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Mi Guarida

18 Julio 2007

Lestat XIX

Me hallaba sentado en el Café du Monde cuando salió el sol, y me preguntaba cómo haría para entrar en mi departamento de la azotea. El hecho de analizar ese pequeño problema me impedía perder la razón. ¿Sería ésa la clave de la supervivencia humana? Hmmm. ¿Cómo entrar por la fuerza en mi lujoso departamento? Yo mismo había colocado un portón infranqueable en la entrada del jardín de la azotea. Yo mismo había instalado complejas cerraduras en todas las puertas. Las ventanas tenían rejas para que los mortales no pudieran pasar, aunque nunca me había puesto a pensar cómo ningún mortal podía subir hasta allí.

Bueno, tendré que ingresar por el portón. Pensaré en algún tipo de magia verbal para usar con los demás moradores del edificio, todos inquilinos de Lestat de Lioncourt; que los trata muy bien, permítaseme añadir. Los convenceré de que soy un primo francés del propietario, enviado a ocuparse de la penthouse en su ausencia, y diré que se me debe franquear la entrada a toda costa. ¡Aunque tenga que usar una palanca o un hacha! O una sierra eléctrica. Apenas un detalle técnico, como dicen en esta era. Tengo que entrar.

Después, ¿qué hago? ¿Tomo una cuchilla de cocina —porque hay allí cosas por el estilo, aunque jamás tuve necesidad de una cocina— y me degüello?

No. Llamo a David. No hay nadie en este mundo a quien puedas recurrir, ¡y piensa en las cosas terribles que él te va a decir!

Cuando dejé de discurrir sobre todo eso, de inmediato me acometió un desánimo demoledor.

Marius y Louis me habían echado. En la peor de mis locuras, se negaron a ayudarme. Cierto es que me había burlado de Marius. No quise aceptar su sabiduría, su compañía, sus normas.

Sí, me lo tenía merecido, como tan a menudo dicen los mortales. Había cometido el deleznable acto de soltara Jamescon mis poderes. Verdad. También era culpable de espectaculares experimentos y desaciertos. Pero nunca imaginé cómo iba a sentirme privado por completo de mis facultades, mirándolo todo desde afuera. Los demás lo sabían; seguramente lo sabían. Y permitieron que Marius emitiera su juicio y me hiciera saber que, en castigo por mi acto, ¡decidían echarme!

Pero Louis, mi hermoso Louis, cómo pudo menospreciarme. ¡Yo habría desafiado hasta a los cielos para ayudarlo! Había contado tanto con él, con despertarme esta noche y tener la vieja, poderosa sangre corriendo por mis venas.

Oh, Dios, ya no era uno de ellos. Ahora no era más que ese mortal que estaba ahí sentado, en la sofocante calidez del bar, bebiendo un café —de rico sabor, eso sí—, comiendo una rosquilla dulce, sin esperanzas de recuperar jamás su lugar.

Ah, cómo los odiaba. ¡Qué ganas me daban de hacerles daño! Pero, ¿quién tenía la culpa de todo? Lestat, ahora un hombre de un metro noventa, ojos castaños, piel bastante oscura y espesa cabellera ondulada. Lestat, de brazos musculosos y piernas fuertes, y otro resfrío mortal que lo debilitaba. Lestat, con su fiel perro Mojo. Lestat, que quería saber cómo hacer para apresar al demonio que había huido llevándose no su alma, como suele ocurrir, sino su cuerpo, un cuerpo que bien podía estar ya destruido.

La cordura me dijo que aún era muy pronto para planear nada. Además, nunca me había interesado demasiado la venganza. La venganza es para quienes en algún momento resultan vencidos. Yo no estoy vencido, me dije. Y es mucho más interesante analizar la victoria que el desquite.

Mejor pensar en cosas pequeñas, cosas que puedan ser cambiadas. David tenía que escucharme. ¡Por lo menos que me diera su consejo! Pero, ¿qué más podía dar? ¿Qué podían hacer dos mortales para perseguir al despreciable ser? Ahhh...

Mojo tenía hambre y me observaba con sus ojazos inteligentes. Cómo lo miraba la gente del bar; cómo esquivaban a ese funesto animal peludo de hocico oscuro, orejas de borde rosado y enormes patas. Imprescindible darle de comer. Al fin y al cabo, era cierto el típico lugar común: ¡ese inmenso perro era mi único amigo!

¿Satanás tenía un perro cuando lo arrojaron al infierno? De ser así, el perro tendría que haber ido con él.

—¿Cómo lo hago, Mojo? —le pregunté—. ¿Cómo hace un simple mortal para apresar al vampiro Lestat? ¿O acaso mis compañeros redujeron mi hermoso cuerpo a cenizas? ¿Fue ése el sentido de la visita que me hizo Marius? ¿Hacerme saber que ya lo habían consumado? Dios mío... ¿Qué dice la bruja en esa horrenda película? Cómo pudiste hacerle eso a mi hermosa perversidad. Me ha vuelto la fiebre, Mojo. Las cosas se van a tener que arreglar solas. ¡ME VOY A MORIR!

Oh Dios, contempla el sol que invade calladamente las calles sucias, mira cómo mi hermosa Nueva Orleáns despierta bajo la bella luz del Caribe.

—Vamos, Mojo. Hora de entrar. Después podremos descansar al calor.

Pasé por el restaurante que queda frente al viejo Mercado Francés y compré una porción de huesos y carne para él. La amable camarera me llenó una bolsa con sobras del día anterior y comentó que al perro le iban a encantar. Luego me preguntó si yo no quería el desayuno, si no tenía hambre en esa hermosa mañana invernal.

—Después, querida. —Le entregué un billete grande. Me quedaba el consuelo de que seguía siendo rico. O al menos eso creía. No lo sabría con certeza hasta que no me sentara a la computadora y averiguara las actividades del vil estafador.

Mojo consumió su comida en la cuneta sin emitir ni una protesta. Eso era un perro. ¿Por qué no habré nacido yo perro?

Ahora bien, ¿dónde diablos quedaba mi departamento? Tuve que detenerme a pensar, deambular dos cuadras y volver atrás para encontrarlo —enfilándome más a cada instante pese a que el cielo estaba azul y había un sol intenso—, porque casi nunca entraba al edificio desde la calle.

Ingresar en el edificio fue fácil. De hecho, fue sencillo forzar la puerta de la calle Dumaine y volver a cerrarla. Ah, pero ese portón va a ser lo peor, pensé, mientras arrastraba mis pesadas piernas por la escalera, piso tras piso. Mojo esperaba amablemente en los descansos a que yo llegara detrás de él.

Por último divisé los barrotes del portón, la preciosa luz del sol que caía sobre el pozo de ventilación desde el jardín de la azotea, y el movimiento de las inmensas begonias, que sólo tenían algunos bordes quemados por el frío.

Pero, ¿cómo iba a abrir esa cerradura? Me hallaba calculando qué herramientas iba a necesitar —¿una pequeña bomba?— cuando me di cuenta de que la puerta de mi departamento, cinco metros más allá, no estaba cerrada.

—¡Dios mío, el canalla ha estado aquí! —susurré—. Maldita sea. Mojo, me han saqueado mi cueva.

