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EL COCTEL AZUL ANGEL

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14 Octubre 2007

HISTORIA SECRETA DEL OPUS DEI EN EL PERU

La historia de la penetración política del Opus Dei en el Perú no comienza con Rafael Rey. Empieza en realidad a inicios de los sesentas, con los esfuerzos de tener presencia en los medios de comunicación.
A través de Enrique Chirinos Soto, Arturo Salazar Larraín, Carlos Rizo Patrón y Jacobo Rey -estos dos últimos supernumerarios-, los superiores de la Obra entran en contacto y anudan una excelente relación con Pedro Beltrán Espantoso y Eudocio Ravines, cuya figura sería exaltada años después en el libro El Deportado por Federico Prieto.
Algunos numerarios como Carmela Aspíllaga y el propio Federico Prieto Celi entran al diario La Prensa. Y, además, los del Opus consiguen que Beltrán done en Cañete los terrenos para el Instituto Rural Valle Grande y Condoray, escuela para la formación de las empleadas que atienden sus casas.
Incluso el Opus, apoyado por la gerente de La Prensa, promueve una revista que controla completamente: Informe Ilustrado, cuyo antecedente es la revista ERPA que editaban en Cañete; y cuyo nombre era las siglas de las Escuelas Radiofónicas Populares Americanas promovidas en la sierra de Yauyos por la organización. Las escuelas se transformarían después en Radio Estrella del Sur.
Todo este esfuerzo concluye en 1968, en vísperas del golpe, con la ley que autoriza la creación de la Universidad de Piura. El lobbie del Opus en el Congreso, conducido por un experto español llamado Alberto Moncada, le permite ampliar sus relaciones políticas. Moncada terminaría abandonando el Opus y realizando posteriormente una labor de denuncia.
De estos contactos existiría uno fundamental en Piura: la familia Romero, con quienes compartía orígenes españoles comunes. Y de ella, de manera particular, Dionisio Romero. El Opus Dei obtendría de los Romero en la exclusiva zona de El Chipe, los terrenos para levantar la Ciudad Universitaria, así tomo una casona en el casco urbano de Piura. Con los años el Banco de Crédito cumpliría la labor que desempeñó en España el Banco Popular, como plataforma de financiamiento de la Obra.
Sin embargo, la revolución de Juan Velasco Alvarado y la cancelación política de la oligarquía, frustra esta primera etapa. Compañías como la de Beltrán o Ravines, no eran la mejor tarjeta de presentación.
AMARGA EXPERIENCIA
La época militar es una etapa difícil para el Opus Dei. Por un lado Arturo Salazar Larraín y Federico Prieto Celi, a través de Opinión Libre, tratan de revivir las trincheras de La Prensa y combaten al régimen. Son deportados y la publicación clausurada.
El Opus entiende el mensaje y cierra Informe Ilustrado, guarda perfil bajo, se atrinchera detrás de sus obispos y espera mejores tiempos. Asimismo, se fortalece la labor de Cañete para mostrar un rostro social a la Revolución.
Es en esa época que Ricardo Rey Polis, papá de Rafael Rey y supernumerario, es nombrado rector de la Universidad de Piura. Es necesario un peruano al frente de la institución para preservarla de cualquier asedio castrense. En la actualidad el rector es el español Antonio Mabres.
En el segundo gobierno de Fernando Belaunde, el Opus no comienza de cero. La universidad de Piura se convierte en el gran gancho. Es visitada, por ejemplo, por Mario Vargas Llosa y algunos miembros de la familia Miró Quesada; y empieza así unos contactos que le serán al Opus muy útiles años después. En lo inmediato, el escritor les dedica un reportaje en un programa de televisión que conducía.
Por fin, Federico Prieto consigue entrar al Ministerio de Trabajo, invitado por Alfonso Grados Bertorini. Sin embargo, muy pronto la llegada del APRA frena el proyecto político. En las filas de Alfonso Ugarte sólo contaban con Rodrigo Franco, a quien podrían tolerar como lo hicieron en España con Rafael Calvo Serer, porque lo necesitaban y era la coartada de la pluralidad. Pero su muerte prematura y la resistencia de un partido popular, a un proyecto político esencialmente conservador y autoritario, frustran cualquier posibilidad de penetración.
Como recuerda Francisco José de Saralegui, un ex numerario, que se retiró después de 25 años, en el Opus Dei "se hablaba de libertad política y profesional. De la segunda tengo experiencia personal, pero creo que hay mucho menos libertad en cuanto a opciones políticas. Si los esquemas en que uno vive son autoritarios, inmovilistas y conservadores, sólo con un esfuerzo mental casi esquizofrénico se puede ser, de veraz, socialista o liberal."
Lo sucedido de 1968 a 1980 y de 1985 a 1990 convence al Opus Dei de la urgencia, en un país tan inestable como el Perú, de una penetración más orgánica en el poder político; y la necesidad de contar con un medio de comunicación amigo, sin que pueda ser identificado como del Opus.
Por otro lado, no era sino cumplir lo que establecían entonces las Constituciones del Opus Dei, es decir, el derecho eclesiástico interno por el que se rige, las cuales señalaban en el artículo 202: "Medio de apostolado peculiar de nuestra Institución son los cargos públicos, en especial aquellos que implican el ejercicio de una dirección".
DE VARGAS LLOSA A FUJIMORI
Esta conclusión a la que llega el Opus, cuenta con un liderazgo que la puede impulsar y hacer efectiva: Juan Luis Cipriani Thorne, primero como Vicario de la Prelatura y después como obispo. Considera Cipriani que la situación del Perú es muy parecida a la de la España de los años 50, donde el Opus decidió entrar masivamente en política para brindar seguridad a la labor que realizaban y apoyarla económicamente.
El sacerdote Antonio Pérez, que dirigía en la década del 50 el Opus Dei en España, ha dejado un testimonio impresionante de cómo se planificó y ejecutó la entrada de la organización en el gobierno de Franco (Historia Oral del Opus Dei. Plaza & Janes Editores, octubre de 1987).
En el Perú lo primero era renovar cuadros, porque la figura de Prieto Celi estaba muy quemada. Se movieron contactos y amistades para colocar en el entorno del candidato favorito de 1990, Mario Vargas Llosa, a dos numerarios jóvenes: Rafael Rey y Domingo Fatacciolli. Este último se terminó casando, abandonó el Opus y vive actualmente en Australia.
Por otro lado, la penetración en El Comercio se acentuó. Los graduados en la Facultad de Comunicacicín de la Universidad de Piura entraron a los diversos niveles del diario. Algunos de sus periodistas hacen postgrado en la Universidad de Navarra. El personaje clave en este proceso es el sacerdote numerario Joaquín Diez, que es formalmente e1 responsable de la página religiosa del diario.
El poder del Opus en el periódico se consolida, cuando en alianza con un sector de la familia, aprovechando disputas internas consiguen que los herederos de Racso Francisco Miró Quesada Cantuarias y Francisco Miró Quesada Rada sean separados de la conducción de El Comercio. Los dos son hombres progresistas críticos del Opus.
Producida la victoria de Fujimori, el Opus que ya tiene una cabeza de playa en el Congreso, se mueve en el entorno de Santiago Fujimori, a través de la entonces supernumeraria y actual cooperadora de la Obra de Dios, Martha Chávez. La cual juega en pared con Rey, entonces en el Movimiento Libertad. Después del 5 de abril ambos confluyen, en un apoyo a la dictadura.
Por su parte, Prieto entra al Ministerio de Educación -terreno favorito del Opus- y posteriormente trata de controlar El Sol, desde donde hace una labor desembozada de apoyo al fujimontesinismo.
Para cerrar el círculo del poder el paso siguiente era obtener para Cipriani el arzobispado de Lima y el capelo cardenalicio. Para ello, hay una división del trabajo: Cipriani fortalece sus relaciones con Fujimori; y Rey trabaja a Montesinos. Ambos apoyados por Martha Chávez y del banquero Romero, que como demostró un vladivídeo, mantenía relación permanente con Cipriani. Así se aseguran una mayor influencia del Opus, fuentes de financiamiento y una poderosa protección para sus labores.
En síntesis, todo parecía marchar muy bien para el Opus, que tiene acceso directo a los más altos círculos del poder y de la banca a través de Romero. Cipriani ve confirmada su tesis: la situación es como la España de Franco y el Opus habría hecho bien en apoyar a un régimen que aparentemente tenía muy largo aliento.
UNIDAD NACIONAL
Cuando el fujimontesinismo comienza a desmoronarse, el Opus comprende que es hora de abandonar el barco. Rey empieza a marcar sus distancias, tratando cubrirse con una pátina democrática. Asimismo. con gran sentido de la oportunidad el 28 de julio de 2000, Cipriani denuncia el "poder oscuro". Esa coartada se deshace cuando se le pregunta ¿por qué no lo hizo antes?
Tampoco podía sospechar el Opus que los vladivideos demostrarían que Rafael Rey se había corrompido en el SIN. Incluso, como lo denunció Liberación, el numerario en una actitud poco ética, y abiertamente violatoria de la ley, había intervenido ante Montesinos para que liberara a Higueras, uno de los secuestradores de Mariano Querol, por el hecho de que era piurano y su familia estaba vinculada al Opus.
Juan Luis Cipriani debió haber aprendido de la experiencia de Antonio Pérez, sobre las consecuencias de mezclar a la Prelatura en aventuras políticas con las dictaduras.
Ante la llegada de la democracia para la que no estaba preparado, la única forma que encuentra el Opus para cubrir sus huellas de complicidad con la dictadura -evitando un estigma como el que lo persigue por haber sido una de las familias políticas del franquismo-, fue establecer una alianza con Unidad Nacional. No hay que olvidar que el padre de Cipriani fue fundador de la Democracia Cristiana y del PPC.
Lo que sería bueno saber es con exactitud cuántos más del Opus hay en el entorno de Lourdes Flores. Lo cual resulta especialmente difícil por el secreto con el que manejan su pertenencia a la organización, aunque se conocen algunos casos como el de la mamá de Jaime Bayly que es supernumeraria.
Las primeras Constituciones del Opus Dei eran muy claras. El artículo 190 imponía el secreto: "A los extraños se les oculta el número de los socios y, más aún, los nuestros no han de conversar de estos temas con extraños". La misma idea del secreto se confirmaba en el 191: "Socios numerarios y supernumerarios sepan bien que han de guardar siempre un prudente silencio respecto al nombre de los otros miembros; y que a nadie van a revelar nunca que ellos mismos pertenecen al Opus Dei".
Ante el escándalo que se desató al conocerse estos textos, destinados también a ser secretos, hubo una reforma formal, aunque el espíritu se ha mantenido. La obligación del secreto sólo se ha atenuado, pero no desaparecido.
JAQUE AL REY
Sin embargo, el de Rey no es único caso de miembros del Opus que llegan a corromperse al contacto del poder político y económico. Cipriani antes de impulsar una aventura política autoritaria, debió meditar lo que sucedió con los miembros del Opus involucrados en los casos Matesa y Rumasa en España.
A Rey el Opus lo tiene escondido, no hace campaña, para no llamar la atención sobre su persona y evitar un escándalo mayor, que podría hacer aparecer donaciones no muy santas a las labores de la Obra de Dios. Ante lo que se puede destapar, el caso Higueras sería de poca trascendencia.
También es una estrategia para tratar de que no exista un remezón, de consecuencias impredecibles, que sacuda aún más a la ya de por sí debilitada candidata de Unidad Nacional.
A tenor de las últimas encuestas, parece que la alianza con Lourdes no va a funcionar para cubrir al Opus Dei. La pregunta es ¿qué harán ahora?

