Ecología y música
Un espacio… inextenso…no hay silencio….salvo en la mente
El silencio es una idea….la idea fija de la música….
La música no es una idea….es un movimiento….sonidos caminando sobre el silencio….
Octavio Paz
Introducción
Es ésta también, una mirada desde el Sur del Continente Americano iluminada por sus hacedores ecologistas, educadores, artistas, médicos y legisladores, y con una postura crítica y esperanzada a la vez.
De acuerdo a nuestra observación, quizás el problema más grande no es la contaminación sonora en sí, sino la falta de conciencia que tienen nuestras sociedades – especialmente en los cetros urbanos - de tal problema. En ese sentido, los niños y los jóvenes - como víctimas directas - son quienes más consumen audición de música a alto volumen tanto en discotecas como a través del uso del walkman. No existe tampoco interés en el ámbito arquitectónico por tener en cuenta el problema, ya que los espacios públicos adolecen de una adecuada “acustización” ( es frecuente hablar en voz alta en restaurants, escuelas, clubes, etc, por la reverberación auditiva que en esos lugares se produce).
Por otro lado, la clase de música en la escuela, continúa siendo un ámbito de aprendizaje de lenguajes sonoros emergentes casi exclusivamente de las fuentes creadas para tal fin, así como de discursos basados en la métrica, la armonía y la melodía clásica tradicional. Sin desmedro de este tipo de aprendizaje, debieran incorporarse también, aquellas sonoridades emergentes del hábitat cotidiano así como de la naturaleza, para posibilitar al alumno un contacto y conocimiento directo de estas otras sonoridades, con las que convive todo el tiempo y de las cuales no da cuenta su educación en el aula.
Un caso típico es la mega ciudad de Buenos Aires, Capital del Argentina, con sus 10 millones de habitantes y 307.000 kilómetros cuadrados, que es uno de los centros urbanos con mayor polución sonora del mundo, y de la cual hay que irse los fines de semana a no menos de 50 kms. para tener “aire y sonido puro”.
Co-habitan en la Capital Federal, diversas zonas fabriles e industriales, un enorme parque automotor que incluye transporte público de pasajeros por tierra (colectivos, trenes, taxis) y transporte subterráneo aunque de menor incidencia si se lo compara con ciudades como Madrid o París.
El mapa sonoro de nuestra ciudad de Buenos Aires, se nutre de los magníficos y acogedores cafés al paso, los singulares “quioscos” para venta de golosinas y cigarrillos, la múltiple variedad de “restaurantes” (en muchísimos sectores instalados uno al lado del otro como “ciudad comedor”), los partidos de fútbol todos los días y a toda hora y la histriónica característica de “hablar alto para ¿comunicarnos mejor?” que nos caracteriza; ellos son bienes culturales que tienen ineludiblemente una cara y cruz: dan cuenta de nuestro “porteñismo” (por eso de que somos una ciudad portuaria) y también dan cuenta de la existencia de una capa suspendida en el aire, que no se ve pero se oye y produce – como el “smog” – una interferencia entre la tierra que vibra y el mundo celeste que calla y escucha.
Pero existe también otra Argentina sonora, la del interior del país con sus extensas regiones como la provincia de La Pampa que posee kilómetros infinitos de tierra, cielo, silencio y soledad; la sinfonía esplendorosa de los enormes glaciares patagónicos en las provincias de Río Negro, Chubut y Santa Cruz; las “aguas cantantes” de las Cataratas del Iguazú en la provincia de Misiones; los contrapuntos polifónicos de los insectos y animales acuáticos de los Esteros del Iberá en la provincia de Corrientes; los deshielos de la Cordillera de los Andes en el extremo oeste del país en límite con Chile; los lenguajes herméticos y ancestrales de las culturas mapuches (sur-oeste del país) con sus comunicaciones más sabias por silenciosas, las cadencias melodiosas de las orillas del río Paraná (noreste del país); las olas poderosas y rugientes de los mares atlánticos de Mar del Plata (ciudad veraniega por excelencia en el este del país); las sonoridades perfumadas de los exquisitos vinos de la provincia de Mendoza en el centro oeste del país.
Claro que existen también los sonidos conflictivos de las relaciones humanas, sociales y políticas del hombre actual; son los sonidos de lo horrible, de lo perverso, de lo sepulcral. Sonidos estridentes, densos, penetrantes, de armas de fuego y gemidos agonizantes. Fueron los sonidos de la guerra de argentinos que oprimieron a argentinos, aquellos que elevaron las armas del poder militar para prohibir la libertad de pensamiento a los hombres que se consideraban libres para pensar y hacer. Esos sonidos que hirieron no solo nuestros oídos sino nuestra integridad toda y llenaron de sangre y silencio de muerte la argentinidad. Fueron los sonidos de la represión cuando los militares tomaron el mando de la Nación en marzo de 1976.