Desde luego, también eso podía considerarse como un signo positivo: quería decir que el delincuente aún vivía, que mis compañeros no lo habían ultimado. ¡O sea que aún podía prenderlo! Pateé el portón, con lo cual sólo conseguí un dolor fenomenal en el pie y la pierna.

Luego aferré el portón y lo sacudí sin piedad, pero estaba firme, agarrado a sus antiguas bisagras que yo mismo le había hecho poner. Un fantasma débil como Louis no podría haberlo transpuesto, y mucho menos un mortal. Indudablemente el ser abyecto no lo había tocado sino que había entrado como solía hacerlo yo: bajando de los cielos.

Bueno, basta ya. Búscate unas herramientas y hazlo deprisa. Averigua pronto qué grado de daño te causó.

Giré sobre mis talones, pero en ese preciso instante Mojo se puso en posición de alerta y lanzó su gruñido de advertencia. Alguien se movía dentro del departamento. Un trozo de sombra brincó sobre la pared del hall.

No era James. Eso era imposible, gracias a Dios. Pero, ¿quién?

Al instante se resolvió el misterio. ¡Apareció David! Vestido con traje oscuro de tweed y sobretodo, mi querido David me estudió con su característica expresión de curiosidad desde el extremo del sendero que cruzaba el jardín. No creo que nunca en mi larga vida me haya alegrado tanto el ver a otro mortal.

Pronuncié su nombre en el acto. Luego dije en francés que era yo, Lestat, que por favor me abriera el portón.

No me respondió enseguida. Creo que jamás lo vi tan señorial y dueño de sí mismo, el verdadero gentleman inglés que me miraba sin demostrar en su rostro arrugado nada más que mudo espanto. Miró también al perro. Luego volvió a estudiarme. Y otra vez al perro.

—¡David, te juro que soy Lestat! —clamé en inglés—. ¡Este es el cuerpo del mecánico! ¡Recuerda la fotografía! James consiguió hacer el cambio. Estoy preso dentro de este físico. ¿Qué puedo decirte para que me creas? Déjame entrar, por favor.

Siguió inmóvil. Pero de pronto se adelantó hasta el portón con paso decidido y rostro insondable.

Casi me desmayo de la alegría. Yo continuaba aferrado con ambas manos a los barrotes, como si estuviera preso; después me di cuenta de que lo estaba mirando a los ojos, que por primera vez éramos de la misma altura.

—No sabes cuánto me alegro de verte, David —exclamé, nuevamente en francés—. ¿Cómo hiciste para entrar? David, soy Lestat. Soy yo. Me crees, ¿verdad? Reconoces mi voz. David, ¡Dios y el diablo en el bar de París! ¿Quién sabe eso más que yo?

Sin embargo, no reaccionó a mi voz; me miraba a los ojos con la expresión de quien cree oír ruidos lejanos. Pero pronto cambió toda su actitud y vi en él evidentes signos de reconocimiento.

—Gracias al cielo —exclamó con un pequeño y muy británico suspiro.

Sacó un estuche del bolsillo y de él una fina pieza de metal que introdujo en la cerradura. Yo, que conocía bastante el mundo, me di cuenta que se trataba de un implemento de ladrones. Me abrió el portón y luego me tendió los brazos.

Nos dimos un abrazo largo, cálido y silencioso, y a mí me costó un gran esfuerzo no soltar alguna lágrima. No con demasiada frecuencia había tocado a ese hombre. Y la emoción del momento me tomó un tanto desprevenido. Recordé la adormilada tibieza de mis abrazos con Gretchen y por un instante, quizá, no me sentí tan solo.

Pero no había tiempo para disfrutar de ese solaz. Me separé sin muchas ganas y una vez más pensé qué espléndido estaba David. Tan impresionante me resultaba, que casi me creía joven como el cuerpo donde me hallaba. Necesitaba mucho a mi amigo.

Todas las pequeñas huellas de la edad, que antes le veía con mis ojos vampíricos, eran invisibles. Las profundas arrugas parecían ser parte de su expresiva personalidad, lo mismo que la luz serena de sus ojos. Se lo veía muy vigoroso ahí parado, con su atuendo característico y la cadenita de oro del reloj sobre su chaleco de tweed. Muy aplomado, muy inteligente, muy solemne.

—¿Sabes lo que hizo el hijo de puta? Me jugó sucio y me abandonó. Y mis compañeros también me abandonaron. Louis, Marius. Me volvieron la espalda. Estoy prisionero en este cuerpo, David. Ven, tengo que comprobar si el monstruo robó en mis aposentos.

Corrí hacia la puerta del departamento casi sin oír las pocas palabras que me contestó David, en el sentido de que no creía que hubiese entrado nadie.

Tenía razón. ¡El canalla no me había desvalijado! Todo estaba exactamente en el mismo lugar, hasta mi viejo sobretodo de pana colgado de un perchero. Estaba el block de papel amarillo donde había hecho unas anotaciones antes de partir. Y la computadora. Ah, tenía que encenderla de inmediato para apreciar la magnitud del robo. A lo mejor mi agente de París, pobre, todavía corría peligro. Debía comunicarme enseguida con él.

Pero me distrajo la luz que entraba por las paredes de vidrio, el apacible esplendor del sol al derramarse sobre sillones y sofás oscuros, sobre la suntuosa alfombra persa con sus guirnaldas de rosas, incluso sobre los pocos cuadros modernos de gran tamaño —todos abstractos furiosos— que hacía mucho había elegido para esas paredes. Me estremecí al contemplar todo eso, maravillándome una vez más de que la iluminación eléctrica no pudiera producir nunca la particular sensación de bienestar que en ese momento me inundaba.

También advertí que había un fuego encendido en la amplia chimenea revestida de cerámicos blancos —obra de David, sin duda—, y me llegó olor a café desde la cocina, habitación en la que rara vez había entrado durante los años que habité esa casa.

En el acto, David balbuceó una disculpa. Ni siquiera había ido a su hotel, por lo ansioso que estaba de encontrarme. Había venido directamente desde el aeropuerto, y sólo salió a comprar unas mínimas provisiones como para pasar la noche de vigilia por si acaso yo daba señales de vida.

—Fantástico. Qué suerte que viniste —dije, y me hizo gracia su cortesía británica. Me alegraba mucho de verlo, y él se disculpaba por haberse puesto cómodo.

Me quité el sobretodo húmedo y me senté ante la computadora.

—Esto me llevará apenas un minuto —anuncié, al tiempo que apretaba las teclas pertinentes—; enseguida te cuento todo. Pero, ¿por qué viniste? ¿Sospechabas lo que pasó?

—Por supuesto. ¿Te enteraste del crimen cometido por un vampiro en Nueva York? Sólo un monstruo pudo haber destrozado esas oficinas. Lestat, ¿por qué no me llamaste? ¿Cómo no me pediste ayuda?

—Un momento. —Ya salían en pantalla las letras y números. Mis cuentas estaban en orden. Si el sinvergüenza hubiera entrado en el sistema, me habrían aparecido señales preprogramadas por todas partes. Desde luego, no había manera de saber con certeza que no hubiera atacado mis cuentas en bancos europeos hasta que yo no pudiera entrar en sus sistemas. Y maldición, no me acordaba de las claves; más aún, me estaba costando manejar hasta los comandos más simples.