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10 Octubre 2007

asimov

Prolífico
escritor estadounidense, famoso por sus novelas de ciencia-ficción y
por sus libros divulgativos sobre todas las ramas de la ciencia. Asimov
nació en Petrovichi, Rusia. Su familia emigró a Estados Unidos cuando
tenía tres años y se estableció en el barrio de Brooklyn, de Nueva
York. Sus trabajos en las revistas de ciencia-ficción le llevaron a
profesionalizarse como escritor literario y científico. Ingresó en la
Universidad de Columbia a los 15 años y a los 18 vendió su primer
relato a la revista Amazing Stories.
Después de participar en la II Guerra Mundial, Asimov se doctoró en
Bioquímica en 1948 y de 1949 a 1958 enseñó bioquímica en la universidad
de medicina de Boston. Su primera novela de ciencia-ficción, Piedra en el cielo,
se publicó en 1950 y su primer libro científico, un texto sobre
bioquímica escrito con dos colegas, en 1953. A partir de 1958 se dedicó
por completo a escribir. Firmó más de 500 libros para lectores jóvenes
y adultos que, además de la ciencia-ficción y la divulgación
científica, abarcan cuentos de misterio, humor, historia y varios
volúmenes sobre la Biblia y Shakespeare. Entre sus obras de
ciencia-ficción más conocidas se encuentran Yo, Robot (1950); La trilogía de la Fundación (1951-1953), de la cual escribió una continuación treinta años después, El límite de la Fundación (1982); El sol desnudo (1957) y Los propios dioses (1972). Entre sus obras científicas destacan Enciclopedia biográfica de la ciencia y la tecnología (1964; revisada en 1982) y Nueva guía a la ciencia (1984), una versión más reciente de su elogiada Guía científica del hombre (1960). Obras posteriores son La Fundación y la Tierra (1986), Preludio a la Fundación (1988) y Más allá de la Fundación (1992). En 1979 se publicó su autobiografía en dos volúmenes, Recuerdos todavía verdes. © eMe

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5 Octubre 2007

misterios de la historia

Lawrence de Arabia

Desinteresado campeón de la independencia de un pueblo primitivo,
obstinado oponente de las grandes potencias que despojaron a sus seguidores de la
victoria: tal es la imagen del T.E. Lawrence célebre personaje literario y
cinematográfico. ¿Es ésta la verdad?

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Una multitud aclamante abarrotó las calles de Damasco el 1° de octubre de 1918
cuando el ejército rebelde marchó por la ciudad liberada. El día anterior, cuando las
tropas otomanas se replegaron, la antigua ciudad siria pasó del control turco al árabe.
Los vítores no sólo eran para las tribus victoriosas, sino también para un joven
inglés que cabalgaba entre ellos, vestido con ondeante indumentaria árabe. La rebelión
y su británico mentor se habían hecho inseparables.

