Ciudad Palpada (Primera parte)

Giovanni Vásquez tiene 27 años, es abogado de la Universidad de Antioquia y actualmente estudia Filosofía en esta misma institución. Es invidente de nacimiento pero no da pasos en falso cuando de salir por Medellín se trata. “Cuando sé el paradero de los buses no tengo que preguntarle a nadie”, dice, aunque a veces debe pedir ayuda o, si no hay nadie cerca, elevar su mano, esperar a oír como el bus se detiene y preguntarle al conductor el número de la ruta.
Con la misma facilidad con la que coge el bus, Giovanni trabaja como presidente de la junta directiva de la Unión Nacional de Limitados Visuales (UNLV), a la que llega siempre ayudado por su bastón.
Claudia, por su parte, sujeta la correa de su perra labrador y sale a caminar por Medellín. En ese momento comienza la faena que por diez años la ha llevado a enfrentarse con la vida desde la oscuridad.
De sus ojos marrones escapa una mirada indiferente ante las figuras y colores de la Universidad de Antioquia mientras, con paso seguro, se abre camino entre los estudiantes. ¡Lilí, a la biblioteca!, dice al dirigirse al servicio para invidentes Jorge Luís Borges, en donde un grupo de estudiantes leen textos académicos a los invidentes.
A sus 20 años, cuando iba a nacer su hijo Pablo, los médicos le descubrieron un tumor cerebral, que fue extraído en una cirugía el mismo día en que se le realizó una cesárea para que pudiera nacer el niño. Horas después de salir del quirófano había perdido la visión en un 98 por ciento. Quince días más tarde dejaría de ver completamente.
Aunque fue difícil adaptarse a la falta de visión, pudo sobreponerse a la depresión gracias al apoyo de su familia. “No se puede dejar de vivir por una limitación”, comenta.
Fue a los ocho meses de haber perdido la visión cuando Noreida Orrego, una educadora especial invidente, le enseñó a desplazarse. “Empecé con el bastón, temiendo que mi profesora me dejara aporrear, pero como ella había vivido lo mismo, sabía de mis temores y me enseñó que tropezar hacía parte del aprendizaje”.
Claudia abandona la biblioteca y enfila hacia el salón donde recibirá su próxima clase. Dice que aunque no ha tenido problema para ingresar con su perra a lugares públicos, posee un carné que le permite hacer uso del decreto 660 de 2003, sobre accesibilidad de los limitados a diferentes establecimientos. Ella estudia actualmente tercer semestre de Psicología y cursa un taller de masajes en Comfenalco. Sabe que Pablo es su motivación. “Quiero salir adelante por mi hijo”, concluye, e ingresa al aula sin tropiezos. Al contrario de Claudia, cuando de desplazarse se trata, Andrés Felipe Marín Montoya prefiere el bastón “porque es más práctico, se puede guardar fácilmente, mientras que el perro ocupa más espacio, y hay que estar pendiente de sus necesidades fisiológicas”. Además piensa que éste lo privaría de disfrutar la universidad en las horas nocturnas, pues “al perro le puede dar estrés”. Las dificultades que tiene Felipe son los carros, los postes y las carretas de los vendedores ambulantes, que se encuentra atravesados en las aceras, pero eso no es impedimento para que Felipe acuda a la sala de invidentes de la Universidad de Antioquia, a departir con sus compañeros sobre algún libro de Borges o de Cortazar, o a que le faciliten un audio libro para hacer una de las cosas que más disfruta: leer. Al igual que Felipe, Claudia y Giovanni también buscan la manera de vivir la ciudad. Los tres han encontrado en su limitación una oportunidad para hallarle un lado más espiritual a la vida e imprimirle coraje a sus sueños. Ellos hacen parte de una realidad que afrontan muchas personas con discapacidad visual. Según los datos presentados por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, para el año 2006 se registraron en Colombia un total de 87.525 personas con deficiencia visual, de las cuales 38.130 eran discapacitadas visuales. Para el caso de Antioquia se registraron 2491 personas con discapacidad visual, hasta ese año. En la ciudad de Medellín esta población ha contado con diferentes avances en la parte arquitectónica, como los dispositivos sonoros o las losetas táctiles, que posibilitan su movilidad, así como con el apoyo de distintas entidades que velan por sus intereses y necesidades, haciendo que Medellín, conforme a lo que sucede en otras ciudades del mundo, se convierta en una ciudad incluyente y equitativa. Es necesario aclarar que no debe confundirse el concepto de ciudad incluyente, con el proyecto Construyendo Ciudades Incluyentes, Promoción de la Equidad de Género en la Gestión Local, que se ha realizado en diversas ciudades de Latinoamérica y de Europa con el fin de contrarrestar las inequidades de género que afectan especialmente a la mujer, siendo ella una de las principales constructoras de las ciudades. Con el proyecto se busca entonces la participación política, social e institucional para que haya equidad e inclusión en las ciudades.[1]