—En eso él tenía razón —musité—. Me advirtió que mis procesos del pensamiento no serían iguales. —Salí del programa financiero y pasé al Wordstar, el procesador que usaba para escribir, y redacté una nota para mi agente de París, que al instante le envié mediante el módem telefónico. En ella le pedía un inmediato informe financiero y le recordaba que tomara las mayores precauciones para salvaguardar su vida. Listo.

Me eché contra el respaldo, respiré hondo —lo cual en el acto me produjo un acceso de tos— y noté que David me miraba como si le costara creer lo que veía. De hecho, era casi cómico ver cómo me miraba. Luego posó sus ojos en el perro, que inspeccionaba el lugar perezosamente y de tanto en tanto me miraba para pedir órdenes.

Lo llamé con un chasquido de dedos y le di un fuerte abrazo. David presenció la escena como si fuera la cosa más rara del mundo.

—Dios santo, estás realmente dentro de ese cuerpo; no suelto ahí adentro, sino amarrado a cada célula.

—A mí me lo dices —me lamenté—. Es horrible. Además, los otros se niegan a ayudarme. Me echaron. —Apreté los dientes con indignación. —¡Me echaron! —Lancé un rezongo que inadvertidamente excitó a Mojo, motivándolo para venir a lamerme la cara.

—Claro que me lo merezco —dije, acariciando a Mojo—. Eso tiene el trato conmigo. ¡Siempre me hago acreedor a lo peor! La peor deslealtad, la peor traición, el peor abandono. Lestat el villano. Bueno, a este villano lo dejaron totalmente librado a sus propios recursos.

—Me he vuelto loco tratando de comunicarme contigo —aseguró David con tono a la vez discreto y medido—. Tu agente de París juró que no podía ayudarme. Ya había decidido probar suerte en esa dirección de Georgetown. —Señaló el block de papel amarillo. —Gracias a Dios que estás aquí.

—David, mi peor temor es que los demás hayan aniquilado a James y, junto con él, a mi cuerpo. A lo mejor este físico es el único que me queda.

—No, no lo creo —repuso con convincente ecuanimidad—.James ha dejado un rastro muy visible. Pero ven, sácate esa ropa mojada, que te estás resfriando.

—¿A qué te refieres con eso de "rastro"?

—Tú sabes que nosotros nos mantenemos informados de esos crímenes. Por favor, dame la ropa.

—¿Más crímenes después del de Nueva York? —le pregunté, interesado. Dejé que me llevara hacia la chimenea, feliz de sentir el calorcito. Me quité el suéter y la camisa húmedos. Por supuesto, en los diversos placares no había ropa que me fuera bien de tamaño. Además, caí en la cuenta de que la valija me la había olvidado la noche anterior en lo de Louis. —Lo de Nueva York fue el miércoles por la noche, ¿verdad?

—Mi ropa te va a andar —dijo David, distrayéndome de mis pensamientos, y se dirigió a una gigantesca maleta que había en un rincón.

—¿Qué pasó? ¿Por qué supones que fue James?

—Tiene que ser —respondió. Abrió la maleta, sacó varias prendas dobladas y luego un traje de invierno muy parecido al que tenía puesto y todavía en su percha, que colocó sobre la silla más próxima. —Toma, ponte esto. Si no, te vas a morir.

—Oh, David —dije, terminando de desvestirme—, estuve a punto de morir en más de una oportunidad. En realidad, mi breve vida de mortal la pasé siempre al borde de la muerte. El cuidado de este cuerpo me produce asco. No sé cómo ustedes aguantan este ciclo interminable de comer, orinar, moquear, defecar ¡y volver a comer! Si tienes fiebre, dolor de cabeza, ataques de tos y una nariz que te chorrea, ¡se convierte en un infierno! Y los profilácticos, por Dios. ¡Sacarte esas cosas horribles es peor que tener que ponértelas! ¡No sé cómo se me pudo ocurrir que quería embarcarme en esto! Los otros crímenes... ¿cuándo fueron? Es más importante cuándo que dónde.

De nuevo me miraba fijo, tan impresionado que no podía responder. Mojo ahora coqueteaba con él —digamos que lo estaba calificando—, y le lamió amistosamente la mano. David lo acarició con cariño, pero siguió con la mirada posada en mí.

—David —dije, sacándome las medias húmedas—, háblame de los otros crímenes. Dices que James dejó rastros.

—Es todo tan loco. Tengo una docena de fotos de esta cara tuya, pero verte a ti adentro de ella... Nunca lo pude imaginar. En absoluto.

—¿Cuándo atacó por última vez, ese depravado?

—Oh... La última noticia proviene de la República Dominicana. Eso fue... déjame ver... hace dos noches.

—¡República Dominicana! ¿Qué diablos fue a hacer ahí?

—Lo mismo quisiera saber yo. Antes atacó cerca de Bal Harbour, en Florida. En ambas oportunidades fue en un edificio alto, al que ingresó de la misma manera que en Nueva York: atravesando una pared de vidrio. En los tres sitios destrozó los muebles. Arrancó cajas de seguridad empotradas y se llevó oro, piedras preciosas, bonos. Mató a un hombre en Nueva York; el cadáver quedó desangrado por supuesto. Dos mujeres succionadas en Florida y una familia muerta en Santo Domingo, pero allí succionó sólo al padre.

—¡No puede dominar su fuerza! Actúa con la torpeza de un robot.

—Exactamente lo que pensé yo. Lo primero que me llamó la atención fue esa mezcla de destructividad con fuerza bruta. ¡Ese ser es increíblemente inepto! Todo el asunto es muy estúpido. Pero no me explico por qué eligió esos tres sitios para sus robos. —De pronto dejó de hablar y me dio la espalda, casi con timidez.

Me di cuenta de que ya me había quitado toda la ropa y estaba desnudo, lo cual lo volvió extrañamente reservado, a tal punto que casi se sonrojó.

—Aquí tienes medias secas —dijo—. ¿No se te ocurre nada mejor que andar con la ropa empapada? —Me arrojó las medias sin levantar la mirada.

—Yo no sé mucho de nada. Eso es lo que he descubierto. Ahora entiendo por qué te llama la atención lo de los distintos lugares geográficos. ¿Qué necesidad de viajar al Caribe si puede robar todo lo que le dé la gana en los barrios residenciales de Boston o Nueva York?

—Sí, a menos que le esté molestando mucho el frío. ¿Puede ser eso?

—No. Él no lo siente tanto. No es lo mismo.

Me agradó ponerme la camisa y los pantalones secos. Esas prendas sí me iban bien, aunque eran un poco amplias, de un estilo pasado de moda, no entalladas como las usaban los jóvenes. La camisa era gruesa y los pantalones pinzados, pero el chaleco lo sentía cómodo, abrigado.

—No puedo atarme el nudo con estos dedos mortales. Pero, ¿por qué me visto así, David? ¿Nunca usas ropa más informal, como se dice ahora? Dios santo, parece que vamos a un entierro. ¿Por qué tengo que hacerme un lazo alrededor del cuello?

—Porque quedaría muy mal que no lo usaras si te pones traje —me respondió—. Ven, que te ayudo. —.