Y existieron también los sonidos de las cacerolas construyendo una gran orquesta de percusión con ritmos fijos, fuertes y punzantes, concentrados en la Plaza de Mayo y con resonancia en las casas y calles de la Capital Federal. Fueron los sonidos del hambre, de los reclamos, de las pertenencias perdidas, de los derechos del hombre y del ciudadano.
La Argentina toda es un mapa sonoro ecléctico y sorprendente. Pero por tan grande también tan inalcanzable para “escucharla” en una sola vida.
¿Sonamos cada vez más o escuchamos cada vez menos?
Luego de las dos Guerras Mundiales del siglo pasado, cuando el mundo tuvo que reconstruir su rostro, entró frontalmente en una nueva era expresiva. Un quiebre coincidente con la mitad del siglo se había producido; de los escombros no sólo había que reconstruir casas, generar trabajo o producir pan para comer, sino que también había que reaprender a oir después de los ruidos de metralla, cañones, bombas, aviones, llantos ahogados, gemidos, dolor; ruidos nocivos, ruidos malignos, ruidos significativos de destrucción; ruidos que nacían del altoparlante del dictador, que traían la nada, el silencio de muerte, la decepción, la fragilidad de la vida. Otra Era Sónica se avecinaba y había que construir un nuevo paisaje sonoro para la vida después de la guerra.
Paralelamente, la revolución industrial y la invasión del espacio planetario lograda por el hombre aviador, tecnológico y cosmopolita, también aportaron nuevas sonoridades.
Los avances de la ciencia, la física y los medios masivos de comunicación, incorporaron realidades sonoras que, provenientes de las fábricas, los medios de locomoción, la televisión satelital o las radios con antenas parabólicas, llegaron a nuestras casas, se introdujeron en nuestra vida cotidiana y se mezclaron con nuestras conversaciones y el ruido de platos y cubiertos mientras comíamos.
La era de los sonidos espaciales, de los amplificadores para la comunicación de masas, de los shows musicales hiperamplificados, generó nuevas maneras de oir, que modificaron nuestros gustos y hábitos sonoros. Una nueva estética sonora había nacido, y no precisamente al servicio de la buena escucha.
La escucha masiva anuló la audición consciente de ruidos molestos y se volvió una “escucha anestesiada”, y así se auto-aniquiló la sensibilidad auditiva. Estos, entre otros, no son rasgos casuales en materia de medioambiente. A veces, y en especial en los países no desarrollados, constituyen una forma de “dominio” cultural por parte de los países del primer mundo, una involución hacia la “sordera” que no escucha - ¿y no ve?- otros rasgos opresivos como la miseria, la dependencia colonial o la explotación.
Entonces, frente a la incapacidad de absorber lo sonoro desconocido que comenzó a invadir nuestro habitat, construimos algo así como “anfetaminas sonoras” para calmar el dolor auditivo que causó una creciente contaminación sonora de los espacios comunes, en especial los urbanos y aceptamos resignados el mal de la modernidad; “drogamos” a nuestros oídos y encontramos el paliativo engañoso: escuchar cada vez a mayor volumen, ayudados por los Walkman o los super-aparatos de amplificación que crean un espacio acústico artificial, separado del entorno natural. A partir de entonces dos espacios acústicos conviven hasta hoy: el natural y el artificial; ambos subsisten confrontados como oponentes, en guerra y hasta el momento sin miras de un encuentro saludable.
El oído antiguo en cambio, podía diferenciar claramente los silencios tan diferentes entre sí como los de la noche en el Altiplano boliviano, en la del Puerto de Coquimbo en Chile, o en las calles de Río de Janeiro. (noche estremecedora la primera, noche bullanguera la segunda, noche casi promiscua la tercera). Sin embargo existen aún en nuestro habitat, culturas que conservan formas de vida naturales, con reservas sónicas de profunda envergadura y de significativa presencia que, descubriéndolas, valorizándolas, llevan sin interferencia a una forma de encuentro con la identidad personal, regional y nacional. Deberíamos por tanto, construir “Reservas Sónicas Naturales” recuperando y preservando los sonidos del entorno, puede ser uno de los objetivos esenciales de las políticas educativas nacionales de cualquier país del mundo.
La Ecología Acústica es una ciencia que estudia la relación de los seres vivos con su medioambiente sónico y se ocupa de la preservación y defensa de ello, por lo que postula un concepto de validez ecológica : el sonido del entorno es un bien que sirve al sujeto que lo recibe.
