Menú del día (9 euros): ha sido gazpacho (de nuevo, sí, y de nuevo los chascarrillos sobre si soy de Galicia, claro) y lenguado plancha, que no estaba nada mal. Café con hielo y para la tienda, verja a medio cerrar (o medio abrir) y yo a oscuras, leyendo blogs y hablando con un par de personas alegremente.

Abro la tienda a las 16:30 en punto. El primer cliente potencial de la tarde es un chico de veintitantos, de rasgos orientales (a saco) pero claramente madrileño.

- Una pregunta, sobre el tema de las agendas, el concepto agenda...
- Sí, dime.
- Es que no hay nada que me resulte práctico, probé con un palm cuando era crío...

Usaba palm en su infancia, esto me suena a cliente freak (de los de rasgos orientales).

- ¿Y qué buscas ahora?
- Es que la libreta acaba siendo poco práctica también
. (Y me pone cara de ascopena).

Entonces me sale la vena defensora de la libreta.

Porque mi vida sin libretas sería un infierno. Siempre llevo una encima y escribo todo el rato, porque siempre se me ocurren nimiedades espeluznantes, apuntes sin importancia, listas de la compra, poemas rebuscados, metáforas que no me creo ni yo, reflexiones enajenadas... en el momento más inoportuno. Eso, y que siempre se necesitan para apuntar miles cosas, para explicarle a alguien cómo llegar a algún lugar, para anotar una dirección de correo electrónico o para garabatear sin fin.

- A mí es que siguen pareciéndome prácticas las libretas, siempre llevo una porque me gusta mucho escribir... - le digo, entre otras cosas.

Al chaval se le abren los ojos todo lo que sus rasgos orientales permiten (es decir, más bien poco).

- ¿Te gusta la filosofía?

Eeeerrr.... Ante semejante tesitura le digo que bueno, que sí, que vale, pero que mis anotaciones son más del tipo andarporcasa, con alguna teoría que otra sobre lo cotidiano y sobre la mierda que tengo en la cabeza, que es mucha, pero poco más. Pero el tipo no se desilusiona. Quiere que lleguemos al Tao juntos, con o sin libretas.

Le enseño los moleskines, para ver si, ya que hemos conectado cósmicamente; me compra uno, que son muy chulis y son muy caros. Le suelto mi clásico rollo del moleskine. Lo de siempre. Y mira que después de seis meses aquí, no me he llevado ninguno. Cagoentó.

Pero no quiere el cojocuaderno, y ni siquiera me dice que no lo quiere. Simplemente no tiene la actitud. Creo que en realidad venía a hablar conmigo. Es una sensación rara.

Al filósofo sí le he contado que me habían despedido. A los demás, cuando por lo que sea me dicen "bueno pues la semana que viene esto y lo otro...", no les digo ni mú. Y eso que tengo algunos clientes que me aprecian (o eso parece). Total, que al japochino le ha dado mucha pena que me despidieran, y me ha deseado suerte.

Luego una señora me ha dicho que me iba a traer un listín de teléfonos suyo que tenía las pastas muy bonitas porque quería arreglarlo y ponerle hojas nuevas... Me ha contado toda su historia y al final me ha dicho "bueno pues la semana que viene vengo y me ayudas a darle solución". Espero que quien sea que esté la semana que viene haga lo propio.

Jo. Qué bajón más tonto me está dando.

Mecagoenlaputa.