—Tienes que contarme todo lo que te pasó —dijo—. Y tal vez dentro de una hora ya nos confirmen desde Londres si el hijo de puta ha vuelto a atacar.

Estiré el brazo, lo tomé del hombro con mi débil mano mortal, lo atraje hacia mí y le di un beso suave en la cara. Una vez más él dio un respingo.

—Déjate de tonterías —exclamó, como quien amonesta a un niño—. Quiero que me cuentes todo. Ahora bien, ¿tomaste ya el desayuno? Necesitas un pañuelo. Aquí tienes.

—¿Cómo vamos a recibir la comunicación de Londres?

—Por fax desde la Casa Matriz al hotel. Ven, vamos a comer algo. Tenemos todo un día por delante para hacer planes.

—Si es que él ya no está muerto —manifesté con un suspiro—. Dos noches atrás, en Santo Domingo... —Una vez más me inundó una apabullante sensación de desesperanza.

David sacó una bufanda larga de lana de la maleta y me la puso al cuello.

—¿No puedes hablar a Londres ahora? —quise saber.

—Es un poco temprano, pero puedo intentarlo.

Encontró el teléfono junto al sofá y durante unos cinco minutos conversó con alguien que estaba del otro lado del océano. Aún no había novedades.

Al parecer, las policías de Nueva York, Florida y Santo Domingo no estaban en comunicación entre sí, pues aún no se había establecido una relación entre los crímenes.

—Enviarán la información al hotel por fax, apenas la reciban —me hizo saber no bien cortó—. Vamos allí. Estoy que me muero de hambre. Me he pasado toda la noche aquí, esperando. Ah, el perro... ¿Qué vas a hacer con ese animal tan espléndido?

—Él ya desayunó; se va a quedar muy contento en el jardín de la azotea.

Me tienes que contar todo lo de ese tal James. Nos llevará cierto tiempo preparar el plan.

—El plan. ¿Sinceramente piensas que podemos frenarlo?

—¡Desde luego que sí! —Me hizo señas de que nos fuéramos.

—Pero, ¿cómo? —Ya íbamos saliendo.

—Tenemos que observar la conducta de ese ser para saber cuáles son sus puntos fuertes y débiles. Recuerda también que somos dos contra uno, y que le llevamos una enorme ventaja.

Mojo se acercó al portón con la intención de seguirnos, pero le dije que se quedara.

Le di un beso cariñoso en el costado de su narizota negra. Él se tendió sobre el suelo húmedo y se limitó a mirarnos con cara de desilusión mientras bajábamos la escalera.


El hotel quedaba a escasas cuadras de distancia, y caminar bajo el cielo azul no era desagradable pese al viento helado. Sin embargo, tenía tanto frío que no quise comenzar el relato. Además, el espectáculo de la ciudad a la luz del día me distraía de mis pensamientos.

Una vez más me impresionó la actitud despreocupada de la gente que se veía de día. Todo el mundo parecía bendecido por esa luz, con independencia de la temperatura. Y al contemplar todo aquello sentí que en mí asomaba cierta tristeza, ya que yo no quería permanecer en ese mundo iluminado, por hermoso que fuere.

No; prefería recuperar mi visión sobrenatural. A mí que me den la misteriosa belleza del mundo nocturno. Devuélvanme mi fortaleza y resistencia preternaturales, y con gusto renuncio para siempre a este espectáculo. El vampiro Lestat... c'est moi.

David avisó en la conserjería del hotel que íbamos a estar en el comedor, que de inmediato le alcanzaran allí cualquier cosa que le llegara por fax.

Nos instalamos en una tranquila mesa con mantel blanco, ubicada en una esquina del inmenso salón antiguo, con sus recargados techos de yeso y cortinados de seda, y comenzamos a devorar el abundante desayuno de Nueva Orleáns, que incluía huevos, bizcochos, carnes fritas y mantecosos cereales.

Tuve que confesar que el problema de la comida había mejorado con el viaje al sur. También me estaba resultando más fácil comer, no me atragantaba tanto ni me raspaba la lengua contra mis propios dientes. El café almibarado de mi ciudad natal superaba toda perfección. Y el postre de bananas asadas con azúcar era como para subyugar a cualquier mortal.

Pero a pesar de tantas tentadoras exquisiteces, y del deseo desesperado de recibir pronto noticias de Londres, en ese momento lo que más quería era relatarle a David mi lamentable historia. A cada momento me exigía detalles, me interrumpía con preguntas, de modo que resultó un informe mucho más pormenorizado que el que le di a Louis, y que también me hizo sufrir muchísimo más.

Resultó muy penoso para mí revivir la ingenua conversación que tuve con James en la casa de Georgetown, confesar que no tuve la precaución de desconfiar de él, que había tenido la vanidad de creer que ningún mortal podía burlarse de mí.

Luego vino la vergonzosa violación, el punzante relato del tiempo que estuve con Gretchen, las pesadillas terribles de Claudia, la separación de Gretchen para volver a buscar a Louis, que entendió mal todo lo que le conté, prefirió dar crédito a su propia interpretación, y no me hizo el favor que le pedí.

Gran parte de mi sufrimiento radicaba en que ya no sentía enojo sino un enorme pesar. Pensé en Louis, pero ya no como la imagen del amante cariñoso al que daban ganas de abrazar, sino la de un ángel insensible que me impedía pertenecer al Misterioso Séquito.

—Entiendo por qué se negó —dije, sintiéndome casi incapaz de tratar ese tema—. Supongo que tendría que haberlo previsto. Y te digo con sinceridad: no creo que persista eternamente en esa actitud para conmigo. Lo que pasa es que se entusiasmó con la sublime idea de que debo salvar mi alma. Es lo que él haría. Sin embargo, en cierto sentido él jamás haría eso. Y nunca me comprendió. Nunca. Por eso es que en su libro me describió tantas veces sin llegar al fondo de mí. Si sigo preso en este cuerpo, si él llegara a entender que no pienso irme a la selva de la Guayana Francesa a reunirme con Gretchen, creo que con el tiempo va a ceder. A pesar de que le incendié la casa. A lo mejor demora años... ¡Años dentro de este miserable...!

—Te estás enfureciendo de nuevo. Tranquilo. ¿Y qué es eso de que le incendiaste la casa?

—¡Estaba enojado! —exclamé en un nervioso susurro—. Indignado. No, ni siquiera ésa es la palabra.

Pensé que en aquella ocasión no era enojo lo que sentí sino más bien un gran sufrimiento, pero me di cuenta de que no era así. Me puse tan triste que no quise seguir cavilando sobre el tema. Bebí como mejor pude otro vigorizante sorbo de espeso café negro, y pasé a narrar que había visto a Marius a la luz de las llamas. Marius había querido que lo viera. Él ya había emitido su juicio, pero yo sinceramente no sabía cuál era.

Una fría desesperanza me dominó, borró todo rastro de enojo en mí, y me quedé apático mirando el plato, el restaurante ya medio vacío, con sus cubiertos relucientes y las servilletas dobladas como sombreritos en cada lugar. Mis ojos siguieron de largo y se posaron en las luces silenciosas del hall, con esa desagradable tenebrosidad que se cernía sobre todas las cosas, y luego en David, que pese a su carácter, su conmiseración y su encanto, no era el ser maravilloso al que habría visto con mis ojos vampíricos sino tan sólo un mortal más, frágil, que vivía al borde de la muerte como yo.

