Guille
Discutimos sobre ciudades grandes y pueblos pequeños. Comparamos Nueva York con Vejer de la Frontera. Nos los repartimos y salgo ganando. Puntuamos los distintos adornos luminosos de Madrid, y gana Agatha Ruiz de la Prada (muy a mi pesar), en detrimento de los muelles que hacen boings silenciosos en la Castellana. Estamos de acuerdo en que Nicole Kidman está cada día un poco más fea. Por supuesto repasamos nuestras vidas en lo laboral, familiar y emocional. Estamos contentos.
Cenamos en una pizzería y compartimos champiñones al horno con gorgonzola. Reconoce abiertamente que es un pijo. Yo me río. Lo es, sí. Pero de los que se soportan perfectamente, de esos pocos pijos sanos que existen por el mundo.
Nos partimos de risa (cómo no, siempre es igual, los ataques de risa con Guillermo son cosa de toda la vida) recordando cuando nos volvíamos andando desde Comillas a Trasvía (me acompañaba caballerosamente) por un caminito de cabras y a oscuras, borrachos como cubas. No se veía un pijo (bueno, a él se le vislumbraba, haciendo eses a mi lado) y él me recomendaba que no pisara zonas oscuras porque seguramente eran cagajones.
Da gusto ver a un amigo después de dos años y medio y que no haya reprimendas, ni reproches por no haber llamado, ni frialdad obligada por el paso del tiempo. Da gusto volverle a ver y ver al mismo de siempre, al payaso del que me separaban en la mesa de la comida porque no dejábamos de reírnos. Y que se siga pareciendo a Charlton Heston, con esos ojos azules imposibles, ahora ocultos tras unas gafas que le hacen parecer catalán.
Da gusto, sí señor.
Acciones compulsivas a tutiplén
encefalogramaplano dijo
De ese tipo de amigos tengo dos, que son como mis hermanos. Y sí, da gusto poder seguir siendo tú mismo después de mucho tiempo sin verlos ni hablarles.
4 Enero 2007 | 01:22 PM