Quedarme en casa
Mi habitación es amarillo mostaza. Voy cambiándome el pelo sin una gota de agua, así, virtualmente, porque lo tengo decidido. Tengo una especie de rabia contenida, que gracias no a dios, sino quizá a mí misma (quién me lo iba a decir), se transforma en euforias positivas, y en pequeños tragos nostálgicos que supero con sufiente elegancia. Odio escribir así. Frases demasiado largas para sentimientos que se podrían resumir en cuatro o cinco letras, como mínimo. Ayer me reía leyendo sobre el tedio. Ayer, unas horas antes, lloraba leyendo sobre la muerte y sobre hombres que cosen muñecas de trapo sufriendo ausencias. Hoy paso la aspiradora por todas las habitaciones menos una (el cable no es tan largo y a veces parece que no hay más que un enchufe), bebo agua fría en una botella de cristal azul marino, escucho canciones felices en forma de disco y voy mirando lo que hacen otros, escondida. Estoy muy callada, lo sé. Unos días con motivo y otros simplemente porque sí. Fantaseo con un hombrecito multiplicado en miles, pequeñitos todos. Pequeños, pequeños de verdad. Les hago camas en jaboneras, en moldes para lasaña. Con capas y capas de pasta, y colchas de berenjena laminada, para que no pasen frío. Pienso en hacer collages sobre cartón, en vender broches de colores, en llenar de dibujos las paredes. Me repito como un cocido madrileño. No estoy pensando nada de esto, me nace sin más. Echo de menos ciertas cosas, de mí misma. Pero al mismo tiempo estoy un poco fascinada con algunas otras, nuevas, que me han brotado como enredaderas. Y me repito con lo de las cosas por hacer y la forma que adopto ante ellas. Pero es que así son las cosas. De colores y planas. Matizadas a fuerza de mañanas como ésta, con forma de caracol.
Acciones compulsivas a tutiplén


nipinchonicorto dijo
A mí, a veces también se me pasa por la cabeza coger colores y pintar y dibujar en todas las paredes del piso
17 Junio 2008 | 11:19 AM