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Mi Guarida

22 Julio 2007

Lestat XX

El viaje en avión habría sido otra pesadilla, pero como estaba tan cansado, dormí. Habían pasado veinticuatro horas desde la última vez que descansé en brazos de Gretchen, y lo cierto es que caí en un sueño tan profundo que, cuando David me despertó para cambiar de avión en Puerto Rico, no sabía dónde estábamos ni qué hacíamos. Y hasta hubo un momento en que me pareció totalmente normal estar dentro de este físico grande y pesado, en estado de confusión e irreflexiva obediencia a las órdenes de David.

Nos salimos a la parte exterior del aeropuerto para el cambio de aviones y más tarde, al aterrizar por fin en el pequeño aeródromo de Grenada, me sorprendió la deliciosa calidez del Caribe y el cielo esplendoroso del atardecer.

Todo el mundo parecía cambiado por el suave bálsamo de las brisas que nos recibieron. Me alegré de haber hecho la incursión por los negocios de la calle Canal de Nueva Orleáns, porque la gruesa ropa de lana que teníamos era inadecuada. Mientras el taxi nos llevaba por un camino angosto y desparejo hacia el hotel situado en la playa, me deslumbraron los hibiscos rojos tras las pequeñas cercas de las casas, el bosque lujuriante que nos rodeaba, los elegantes cocoteros inclinados sobre las destartaladas casas de las laderas, y sentí ansias de ver, no ya con la limitada visión mortal, sino con la luz mágica del sol de la mañana.

Sin lugar a dudas, haber efectuado la transformación en el frío espantoso de Georgetown había tenido algo de penitencia. No obstante, si rememoraba la experiencia, la bellísima nieve blanca, la tibieza de la casa de Gretchen, no me podía quejar. Pero esa isla del Caribe me parecía el mundo verdadero, el mundo para los que realmente estaban vivos. Y me maravillé, como siempre me ocurría en esas islas, de que pudieran ser tan hermosas, tan cálidas, tan extremadamente pobres.

La pobreza se veía por doquier, en las casuchas de madera construidas sobre pilotes, en los peatones a los costados del camino, en los autos viejos y herrumbrados, en la carencia total del menor signo de riqueza, todo lo cual contribuía a crear una impresión extraña para el visitante y era señal de una existencia dura para los nativos, que nunca habían podido reunir dinero como para salir de ese lugar ni siquiera por un solo día.

El cielo de la noche era de un azul intenso, como suele serlo en esa parte del mundo, incandescente como lo es a veces el de Miami, mientras en el lejano borde del mar fulgurante las nubecitas blancas dan al panorama el mismo aspecto puro y espectacular. Fascinante, y eso no era más que una mínima partícula del gran Caribe. ¿Cómo se me pudo ocurrir nunca habitar en otros climas?

El hotel era apenas una polvorienta casa de huéspedes de estuco blanco con oxidados techos metálicos. Lo conocían sólo unos pocos británicos, era muy tranquilo y contaba con un ala de anticuadas habitaciones que daban a las arenas de la playa Grand Anse. Disculpándose porque los acondicionadores de aire estuvieran descompuestos, y por el escaso tamaño de las habitaciones —deberíamos compartir un cuarto con camas gemelas (casi me da un ataque de risa, mientras David levantaba los ojos al cielo como quejándose de su suerte)—, el propietario nos mostró que el ruidoso ventilador de techo levantaba una hermosa brisa. En las ventanas, viejos postigos con persianitas. Los muebles eran de mimbre blanco, y el piso, de viejas cerámicas.

A mí me pareció simpático, pero sobre todo por el calor dulce del aire que nos rodeaba, por el trozo de jungla que crecía alrededor de la edificación, con sus inevitables hojas de bananero y coronas de novias. Ah, qué bella enredadera. Yo debería tener por norma no vivir en ninguna parte del mundo donde no creciese esa enredadera.

En el acto empezamos a cambiarnos la ropa. Me quité las prendas de lana y me puse la camisa y el pantalón finos que antes de partir había comprado en Nueva Orleáns. Me puse también un par de zapatillas blancas. Luego salí, me interné bajo los cocoteros arqueados y bajé a la playa.

