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Infinito + 1

(matemáticamente divertido)

5 Julio 2008

Podemos (I)

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Parte I – Cuando se marca un gol en propia portería

Cada día, antes de que la claridad de la mañana sorprendiera su sueño, Julián ya estaba despierto. Él mismo sabía que lo que estaba escuchando pertenecía a la realidad, y no a un capricho de su aún adormilado deseo por pertenecer a alguna asociación en contra de los ruidos matinales, y más concretamente, en contra del improvisado despertador del bajo primera, que residía bajo sus pies. Pero, como de costumbre, tuvo que resignarse con creer que si seguía manteniendo, durante unos minutos, los ojos cerrados, podía disponer de unas pocas fuerzas más -aunque, eso sí, simbólicas- para abrir la ventana y explicarle una vez más a su incordiante vecina que no eran horas para pasar el cortacésped.

-¡Ojalá pudiera hacerle entender, señora- dijo el chico medio gritando- que hasta que no siembre algo en esa tierra árida no hace falta regarla, ni mucho menos levantar el polvo, a las cinco de la mañana, con esa infernal máquina destroza-sueños!

Él ya sabía que no podía creer en los milagros. Así que no se sorprendía cuando observaba, día tras día, que la mujer, de 55 años, aumentaba el volumen de su mp3 de tal manera, que llegaba un momento en el que se escuchaba sus BackStreet Boys por toda la barriada.

Julián, sin embargo, no iba a enfurecerse como días anteriores y dejó a un lado la idea de colocar, después de haberles quitado la cáscara, huevos podridos y malolientes en el interior de su buzón… Para otra ocasión quizás, porque aquel día tenía la incipiente intuición de que iba a ser distinto. No sabía de qué manera, ni cómo, aunque algo le hacía afrontar la rutina de un día en la oficina de forma más llevadera.

No es que creyera mucho en las intuiciones, de hecho era un chico que se dejaba llevar por el momento, con todas las consecuencias de equivocarse o acertar. Eso sí, aunque algo travieso, era alguien de confiar para sus amigos, y algo alocado quizás, sobre todo a la hora de sacar uno de sus temas predilectos: el fútbol. Tal vez eso aportaba lo especial de aquel día monótono como becario en la sucursal de un periódico joven, el hecho de que, dentro de unas horas y ya fuera de toda obligación social, iba a disputarse lo que él llamaría un gran partido: El Recreativo de Huelva contra El Espanyol, jugándose la final más disputada y polémica de la Copa del Rey.

Antes de marchar a trabajar, lo tenía todo dispuesto en una silla: la bufanda y el gorro de su equipo, el matasuegras, la camiseta y pantalón con los colores de la afición, un taper con los huevos podridos aún por reventar…

-Vaya, esto mejor para mañana.

Ya sólo quedaba que el reloj acertara, durante todo el día, en apuntar la hora señalada para volver a casa (no sin antes limpiarse el barro de sus zapatos en la alfombrilla de su vecina), y comenzar a arreglarse para la ocasión, llamar a los amigos y quedar todos en un bar cercano, para disfrutar o sufrir en grupo de tan esperado momento.

No había motivos para esperar otra cosa. Su equipo era favorito para ganar y él iba a animar, con unas cervezas de más, como nunca lo habría hecho. Lo que él desconocía es que su intuición no le fallaría, y ya por la tarde, cuando todo eran gritos y mal aliento en el bar, algo iba a marcarle un gol para siempre en propia portería…

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