Me sentía alicaído, triste. No podía seguir hablando.

—Escucha, Lestat. No creo que Marius haya destruido a ese ser. No habría ido a mostrarse ante ti, si hubiese cometido ese acto. No puedo imaginar qué piensa ni qué siente alguien como él; no me imagino siquiera lo que piensas tú, y eso que eres uno de mis amigos más queridos de toda la vida. Pero no creo que lo haya hecho. Se presentó ahí para mostrarte su indignación, para negarte ayuda, y ése fue el juicio que emitió. Pero apuesto a que te está dando tiempo para recuperar tu cuerpo. Y recuerda que, cualquiera sea la expresión que le hayas visto, la percibiste con tus ojos humanos.

—Eso ya lo pensé —repuse, desanimado—. ¿Qué otra cosa puedo creer, salvo que mi cuerpo todavía existe y puedo recuperarlo? No sé darme por vencido.

Me obsequió una encantadora sonrisa llena de cariño.

—Tuviste una estupenda aventura —dijo—. Ahora, antes de que pensemos cómo aprehender a James, quiero hacerte una pregunta. Y por favor, no pierdas los estribos. Me doy cuenta de que no sabes cuánta fuerza tienes en este cuerpo, como tampoco lo sabías del otro.

—¿Fuerza? ¿Qué fuerza? Esto no es más que un montón de nervios y ganglios repulsivos, fofos. Ni menciones la palabra "fuerza".

—Tonterías. Eres un robusto y saludable muchacho de unos noventa kilos, sin un gramo de grasa. Te quedan por delante cincuenta años de vida mortal. Por el amor del cielo, toma conciencia de tus privilegios.

—Está bien, está bien. ¡Es hermoso estar vivo! —susurré, para no gritar—. ¡Y hoy al mediodía podría atropellarme un camión por la calle! ¿No ves, David, que me desprecio a mí mismo por no poder soportar estas simples tribulaciones? ¡Odio ser esta criatura débil y cobarde!

Me apoyé en el respaldo y dirigí mis ojos al techo tratando de no toser, llorar ni estornudar, como tampoco de cerrar la mano derecha en un puño porque corría el riesgo de romper la mesa o golpear alguna pared.

—¡Odio la cobardía! —musité.

—Lo sé —convino de buen grado. Me observó unos instantes en silencio; luego se secó los labios con la servilleta y asió la taza del café. —Suponiendo que James todavía ande por ahí con tu viejo cuerpo —dijo luego—, ¿estás totalmente seguro de que quieres recobrarlo y volver a ser Lestat dentro de ese otro cuerpo?

Me reí para mis adentros.

—¿Cómo quieres que te lo demuestre? ¿Cómo diablos voy a hacer para efectuar de nuevo la transformación? De eso depende que conserve la salud mental.

—Bueno, primero tenemos que ubicar a James. Lo primordial es encontrarlo.. No nos daremos por vencidos hasta que no tengamos la certeza de que no se lo puede hallar.

—¡Dicho por ti parece tan fácil! ¿Cómo se hace semejante cosa?

—Shhh, estás llamando la atención sin necesidad —me regañó, con autoridad—. Bebe el jugo de naranja, que te hará falta. Te pido otro.

—No necesito el jugo de naranja y tampoco necesito más cuidados. ¿De veras sugieres que hay posibilidades de atrapar a ese delincuente?

—Como te dije antes, Lestat, piensa en la limitación más importante que tenías en tu antiguo estado: los vampiros no pueden andar a la luz del día; más aún, de día son seres completamente indefensos. Cierto es que poseen el reflejo de dañar a quienquiera que se atreva a perturbar su descanso. Pero, salvo eso, se hallan indefensos. Y durante unas diez o doce horas deben permanecer en un mismo lugar. Eso nos da una gran ventaja, máxime porque es mucho lo que sabemos sobre el ser en cuestión. Lo único que necesitamos es la oportunidad de enfrentamos con él y confundirlo bastante como para que se pueda hacer la mutación.

—¿Se lo puede obligar?

—Sí. Se lo puede hacer salir de ese cuerpo el tiempo necesario como para que te metas tú en él.

—Tengo que contarte algo, David. Con este cuerpo no tengo ni un solo poder extrasensorial. Tampoco los tenía cuando era un muchacho mortal. No creo que pueda... elevarme y salir de este cuerpo. Lo intenté una vez en Georgetown y no pude mover la carne.

—Cualquiera puede hacer ese truco, Lestat; sólo estabas atemorizado. Y aún llevas dentro de ti algo de todo lo que sabías cuando eras vampiro. Tenías la ventaja de las células preternaturales, sí, pero la mente propiamente dicha no olvida. Es obvio que James trasladó los poderes mentales de un cuerpo al otro, pero seguramente tú también te quedaste con parte de ese conocimiento.

—Sí, reconozco que estaba atemorizado... Después no quise intentarlo más por miedo a no poder volver a entrar en el cuerpo.

—Yo te voy a enseñar a salir del cuerpo y efectuar un ataque concertado sobre James. Recuerda que somos dos, Lestat. El ataque lo haremos juntos tú y yo. Y yo sí tengo notables dones parapsicológicos, para definirlos de una manera sencilla. Puedo hacer muchas cosas.

—David, a cambio de esto seré tu esclavo toda la eternidad. Te daré lo que me pidas. Iré hasta los confines del universo por ti, con tal de que esto se cumpla.

Titubeó como si quisiera hacer algún pequeño comentario jocoso, pero lo pensó mejor y no dijo nada. Luego prosiguió.

—Empezaremos con la preparación cuanto antes. Pero ahora que lo pienso, me parece que lo mejor es obligarlo a salir de golpe. Yo, eso lo puedo hacer incluso antes de que se dé cuenta de que estás tú allí. Cuando me vea a mí, no sospechará. Además, puedo ocultarle mis pensamientos. Y ésa es otra cosa que debes aprender: a disimular tus pensamientos.

—Pero, ¿y si te reconoce, David? Él sabe quién eres, te recuerda. Me habló de ti. ¿Qué le va a impedir que te queme vivo en el instante en que te vea?

—El lugar donde se realice el encuentro. No se va a arriesgar a originar un gran incendio muy cerca de su persona. Además, vamos a atraerlo a un lugar donde no se atreva a demostrar sus dones, para lo cual habrá que pensarlo todo muy bien. Pero eso puede esperar hasta tanto sepamos cómo hacer para encontrarlo.

—Podemos acercarnos a él en una multitud.

—O cuando esté por amanecer, porque no podrá correr el riesgo de producir un incendio cerca de su cueva.

—Exacto.

—Bueno, hagamos un cálculo aproximado de sus poderes a partir de la información con que contamos.

Dejó de hablar un momento cuando el camarero llegó a la mesa con una de esas hermosas cafeteras bañadas en plata que hay en los hoteles de categoría. Siempre tienen una pátina distinta de la de cualquier platería, y pequeñísimas abolladuras. Observé el brebaje negro que salía por el pico.