La noche era sumamente plácida. Me volvió todo el amor por el Caribe y recuperé también recuerdos alegres y dolorosos. Pero ansiaba ver esa noche con mis viejos ojos, ver más allá de la penumbra cada vez más densa y el manto de sombra que cubría las colinas. Deseaba fervientemente contar con mi sentido preternatural de la audición y captar las suaves canciones de la selva, pasear con velocidad vampírica por lo alto de las montañas para hallar las pequeñas cascadas y valles secretos cómo sólo podía hacerlo el vampiro Lestat.

Experimenté una tristeza abrumadora. Y quizá por primera vez comprendí que todo lo que había soñado sobre la vida mortal había sido mentira. No era que la vida no fuese mágica, que la creación no fuese un milagro, que el mundo no fuese fundamentalmente bueno. El problema era que siempre tomé con tanta naturalidad mis poderes misteriosos, que no me di cuenta del privilegio que significaban. No evalué mis facultades en su justa importancia. Y ahora las quería recuperar.

Había fracasado, ¿no es así? ¡La vida mortal tendría que haber sido suficiente! Alcé la mirada y contemplé las estrellitas, tan crueles como indignas guardianas, y oré a los dioses enigmáticos que no existen para comprender.

Pensé en Gretchen. ¿Habría llegado ya a las selvas y estaría con todos los enfermos que añoraban el consuelo de sus caricias? Qué pena no saber dónde se encontraba.

A lo mejor ya estaba trabajando en el dispensario, con brillantes frasquitos de medicamentos, o bien desplazándose a aldeas vecinas cargada de milagros en su mochila. Recordé la felicidad con que me describió la misión. Evoqué el ardor de esos abrazos, la soñolienta sensación de dulzura, el consuelo que me brindó esa pequeña habitación. Una vez más vi caer la nieve tras los vidrios de las ventanas. Vi los ojazos castaños posados en mí, oí el ritmo pausado de las palabras femeninas.

Y de nuevo reparé en el azul intenso del cielo nocturno sobre mi cabeza. Sentí la brisa que avanzaba sobre mí lo mismo que sobre el agua, y pensé en David; en David que estaba ahí, conmigo.

Lloraba cuando me tocó el brazo.

Por un instante no pude distinguir sus facciones. La playa estaba a oscuras y era tan imponente el ruido de las olas, que nada parecía funcionarme como debía. Después me di cuenta de que era David el que me miraba. Vestido con camisa blanca de algodón, pantalones veraniegos y sandalias, conseguía estar siempre elegante aun con ese atuendo. Amablemente me pidió que volviera a la habitación.

—Llegó Jake —dijo—, nuestro hombre de México. Creo que deberías regresar.

El ventilador de techo producía ruido al funcionar, y el aire atravesaba los postigos cuando entramos en el deslucido cuartito. Los cocoteros dejaban escapar un golpeteo agradable, sonido que subía y bajaba con la brisa.

Jake estaba sentado en una de las angostas y vencidas camitas. Se trataba de un individuo alto, delgado, de pantalones cortos color caqui y remera blanca, que fumaba un oloroso cigarro. Tenía la piel muy bronceada, y una mata informe de tupido pelo rubio entrecano. Su pose era totalmente relajada pero, tras esa fachada, se advertía un ser sumamente atento y desconfiado. Su boca formaba una perfecta línea recta.

Nos dimos la mano y él apenas disimuló el hecho de que me estaba mirando de arriba abajo. Ojos rápidos, sigilosos, parecidos a los de David aunque más pequeños. Sólo Dios sabe lo que vio.

—Bueno, las armas no serán problema —declaró con evidente acento australiano—. En los puertos como éste no hay detectores de metal. Yo me embarcaré a eso de las diez de la mañana; les dejo el baúl y las armas en su camarote de la cubierta cinco y me reúno con ustedes en el Café Centaur, de St. George. Espero que sepas lo que estás haciendo, David, con esto de hacer entrar armas de fuego al Queen Elizabeth II.

—Por supuesto que lo sé —respondió David cortésmente, con una sonrisita divertida—. Bien, ¿qué averiguaste sobre nuestro hombre?

