sed no se la deseo a nadie. Cada segundo que vivo sediento lo paso pensando en beber y dentro de ese tiempo efímero, millones de pensamientos se agolpan para pedir otro segundo en el que reclamar su derecho a expresar su protesta por la huelga de líquidos. Siento como si estuviera en los últimos momentos de mi vida y en los primeros de la muerte, pues así se muestra en mis órganos, pero el fin no llega. Es una tortura que delimita con la muerte y juega a cruzar la línea durante un minuto y después vuelve atrás. Esa línea la podría comparar con la que me separa del frigorífico. Está a solo ocho metros de mi alcance y no se me pasa por la cabeza ni en el peor momento de delirio salir en busca de la bebida. No repetiría el pavor que sentí al ver esa cosa extraña en el trastero por nada del mundo. Se ha paseado ya tres veces por la sala y no se si me ha visto porque cuando escuchaba el cuchicheo de sus pisadas cerraba los ojos con fuerza hasta ensordecerme. No voy a salir mientras ese engendro habite mi casa...
servido por andry
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