Buscando apoyo británico

En junio de 1916, el sharif (príncipe) de La Meca, Hussein Ibn Ali, inició la
rebelión contra los cuatro siglos de dominio otomano en la península arábiga. Como
gobernador de Hejaz, provincia desértica junto al mar Rojo, controlaba La Meca, el lugar
más santo del Islam, lo que le hacía líder espiritual de los pueblos árabes. Pero la
rebelión de Hussein se estancó en Medina, donde las tropas turcas podían abastecerse
gracias al ferrocarril del norte. Antes de proclamar la rebelión, Hussein buscó el apoyo
de Inglaterra y más tarde afirmó que le prometieron armas, balas y asistencia técnica
para cortar la vía férrea. Desde un principio, los ingleses quisieron controlar la
rebelión, por lo que le retuvieron el abastecimiento para hacerla "más modesta y
conveniente". Cuando todo indicó que Hussein se retiraba a La Meca, obligado a
rendirse, los ingleses se dieron cuenta de que era tiempo de recabar un informe fidedigno.
Enviaron desde El Cairo a un oficial de inteligencia de 28 años, que hablaba árabe y
tenía años de experiencia en el Oriente Medio: Thomas Edward Lawrence.

Educación de un guerrero

El hogar donde nació T.E. Lawrence el 16 de agosto de 1888 no era precisamente un
estereotipo de la Inglaterra victoriana. Cuatro años antes, Thomas Chapman abandonó en
Dublín a su esposa y cuatro hijas para vivir con Sarah Maden, institutriz de las niñas.
Mudándose de Irlanda a Inglaterra, Gales, Escocia y Francia, Thomas y Sarah tuvieron
cinco hijos en los siguientes 12 años. Asentándose en Oxford con el apellido Lawrence,
la pareja consiguió tener una apariencia de respetabilidad, pero su sensible
segundo-génito, Thomas Edward, sufrió durante toda su vida la vergüenza de ser híjo
ilegítimo. A los 12 o 13 anos, el joven Lawrence se rompió una pierna. Debido a que la
fractura se curó lentamente o a que enfermó de paperas en la adolescencia, el muchacho
dejó de crecer en cuanto midió 1.66 m. Con una cabeza demasiado grande, parecía aún
más corto de estatura. Ingresó al Jesus College de la Universidad de Oxford y, tal vez
para compensar su corta estatura, Lawrence desarrolló varias afectaciones, entre ellas
una risita estridente y nerviosa que sus condiscípulos consideraban molesta. En un mundo
de hombres, parecía asexuado e incluso afeminado. En Oxford, Lawrence fue influido por
David George Hogarth, un arqueólogo y especialista en el Oriente Medio. Hogarth lo
estimuló para que escribiera una tesis acerca de la arquitectura militar en las Cruzadas
y le dio instrucciones detalladas cuando el estudiante viajó al Oriente Medio en junio de
1909 para hacer su práctica de campo. Viajó por Siria solo y a pie, "viviendo como
árabe entre árabes", y se enamoró de la región y sus pueblos. Al regresar a
Oxford se recibió con honores como historiador y egresó de la universidad en 1910.
Recomendado por Hogarth, Lawrence recibió una beca de posgrado para unirse a una
excavación arqueológica en Carchemish, en la ribera occidental del río Éufrates.
Exceptuando los meses de verano, en que el calor obligaba a suspender los trabajos,
Lawrence pasó en Siria casi por complete los siguientes cuatro años, los que luego
consideró los más felices de su vida. Vistiendo sólo pantalón corto, el Sol lo
bronceó y aprendió a comandar a 200 hombres, bromeando con ellos en árabe. Pero Arabia
no solamente era un campo de estudio y al pasar el tiempo la arqueología no satisfizo
todos sus intereses en la región. Poco antes de enero de 1914, se hizo espía.

Espionaje en el desierto

Desde mediados del siglo XIX, el ímperio otomano era conocido como "el
hombre enfermo de Europa". Alemania, Francia y Rusia ansiaban reemplazar al decadente
imperio como factor de poder en el Oriente Medio e Inglaterra quiso asegurar sus propios
intereses. Al tomar Egipto en 1882, los británicos controlaron el canal de Suez, vital
para su imperio en la India. Pero necesitaban vigilar la actividad política al este del
golfo de Suez y en el mar Rojo. Bajo el respetable patrocinio del Fondo de Exploración de
Palestina, Lawrence se unió a principios de 1914 al arqueólogo Leonard Woolley y al
capitán británico Stewart Newcombe para una prospección de la península de Sinaí.
Dijeron buscar evidencias de los 40 anos de éxodo de los israelitas al salir de Egipto.
En realidad, rastreaban las actividades militares de los turcos en la región limítrofe.
La Primera Guerra Mundial estalló en agosto de 1914 y todo parecía indicar que el
imperio otomano sería neutral. Pero cuando atacó a Rusia, aliada de Inglaterra, Lawrence
se enroló en el ejército en Egipto. En diciembre ya estaba en El Cairo, organizando una
red de inteligencia en la región que conocía al dedillo.

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Las hazañas del coronel británico T.E.
Lawrence durante la rebelión árabe entre 1916 y 1918 fueron la base de la peIícula
Lawrence de Arabia, rodada en 1962 por David Lean. Arriba, una foto fija de la película
recrea fielmente a las fribus beduinas cabalgando para combatir en Hejaz, la provincia
árabe en la costa del mar Rojo.

Rebelión en Arabia

Lawrence nunca sería un soldado convencional. El comandante de Lawrence en El
Cairo recordaría posteriormente su intenso deseo de decirle a su joven oficial que se
cortara el pelo. Pero sus colegas militares se impresionaron con su mente ágil, su
contagioso entusiasmo por el trabajo y su "extraordinaria capacidad para salirse con
la suya calladamente". Sin embargo, pronto lo aburrió la rutina de cartografiar
mapas, hacer informes geográficos y entrevistar a agentes de espionaje potenciales. En
1915, dos de sus hermanos murieron combatiendo en Francia, mientras que Lawrence escribía
en 1926: "No hacemos nada, fuera de urdir políticas provocadoras en la
región." Pero al mes siguiente fue enviado a una muy secreta misión a Mesopotamia
(actual Irak), donde los turcos asediaban al ejército inglés: su misión era sobornar
con un millón de libras al comandante turco para que levantara el sitio y, de paso,
sondear la disposición de las tribus árabes para rebelarse contra los turcos. Fracasó
en ambas misiones y regresó a Egipto "para encerrarse en esa oficina en El
Cairo" Cuando Ilegó a El Cairo la noticia de la rebelión de Hussein en 1916,
Lawrence escribió a su casa lo bueno que era "ayudar a forjar una nueva
nación". En octubre se reunió con los rebeldes árabes. El digno Hussein, aunque
capaz de ser líder moral, era muy viejo para ser comandante militar. Lawrence opinó que
su primero, segundo y cuarto hijos eran "demasiado limpios", "listos"
o "fríos". Pero de Faisal, el tercer hijo de Hussein, Lawrence dijo que era
"el hombre que vine a buscar en Arabia, el líder que dará gloria a la rebelión
árabe". El inglés bajo y rubio sería en adelante camarada de armas del árabe alto
y moreno, y juntos cabalgarían a la gloria en los siguientes dos afios.

"Orens": hasta la última consecuencia

Para ganar la confianza de los árabes, Lawrence usó ropa nativa y aprendió a
montar en camello. "Si vistes como árabe", escribió, "hazlo hasta la
última consecuencia. Olvídate de amigos y costumbres ingleses y adopta enteramente los
hábitos árabes". Al adoptar las castumbres árabes, poco a poco se gano la
confianza de las suspicaces tribus nativas, que al Ilegar a los campamentos lo saludaban:
" i Orens ! i Orens ! ", que era la forma en que podían pronunciar su nombre,
tan extraño a su idioma.