—Ah, sí, Jason Hamilton. Uno ochenta de estatura, tez oscura, pelo rubio más bien largo, ojos azules, penetrantes. Un tipo misterioso. Muy británico, muy gentil. Se corren muchos rumores sobre su verdadera identidad. Deja cuantiosas propinas, duerme de día y al parecer no baja del barco cuando éste toca puerto. Todas las mañanas entrega al camarero unos paquetitos para que envíe por correo. Eso lo hace muy temprano y después ya desaparece por todo el día. No hemos podido averiguar a qué casilla de correo los remite, pero pronto lo sabremos. Hasta ahora nunca apareció a comer por el restaurante del barco. Se comenta que está gravemente enfermo, pero de qué, no se sabe. Por otra parte, es la imagen de la salud, lo cual sólo contribuye a ahondar el misterio. Es un hombre de buena planta, y usa ropa muy llamativa, al parecer. Juega fuerte a la ruleta y baila durante horas con las mujeres. Más concretamente, parecen gustarle las viejas. Por ese sólo dato podría despertar sospechas, si no fuera tan rico. Pasa mucho tiempo recorriendo el barco y nada más.

—Excelente. Es justo lo que me interesaba saber —acotó David—. Tienes nuestros boletos, ¿no?

El hombre señaló un sobre de cuero negro sobre la cómoda de mimbre. David revisó su contenido e hizo luego un gesto de asentimiento.

—¿Muertes que haya habido hasta ahora en el barco? —quiso saber.

—Ah, eso es sugestivo. Se han producido seis desde que partió de Nueva York, lo que es un poco más de lo habitual. Todas mujeres mayores y, al parecer, de insuficiencia cardíaca. ¿Es éste el tipo de datos que querías?

—Por cierto —contestó David.

El "traguito", pensé yo.

—Ahora tendrías que echar un vistazo a estas armas —prosiguió Jake— y saber manejarlas. —Tomó un gastado bolso de lona que había en el piso, el tipo de bolso en el que uno guardaría armas caras, supuse. Sacó de él un revólver grande Smith & Wesson y una pistolita automática del tamaño de la palma de mi mano.

—Sí, a éste lo conozco —aseguró David, tomando el revólver y apuntando al suelo—. Ningún problema. —Le sacó el cargador y luego volvió a ponérselo. —Pero ruega que no tenga que usarlo. Haría un ruido infernal.

Luego me lo pasó.

—Pálpalo, Lestat —dijo—. Lamentablemente no habrá tiempo para practicar. Yo pedí uno que tuviera gatillo sensible.

—Y éste lo tiene —afirmó Jake, mirándome sin simpatía—, así que tengan cuidado.

—Qué objeto inhumano —comenté. Era muy pesado. Un objeto de destructividad. Hice girar el tambor. Seis balas. Le noté un olor raro.

—Ambos son calibre treinta y ocho —explicó el hombre con cierto desdén. Luego me mostró una cajita de cartón.— Aquí tienen munición suficiente para lo que sea que vayan a hacer en este barco.

—No te aflijas, Jake —manifestó David en tono firme—. Las cosas saldrán a la perfección. Y gracias por tu habitual eficiencia. Ahora ve y pasa una velada agradable en la isla. Te veo en el Café Centaur antes del mediodía.

El tipo me dirigió una mirada de desconfianza, asintió con un gesto, recogió las armas y las municiones —que volvió a guardar en el bolso— y nos dio la mano, primero a mí y luego a David. Acto seguido se marchó.

Aguardé hasta que se hubiera cerrado la puerta.

—Creo que no le caigo bien —dije—. Me culpa de que te haya involucrado en una especie de crimen sórdido.

David dejó escapar una breve risa.

—He estado en situaciones mucho más comprometidas que ésta —expresó—. Y si me preocupara por lo que piensan de nosotros nuestros detectives, hace muchísimo que me habría jubilado. Ahora bien ¿qué conclusiones podemos sacar de esta información?

—Bueno, que se está alimentando con las ancianas, y robándolas también. Envía el botín en encomiendas pequeñas para no despertar sospechas. Lo que hace con los objetos de más tamaño nunca lo sabremos. A lo mejor los arroja al mar. Yo supongo que debe tener más de una casilla de correo, pero eso no nos concierne.

—Correcto. Ahora echa llave a la puerta, que ya es hora de practicar algo de brujería. Después vendrá una regia cena. Tengo que enseñarte a ocultar tus pensamientos. Jake pudo leerte con toda facilidad. Lo mismo puedo yo. Si no, James advertirá tu presencia aunque esté doscientas millas mar adentro.

