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Creeps

Segunda estancia

17 Junio 2006

Dead End (lo que finalizó mi antiguo blog)

Era una linda noche para morir, las estrellas tenían ese aspecto extraño, ese que tanto te gustaba. Estábamos solos, había mucha mas gente, pero no importaba, sólo éramos tu y yo.
Era una linda noche para morir, habíamos surcado muchos horizontes de nubes y por fin veíamos la claridad, y el firmamento, juntos de la mano, abrazados en un beso.
Las luces no opacaban el cielo estrellado, no había luz que cegara nuestra alma ni nuestro sueño. Podía morir, pero no importaba, mi sueño estaba completo, ya nada más importaba. Atrás quedaban los momentos de duda, de miedo, ahora solo era este momento, este lugar y esta noche.
Vivimos un sueño, como fogata en la oscuridad, jugando a ser felices entre la gente, a nadie le importaba, estábamos juntos, podía caerse el mundo y el cielo a nuestros pies y nada importaba.

Esperando la muerte, el amor en tus labios, saliendo escapando, fusionando, caminado a nuestro lado, sonriéndonos y le devolvíamos la sonrisa. Tu piel, mis ojos, mi sangre, tu sangre. Tus besos ahogando recuerdos, tu piel reluciente a la luz de una lámpara en un velador. Tu piel en mi escritorio, tan limpia tan pura, sonriéndome, sonriéndonos a cada instante, al otro lado de la línea, afuera paseando como alma en pena, la muerte.
Y estábamos solos entre tanta gente, como tarde de domingo en casa católica, las ausencias en la ventana y la libertad de amarnos, sin tregua ni avisos, ni cadenas ni leyes, solo uno, nada más ser uno.
Y escribir el destino, y forjar el deseo y ahogarlo en un grito sordo, y correr y no huir, escapar y quedarse ahí. Jugar una vez más, jugar una vez mas, con todo en contra y nosotros nadando lejos. Ahogándonos lejos.

Era una linda noche para morir y luego se convirtió en tarde, otra noche y otro amanecer con la muerte rondando el tiempo detenido entre nuestros brazos, sintiendo la cálida fragancia del deseo prohibido, del amarse cada poro, cada gota arrancada de nuestra piel, de tu piel, de tu luz que describía el firmamento. La noche se cansa y las fronteras no existen cuando se ama, el tiempo no pasa allá afuera ni en este lugar. Nada mas importa, nada mas importaba.

Detener el tiempo en una mirada entre la oscuridad, y acariciarla como una gota desparramada, ver el piso de madera cubrirnos y los ases de luz en la ventana cerrada, son los únicos que entrarán y los únicos que saldrán libres de este lugar.
Y era una linda noche para morir, subestimar el tiempo es una mala idea si se nada en contra. Las luces se convirtieron en ruido, en gritos desde el exterior y golpes en la puerta. Quedé desnudo al destino que derribaba muros y paredes de piedra, ciego ante las luces en mi rostro, interrogantes. Te vi partir arrancada de un brazo que te sacaba violentamente de este lugar. Sacándote de mi mundo y de mis límites, sintiendo ese calor cegante de la luz en mi cara, aturdiéndome por los gritos y las órdenes, los golpes.
Y era una linda noche para morir, sentir los golpes en mi cuerpo, la violencia de ellos. Pero no me dolían, en mi rostro se dibujaba una sonrisa. Estaba muriendo. Estaba feliz.

Entre las sombras logré distinguir la silueta de mi castigador, era oscura, daba lo mismo, le sonreí, en mi mente dibujaba palabras y sonrisas. No temí, el temor era absurdo. Ya nada importaba. Las luces seguían dando vueltas, y luego todo se apagó en el mal oliente calabozo. Nada más importaba…

Era una linda noche para morir.

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