Acompañado por Lawrence y su comitiva de 25 criados y guardaespaldas, Faisal
lanzó la ofensiva que terminó en Damasco. Con la asesoría de Lawrence, desarrolló una
estrategia que era adecuada para el terreno y la capacidad de lucha de sus hombres.
Subiendo por la península arábiga, los rebeldes libraron una guerra de guerrillas que
aterrorizó a sus enemigos y ganó reclutas de otras tribus. Esquivaron los fuertes turcos
y dinamitaron el ferrocarril de Hejaz, descarrilando trenes e inutilizando las
locomotoras. "El espectáculo es espléndido", escribió Lawrence. "Es
imposible imaginar mayor diversión para nosotros y mayor vejación y furia para los
turcos." En enero de 1917 tomaron el puerto Wejh, en el mar Rojo, y con la rendición
de Akaba en julio, la campaña de Heiaz terminó en una aplastante victoria para los
árabes. El comandante británico en El Cairo notó que los rebeldes árabes dominaban
más tropas turcas que los ingleses y, como observó Lawrence con cierta malicia,
"comenzaron a recordar que siempre habían favorecido la rebelión árabe".
Desde entonces, las huestes de Faisal se convirtieron en el poderoso flanco derecho de las
fuerzas aliadas del general Allenby que atacaban diestramente desde el norte a través de
Palestina.

En 1917, Lawrence hizo dos peligrosas incursiones tras las líneas enemigas para
enardecer a los árabes sirios. En la aldea Deraa, en noviembre, fue detenido brevemente
por los turcos, que tal vez no supieron quién era él. Aún está a discusión lo que
ocurrió ahí. Según sus memorias de la posguerra, tituladas Siete pilares de
sabiduría
, Lawrence fue horriblemente torturado y vejado sexualmente por
sus captores. Esta sórdida versión fue considerada como "muy improbable" por
un prominente historiador de EUA, pero un colega de Lawrence lo describió como muy
perturbado a su regreso de Deraa y estaba convencido de que sufrió una "horrenda
pesadilla". Sin embargo, tres semanas después de volver de Deraa, Lawrence ya estaba
lo bastante repuesto como para marchar a Jerusalén con Allenby el 9 de diciembre de 1917.
Los aliados siguieron avanzando hacia el norte durante 1918, con Lawrence y los árabes en
su flanco derecho. Cuando Allenby programó el asalto a Damasco para septiembre, tenía
250.000 hombres bajo su mando. Aunque los turcos tenían nominalmente igualdad de fuerzas,
los 3.000 árabes de Lawrence inmovilizaban a 50.000 enemigos al este del Kordán,
mientras otros 150.000 turcos se desplegaban en Mesopotamia, en un vano intento por
sofocar otras rebeliones árabes. Con una superioridad de cinco a uno, Allenby mãrchó a
la victoria el 1° de octubre.

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Luego de su victoria en Hejaz, los árabes
tuvieron un papel militar convencional, como flanco derecho del ejército aliado que
avanzó al norte por Palestina. Arriba, una trinchera en el desierto.

AIta política

En mayo de 1916, Inglaterra y Francia firmaron un tratado secreto, conocido como
Sykes-Picot por sus dos negociodores, que dividía al territorio turco del Oriente Medio
en dos esferas de influencia: la inglesa y la francesa. Todo Estado árabe en la región
estaría sujeto al control administrativo británico o francés. Dos días después de la
entrada triunfal a Damasco, Faisal supo de la amarga realidad y sus limitaciones sobre la
independencia árabe. Insistiendo en que nada sabía del tratado secreto, Lawrence pidió
que Allenby lo relevara de su cargo y le permitiera regresar a Inglaterra. "Como yo
no era un perfecto estúpido", escribió amargamente en Siete pilares de
sabiduría
, "pude ver que las promesas a.los árabes eran huecas".
Lamentó que sus hombres arriesgaran su vida por una recompensa tan insignificante;
"en lugar de enorgullecerme por lo que hicimos, me sentí avergonzado". A partir
de entonces, Lawrence supo, escandalizado, que sus batallas se librarían en los
corredores del poder y no en las arenas del desierto . De vuelta en Inglaterra,
incómodamente vestido con uniforme, Lawrence compareció el 29 de octubre ante un comité
del gabinete de Guerra. Su propuesta era anular el tratado Sykes-Picot para mantener a
Francia fuera del Oriente Medio y dividir Mesopotamia y Siria en tres reinos dirigidos por
tres de los hijos de Hussein, con Faisal presidiendo Damasco. Mientras esperaba la
decisión del gobierno, Lawrence cablegrafió a Hussein, sugiriendo que enviara a Faisal
como representante a una conferencia de paz que se iniciaría en París en 1919. Pero,
nuevamente, Lawrence tuvo malas noticias para Faisal: al recibirlo el 26 de noviembre en
Marsella, le informó a su camarada de armas que Francia había vetado su participación
en la conferencia. Faisal estuvo en diciembre y enero en Inglaterra, donde Lawrence lo
presentó con Chaim Weizmann, el líder sionista a quien los británicos prometieron un
hogar nacional en Palestina. Lawrence, quien veía a los semitas judíos y árabes como
"un todo indivisible", tenía la esperanza de que cooperaran para desarrollar al
Oriente Medio. A cambio de entrar libremente a Palestina, los judíos prestarían dinero a
Faisal para establecer su reino en Siria. La guerra en el Oriente Medio siempre fue
secundaria ante la lucha con Alemania en el frente oeste. La campaña de Lawrence con los
árabes fue Ilamada "lo secundario de lo secundario". Pero según un delegado de
EUA, el coronel Lawrence fue "un atrayente personaje" en la conferencia de paz
del 18 de enero de 1919. Como a Faisal se le negó la admisión, le correspondió a
Lawrence asegurar que su camarada árabe siguiera siendo leal a Gran Bretaña. Para
Lawrence, los enemigos eran ahora los franceses. Su esperanza era que "los árabes
fueran nuestro primer dominio y no nuestra última colonia". Pocos compartían su
opinión, tanto árabes como ingleses. Inglaterra tenía un nuevo interés en el Oriente
Medio: petróleo. Además, no querían enojar a Francia, su aliada en la guerra.
Reticente, Faisal aceptó los términos del tratado Sykes-Picot, que pospusieron la
verdadera independencia árabe.

La lucha termina, la leyenda crece

Derrotado en la conferencia de paz, Lawrence intentó ganarse a la opinión
pública con una serie de artículos y cartas. Luego fue el asesor de Winston Churchill en
asuntos árabes. Pero todo lo que realizó fue en vano. Faisal, proclamado rey de Siria en
marzo de 1920, fue depuesto por los franceses en julio e Inglaterra no hizo nada. En 1921
los británicos hicieron a Faisal rey de Irak, bajo el dominio inglés durante la
siguiente década. Su hermano Abdullah fue nombrado emir de Transjordania, otro
protectorado inglés. Hussein fue forzado a abdicar como rey de Hejaz en 1924, sustituido
por el jefe de otra tribu, Ibn Saud. Asqueado de la política, Lawrence se retiró a
Oxford para redactar sus reveladoras memorias. ¿Por qué había hecho todo esto? El
epílogo de Siete pilares de sabiduría da cuatro motivos. El
primero y más poderoso era personal, "omitido en el libro, pero creo que nunca
ausente de mi alma durante todos estos años, dormido o en vela, ni siquiera por una
hora". Los detectives académicos revelaron que éste era el amor de Lawrence por un
muchacho árabe Ilamado Dahoum, a quien conoció en Carchemish en 1913; en otra parte
escribió que la libertad para el pueblo del muchacho sería "un regalo
aceptable". Poco antes de que Damasco fuera tomada, supo que el muchacho había
muerto de tifus y anotó con dolor: "mi regalo fue en vano". El segundo motivo
de Lawrence fue su patriotismo: quería ayudar a Inglaterra a ganar la guerra. El tercero
fue la curiosidad intelectual: "el deseo de sentirme el inspirador de un movimiento
nacional". El cuarto fue la ambición personal: "sumar a mi vida esa nueva Asia
que nos traía el tiempo inexorable" ¿Fue Lawrence un héroe? ¿O fue un
oportunista descarado? ¿Estuvo verdaderamente dedicado al nacionalismo árabe con toda la
convicción de conseguir la libertad? ¿Solamente utilizó a crédulas tribus árabes para
perpetuar el imperialismo británico? ¿Es que su historia no fue la de dedicarse a la
causa de un pueblo sino la de su obsesión por un amor imposible?