—Yo lo hacía mediante un acto de voluntad cuando era Lestat —aduje—. Ahora no tengo ni la más mínima idea de cómo se hace.

—De la misma forma. Vamos a practicar hasta que ya no pueda leerte ni una sola imagen o palabra. Después nos dedicaremos al tema de viajar fuera del cuerpo. —Miró la hora, gesto que de pronto me hizo recordar a James en aquella cocina. —Pon el cerrojo. No quiero que después aparezca ninguna camarera.

Le obedecí. Tomé asiento en la cama frente a David, que había adoptado una actitud serena aunque dominante. Se arremangó los puños de la camisa almidonada y pude verle el vello oscuro de los brazos. Por el cuello desprendido de la camisa también le asomaba vello oscuro, matizado apenas por algo de gris, como ocurría con su barba. Me resultó imposible creer que tuviera setenta y cuatro años.

—Eso te lo pesqué —comentó, enarcando las cejas—. Te adivino demasiado. Bueno, escucha lo que te digo. Hazte a la idea de que tus pensamientos no deben salir de ti, que no intentarás comunicarte con otros seres por medio de gestos faciales, ni lenguaje del cuerpo de tipo alguno. Créate la imagen de tu mente cerrada, si es preciso. Sí, así está bien. Has puesto la mente totalmente en blanco. Hasta te cambió un tanto la expresión de los ojos. Perfecto. Ahora voy a tratar de leerte. Sigue igual.

Al cabo de cuarenta y cinco minutos ya dominaba bastante bien la técnica, pero no podía leer en absoluto los pensamientos de David por más que él tratara de proyectármelos. Dentro de este cuerpo, yo no tenía las facultades parapsicológicas de antes. Pero al menos había logrado ocultar los míos, y eso era vital. Seguimos practicando la noche entera.

—Ahora estamos listos para empezar con el viaje incorpóreo —anunció luego.

—Eso va a ser un infierno. No creo que pueda salir de este cuerpo. Como ves, no tengo tus dones.

—Pamplinas. —Se distendió un poco, cruzó los tobillos y se puso más cómodo en el sillón. Pero de alguna manera, con independencia de lo que hiciera, nunca perdía el tono de maestro, de autoridad, de sacerdote. Estaba implícito en su gesticulación, pero sobre todo en su voz.

—Acuéstate en la cama, cierra los ojos y escucha bien lo que te digo.

Hice lo que me indicaba. Y de inmediato me sentí adormilado. Su voz, pese a la suavidad, adquirió un tono más perentorio, como la de un hipnotizador que me instaba a relajarme, a visualizar un doble espiritual de esta forma humana.

—¿Debo representarme la imagen de mí mismo dentro de este cuerpo?

—No; no hace falta. Lo que importa es que tú, tu mente, tu alma, tu yo se vinculen con la forma que visualizas. Ahora imagínala acorde con tu cuerpo, y luego imagina que deseas sacarla de tu cuerpo, ¡que tú quieres elevarte!

Durante treinta minutos continuó con sus pausadas instrucciones, reiterando en su propio estilo las lecciones que durante milenios han enseñado los sacerdotes a los iniciados. Yo conocía la vieja fórmula, pero también conocía la total vulnerabilidad mortal, una aplastante conciencia de mis propias limitaciones y un miedo paralizante.

Llevábamos quizá cuarenta y cinco minutos practicando, cuando por fin alcancé el sutil estado vibratorio en la cúspide del sueño. De hecho, tuve la sensación de que mi cuerpo entero se convertía en ese estado vibratorio ¡y nada más! Y justo cuando me daba cuenta de ello, cuando podría haber hecho algún comentario, sentí de pronto que me desprendía y comenzaba a elevarme.

Abrí los ojos, o al menos pensé que lo hacía. Vi que flotaba justo encima de mi cuerpo; después no vi ni siquiera el cuerpo de carne y hueso. "¡Sube!", me dije, ¡y al instante llegué al techo con la levedad y la rapidez de un globo lleno de gas! No me costó nada darme vuelta y mirar hacia abajo, toda la habitación.

