En mi último viaje a Europa, hace ya 8 años quedé absolutamente impactada con Florencia. Nunca había llorado al tener que irme de un lugar, por el lugar mismo. Había (hay) una magia en esa ciudad que aún no logro definir del todo pero recuerdo que nada más llegar una de las cosas que más me impactó fue sentirme de golpe viajando en la máquina del tiempo; como si un grupo de gente en 1999 hubiera pasado a través del conducto que usan los tripulantes del Enterprise a vivir en el siglo XV o XVI.

La mezcla entre lo antíguo y lo moderno por las calles empedradas, con el centro irradiante del gran Duomo acrecentaba la sensación de extrañamiento pero, al mismo tiempo, de una especial familiaridad, como si de alguna manera aquél fuera el sitio al cual pertenecía, sin más, sin duda.

Enfín, antes de que me aleje del tema que me ocupa, recuerdo e informo a quienes no lo saben, que uno de los encantos de esta ciudad italiana, cuna artística del renacimiento, es la presencia a veces sorprendente de réplicas de obras de arte en las calles, la más representativa de las cuales sea probablemente el David de Miguel Angel que se encuentra, justamente, en una plaza, al lado de otras reproducciones:

En aquella oportunidad, y si mal no me equivoco, en la misma plaza había, para mayor sorpresa y alegría mía, una escultura imponente de un gato de Fernando Botero. El contraste entre ambas obras de arte, por supuesto, me impactó. Como latinoamericana me llenó de orgullo ver la obra de escultor colombiano en aquellas calles en una clara demostración del arte como manifestación humana universal, sin fronteras, de todos.

Toda esta larga introducción es porque he venido siguiendo con mucha curiosidad este debate que se ha desatado a raíz de la inauguración de una exposición de Botero en Berlín. Se inaugura mañana martes pero la semana pasada la discusión era en torno al uso del espacio público y a la pertinencia de que esas obras de arte (porque espero que no tengan duda de que son obras de arte) estuvieran en zonas emblemáticas de la ciudad como la Puerta de Brandenburgo, por ejemplo.

En la nota de Yahoo! leo:

La discusión ha sido desatada por la diputada cristianodemócrata Monika Grütters, que también es presidenta de la Fundación Puerta de Brandeburgo.

Grütters ha dejado claro que el problema no está en cuestión de gustos sino en el uso del espacio público y ha manifestado su convicción de que las autoridades municipales no pueden autorizar exposiciones al aire libre sin tener en cuenta consideraciones culturales y artísticas.

"Sólo porque haya estatuas de Botero en Londres o París, no tiene porque haberlas también en Unter den Linden", una de las principales calles de Berlín, explicó Grütters a Efe en conversación telefónica.

No voy a entrar en todos los justificativos técnicos que avalan la pertinencia o no de que esas obras estén exhibidas donde están, pero sí a traer la reflexión en torno al concepto y uso de la obra de arte. Por supuesto, recuerdo la ciudad letrada de Angel Rama que nos abrió los ojos en torno al control del arte por parte de las élites letradas y de los muesos como espacios cerrados, hipercontrolados.

Estamos, por supuesto, ante dos posiciones encontradas en torno a lo que es la concepción de la obra de arte, pero para mi también es claro que se juegan otros condicionantes, quizás no tan conscientes, en todo esto.

Volviendo a la plaza florentina y me preguntaba por la diferencia o similitudes entre la exhuberancia boteriana y la michelangeliana (para escribirlo a la italiana y a la antígüa). Es la oposición del trópico con la Europa estival. Dos lógicas a veces difíciles de congeniar, de poner a dialogar, más de cinco siglos despues de su "encuentro. ¿Irá por allí la cosa?