Escape de la fama

La carrera de Lawrence en la posguerra es tan extrañia e intrigante como sus
andanzas en la rebelión árabe. En agosto de 1922 el excoronel se enroló en la fuerza
aérea inglesa con el seudónimo de John Ross. Se sometió humildemente a la tiranía de
los oficiales que lo entrenaron. Cuando la prensa publicó esta autohumillación de
Lawrence, fue dado de baja. No pudo hallar empleo porque, como lo confesó casi con
alegría, "nadie me ofrece un trabajo lo suficientemente pobre como para que lo pueda
aceptar". Se dedicó a recorrer la campiña en motocicleta. Por intervención de
amigos, fue readmitido al ejército en marzo de 1923, como soldado raso en la unidad de
tanques y bajo otro seudónimo, T.E. Shaw. Dos años después, consiguió ser transferido
a la fuerza aérea, donde sirvió como piloto durante los restantes diez años de su vida.
El 13 de mayo de 1935, Lawrence aparentemente perdió el control de su motocicleta
mientras corría por una curva estrecha al sur de Inglaterra y salió despedido por encima
del manubrio. Murió seis días después, por heridas en la cabeza. Antes del accidente,
un coche negro pasó en dirección opuesta a la de Lawrence, entonces aparecieron dos
niños en bicicleta en una loma frente a él y trató de esquivarlos.

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El monje impio

Como si saliera de la nada, un autoproclamado santo logró un extraño
dominio sobre Ia pareja imperial rusa antes de la Primera Guerra Mundial. ¿Era un santo
que curaba o sólo un fraude y un impostor?

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El miedo y la angustia inundan el palacio en Tsarskoye Selo, la residencia
imperial en las afueras de San Petersburgo, capital de Rusia. El zarevich Alexei, de tres
años, cayó mientras jugaba y yace ahora en dolorosa agonía, con terribles moretones en
su pálida piel que indican las hemorragias internas que amenazan su vida. El niño es
hemofílico, enfermedad heredada de su madre, la zarina Alejandra, que impide la
coagulación de la sangre: la más leve herida provoca sangrados incontrolables. Cuando
los médicos de la corte fracasan para curarlo, Alejandra y su esposo, el zar Nicolás II,
rezan junto a su lecho una noche de julio de 1907, en espera de una visita secreta. Dos años
antes, las grandes duquesas Militsa y Anastasia les presentaron a un hombre
"santo" Ilamado Grigori Efimovich. Según estas dos mujeres, ambas casadas con
primos de Nicolás, Grigori poseía misteriosos poderes de curación. La pareja imperial
lo instó a presentarse en palacio, cuidando que su llegada no fuera advertida por los
guardias imperiales. Hacia la medianoche, el hombre, de aspecto fiero, de pelo negro
encanecido y barba hirsuta, aparece en la habitación del príncipe. Arrodillándose,
Grigori reza ante un icono sagrado. Al ponerse de pie, hace la señal de la cruz sobre el
zarevich, pasa una mano áspera sobre la frente afiebrada del niño y dice con una voz
grave y melodiosa: "No temas, Alexei. Todo está bien. Mañana estarás sano."
Luego de calmar al fascinado niño con cuentos siberianos, sale. "Creed en el poder
de mi plegaria", dice Grigori a los angustiados padres, "y el niño
vivirá". Alexei se recupera, mientras Nicolás y Alejandra dan gracias a Dios por
enviarles al santo varón con poderes curativos tan notables.

EI disoluto

Se desconoce virtualmente la vida de Grigori Efimovich antes de aparecer en San
Petersburgo a fines de 1903. Tenía entonces entre 33 y 40 años de edad, era hijo de un
campesino siberiano y en su aldea lo conocían como Rasputín, que en ruso significa
"disoluto". Sus borracheras, bravatas y parrandas con mujeres eran legendarias.
Pero en cierto momento pasó varios meses en un monasterio local y, después de esta
experiencia, asumió la identidad de un starets, un santo itinerante que debía vivir
pobremente y en soledad, dedicado a aliviar a sus semejantes del dolor y la incertidumbre
espiritual. Pero, posteriormente, los enemigos de Rasputín dirían que fue miembro de los
Jlisti, una secta clandestina que expresaba su fervor religioso en orgías nocturnas.
Ciertamente esto parecía adecuarse a la original filosofía del monje impío, pues
Grigori predicaba que la redención sólo podía lograrse mediante el pecado seguido del
arrepentimiento. Rasputín, que nunca repudió este nombre, tuvo una esposa y cuatro
hijos. Uno de ellos murió en la infancia, otro estaba perturbado y se quedó con su madre
en su aldea siberiana. Pero en cuanto ganó influencia en la corte, el autonombrado
starets aprovechó la excelente oportunidad y Ilevó a sus dos hijas a San Petersburgo a
vivir con él y gozar los privilegios de la nobleza, con el fin de que fueran educadas en
la capital.

Un peregrino en la corte del zar

El dudoso starets Ilegó por primera vez a San Petersburgo en 1903 y se presentó
como pecador penitente ante el padre Juan de Kronstadt, el clérigo más respetado de la
ciudad. El padre Tuan se impresionó por la humildad, sinceridad y habilidad como
predicador de Rasputín. Lo consideró un instrumento ideal para Ilegar a los campesinos
analfabetos de Rusia. Luego Rasputín fue aceptado abiertamente en los círculos de la
corte y, en 1905, fue presentado ante el zar y la zarina por las dos duquesas. Todo el que
conocía a Rasputín recordaba sus ojos. El príncipe Yusupov, con quien Rasputín
tendría un fatal encuentro, los describió como "rayos de luz brillantes,
fosforescentes" Una joven a quien trató de seducir recordó su horror al descubrir
al hombre "hábil, misterioso y corruptor" que la miraba con ojos que antes
parecían irradiar bondad y gentileza. El embajador francés escribió que la personalidad
toda del monje estaba concentrada en sus ojos: "Eran de un azul claro, con brillo,
profundidad y atracción excepcionales. Su mirada era al mismo tiempo penetrante y suave,
ingenua y astuta, ausente y atenta." La extraña combinación de sensualidad cruda y
contagiosa piedad de Rasputín le ganaron una leal camarilla de damas cortesanas. Luego de
su visita nocturna junto al lecho del zarevich, su mayor defensora era Alejandra, quien lo
consideraba incapaz de hacer el mal; no quería oír hablar de sus parrandas. Lo que
agradaba a Alejandra también agradaba a su fiel y débil marido. Al principio confiaron
en la misteriosa habilidad de Rasputín para curar a su hijo. Poco después pedían su
consejo para asuntos de Estado. Cuando ya no fue posible ocultar la escandalosa influencia
del starets sobre la pareja imperial, el zar fue forzado por sus parientes a expulsar a
Rasputín de la capital. Sólo fue un exilio temporal, pues una vez más el monje impío
demostró sus poderes curativos enviando un telegrama desde Siberia, asegurando a los
preocupados padres que Alexei se repondría de otro sangrado interno.