¡Había llegado más arriba de las aspas del ventilador! Y allá abajo se encontraba dormida la forma humana donde con tanto sufrimiento había morado todos esos días. Tenía los ojos cerrados, lo mismo que la boca.

Vi a David sentado en el sillón de mimbre, su tobillo izquierdo apoyado sobre el derecho, las manos laxas sobre sus muslos mientras contemplaba al hombre dormido. ¿Se habría dado cuenta de que lo logré? No alcanzaba a oír las palabras que él pronunciaba. Lo cierto es que yo parecía estar en una esfera totalmente distinta de la de esas dos siluetas sólidas, si bien me sentía total y absolutamente yo mismo.

¡Qué placentera sensación! Se parecía tanto a la libertad de que gozaba como vampiro, que me dieron ganas de llorar. Sentí pena por las dos figuras solitarias de allá abajo. Quise traspasar el techo e internarme en la noche.

Lentamente ascendí, atravesé el techo del hotel, me desplacé y fui a quedar sobre la arena blanca.

Pero ya era suficiente, ¿no? El miedo me atenaceó, el miedo que me invadía antes, cuando realizaba el mismo truco. ¡Qué era lo que me mantenía vivo en ese estado! ¡Necesitaba mi cuerpo! En el acto me desplomé a ciegas y regresé a la carne. Me desperté con un intenso cosquilleo y miré a David, que me devolvió la mirada.

—Lo hice —declaré. Me llenó de espanto verme otra vez rodeado de carne y piel, sentir que los dedos de mis pies cobraban vida dentro de los zapatos. ¡Dios santo, qué experiencia! Y tantos mortales habían tratado de describirla. Y tantos más, en su ignorancia, no creían que semejante cosa pudiera ocurrir.

—Acuérdate de ocultar tus pensamientos —me advirtió él de improviso—. Olvídate del entusiasmo, y ¡cierra tu mente con llave!

—De acuerdo.

—Ahora hagámoslo de nuevo.

A medianoche —unas dos horas después— ya había aprendido a elevarme a voluntad. En realidad, eso era como una adicción: la sensación de liviandad, ¡el ascenso como una exhalación! La deliciosa capacidad de atravesar paredes y techos; y después, el repentino retorno. Producía un placer palpitante, puro, luminoso, como el erotismo de la mente.

—¿Por qué no puede el hombre morir de esta manera, David? Es decir, ¿por que no puede simplemente abandonar la tierra y elevarse así hasta los cielos?

—¿Es que viste alguna puerta abierta, Lestat?

—No —repuse amargamente—. Vi este mundo. Tan bello, tan claro. Pero era este mundo.

—Ahora ven, que debes aprender a realizar el ataque.

—Pensé que de eso te encargarías tú. Que de un golpe lo ibas a obligar a salir del cuerpo y...

—Sí, pero ¿si me detecta antes, no me da tiempo de hacerlo y me convierte en una hermosa hoguera? ¿Qué pasaría? No; tú también debes aprender el ardid.

Eso fue mucho más difícil, pues requería lo contrario de la pasividad y relajación que habíamos empleado antes. Tenía que orientar toda mi energía sobre David con el declarado propósito de obligarlo a salir de su cuerpo —fenómeno que no se me permitiría ver realmente— y luego entrar yo en él. La concentración que me exigía era pavorosa. El cálculo del tiempo, fundamental. Y los repetidos esfuerzos me produjeron un nerviosismo tan agotador como el de la persona diestra que trata de escribir a la perfección con la izquierda.

Más de una vez estuve a punto de derramar lágrimas de ira y frustración. Pero David se mostró inflexible: debíamos continuar porque eso se podía hacer. No, de nada serviría una medida doble de whisky. No, no comeríamos hasta más tarde. Tampoco podíamos suspender para ir a caminar por la playa o darnos un chapuzón.

La primera vez que lo logré quedé estupefacto. Avancé a toda velocidad hacia David y sentí el impacto de la misma manera puramente mental en que sentía la libertad del vuelo. Después ya estuve dentro de él, y durante una fracción de segundo me vi a mí mismo a través de las lentes oscuras de los ojos de mi amigo.

Luego experimenté una estremecedora desorientación y un golpe invisible, como si alguien me hubiera apoyado una mano enorme sobre el pecho. Comprendí que él había vuelto y me echaba. Me encontré revoloteando en el aire y por fin de regreso en mi propio cuerpo bañado en transpiración, soltando risas histéricas de la emoción y la fatiga total.