En realidad yo observaba varias cosas mientras estaba ahí sentado, pese a lo desdichado que me sentía. El sólo hecho de estar con David me daba esperanzas.

David bebió un sorbo del café recién servido cuando el camarero ya se marchaba; luego metió la mano en el bolsillo de su saco y me entregó un bollito de hojas de papel.

—Son las crónicas que sacaron los diarios acerca de los asesinatos. Léelas con sumo cuidado y dime cualquier cosa que se te cruce por la mente.

La primera, titulada "Homicidio vampírico en el centro", me indignó. Se hablaba allí de la injustificable destrucción que me había mencionado David. Tenía que ser torpeza, destrozar mobiliarios tan tontamente. Y el robo... qué insensatez atroz. A mi representante le había quebrado el cuello en el acto de beberle la sangre. Más ineptitud.

—Me llama la atención que hasta pueda usar el don de volar —dije, enojado—. Sin embargo, en este caso atravesó la pared en el piso treinta.

—Eso no significa que pueda usar ese poder en grandes distancias.

—Pero entonces, ¿cómo hizo para llegar de Nueva York a Bal Harbour en una noche? Y lo que es más importante, ¿por qué? Si utiliza vuelos comerciales, ¿qué sentido tiene ir a Bal Harbour en vez de Boston, Los Ángeles o París? Piensa en cuánto podría robar en un museo importante o un inmenso banco. Lo de Santo Domingo no lo entiendo. Aunque domine el arte de volar, no puede resultarle fácil. Entonces, ¿para qué ir a esos sitios? ¿Querrá atacar en lados muy distintos para que nadie relacione los hechos?

—No. Si sólo buscara el secreto, no actuaría de manera tan espectacular. Está cometiendo disparates. ¡Se comporta como si estuviera drogado!

—Así es. Y a decir verdad, ésa es la sensación que uno experimenta al principio. Uno se intoxica con los efectos magnificados de los sentidos.

—¿Podría ser que volara por el aire y atacara simplemente en cualquier lugar adonde lo llevara el viento, que no existiera un plan determinado? —preguntó David.

Pensé en la pregunta mientras leía las demás crónicas, muy frustrado por no poder escrutarlas como podría haber hecho con mis ojos de vampiro. Sí, más torpeza, más estupidez. Cuerpos humanos aplastados con "un instrumento pesado", que desde luego sólo era su puño.

—Le gusta romper vidrios, ¿eh? —dije—. Le agrada sorprender a sus víctimas. Debe disfrutar viendo su miedo. No deja testigos. Roba todo lo que le parece de valor. Y nada de eso es muy valioso. Cómo lo odio. Y sin embargo... yo también he cometido actos igual de terribles.

Recordé las conversaciones con ese depravado. ¡Cómo me dejé engañar por sus modales de caballero! Pero también me vinieron a la mente las descripciones de él que me había hecho David, todo lo que dijo sobre su estupidez y su autodestructividad. Y su torpeza. Cómo pude olvidarlo.

—No —respondí por fin—. No cree que pueda recorrer semejantes distancias. No te imaginas lo aterrador que puede llegar a ser el don de volar. Veinte veces más atemorizante que el viaje fuera del cuerpo. Todos nosotros lo odiamos. Hasta el rugir del viento produce una sensación de impotencia, un abandono peligroso, por así decirlo.

Hice una pausa. Nosotros conocemos ese vuelo en sueños, quizá porque antes de nacer lo conocimos en algún reino celestial que está más allá de esta tierra. Pero no podemos concebirlo como criaturas mortales, y sólo yo podía saber hasta qué punto me había desgarrado el corazón.

—Prosigue, Lestat, te estoy escuchando. Yo te comprendo.

Lancé un pequeño suspiro.

—Yo aprendí ese don sólo porque me encontraba en manos de un vampiro audaz, que no le temía a nada. Algunos de nosotros nunca lo aprenden. No, no creo que domine el arte. Está viajando por cualquier otro medio, y sólo se desplaza por el aire cuando está cerca de la víctima.

—Sí, eso parece cuadrar con las pruebas. Si supiéramos...

Algo lo distrajo de improviso. Un anciano empleado del hotel, de aspecto amable, había aparecido en una puerta lejana y con enloquecedora lentitud enfilaba hacia nosotros trayendo un sobre grande en la mano.

David sacó de inmediato un billete, y lo tuvo preparado.

—Un fax, señor. Acaba de llegar.

—Ah, muchísimas gracias.

Abrió el sobre.

—Te leo —me anunció—. Cable de noticias proveniente de Miami. Una residencia en lo alto de una colina, en la isla de Curaçao. Hora probable: ayer a la noche, pero no se lo descubrió hasta las 4 de la mañana. Cinco personas encontradas muertas.

—¿Dónde carajo queda Curaçao?

—Eso es más desconcertante aún. Se trata de una isla holandesa... bien al sur del Caribe. No le veo sentido en absoluto.

Leímos juntos la noticia. Una vez más, al parecer el móvil había sido el robo. El maleante rompió una claraboya para entrar y demolió el contenido de dos habitaciones. Murió una familia íntegra. La perversidad con que actuó dejó aterrada a toda la isla. Fueron hallados dos cadáveres sin sangre, uno de ellos perteneciente a un niñito.

—¡Este canalla no está sólo viajando al sur!

—Hasta en el Caribe hay lugares más interesantes —comentó David—. ¡Pasó por alto toda la costa de América Central! Ven, vamos a buscar un mapa para analizar sus movimientos. Me pareció ver una oficina de turismo en el hall central. Ahí seguramente tienen mapas. Después llevamos todo a tu casa.

El agente de viajes, un señor mayor de voz refinada, con suma amabilidad buscó unos mapas en el desorden de su escritorio. ¿Curaçao? Sí, en alguna parte tenía unos folletos. De todas las islas del Caribe, no le parecía una de las más atractivas.

—¿Por qué va la gente ahí? —pregunté.

—Bueno, en general no va mucho —confesó, rascándose la calva—. Salvo en los cruceros, por supuesto. En los últimos años han estado haciendo escala en ese puerto. Aquí están. —Me puso en la mano un folleto de un barco pequeño llamado Corona de los Mares, muy bonito en la foto, que recorría todas las islas y hacía su última escala en Curaçao antes de emprender el regreso.

—¡Cruceros! —murmuré mirando la ilustración. Mis ojos se posaron luego en los enormes afiches de barcos que había en las paredes de la oficina. —En su casa de Georgetown tenía muchísimas fotos de barcos —comenté—. David, ¡está viajando por mar! ¿Recuerdas lo que me dijiste acerca de que su padre trabajaba para una empresa naviera? A mí también me mencionó algo así como que quería viajar a Norteamérica en algún transatlántico.

—¡A lo mejor tienes razón! Nueva York, Bal Harbour... —Miró al agente. —¿Los cruceros suelen hacer escala en Bal Harbor?

—En Port Everglades, que queda muy cerca. Pero no muchos zarpan de Nueva York.

—¿No paran en Santo Domingo?

—Oh, sí, ése es un lugar habitual. Todos varían su itinerario. ¿En qué tipo de barco está pensando?