Hoy en día el hombre, a la luz de sus enfermedades, está comenzando a comprender el deterioro que sufre ya que el “progreso” en la mayoría de sus campos de acción, lo llevó de alguna manera a un “des-progreso” en cuanto a la calidad de vida en esos campos de acción. Por ejemplo, la luz eléctrica, el aire acondicionado, los motores de las máquinas, las telecomunicaciones, el transporte aéreo, etc, dominaron el avance en el siglo XX. Por contraste, se olvidó paulatinamente el olor, el gusto, el tacto, la visión, y también el oído natural. Pero como la naturaleza es sabia, ahora estamos buscando desesperadamente esas sensaciones perdidas, en los recuerdos, en las prácticas obsesivas de gimnasia bioenergética, en los paseos de week-end, en los tratamientos de salud bío-energética, en el descanso.
El oído histórico de nuestros recuerdos, puede recuperar los sonidos que ennoblecen la vida como el del diálogo a media voz, la risa clara, el canto del pájaro, el agua corriendo, la brisa, el ladrido del perro, la palabra amable de un reencuentro. El oído histórico, podría también defenderse de la contaminación creando paisajes sonoros saludables y evitando los ruidos inaudibles de las máquinas en las fábricas, del motor de los autobuses, de los restaurants atiborrados de gente, de los formatos comunicacionales a gritos de los medios de comunicación. Se trata en definitiva, de recordar para identificar, caracterizar y reformar para recuperar los sonidos de pertenencia.
¿A qué nos referimos, con el concepto de “sonidos de pertenencia”? A todo lo sonoro que le dé carácter, perfil, personalidad e identificación de algo como propio.
¿ Es lo mismo una lluvia torrencial en la selva o en el Central Park de Nueva York? ¿ Cuál es la diferencia sonora de un tucán o un papagayo si son dos aves de la misma familia? ¿ Cuál es la diferencia sonora de un violín, un violoncello o un contrabajo, si son instrumentos musicales de la misma familia? Estas preguntas tienen una respuesta obvia: escuchar discriminadamente, calificativamente, o en “escucha reducida” como postulaba Pierre Schaeffer.
El presente análisis, conlleva también objetivos interdisciplinarios, ya que se inserta en una sociedad con hábitos múltiples que debe resolver sus problemas con la participación, la mirada, la óptica de muchos y con variados intereses y de distintos estratos y roles sociales.
Ya no alcanza con que el investigador en su laboratorio o el explorador interesado en la problemática, provean información, descubran causas, propongan planes de acción. Es necesario y fundamental, lograr la inclusión y el compromiso de la familia, los legisladores, la escuela, las organizaciones no gubernamentales, los programas de turismo, los programas de salud, los comunicadores. Es necesario crear políticas educativas discutidas y aprobadas por todos ellos, a partir de las herramientas de acción que le compete a cada ámbito de los mencionados. Incluso, es necesario “poner de moda” el tema, y hasta convertirlo en camino para la expresión de diferentes campos artísticos y recreacionales.
En este campo de análisis, también entra el silencio, fuente inmanente del sonido y razón de ser del mismo. Cuando un sonido irrumpe el silencio, se produce algo así como cuando un trazo de color se instala en el blanco de la tela del pintor. Cada timbre y calidad de sonido es percibido en ese marco, como un color diferente porque se produce un efecto de perspectiva similar al del paisaje visual. Un sonido muy fuerte se percibe como cercano, mientras que un sonido muy débil es casi imperceptible y aparece como lejano, como fundiéndose en el horizonte.
En nuestro espacio sonoro cotidiano actual queda muy poco lugar para el silencio por eso resulta artificial. El micrófono por ejemplo, aumenta y embellece nuestra voz, al punto que se torna una atractiva tentación y se vuelve imprescindible para cualquier conferenciante, así esté a pocos metros de su público. Porqué? Simplemente porque el sonido pequeño, el natural, es despreciado por el gusto actual. Pareciera que lo único que interesa es el sonido jerarquizado por un aparato amplificador. Sin embargo, el vuelo de una paloma, la brisa, la voz de un niño o el pisotear en la hierba, también son sonidos merecedores de nuestra audición atenta y valorativa.
A partir de esta “desfiguración” de los sonidos del habitat por los medios de amplificación y por la costumbre de escuchar solo aquello que sobresale por intensidad (volumen alto), el hombre contemporáneo – y a diferencia del de la antigüedad - ha ido perdiendo sensibilidad auditiva, dado que su capacidad de audición no es solo fisiológica sino también psicológica.
Si no tenemos una intención de oir, no se oye, o se oye menos. Por tanto, si la cultura donde el hombre se desarrolla no tiende hacia la sensibilidad auditiva, el rango de audibilidad se achica, se segmenta y se deforma.
Solo a través del “darse cuenta” de los bienes que poseemos y de recuperar la capacidad de asombro para volver a sensibilizarnos ante un mundo natural, se puede alcanzar una convivencia pacífica entre los hombres y su medioambiente, y para enaltecimiento de nuestra condición humana.
¿Qué es? – me dijo
¿Qué es qué? – le pregunté
Eso, el ruido ese
Es el silencio… “Luvina” Juan Rulfo
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