Emprendo un proyecto creativo sin precedentes, sin contárselo a nadie. Le guardo el secreto a mi supuesto mecenas. Me compro un tinte de Llongueras negro como un escarabajo, porque me ha dado un impulso imparable de cambiar de look.

Me entreno mentalmente para lo siguiente. Me duermo tarde y sueño que alguien me despierta diciendo mi nombre. Eso ocurre tres minutos antes de que suene el despertador.

La bobina está terminada y estamos contentos. Hablo con mi nueva compi y vuelvo a tener esa sensación de que hablo demasiado y de que debe estar aburriéndose. Me cae bien, mi nueva compañera. ¿He dicho ya que se llama Paula y que me encanta su nombre?

Rosa se ha ido a Córdoba a ver nacer a un nuevo primo o sobrino (al hijo de su prima, vamos). Estoy deseando que llegue el fin de semana para bajar con ella. Esta tarde volveré a buscar, volveré a recomponerme, volveré a empezar, como siempre.

Mario y yo vamos a por las entradas del concierto de Muse a la Fnac y no las venden. Recojo por fin las fotos de la fisheye 2 en la tienda Lomo. Me hacen gracia. No creo que gane ningún premio con ellas. Tampoco es que me importe demasiado. Quizás luego cuelgue alguna, previo escaneo. Pero sólo quizás.

Las obras que rodean toda mi casa hacen que tiemble el suelo de mi cuarto. Como si viviera junto a un aeropuerto y los aviones pasaran muy cerca. Como esa canción de Los Planetas. Quiero volver a oírla. La busco de camino al trabajo, me entretengo con otras y se me acaba olvidando qué es lo que buscaba.

Me dispongo a hacer el último intento por evitar el formateo enésimo de mi ordenador. Me dispongo a hacer el último intento antes de recurrir a medidas desesperadas.

Y eso vale tanto para mi ordenador como para mí misma.