La pasta de dientes que tiene mi madre me sabe como a aquellos caramelos de anís, elevados a la enésima potencia. Al enjuagarme me baila la boca con picores y chispas.
No puedo evitar, cada vez que vengo, imaginarme (¿fantasear?) lo que supondría vivir aquí de nuevo; dónde buscaría trabajo, dónde encontraría piso, qué haría cada día...
Mis piernas están llenas de circulitos rojos (no los pasteles homónimos, sino verdaderos circulitos) y me acuerdo de las pegatinas que tienen las bases tapizadas para las camas que indican dónde tienen que enroscarse las patas. Hay veces que mi mente hace relaciones y establece significados místicos que yo ni siquiera entiendo. Hay cosas que hacen la vida más fácil. Como esas pegatinas. O como no entender los significados.
Hoy quedo con mi pájaro espino particular (persona polifacética donde las haya: piloto, abogado y cura), y luego de cenita en casa de mi hermana (y Julio, claro). Dice que me voy a hartar de queso de cabra. Esto es una afirmación con un único sentido.
Y en pocos días, un par de cumpleaños a los que seguro que no estoy invitada.
Me doy la bienvenida al domingo. Día oficial de hacer el vago y mi último antes de volver a la jungla de Madrid.
De regalo, los mensajes encriptados que me encontré en el suelo: