hueros
Cierra la puerta el viento y un portazo tremendo sin sonido que de fe. Cierran los bares de algarabía arrugada y no hay ya más descorches. El silencio cae a plomo sobre el pensamiento y un Ganges privado te abraza la pira, sedado, rebosado de paz en llamas sumergidas, lavado folio a folio. El sosiego de la fábrica quieta sobrecoge en esa grandiosidad de espacios que empequeñecen hasta desaparecer lo material por nimio, carente, ausente al quehacer de los sentidos hueros de ápices de dolor. Inmaculado en brochazos blancos, las pinceladas esperan un turno ahora negado y el paseo al margen de movimiento delator se susurra sin huella. Surge la delicia y se derrocha nada hasta el egoísmo extremo.