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La zarina Alejandra y su hijo, el zarevich
Elexei

Enemigo de la guerra

En la primavera de 1914, Alexei, de 9 años, gozaba de buena salud. En contraste,
el imperio ruso, descuidado por el preocupado zar, se tambaleaba al borde de la guerra. El
28 de iunio, el asesinato del heredero del trono austro-húngaro inició la larga cadena
de eventos que desembocaron en el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto. Por
una curiosa coincidencia, Rasputín escapó por poco de ser asesinado un día antes,
cuando una mujer enloquecida lo apuñaló en el estómago, gritando "!he matado al
Anticristo!" Al recuperarse de su herida, el starets escribió al zar con letra
temblorosa que la guerra debía ser evitada; sólo traería "desastre, dolor... un
océano de lágrimas y mucha sangre". Se ignoró la lúgubre profecía y Rusia
marchó a la destrucción con Europa. Dos años después, con la guerra estancada, se
renovaron los rumores acerca del starets y la pareja imperial. El supuesto hombre de Dios
había convencido a Alejandra -y por lo tanto a Nicolás- de hacer la paz con Alemania. Un
grupo de nobles tomó la decisión de librar a Rusia del monje impío.

La invitación fatal

El líder de la conspiración fue el príncipe Félix Yusupov, de 29 años,
heredero de la mayor fortuna de Rusia y casado con una sobrina del zar. Juerguista como el
starets, él y Rasputín se reunían con frecuencia en notorios centros nocturnos de San
Petersburgo; el príncipe acudió una vez a él para ser curado. A fines de diciembre de
1916, Yusupov invitó a cenar en su palacio a Rasputín después de medianoche. El
starets, que generalmente era desaseado, se bañó con jabón barato y se vistió para la
ocasión con una camisa de seda bordada y pantalones de terciopelo. Pero al llegar al
palacio Yusupov, el príncipe lo Ilevó a un sótano. Arriba, cuatro conspiradores
pusieron un fonógrafo para simular una fiesta en la que supuestamente estaba la
anfitriona. Mientras que los dos esperaban, el príncipe Félix sirvió al starets
pasteles con cianuro y lo hizo tomar vino envenenado. Para horror y pasmo de Yusupov,
Rasputín no pareció sentir ningún efecto por ingerir varias dosis de veneno,
suficientes para matar a varios hombres. Luego de dos horas y media, el príncipe se
retiró, pretextando revisar la "fiesta" de arriba. Luego de hablar con los
cuatro conspiradores, Yusupov regresó con una pistola oculta. Dirigiendo la mirada de
Rasputín hacia un crucifijo en la pared, el príncipe le pidió elevar una plegaria y le
disparó a quemarropa en la espalda. Rasputín se desplomó ensangrentado sobre una
alfombra blanca de piel de oso y los conspiradores entraron al recinto. Uno de ellos,
siendo médico, lo dictaminó muerto.

Mientras los asesinos se felicitaban, el starets abrió los ojos, se levantó de
un salto y corrió por las escaleras hacia el patio. Pero antes de llegar a la puerta,
otro de los complotados le disparó en la cabeza y espalda. Yusupov golpeó el cuerpo con
un garrote hasta que no dio más señales de vida. Envuelto en lienzo y atado con cuerdas,
el cuerpo de Rasputín fue tirade por un agujero en el hielo del río Neva. Cuando el
cuerpo fue rescatado tres días después, se comprobó que los pulmones de Rasputín
contenían agua: esto demostraba que aún estaba vivo cuando fue arrojado al río. Hubo
regocijo general en San Petersburgo con la noticia de la muerte de Rasputín. Los
conspiradores fueron deportados, enviados al servicio militar o exonerados. Pero Rasputín
tuvo la última palabra: en su último mes de vida escribió a la zarina Alejandra,
prediciéndole de manera intrigante que ninguno de sus familiares sobreviviría más de
dos años la muerte del monje. En marzo de 1917, la predicción comenzaba a cumplirse:
Rusia perdía la guerra y Nicolás II era forzado a abdicar. Dieciséis meses más tarde,
se informó que Nicolás, Alejandra, Alexei y las cuatro hermanas fueron asesinados por
los bolcheviques, quienes poco antes habían tomado el control de Rusia.

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A pesar de su indecisión, errores,
neglígencia en los asuntos oficiales, y de preocuparse por problemas de familia, el zar
era querido por las masas. Abajo, los soldados se arrodillan ante el zar, a caballo.

TROYA
De origen humilde, amasó cuatro fortunas. Sin educación, aprendió
17 idiomas. Pero su mayor friunfo fue tardío, cuando demostró a los escépficos del
mundo que la historia de Homero acerca de la guerra de Troya ocurrió en realidad.

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En La Eneida, Virgilio cuenta
la historia del caballo de madera con que los griegos vencieron a los troyanos. Una copia
del caballo se yergue entre las ruinas de Troya, descubiertas por Heinrich Schliemann, que
confió más en el poeta que en los expertos.

Los recuerdos de infancia de Heinrich Schliemann eran sombríos. Nacido en 1822 de
una pareja mal avenida, creció entre campesinos supersticiosos en una lejana aldea
alemana cerca de la frontera con Polonia. Su madre murió, dando a luz, cuando él tenía
nueve años. Su severo y egoísta padre, el párroco de la aldea, fue destituido del
púlpito por ser mujeriego. A los 14 años, Heinrich fue separado de su amada Minna, a
quien conocía desde la niñez, para ser aprendiz en el degradante trabajo de ayudante de
tendero. Pero hubo un resplandeciente interludio en su vida temprana. En las crudas noches
de invierno, el párroco entretenía a sus hijos narrándoles historias de La Ilíada, el
famoso poema épico de Homero, poeta ciego de Grecia, acerca de la guerra de Troya. Los
niños se emocionaban con el relato del heroísmo de Héctor y Aquiles, las tretas de los
entrometidos dioses y la belleza de Helena, por la que los griegos habían sitiado la gran
ciudad de Troya. A los siete años, Heinrich recibió de su padre una historia ilustrada
del mundo e inmediatamente buscó la antigua Grecia. Nunca olvidó lo que vio ahí: en un
grabado del incendio de Troya, Eneas -idéntico al párroco- salvaba a su padre del incendio.
El niño estaba ávido por tener más conocimientos acerca de las glorias de la antigua
Grecia. Convencido de estar regido por el destino, Schliemann, ya maduro, creyó que un
pesado cajón de achicoria lo salvó de la monótona vida en el almacén. Cuando tosió
sangre por el esfuerzo de cargarlo, renunció y fue a Hamburgo, donde aprobó en pocos
días todo un ciclo de cursos de contabilidad. Convencido de que la América de 1840 le
prometía grandes riquezas, vendió su reloj y abordó un barco rumbo a Venezuela. Una
feroz tempestad de diciembre hundió el barco y él cayó desnudo al mar helado, pero otro
cajón flotó en la vida de Schliemann. Se aferró a él durante horas, Ilevado por el
viento en todas direcciones, hasta que fue hallado y rescatado con otros 13
sobrevivientes. El miserable grupo llegó a la costa de Holanda, donde descubrió que
solamente el equipaje de Schliemann había llegado intacto a la playa, con sus
pertenencias y docurnentos. Aprovechó la oportunidad en cuanto la tuvo: consiguió un
empleo de contador en Amsterdam e inició el hábito de trabajo que lo haría rico y muy
solitario en las décadas venideras. Decidido a no gastar en mujeres o diversiones, vivió
frugalmente, concentrando su tiempo libre en educarse y afinar su de por sí considerable
memoria. En poco menos de un año dominó el holandés, inglés, francés, español,
italiano y portugués. Esto lo llevó a un empleo en una enorme empresa de importaciones y
exportaciones. Luego de aprender el ruso para manejar correspondencia en un idioma
desconocido para los demás, fue recompensado a los 25 años con el puesto de
representante en jefe de la compañía en San Petersburgo. Al ganar más dinero del que
pudo haber soñado, por fin pudo escribir para pedir a Minna en matrimonio. Su padre le
respondió que recién se había casado con un granjero de la pequeña aldea. El hábil y
joven empresario, a quien sin lugar a dudas en ese momento le esperaba un briilante futuro,
quedó devastado por la noticia.