—Eso es todo lo que necesitamos —dijo—. Ahora sé que podemos llevar a cabo el plan. ¡Vamos, otra vez! Lo haremos veinte veces, si es necesario, hasta que nos salga sin errores.

Al quinto ataque que salió bien, permanecí dentro de su cuerpo durante treinta segundos enteros, totalmente fascinado por los diversos sentimientos concomitantes que me invadieron: las piernas más livianas, la visión más defectuosa y el sonido peculiar de mi voz al salir de su garganta. Bajé la mirada, vi sus manos —delgadas, surcadas por venitas— ¡y eran mis manos! Qué difícil me resultaba dominarlas. Incluso una de ellas tenía un marcado temblor que antes jamás le había notado.

Luego vino el sacudón y me encontré volando hacia arriba; luego la caída en picada y entrar de vuelta en el cuerpo de veintiséis años.

Lo habremos hecho unas doce veces antes de que David me anunciara que había llegado el momento de que él resistiera mi embate.

—Ahora debes atacarme con mucho más decisión. ¡Tu objetivo es recuperar el cuerpo! Y seguramente te opondrán resistencia.

Luchamos por espacio de una hora, hasta que por fin, cuando pude hacerlo salir de su cuerpo y mantenerlo afuera durante diez segundos, aseguró que ya era suficiente.

—Él no te mintió en eso de que tus células te iban a reconocer. Te recibirán y tratarán de retenerte. Cualquier humano adulto sabe usar su propio cuerpo mucho mejor que el intruso. Y desde luego, tú sabes usar esos dones preternaturales de formas que él ni se imagina. Creo que podremos hacerlo. Es más, estoy seguro.

—Pero dime una cosa. Antes de que suspendamos, ¿no quieres sacarme de este cuerpo y meterte tú aquí, aunque sea para ver qué se siente?

—No —repuso serenamente—. No quiero.

—¿No sientes curiosidad? ¿No deseas saber...?

Me di cuenta de que yo estaba poniendo a prueba su paciencia.

—A decir verdad, no tenemos tiempo. Y a lo mejor tampoco quiero enterarme. Recuerdo bien mi juventud; casi te diría que demasiado bien. Esto no es un juego. Lo que importa es que ya estás en condiciones de atacarlo. —Miró la hora.— Son casi las tres. Vamos a comer algo y luego a dormir. Nos espera un día intenso, pues habrá que explorar el barco y confirmar nuestros planes. Debemos estar descansados y en pleno uso de nuestras facultades. Ven, vamos a ver qué podemos conseguir para comer y beber.

Salimos y tomamos el sendero que llevaba a la pequeña cocina, una habitación rara, húmeda, algo desordenada. El amable propietario nos había dejado dos platos dentro de la oxidada y ruidosa heladera, como asimismo una botella de vino blanco. Nos sentamos a la mesa y comenzamos a devorar hasta el último bocado de arroz, batatas y carne sazonada, sin importarnos en absoluto que estuvieran muy fríos.

—¿Puedes leerme los pensamientos? —le pregunté luego de haber apurado dos vasos de vino.

—No; ya le tomaste la mano.

—¿Y cómo lo hago cuando esté dormido? El Queen Elizabeth II debe estar a menos de ciento cincuenta kilómetros de aquí. Va a amarrar dentro de dos horas.

—Igual que cuando estés despierto: te cierras totalmente. Porque, tú sabes, nunca estamos dormidos del todo. No lo están ni siquiera quienes se hallan en estado de coma. Siempre puede funcionar la voluntad. Y estas cosas dependen precisamente de la voluntad.

Lo observé, y si bien lo vi cansado, no se lo notaba ojeroso ni en manera alguna debilitado. Su abundante cabellera oscura acentuaba por supuesto la impresión de vitalidad, y sus grandes ojos castaños poseían la misma luz ardiente de toda la vida.

Terminé rápidamente, dejé los platos en la pileta y salí a la playa sin decirle lo que me proponía hacer. Seguro me iba a decir que ahora tenía que descansar, y yo no quería privarme de esa última noche como ser humano bajo las estrellas.

