Apuntes sobre Vejer. Capítulo tres: un perro, una magdalena, una pelota y un tejado.
Pitu me acompaña por la mañana, en la cocina del hotel, interesado por el desayuno. Comparto con él una magdalena. Juani le trae macarrones con tomate. Me entero de que todos los días le da un menú selecto de tupperware. Pensé que los gatos eran los amos del lugar, pero ya veo que la corona la lleva el perro de carita triste. Se los lleva a todos de calle.
Azúcar moreno para mi café clarito, y ya van dos. Pero no son cafés de despertarme para estar alerta. Son cafés de sabor, de disfrute; dulces y acompasados. Los azucareros tienen un pitorro y se vacían en la taza como relojes de arena, pero a mis órdenes. Ojalá fuera así siempre. Al terminar el desayuno me dan ganas de envolverme en el papel blanco de la magdalena y echarme de nuevo a dormir, entre migajas. Aquí ni siquiera necesito un cigarrillo por la mañana. Aquí me fumo la vida en grandes dosis, sin forzarlo.
Me fijo en un tejado con churretes, un tejado del que rebosa la pintura seca, color teja, formando dibujos verticales. Derramándose en stand by. Soy testigo de las travesuras de un grupo de niños que llaman a una puerta y salen corriendo a esconderse. Una pelota perdida lo ve todo desde otro tejado. Un día se embarcó en las alturas y nadie ha podido recuperarla. Pienso un rato en esto y no saco nada que merezca la pena escribir. Se queda en apunte de cinco palabras: la pelota en el tejado.
Mi madre y yo nos reímos hablando del olor a embrague quemado, el olor oficial del hotel, sobre todo en verano, cuando los turistas piensan que pueden llegar con el coche a la puerta, y se van dejando los laterales en las esquinas, forzando el embrague hasta que todo huele a lo mismo. Les oyes desde la silla de la recepción, rechinando, reculando y empezando de nuevo, girando el volante con instrucciones precisas de uno del pueblo, al que seguro que no entienden una sola palabra.
Yo empiezo a entender el dialecto de nuevo, entiendo a la pelota, entiendo el café, entiendo al perro, entiendo a los tejados con sus colores rebosantes.
Y ahora en Madrid echo de menos cuando los días ruedan solos, cuando no tengo que mirar el reloj, cuando me apetecen magdalenas en lugar de cigarrillos.
Quiero embarcarme en un tejado y vivir entre dos tejas, al sol.
Acciones compulsivas a tutiplén


Lu dijo
Ya queda menos para que vuelvas allí...
Un beso, guapa!!
10 Marzo 2007 | 12:44 PM