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Docuaderno

Bitácora de cine documental / Weblog on documentary cinema

26 Marzo 2007

CRÍTICA: Goodbye, América

Algunas personas no envejecen. Aunque se miren al espejo y sólo vean a un hombre viejo. El reflejo se equivoca. Y lo que hay de verdad es lo que no se puede ver, lo que apenas se vio nunca. Hay un hombre que quiso ser gobernador, un locutor de radio que puso en marcha una cadena de favores para que los presos a los que nadie escribía tuvieran correspondencia, un pasajero de avión que desafió a Henry Kissinger en un vuelo Washington-Nueva York. Entonces a alguien se le ocurre mostrar lo que hubo de verdad.

A veces bastan 80 minutos. Es lo que tiene el cine. Al Lewis dice adiós y el resto del mundo, a través de la pantalla, le da la bienvenida después de muerto. Sergio Oksman, director de la película, le ha hecho permanecer. En realidad, fue casi de casualidad. La idea inicial del productor del documental, Elías Querejeta, era hacer un largometraje sobre “Pacífica Radio” -una radio pacifista de Nueva York- en el que Al Lewis aparecería simplemente porque trabajaba allí. Pero en su pretensión, se encontraron primero con el ex abuelo de la familia Monster y después con Albert Meister (nombre real del actor). Y no tuvieron más remedio que contar otra historia; la suya.

Goodbye, America es una película que contiene parte de los grandes temas de la Historia del cine. Para que luego digan que el documental es un género menor, o que nace con menos pretensiones. El protagonista es un actor, y el actor fue a su vez un cinéfilo. El personaje es un vampiro, esa figura que, como el cine, muere con la luz. Y la primera vez que la persona (que no el personaje) se pone delante de los focos, muere. Además hay un viaje, como no, en tren.

La canción de Paul Robeson también desempeña un doble papel: es un reflejo documental sobre parte de la Historia americana del siglo XX y a la vez un testimonio emocional que define a Al Lewis y al propio aire algo nostálgico que, hasta cierto punto, rezuma la película.

Es la dicotomía que se mantiene a lo largo de todo el filme. Está el testimonio histórico (imágenes de archivo) y el testimonio personal, los dos contenidos en la figura de Al Lewis, en su “materia gris”. Convergen, y, como resultado, emocionan, sin necesidad de abusar de imágenes de las que disponían (las de sus últimos días) y que podían haber apelado más burdamente a la emoción. Oksman eligió no mostrarlo todo, pero consiguió contarlo todo.

Y es que a veces bastan 80 minutos. Algunas personas vuelven a mirarse al espejo entonces y sueltan una carcajada. El hombre viejo que ven es sólo una caricatura. Y las arrugas y el temblor de las manos, parte del disfraz.

Noemí

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Bitácora realizada por alumnos y profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Las opiniones aquí expuestas son responsabilidad de sus firmantes.

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