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Biologa y Becaria

Categoría: Estudios científicos

9 Febrero 2007

Estudios científicos 2ª parte

Seguimos con mi I+D personal (investigación y desarrollo). En este caso, voy a copiar las partes de un texto que me enviaron hace un par de años. Tengo un padre que entre otras cosas, también escribe de vez en cuando. Lo que sigue a continuación es la historia real de un verano único, es un poco largo, pero lo publico porque creo que merece la pena. Espero que os guste.

EL AÑO DE LAS CICADAS

"Fue una tarde del mes de Abril, o quizás Mayo, en la casa de los C en Maryland, en algún número de la calle Oldgeorgetown. Los niños saltaban y se peleaban, como siempre, en el pedazo de jardín de detrás de la casa. El C gruñía, también como siempre, no sé que historias de unas azaleas o unas rosas que acababa de plantar y, de vez en cuando, daba un grito a aquellos pequeños monstruos por alguna perrería que acababan de perpetrar, por no decir, cabronada.

Nosotros tomábamos café y fumábamos cuando comentamos el asunto de unos agujeritos, de aproximadamente uno o dos centímetros que empezaban a aparecer por todos los arriates. Ninguno sabíamos de qué se trataba y aventuramos que pudieran tratarse de gusanos, larvas, arañas y no sé cuantas tonterías más. Algunos días más tarde y en escenario igual al anterior, nos llamó la atención que los agujeritos se multiplicaban, sobre todo alrededor de los árboles, que se suponían de treinta o cuarenta años de edad.

Empezó entonces a llover(...). La gran sorpresa vino al escampar, cuando de algunos de los agujeros, ésta vez con una especie de volcán de barro alrrededor, empezaron a salir unos bichos increíbles. Medían algo así como cuatro centímetros, de color caramelo, ojos saltones, con un abdomen en forma de boniato, sin alas, con cuatro patas y unas pinzas que parecían las de un bogavante. Su aspecto estaba a la altura de cualquier descripción de monstruo del mejor visionario o escritor de ciencia ficción. Sus movimientos eran lentos pero salvaban con facilidad todos los obstáculos del suelo. Aparentemente eran inofensivos y su capacidad de equilibrio y el agarre de sus patas, infalibles.En poco más de dos horas los bichos misteriosos marcharon lenta y silenciosamente en búsqueda, por lo que dedujimos, de objetos verticales como paredes, árboles, postes, …

Los niños estaban alucinados a la vez que encantados con el espectáculo. No recuerdo si fue Coco, o quizás Beatriz, quién dijo a los demás: “Hi, Come here!! They are monsters!!”. Manolo, en su ininteligible lenguaje de media lengua, mitad en inglés y mitad en español nos contó a los mayores que “uos ostruos are wuoking a lo abbole..” y no sé que más. (...). Los otros dos, y cuando vieron que parecían inofensivos, se dedicaron a putearlos con palitos o metiéndolos en un bote de cristal para su posterior observación científica. (...). Pero lo más increible estaba aun por ocurrir.

Una noche, bien tarde, mientras me encontraba pintando en el sótano, empecé a oir un ruido muy, muy tenue. Eran como pequeños crujidos de un papel de plata que se arrugaba. Entonces descubrí de donde procedían. Beatriz había dejado encima de mi mesa de trabajo el tarro de cristal en el que había metido algunos de aquellos extraños bichos. Agarrado con sus garras a un trozo de palo el bicho empezaba a abrirse bajo la intensa luz de mi flexo. Evidentemente se trataba de una larva y de ella surgió la nueva sorpresa. Blancuzca, arrugada y blanda. Al poco tiempo, aquel ser empezo a tomar color. El cuerpo se volvió negro. Los ojos, prominentes, se tiñeron de rojo y unas magníficas alas, transparentes y con enervaduras amarillas, se extendieron en su espalda. Aquel bicho era una auténtica rareza. Parecía una especie de cigarra. Y de repente, comenzó a vibrar. Se trataba de un ruido metálico, casi musical, que ascendía y descendía cíclicamente.(...) Estuve durante mucho tiempo observando y oyendo aquella maravilla, hasta que casi me caí de sueño y apagué el flexo para irme a dormir. Entonces, y como por arte de magia, el sonido también se apagó.

Los días que siguieron fueron todo un espectáculo. Millones de aquellos animalitos invadieron las calles, los árboles, el aire. (...). Se enredaban en el pelo, se estrellaban contra los parabrisas de los coches o invadían los descapotables. (...) No hacían ningún daño y sobre todo, les encantaba a los niños. Beatriz se pasaba el día cazándolos y jugando con ellos sin el más mínimo temor o me ayudaba a derribar con la manguera a los miles que volaban en el jardín. Caían en perfecta barrena al ser golpeados en pleno vuelo por el chorro de agua pero, una vez en el suelo, se recuperaban inmediatamente y despegaban a un nuevo vuelo. Aquello era una auténtica plaga que parecía no hacer daño a nadie que no fuese del servicio de limpieza de calles y por supuesto al C, que se pasaba el día maldiciéndolas.