David anotó rápidamente las diversas localidades y las noches en que habían ocurrido los homicidios; sin dar ninguna explicación, desde luego.

Pero luego se mostró abatido.

—No —dijo—, veo que es imposible. ¿Qué crucero podría cubrir el trayecto desde Florida hasta Curaçao en tres noches?

—Bueno, hay uno —intervino el agente—, que casualmente zarpó este último miércoles de Nueva York. Es el buque insignia de la Línea Cunard, el Queen Elizabeth II.

—Ese mismo —confirmé yo—. El Queen Elizabeth II, David, el mismo barco que me mencionó. Tú dijiste que su padre...

—Creía que se lo usaba para cruces transatlánticos.

—No en invierno —repuso afablemente el señor—. Recorre el Caribe hasta marzo. Y es quizá el más veloz que existe, pues alcanza veintiocho nudos. Pero mire, podemos revisar ya mismo el itinerario.

Emprendió otra de esas búsquedas, al parecer inútiles, de papeles en su escritorio, hasta que por último halló un folleto bellamente impreso, que abrió y alisó con la mano.

—Sí, partió de Nueva York el miércoles. Arribó a Port Everglades el viernes por la mañana, zarpó antes de medianoche y prosiguió rumbo a Curaçao, adonde llegó ayer a las cinco de la mañana. Pero no hizo escala en la República Dominicana, así que no sé qué decirle.

—¡No importa; pasó por allí! —exclamó David—. ¡Pasó por la República Dominicana a la noche siguiente! Mira el mapa. No hay duda. Ah, el muy tonto. Prácticamente te lo anticipó, Lestat, con toda esa charla obsesiva. Va a bordo del Queen Elizabeth, el mismo barco que fue tan importante para su padre, el barco donde el viejo pasó su vida.

Agradecimos calurosamente al hombre sus mapas y folletos, y luego salimos a buscar un taxi.

—¡Es tan típico de él! —comentó David en el auto, camino a mi departamento—. Todo lo que hace ese demente es simbólico. ¿Te conté que lo habían despedido del Queen Elizabeth en medio de un escándalo? Ah, estuviste tan acertado. Lo suyo es una obsesión, y él mismo te dio la pista.

—Sí, claro que sí. La Talamasca no lo quiso enviar a América en el Queen Elizabeth II. Y eso nunca te lo perdonó, David.

—Lo odio —articuló, con un ardor tal que me sorprendió, aún teniendo en cuenta las circunstancias en las cuales estábamos involucrados.

—Pero en realidad no es una tontería tan grande, David. ¿No ves que es una cosa astuta, diabólica? Es verdad, sin darse cuenta me dio la clave en esas charlas que tuvimos en Georgetown, y eso podemos atribuírselo a su autodestructividad, porque no creo que haya supuesto que yo me iba a dar cuenta. Además, honestamente, si tú no me hubieras mostrado las noticias que publicaron los diarios sobre los otros asesinatos, a lo mejor nunca se me habría ocurrido esa posibilidad.

—Puede ser. A mí me da la impresión de que quiere que lo pesquen.

—No, David. Se está escondiendo. De ti, de mí, de mis compañeros. Oh, es muy inteligente. Digamos que es un brujo abominable, capaz de ocultarse por completo. ¿Y dónde se oculta? En el atestado mundo de mortales que viaja en las entrañas de un buque veloz. ¡Mira su itinerario! Un barco que navega todas las noches. Sólo de día se queda en los puertos.

—Como quieras —admitió David—, pero para mí sigue siendo un idiota. ¡Y vamos a apresarlo! Ahora bien. Me contaste que le habías dado un pasaporte, ¿no?

—A nombre de Clarence Oddbody, pero seguramente no lo usó.

—Pronto lo sabremos. Yo sospecho que subió al buque en Nueva York de la manera habitual. Para él tiene que haber sido muy importante que se lo recibiera con la debida pompa, reservar la suite más cara y llegar hasta la cubierta superior con los ayudantes haciéndole reverencias. Esas suites son enormes, por lo cual no sería nada llamativo tener ahí un baúl inmenso donde esconderse de día. Ningún camarero lo tocaría.

Ya habíamos llegado de nuevo a mi edificio. David sacó unos billetes para pagar el taxi y enseguida subimos.

No bien entramos en el departamento, nos sentamos con los folletos y los recortes de los diarios, y dedujimos el cronograma con que se habían perpetrado los crímenes.

Resultaba obvio que el malhechor había matado a mi agente de Nueva York escasas horas antes de zarpar la nave. Tuvo tiempo de sobra para embarcar antes de las once de la noche. El homicidio próximo a Bal Harbour se había cometido pocas horas antes de amarrar el buque. Evidentemente utilizaba su capacidad de volar para trayectos cortos, y regresaba a su camarote u otro lugar de escondite antes de la salida del sol.

Para el crimen de Santo Domingo quizá había abandonado el barco durante una hora y lo alcanzó más adelante, en el trayecto hacia el sur. Una vez más, esas distancias no eran nada. Ni siquiera necesitaba una visión sobrenatural para localizar al gigantesco paquebote que surcaba el mar. Los asesinatos de Curaçao se habían llevado a cabo poco después de levar anclas. Probablemente él volvió al barco menos de una hora después, cargado con su botín.

El buque estaba viajando ahora rumbo al norte. Apenas dos horas antes había fondeado en La Guaira, sobre la costa venezolana. Si esa noche cometía algún crimen en Caracas o sus alrededores, sabríamos con certeza que lo habíamos ubicado, pero no teníamos intención de esperar esa ulterior confirmación.

—Bueno, pensemos un plan —dije—. ¿Nos atreveríamos a embarcarnos nosotros mismos en ese barco?

—Tenemos que hacerlo, por supuesto.

—Entonces hay que conseguir pasaportes falsos. Es posible que armemos un gran revuelo. David Talbot no debe quedar implicado y yo no puedo utilizar el pasaporte que él me dio. Además, ni siquiera sé dónde lo dejé. Tal vez esté todavía en la casa de Georgetown. Sólo Dios sabe por qué puso su propio nombre en ese documento, quizá quiera causarme problemas la primera vez que se me ocurriera pasar por una aduana.

—Exacto. Yo puedo ocuparme de la documentación antes de irnos de Nueva Orleáns. Ahora bien, no podemos llegar a Caracas antes de las cinco, hora de partida del buque. No. Tendremos que abordarlo mañana en Grenada. Nos queda tiempo hasta las cinco. Es muy probable que haya camarotes disponibles, porque siempre se producen cancelaciones de último momento y a veces hasta muertes. De hecho, en un barco tan caro como el Queen Elizabeth II siempre hay muertes. Eso James debe saberlo seguro. O sea que, tomando las necesarias precauciones, puede saciar su apetito en el instante que se le ocurra.

—Pero, ¿por qué tiene que haber muertes?

—Por los pasajeros ancianos —respondió David—. Es algo que ocurre en esos viajes. El buque lleva un hospital grande para emergencias. No olvides que un navío de semejante envergadura es un mundo flotante. Pero no importa. Nuestros investigadores aclararán todo. En seguida me comunico con ellos. Será fácil llegar a Grenada desde Nueva Orleáns, y todavía nos va a quedar tiempo para prepararnos.