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Heinrich Schliemann era de origen
humilde; a la izquierda, la casa en la que creció como hijo de un párroco de aldea. Su
riqueza subsiguiente es tipificada por la palaciega residencia (derecha) que construyó en
Atenas para sí y para su amada segunda esposa, Sofía. La diseñó como una
reconstruccidn moderna de los antiguos palacios que desenterró.

Fríos consuelos del éxito

Durante los siguientes años, lamentando la pérdida de Minna, viajó
constantemente, trabajó como un poseído y soñó con un escape. Su inepto hermano menor
huyó a California, hizo una pequeña fortuna en la fiebre del oro y murió: Schliemann
decidió recoger el legado para hacerlo crecer. Navegó a Nueva York y luego a Panamá,
que en ese entonces debía cruzarse a lomo de mula, un viaje que ofrecía cocodrilos,
fiebre amarilla, ladrones y asesinos. Al Ilegar a California, descubrió en Sacramento que
el socio de su hermano desapareció con la herencia. Impávido, Schliemann abrió un
negocio de polvo de oro. En el lapso de nueve meses fue atrapado en el catastrófico
incendio de San Francisco, casi murió por dos accesos de fiebre amarilla y se las
ingenió para obtener una ganancia de 400.000 dólares. Quizá debido a que los
estadunidenses le parecieron descorteses y que las mujeres no eran atractivas, regresó a
Rusia. Atravesar el istmo de Panamá esta vez fue casi fatal: sus guías huyeron durante
un continuo aguacero. Tuvieron que cazar iguanas y comerlas crudas y muchos murieron de
disentería o fiebre. Perdidos, hambrientos y peleando entre sí, el grupo se volvió una
amenaza para Schliemann, quien no dormía en la noche, armado con una daga y un revólver,
vigilando sus lingotes de oro y cheques bancarios aun cuando tenía una herida gangrenada
en la pierna. Pero sobrevivió.

Pasión sin esperanza

De vuelta en San Petersburgo, dio un paso que le trajo 17 años de otra clase de
sufrimiento: su desdichado matrimonio con Ekaterina Lishin. Aunque en vísperas de su boda
en octubre de 1852 escribió que ella era "buena, sencilla, inteligente y
sensible", en realidad Ekaterina lo despreciaba tanto que este apasionado hombre
estuvo a punto de volverse loco. Pocas semanas después de la noche de bodas, volvió a su
trabajo, amasando otra fortuna en el comercio de añil. Aunque la infeliz pareja tuvo tres
hijos, a partir de entonces Schliemann vivió solamente para los negocios, especulando y
arriesgando donde otros se movían con cautela. Laborando seis días a la semana, como
siempre, dejó los domingos para estudiar el griego. "!Soy adicto a este
idioma!", exclamaba. Habiendo sorteado magníficamente la crisis financiera
internacional de 1857, compensó la pasión ausente en su matrimonio viajando a los
países de sus sueños: Grecia, Egipto, Palestina, India, China y Japón. Confundido,
solitario e insatisfecho, Schliemann tenía el tiempo y dinero para considerar un cambio
tras otro en su vida, como dedicarse a escribir, establecerse en una granja o ingresar a
la Sorbona de París como estudiante. En vez de esto, durante otro viaje a EUA supo que
Indiana estaba por aprobar una nueva ley de divorcio, ofreciendo una solución a su dilema
marital. Inició un exitoso negocio de almidón en Indianápolis y al cabo de un año se
hizo ciudadano de los Estados Unidos.

La planicie de la mítica Troya

Pero Schliemann se sentía oprimido por la vaciedad de su vida. En el verano de
1868, fascinado por la oportunidad de hacerse arqueólogo, viajó a Itaca y organizó una
pequeña expedición de aficionados para descubrir el castillo de su héroe Ulises.
Reunió suficientes chucherías para convencerse de que había hallado la recámara de
Ulises y su fiel esposa Penélope. Como le ocurría con frecuencia, su entusiasmo lo hizo
Ilegar a conclusiones que eran inaceptables para las demás personas. Luego viajó a las
planicies de Constantinopla, donde tradicionalmente se situaba a la mítica ciudad de
Troya. Los pocos que creían que la ciudad existió tal y como fue descrita por Homero
consideraban que su lugar más probable era Burnarbashi, a pesar de estar a unos 15 km del
mar Egeo. Basándose en eventos de La Ilíada, Schliemann prefirió investigar una colina
llamada Hissarlik, más cercana a la costa. Con su característica energía, bombardeó al
gobierno turco con peticiones para que se le autorizaran y facilitaran las excavaciones.

Por fin, una compañera digna

Sin embargo, Schliemann no estaba tan ocupado como para olvidarse de encontrar a
su propia Penélope. Regresando a Indianápolis para iniciar su divorcio de Ekaterina,
decidió que debía tener una esposa griega. Escribió a un viejo amigo en Atenas y le
pidió la fotografía de cualquier mujer joven que fuera hermosa, gustara de la poesía de
Homero, necesitara dinero y pudiera dar amor a un hombre elegido como su esposo. Su amigo
le propuso a Sofía Engastromenos, la hija de 17 años de un pañero. En la primera cita,
el candidato a marido preguntó a la hermosa adolescente si le gustaría salir a un largo
viaje, si conocía la fecha en que el emperador Adriano visitó Atenas y si podía recitar
de memoria algún pasaje de Homero. La respuesta fue "sí" a todas las
preguntas, pero la franca respuesta de la muchacha a otra pregunta casi rompió el
compromiso. Cuando Schliemann le preguntó en privado por qué se casaría con él, ella
respondió: "Porque mis padres me dijeron que usted es rico." El financiero
sufrió durante dias como un adolescente herido, pero Sofía lo pudo atraer, revelando la
sensibilidad y sabiduría nativa que haría de su matrimonio uno fuerte, cálido y
duradero. La primera excavación de Schliemann en Hissarlik fue decepcionante. Luego de
hacer canales exploratorios, los dueños locales de la propiedad lo expulsaron y el
gobierno turco se hizo el sordo a sus frenéticas peticiones de autorización oficial para
su excavación.