Cuando el sol empezaba a apretar dejaban de volar y se reunían en los arboles. Entonces, y con una fuerza inusitada, comenzaba el concierto de aquella música metálica, ascendente-descendente, casi matemática. Al caer el sol, los músicos guardaban los instrumentos y el silencio brujo del atardecer lo envolvía todo. Al día siguiente el rito se repetía de nuevo. Un día no se les vió más. Habían desaparecido como por arte de magia. Y el silencio de la tarde nos pareció extraño, sin ser roto por aquella sinfonía natural. Eran las Cicadas.

Aparecen cada diecisiete años, con esa precisión que sólo la Naturaleza puede imprimir a sus actos. Al parecer, se trata del ciclo de tiempo necesario para que varias generaciones de pájaros de la zona de Virginia y Maryland olviden que existen. Antes de morir habrían depositado sus huevos y sus larvas se habrían refugiado en lo profundo de la tierra para aparecer de nuevo diecisiete años después.

Diecisiete años. Beatriz tendrá entonces veintidós y será ya una mujer. Hasta entonces, al menos una cosa será predecible. Que ése año, el 2004, volverán las Cicadas."
J.E.P., Washington D.C., Junio 1987


Foto tomada de Internet

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8 Febrero 2007

Estudios científicos: 1ª parte

Como todo en mi vida, os lo tengo que contar por partes. Hay que dejar claro que todo lo que a continuación, y en posteriores publicaciones, se relata se ha hecho ennombre de la ciencia y que ningún ser vivo (salvo ciertas excepciones) fue dañado para tal efecto.

Vosotros ya me habéis conocido en una época relajada en cuanto a exploraciones campo a través se refiere. En casa no han sido demasiado partidarios de mis expediciones en busca de una nueva especie para la ciencia, tal vez mi padre fuese más comprensivo, pero cuando traía cajas de zapatos misteriosas, botes tapados o cubitos con cosas dentro, no había demasiadas miradas de aprobación. Aunque a veces, era inevitable caer rendidos a los pies de la Madre Naturaleza...

Creo quehecomentado que pasé parte de mi infancia en Yankilandia. Allí las tardes de primavera, cuando el verano se va acercando, las recuerdo con auténtica nostalgia. Es curioso que cuando las madres empiezan a llamar a los niños para la cena, hay seres que deciden que es hora de salir a buscar pareja. Es el caso de las luciérnagas. Estos bichitos tienen unas bacterias en el abdomen que fabrican sustancias fluorescentes y ellas usan esa luz como reclamo. Es algo delicioso ver cómo el Sol se despide hasta mañana y millones de estos pequeñitos salen a iluminar las calles oscuras.

Con 6 años no sabía nada de esto y como tengo una mente científica-exploradora (soy cotilla por naturaleza), me propuse averiguar qué era lo que provocaba aquel espectáculo noche tras noche. Así que bote de plástico en mano, salía a la calle y con sólo destaparlo y coger "aire", se llenaba de bichos negros revoloteando en busca de libertad. Para su observación, bajaba al sótano donde mi padre tenía su enorme mesa de estudio y colocaba el bote debajo de la lámpara. Fue una desilusión comprobar que esos estúpidos animales no hacían nada cuando yo los miraba. Igual les daba vergüenza, pero claro ¿quién enciende las luces cuando alrededor hay claridad? En mi ignorancia sobre la Naturaleza debida a la falta de experiencia subí enfadada con ellos por no permitirme descubrir el secreto de su luz, así que me senté en la puerta para mirar a las que seguíen en libertad sin que ellas me viesen, por si se apagaban también.
Pero como he dicho, toda esta decepción era producto de mi ignorancia porque al poco tiempo, mi padre disolvió cualquier duda que pudiese tener...

"BEATRIIIIIIIIIIIIZ!!!!!!!! QUÉ ES ESTO?????"
"¿Qué papá? Estoy aquí quieta."
"María!!! La niña ha llenado el sótano de bichos!!! Mira esto!!"

Así que bajamos con cuidado de no caernos porque mi padre no había encendido las luces y, allí, encima de su mesa mi maravilloso bote rebosaba de luz y mi padre me explicó que eso sólo se veía en oscuridad y que tenía que mirarlas de lejos porque si no se creían que iba a hacerles daño y se apagaban. Maravillada ante el descubrimiento me senté en el escalón a observar mi nueva adquisición científica mientras mis padres discutían si liberar a mis prisioneros o castigarme por meter bichos en casa sin permiso, pero no recuerdo qué pasó, sólo que todas las noches, nos sentábamos los tres en la puerta de la callehasta que la última luciérnaga se iba a dormir y después de habernos deleitado con un espectáculo digno de verse...

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