Aquí estoy porque he llegado.
Ayer me sorprendí a mí misma comprándome ropa interior pensando en alguien.
Mejor dicho: volviendo a pensar en alguien al elegir lencería en la tienda.
Nunca me vestí "por dentro" pensando en otra persona que no fuese yo misma. Hace muchos años, sin posibilidades de que nadie más viera mis "interioridades", ya elegía primorosos conjuntitos. Cuando lo normal eran los "tops" interiores de algodón (lo normal en una quinceañera) y era más que difícil encontrar algo con puntillas y encajes, algo que no fuese beige y de aspecto ortopédico, yo ya me recorría los escaparates (de las pocas lencerías de mi pueblo, hoy "municipio") buscando otra cosa. Y terminaba encontrándola.
Pero era para mí misma. Me gustaba el contacto en la piel de el satén, el tacto del encaje. Me gustaba saber que llevaba un sostén que seguramente costó más que toda la ropa que llevaba encima mi compañera de trabajo, ó de autobús. Conjuntaba colores. NO concebía llevar unas braguitas de algodón de colorines... aún a sabiendas de que nadie más las iba a ver...
Luego ya pasaron otras cosas, y otras personas.
Y me empecé a vestir por dentro también pensando en él. A él, al parecer, le gustaba la lencería negra. A mí también: cuando sabía que íbamos a vernos me ponía mi mejor conjunto. Llegué a gastarme una pequeña fortuna en ropa que, luego me fuí dando cuenta, ni miraba (me la quitaba yo misma, con menos dedicación de la que podría tener al desnudarme para ir a dormir).
Pero sí existió esa época en que una cita era también ir la noche anterior (antes de que cerrasen) al centro comercial, y elegir el sujetador negro ideal, que realzase lo poco que tengo, y las braguitas diminutas a juego...Vestirme por dentro pensando en él..., aunque luego él ni me mirase a medio vestir.
Durante más de 3 años, yo no me sido yo. Y no me he dado cuenta.
Pasé de dormir con un brevísimo camisón de seda y encajes (por si venía a desayunar..., que vino) y nada más..., a ponerme cualquier camiseta enorme vieja para estar en casa, y dormirme con ella, si llegaba el caso (y el sueño). Cambié el wonderbrá (estoy más que convencida de que fuí de las primeras españolas que se lanzó a las tiendas cuando supo que esta prenda existía, allá por el verano del 94) por un sujetador blanco, de algodón, deportivo... que se está cayendo a cachos él solito, de puro usado. Y cambié las medias negras por pantalones de chándal. Y los sutiles jerseis escotados en los hombros por sudaderas amplias masculinas. Y los botines con cordones por zapatillas deportivas...
Por eso, ayer me sorprendí cuando en el centro comercial, escogí ese sostén blanco, de encaje, con tirantes cubiertos de guipur, ese sostén que sé que si se emplea con una camisa blanca seguro que transparenta más de lo que tapa... Y lo que me sorprendió no fue la sensación de erotismo que la prenda y la idea de ponérmela me producía... sino el estar valorando si le gustaría ó no a ese alguien (nuevo alguien con quien seguro nunca tendré nada) si me veía con ella.
Creo que, tras el letargo, estoy empezando a despertar.
¿Quereis que despertemos junt@s?






salud-y-republica dijo
He empezado la grata aventura de descubrir tu blog desde el principio, desde sus orígenes y me he encontrado con este post que refleja fielmente una época de mi vida que yo tambien viví. Que creo que muchas mujeres hemos vivido: vestirnos interiormene para alguien adivinando sus fantasías eróticas o sabiéndolas ya.
Por otro lado, es tambien verdad que a veces vivimos como sabemos que a los demás les gusta que lo hagamos...y nosotras? Lo nuestro qué?
Creo haber despertado ya a mi propia vida. Creo haber dejado de soñarla en función de mi marido, de mis hijas y del resto de gente que me rodea.
Mi sueños son ahora míos. Unicamente míos.
Madame Rosa
29 Septiembre 2007 | 08:48 PM