Me llama mi tía Matesa. La que vive aquí desde hace años, la que me ha alojado durante mucho tiempo fin de semana a fin de semana, en su casa. A la que veo poquísimo, y cuando lo hago es porque coincidimos en Sevilla.

- ¿Estás en casa?
- Sí, ¿por?
- Asómate al balcón.

Me asomo. De un coche que hay en la esquina salen dos cabezas, una ceniza y una zanahoria. Agitan las manos como locos. El coche se mueve. Son mis primos Juan y Ricardo, y Matesa en el asiento del conductor. Bajo a saludar. Vienen del circo. Les pido besos. Uno hace que me pone la cara y le riño. Yo quiero beso, beso, no cara, cara. Se ríen por todo lo que digo. Se pegan con unas almohadas de las de dormir en el coche, que tienen forma de teléfono inflado. Empiezan a relatar.

- Había una china robótica muy rara.
- ¡No! había muchas chinas, ¡muchas!
- Sí, eran miles y miles, y se montaban en unas bicicletas y hacían una torre humana encima y, y, y....
- ¡Y entonces una se cayó!
- ¡Se cayó!

Su risa se contagia. De repente tengo siete años. Quiero saberlo todo. Les hago todas las preguntas que se me ocurren. Me emociono.

- ¿Había animales?
- No, no había... ¡Sí! ¡Caballos!
- ¡Sí! ¡Caballos y perros!
- ¿Perros? ¿Qué hacían los perros?
- Era una mujer maga. Metía en una caja...
- Metía unas pelusas en una caja y sacaba perros.
- ¿¿Pelusas que se convertían en perros??
- Sí, decía ¡un perro! ¡otro perro! ¡soy la mejor! ¡Ja!
- Pues si viniera a mi casa sacaba cientos de perros.

Se ríen. Se pegan de nuevo con las almohadas. Unas hostias tan burras que me duele a mí de verlas. Pero ellos se lo pasan pipa. Mi tía les riñe, que está hablando por teléfono, que un poco de educación. Me dice que los va a dejar aquí en la plaza, a los garrapatos. Ellos se ríen. Yo les digo que en mi plaza hay unos borrachos muy divertidos, que cantan todo el día la misma canción, que seguro que se ríen con ellos. Les canto la canción. Se ríen. Juan se ríe con menos ganas cada minuto. Creo que en el fondo está temiendo que exista tal posibilidad. En uno de esos golpes blandos Ricardo le da en el ojo. Juan llora. Le llama inútil muchas veces y le pega más fuerte. Supongo que inútil es la nueva palabra para insultar de moda. Juan llora. Ricardo se ríe tapándose la boca, queriendo contenerse. Juan empieza a reírse también, entre lágrimas. Le explico.

- Juan, o te ríes o lloras, no me vengas con tonterías.
- Vale, pues me río.
- ¿Me vais a contar algo más o me voy?
- ¡No! ¡Te lo queremos contar!

Y siguen. Que si los payasos decían nosequé. Que si ellos sabían que la caja tenía truco. Que si había uno que hacía una broma con agua y se caía siempre antes de tiempo. Que el 13 de mayo por la mañana tengo una cita para la comunión de Juan. Me lo dice el susodicho casi dándome una orden. Le brillan los ojos y sonríe. Le hace tanta ilusión que empiezo a verlo posible. Pero no lo es. No podré ir. A mí las comuniones me importan un pito. Pero Juan tiene cara de ángel, y me lo quiero comer a besos y pellizcos. No podré ir. Le digo que lo intentaré pero que trabajo mucho. Me dice que si no, que me escape. Le digo que escaparse de Madrid a Sevilla es más complicado de lo que parece. Los niños lo ven todo fácil. Tienen soluciones, siempre.

- Yo lo intento, pero igual no puedo.
- Vale, pero si no vienes... ¡Te denuncio!
- ¡Eso!

Creo que deberían dejar de ver la televisión. Lo de denunciar tan alegremente seguro que lo han sacado del Tomate. Pero les quiero, se me olvida lo mucho que les quiero a veces. Han sido mis vecinos de la puerta de al lado durante años. He hecho de canguro con ellos. Les he enseñado a bajarse canciones de internet. Les quiero. Aunque también me haya llevado yo algún que otro cojinazo en el coche. Juan, la noble víctima y Ricardo, el terremoto naranja. En familia son conocidos como los birrinchis (mi madre y sus hermanas se inventan cantidad de palabras, de toda la vida). Quiero más besos antes de irme. Les doy golpecitos en el cristal, desde fuera. Y sienta de puta madre.

La noble víctima y el terremoto naranja