"Bueno, Lestat, analicemos todo en detalle. Supongamos que enfrentamos a este ser despreciable antes del alba, que conseguimos meterlo de vuelta en este cuerpo y que después no podemos controlarlo. Necesitamos un lugar donde esconderte a ti... un tercer camarote, reservado bajo otro nombre que no tenga nada que ver con ninguno de nosotros.

—Sí, algo que esté en el medio del buque, en alguna de las cabinas inferiores. No en la de más abajo porque sería demasiado evidente, sino más bien en la mitad, yo diría.

—Pero, ¿con qué velocidad puedes moverte? ¿Podrías bajar en cuestión de segundos hasta esa cubierta?

—Sin duda. Por eso no te preocupes. Y en el camarote tiene que caber un baúl grande. Aunque, en realidad, eso no es fundamental si de antemano he podido colocar una buena cerradura en la puerta, pero no sería mala idea.

—Ah, ya veo, ya veo lo que tenemos que hacer. Tú, descansa, bebe tu café, date una ducha, haz lo que quieras. Yo voy al otro cuarto y hago los llamados necesarios. Como esto tiene que ver con la Talamasca, debes dejarme solo.

—No lo dirás en serio. Quiero escuchar lo que...

—Hazme caso. Ah, y busca quien te pueda cuidar ese bello can (perro) tuyo. ¡Imposible llevarlo con nosotros! Y un perro de ese carácter, no puede quedar abandonado.

Rápidamente se encerró en mi dormitorio para poder hacer por su cuenta los enigmáticos llamados.

—Justo cuando yo empezaba a disfrutarlo... —lamenté.

Salí a buscar a Mojo, que estaba durmiendo en el frío y húmedo jardín de la azotea como si fuera la cosa más natural del mundo. Lo llevé a casa de la mujer de la planta baja. De todos mis inquilinos, era la más afable, y seguramente le vendrían bien doscientos dólares por alojar a un perro manso.

Apenas se lo sugerí, se mostró fuera de sí de alegría. Dijo que Mojo podía usar el patio trasero del edificio, que a ella le hacía falta el dinero y la compañía, y que yo era muy bueno. Tanto como mi primo, el señor de Lioncourt, una especie de ángel guardián suyo que nunca se molestaba en cobrar los cheques con que ella le pagaba el alquiler.

Subí de nuevo al departamento y me encontré con que David seguía con su trabajo y no me dejaba escuchar. Me pidió que preparara café, cosa que por supuesto yo no sabía hacer. Bebí el café viejo y llamé a París.

Me atendió mi representante. Dijo que estaba a punto de enviarme el informe por mí solicitado. Todo andaba bien. No había habido más intentos de robo por parte del ladrón misterioso. El último había ocurrido la noche del viernes. A lo mejor se había dado por vencido. Una cuantiosa suma de dinero me aguardaba en mi banco de Nueva Orleáns.

Le reiteré todas las precauciones que debía tomar y le dije que pronto lo volvería a llamar.

Noche del viernes: quería decir que James había hecho el último intento de robo antes de que el Queen Elizabeth II zarpara de los Estados Unidos. Mientras iba a bordo, no tenía modo de robar por computadora. Y sin duda no planeaba hacerle daño a mi agente de París. Eso, si es que se contentaba con sus breves vacaciones en el Queen Elizabeth. Nada le impedía abandonar el barco cuando quisiera.

Volví a la computadora e intenté ingresar en las cuentas de Lestan Gregor, la persona que supuestamente le había girado los veinte millones al banco de Georgetown. Tal como suponía, Gregor aún existía pero prácticamente no le quedaba ni un centavo. Saldo de su cuenta: cero. Los veinte millones girados a Georgetown para que los usara Raglan James de hecho habían regresado al señor Gregor el viernes al mediodía, pero de inmediato fueron retirados de su cuenta. La extracción se había organizado la noche anterior. El viernes a lastres el dinero ya se había ido por algún camino imposible de rastrear. Toda la operación figuraba ahí, grabada en diversos códigos numéricos y terminología bancaria, que cualquier tonto podía ver.

Y por cierto había un tonto mirando la pantalla en ese preciso instante.

El abyecto individuo me había advertido que sabía robar mediante la computadora. Sin duda le había sonsacado información a la gente del banco de Georgetown, o bien había violado sus mentes confiadas valiéndose de la telepatía, con el fin de averiguar las claves cifradas que le hacían falta.

Fuese como fuere, él ahora contaba con una fortuna que antes era mía, por lo cual lo odiaba mucho más. Lo odiaba porque había matado a mi agente de Nueva York. Lo odiaba porque en el mismo acto destrozó mis muebles, y por robarse todo lo demás de la oficina. Lo odiaba por su mezquindad y su intelecto, su crudeza y su osadía.

Me quedé bebiendo el café viejo y pensando en lo que nos esperaba.

Por supuesto, comprendía lo que había hecho James, por estúpido que pareciese. Supe desde el primer momento que, en su caso, el hecho de robar tenía que ver con ansias no saciadas de su alma. Y el Queen Elizabeth II había sido el mundo de su padre, el mundo de donde, por habérselo sorprendido robando, se lo había expulsado.

Oh, sí, expulsado, tal como mis compañeros hicieron conmigo. Y qué ansioso por regresar con sus nuevos poderes y su nueva riqueza debe haber estado. Probablemente lo había planeado con lujo de detalles no bien fijamos fecha para efectuar la transmutación. Sin duda, si yo lo hubiera hecho esperar, él habría tomado el barco en algún puerto más adelante. En cambio así, pudo iniciar el viaje a escasa distancia de Georgetown y aprovechó para dar muerte a mi representante antes de zarpar.

Ah, lo recuerdo sentado en esa oscura cocina de Georgetown, mirando a cada rato su reloj. Es decir, este reloj.

David salió por fin del dormitorio, anotador en mano. Estaba todo arreglado.

Tags: cuentos

servido por arrazola67 3 comentarios compártelo favorito

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jezabel-21

jezabel-21 dijo

La verdad es que se le esta dando la vuelta a la tortilla, como me dijiste es cierto que James no sabe usar el cuerpo del Dios, espero ansiosa la próxima entrega, me tienes intrigada. un beso rojo y dulce

18 Julio 2007 | 01:49 PM

Anyrka

Anyrka dijo

Ay! quiero opinar, pero no sè qué decir! Yo creo k hay que seguir leyendo no más; no sabía, cuando recién empezamos a leer la historia, que sería uan cuasi novela! Es curioso que la prefieras publicar en un blog, pk no intentas en alguna editorial? Tal vez tendrías suerte! O... o a hiciste eso? La verdad esk no recuerdo si has contado eso alguna vez.

Bueno, vampirito, muchos besos. =)

18 Julio 2007 | 05:31 PM

SONYQUEST

SONYQUEST dijo

Luis de verdad eh dejate de tonterias, que los vampis no existen, si ay pirados y piradas q se creen el rollo, y estan mal de la oya, si es para divertirte y investigar sobre este tema bien por ti, pero si te crees el rollo , ve al siquiatra, que los pobres nos levantamos a las 8 para trabajar, jajaja, no fastidies y pon la verdad.

16 Agosto 2008 | 02:33 PM

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