No es un secreto la fascinación que siento por las escrituras privadas. Fascinación que creo que no es ajena a nadie y que, para la literatura, supone todo un reto por lo incómodo que le resultan a los cánones de género tradicionales. Es por ello que desde siempre han intentado ser reglamentados.

La escritura que se hace en lo privado se supone ajena a la mirada de otro, por ello diarios, cartas, anotaciones, cuadernos han sido espacios privilegiados para la confesión. Pero cuando estos documentos ven la luz pública se convierten en una vitrina para el conocimiento de lo más íntimo de una persona, bien sea para engrandecerla o para hundirla como es el caso hoy de una chica en Argentina que ha sido condenada a 20 años de cárcel por haber apuñalado a un joven en una discoteca (boliche). Lo interesante del caso es que la principal prueba por la cual la acusada es condenada fue justamente su diario íntimo en el cual escribió, no solamente acerca de la muerte del chico sino también acerca de otras agresiones que había llevado a cabo.

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