Caminé hasta el borde del mar, me desvestí y me metí en el agua. Me pareció fría pero tentadora; luego estiré los brazos y empecé a nadar. No me resultó fácil, por supuesto, pero tampoco difícil una vez que me resigné al hecho de que los mortales lo hacían de esa manera, brazada por brazada contra el empuje de las olas, dejando que el agua mantuviera a flote esa mole de cuerpo, cosa que éste estaba totalmente dispuesto a hacer.

Nadé hasta muy lejos; luego hice la plancha y contemplé el firmamento, lleno aún de nubecitas blancas. Tuve una sensación de paz pese al frío de mi piel desnuda, pese a la penumbra del entorno y a la extraña sensación de inseguridad que me producía flotar en el mar traicionero. Cuando pensé en volver a mi antiguo cuerpo no pude menos que sentirme feliz, y una vez más me convencí de que en mi aventura humana había fracasado.

No había sido el héroe de mis propios sueños. La vida humana me había resultado demasiado difícil.

Por último, volví a la playa y salí. Recogí mi ropa, la sacudí para quitarle la arena, me la colgué al hombro y regresé a la habitación.

Había una única lámpara encendida sobre la cómoda. David estaba sentado en su cama, la más próxima a la puerta. Tenía puesto sólo un largo saco pijama y fumaba uno de sus pequeños cigarros. Me gustaba ese aroma misterioso, dulzón.

Se lo veía señorial como siempre, con los brazos plegados y los ojos plenos de una normal curiosidad mientras miraba cómo yo tomaba una toalla del baño y me secaba la piel y el pelo.

—Acaban de llamar de Londres.

—¿Novedades? —Me sequé la cara; luego colgué la toalla en el respaldo de una silla. Era un gusto sentir el aire sobre mi piel desnuda, ahora que estaba seca.

—Hubo un robo en las colinas de Caracas. Muy similar a los crímenes de Curaçao. Una enorme residencia con múltiples objetos de arte, alhajas, cuadros. Muchas cosas fueron destrozadas. Sólo se llevaron lo portátil. Tres muertos. Debemos agradecer a los dioses la pobreza de la imaginación humana —por lo mezquinas que son las ambiciones de ese hombre— y que se nos haya presentado tan pronto la oportunidad de aprehenderlo. Con el tiempo, habría tomado conciencia de su monstruoso potencial. Ahora, en cambio, es para nosotros un necio de conducta predecible.

—¿Acaso algún ser utiliza todo lo que posee? —pregunté—. Quizás unos pocos genios conocen sus verdaderos límites. Y los demás, ¿qué hacemos además de protestar?

—No sé —me respondió, y por su rostro cruzó una sonrisita. Sacudió la cabeza como diciendo que no, y desvió la mirada. —Una de estas noches, cuando todo haya terminado, cuéntame de nuevo cómo te resultó la experiencia, cómo pudiste estar dentro de ese bello cuerpo joven y odiar tanto este mundo.

—Te lo diré, pero no lo comprenderás nunca. Estás del otro lado del vidrio oscuro. Sólo los muertos saben lo terrible que es estar vivo.

Lo observe y percibí algo en el: yo era un ser malvado, y aun cuando me hallara dentro de este cuerpo, David captaba esa maldad. David percibía mi intensa voracidad vampírica. Se trataba de una vieja y terrible perversidad. Gretchen no la había sentido porque la engañé con el cuerpo tibio y sonriente. Pero cuando David me miraba, veía al demonio rubio de ojos azules al que tan bien conocía.

Nada dije. Me limité a contemplar el mar. Quiero recuperar mi cuerpo, pensé. A mí, que me dejen ser ese diablo. Llévenme de vuelta a los cielos misteriosos, que es donde debo estar. De pronto me pareció que mi soledad y mi sufrimiento se volvían más insoportables de lo que eran antes del experimento, antes de venir a habitar en carne más vulnerable. Sí, déjenme salir, por favor. Quiero ser un espectador. ¡Cómo pude ser tan tonto!

Me quedé sentado muy quieto, con la mirada perdida en la tiniebla. Los únicos sonidos eran el ruido de las olas, el golpeteo tenue de los cocoteros. Qué inconmensurables eran los cielos; qué agradables y serenas las horas previas al amanecer.

Recordé el rostro de Gretchen. Oí su voz.

-"Esta mañana hubo un momento en que pensé que podía abandonarlo todo... sólo para quedarme contigo... Me sentí inundada por esa sensación, tal como antes me ocurría con la música. Y aun ahora, si me dijeras "Ven conmigo", tal vez iría... La castidad significa no enamorarse... Podría enamorarme de ti. Sé que podría".--

Después, tras esa imagen ardiente, tenue pero innegable, vi el rostro de Louis, y oí palabras pronunciadas con esa su voz que prefería olvidar.

¿Dónde estaba David? Permítaseme despertar de estos recuerdos. No los quiero. Levanté los ojos y lo vi otra vez, y en él vi la misma dignidad de siempre, la moderación, la fortaleza imperturbable. Pero también el dolor.

—Perdón —me pidió en un susurro. Su voz seguía vacilante pues luchaba por mantener la fachada bella y distinguida. —Cuando bebiste la sangre de Magnus abrevaste en la Fuente de Juvencia, por lo cual nunca vas a saber lo que significa ser viejo como yo. Que Dios se apiade de mí: odio la palabra viejo, pero eso es lo que soy.

—Te comprendo —dije—. No te preocupes.No te voy a molestar. Vamos, que nos conviene dormir.


Tags: cuentos

servido por arrazola67 5 comentarios compártelo favorito

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

oncedeenero

oncedeenero dijo

Luis....me has hecho llorar....¿porqué Lestat no quiere ser humano?? porque dice que fracasó en su experiencia humana? noooooooo......

Era bella la idea de que finalmente, decidiera quedar en un cuerpo capaz de ser finito en el tiempo, e infinito en el recuerdo...

Pero bue... es Lestat, que quiere volver a la voracidad vampírica...

(me encantó este capítulo. Tiene imágenes fuertes, contundentes...y frases más duras aún que todo...Gracias!!!)

Besito TRANSPARENTE

(y que Anubis, desde la oscuridad, proteja la vida eterna de Lestat)

22 Julio 2007 | 06:22 PM

Anyrka

Anyrka dijo

Yo CREO que fracasa en su experiencia humana porque... él decía que cómo humano sentía mucho dolor, que sentía todos los malestares, como frío o hambre. Y supongo que para alguien que nunca ha sentido esas necesidades, ha de ser un fiasco. Y bueno, por todo lo que le ocurrió desde que se convirtió en humano. Es como un antes y un después y, teniendo dos visiones distintas de ser, es obvio que se escoge la menos dolorosa.

Me gustan las aluciones que se hacen, muy como si nada, del amor, de la vejez y de las pasiones (buenas, malas, dolorosas, lujuriosas, etc)

Abrazos!

22 Julio 2007 | 09:39 PM

jezabel-21

jezabel-21 dijo

Me ha encantado el capítulo, espero ver más, estoy intrigadisima. un beso dulce y rojo

23 Julio 2007 | 01:27 PM

oncedeenero

oncedeenero dijo

Luis....nos tenias mal acostumbrad@s... Siempre había un LESTAST para disfrutar... y ahora..pasan días sin que eso suceda...

¿Es que estás enfermo? O es que, simplemente, la voracidad vampírica te agotó??

O, como algunos más...también vas a estar de vacaciones, solo que te vas a ir sin avisar....al modo lestáltico??????

No nos dejes, Luis... o al menos... que sea con aviso, si?

Besito TRANSPARENTE

25 Julio 2007 | 08:40 AM

SONYQUEST

SONYQUEST dijo

jaJAJJJJAJJAJJA leer vosotros mismos Lestat EL VAMPIRO, SON OBRAS DE NOVELAS DE ANNITE RICE O ALGO ASI, AY MUCHAS CREPUSCULO DE STEPHENIE MEYER SON OBRAS VAMPIRICAS QUE DIRIAN ALGUNOS OTROS DIRIAN Q SON LA NUEVA BIBLIA JAJAJA, PREFIERO LA BIBLIA ORIGINAL , Y SOBRE NOVELAS PUES VAMPIRATAS QUE SOLO TIENE 2 LIBRILLOS JAJAJA, CRONICAS PARA NO DORMIR, QUE NO EXISTEN PIRADOS.

16 Agosto 2008 | 02:24 PM

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