Un dorado tesoro de la Edad del Bronce

Durante los siguientes años acosó incesantemente a la burocracia y excavó el
lugar, con o sin permiso, volviendo periódicamente a Atenas para examinar sus
enigmáticos y decepcionantes hallazgos. Sus trabajadores hundían sus picos en el seco
suelo ante las ansiosas miradas de él y Sofía, pero sólo desenterraban reliquias de
poca importancia. Pero la cuarta expedición de Schliemann fue crucial. Posiblemente el 30
de mayo de 1873, Schliemann halló un tesoro de 10.000 objetos de oro y supuso que
perteneció a Príamo, el último rey de Troya. Apenas pudo eludir a guardias y oficiales
turcos para llevar el tesoro a Grecia, donde los numerosos parientes de Sofía ocultaron
en sus granjas las copas, diademas y aretes. Schliemann reveló en un libro la historia a
un mundo atónito, demostrando a los escépticos expertos académicos la existencia de la
ciudad de Homero. El gobierno turco, desde luego, estaba indignado. Era de esperarse que
Schliemann se mantuviera firme, declarando que había salvado el legado de Troya de
codiciosos guardias yburócratas. Los turcos elevaron una demanda ante una corte griega,
pero los Schliemann iniciaron alegremente otra excavación, pues Heinrich pensaba que los
académicos estaban errados respecto al lugar de las tumbas reales de Micenas. Esta
importante ciudad en una colina fue regida por Agamenón, cuñado de Helena. Los expertos
creían que las tumbas importantes yacían fuera de los muros de la ciudad, pero
Schliemann intuía un lugar cerca de los muros interiores, no muy lejos de la famosa
Puerta del León. Su intuición resultó espectacularmente correcta. Vigilados por
oficiales griegos, Sofía y él hallaron tumbas que contenían hermosos objetos funerarios
de oro, incluyendo máscaras.

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Schliemann afirmó descubrir el tesoro del rey
Príamo en los muros del palacio de la antigua Troya (excavación a la derecha).
Desafortunadamente, ese tesoro se perdió, por lo que su afirmación no puede ser
comprobada. Sobrevive la llamada Máscara de Agamenón (izquierda), aunque data de 300
años antes de la guerra de Troya.

Laureles en los últimos años

Durante sus últimos 10 años, Schliemann vivió feliz con Sofía y sus hijos en
una casa de Atenas diseñada a semejanza de los palacios que descubrió. Los expertos
discutieron sus hallazgos, pero fue celebrado en toda Europa. A pesar de su éxito, murió
solo y casi sin atención médica. En Nápoles se desplomó en una plaza pública, pero
como no Ilevaba dinero o documentación el hospital lo rechazó como indigente. Cuando su
médico lo halló, Schliemann estaba paralizado y sin habla. Murió el 26 de diciembre de
1890, muy poco antes de cumplir los 69 años. Su viuda escribió: "Tuve la divina
oportunidad de internarme en las profundidades del significado de la vida. Todo esto se lo
debo a mi muy amado esposo Henry." Luego de un trabajo monumental contra grandes
obstáculos, Schliemann logró materializar muchos de sus sueños: riqueza, fama duradera
y el amor de una mujer notable.

El tesoro de Príamo

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Sofía y Schliemann

"Ven ahora mismo. Es vital. No hables." Ése fue el mensaje velado que
la enamorada Sofía detectó cuando el tensamente controlado Heinrich Schliemann murmuró
suavemente su nombre una cálida mañana en las excavaciones.de Troya. Se ignora la fecha
exacta de 1873, porque ninguno de los Schliemann reveló lo que pasó después. Tocando
metal al excavar, Schliemann supo inmediatamente que había conseguido la meta de su vida.
"Ve ahora y grita !paidos!", murmuró a Sofía,
sugiriéndole que dijera a los trabajadores que se otorgaba un inesperado día de descanso
en honor a su cumpleaños. Cuando los excavadores se alejaron, Heinrich y Sofía
escarbaron rápida y furtivamente, desenterrando una caja de cobre. Dentro estaba el oro
resplandeciente que se convertiría en el mayor hallazgo arqueológico del siglo XIX.
Hábil, Sofía escondió miles de piezas pequeñas en su falda y las llevó a su pequeña
casa para examinarlas tras cortinas cerradas. Poniendo dos de las deslumbrantes diademas
de oro en la cabeza de Sofía, Schliemann exclamó: "El adorno usado por Helena de
Troya ahora engalana a mi propia esposa."

Los escépticos afirmaron que el tesoro fue reunido en diferentes riiveles de la
excavación (y por tanto, de distintas eras de la historia del lugar); los críticos más
incisivos acusaron a Schliemann de reunir secretamente la colección recorriendo los
mercados de antigüedades. Desgraciadamente, es imposible usar las sofisticadas técnicas
actuales que determinan la edad de los descubrimientos arqueológicos para verificar el
hallazgo. El Ilamado Tesoro de Príamo fue donado a un museo de Berlín. En el caos de la
Segunda Guerra Mundial fue guardado en un refugio, pero para 1945 había desaparecido sin
dejar rastro. El tesoro que tal vez yació bajo tierra durante 3.000 años vio brevemente
la luz del día para luego desaparecer.

Fe en las estrellas

Muchos se habrían desalentado por
la lectura de carácter que Albrecht von Wallenstein recibió del
astrónomo y matemático Kepler. Pero el desconocido joven
oficial lo tomó como una predicción de triunfo militar y poder
en el futuro.

Se
piensa que la oposición de Mercurio a la conjunción de
Saturno y Júpiter en el horóscopo de Wallenstein fue la
causa de su vacilación durante una batalla crítica.

En 1608, a los 25 años de edad, un oficial al
servicio del rey de Bohemia recibió un horóscopo hecho por
Johannes Kepler. Como la mayoría de sus contemporáneos, este
joven creía que el carácter se regía por la posición de los
planetas y las estrellas al memento de nacer y que los signos del
zodiaco determinaban el destino de la vida. Como el oficial
empleó a un intermediario para solicitar al famoso astrónomo y
matemático, Kepler no conocía la identidad de la persona cuyo
carácter se le pedía analizar. Y aun si la hubiera conocido, el
nombre no le hubiera dicho nada. Para Albrecht von Wallenstein,
la fama y la fortuna estaban aún distantes. Nacido a las 16:36
del 24 de septiembre de 1583, Wallenstein era Libra. Según la
interpretación de Kepler, el sujeto del horóscopo era
"despierto, vivaz, inquieto, curioso con todo tipo de
novedad, no apto para el comportamiento ordinario de la
humanidad, siempre en busca de formas extraordinarias".
Decía menos de lo que pensaba o percibía y el taciturno
individuo tenía un toque de melancolía o lo que el astrólogo
describió como "una propensión a la alquimia, magia y
hechizos, comunión con los espíritus, indiferencia hacia las
convenciones humanas y hacia todas las religiones, para quien lo
propuesto por Dios o el hombre es sospechoso o
despreciable". Además, Kepler predijo que el sujeto
tendría una existencia "inmisericorde, sin amor fraternal o
matrimonial, preocupado solamente por sí mismo y sus deseos,
severo con sus subordinados, parsimonioso, codicioso, engañoso,
injusto en sus negocios, usualmente callado y a menudo impetuoso,
beligerante y valiente". No era un perfil agradable. Pero
Kepler ofreció esperanza al sujeto en su pronóstico:
"Muchos de estos defectos desaparecerán con la madurez; una
naturaleza tan poco común será capaz de obras
importantes." Debido a su gran ambición y sed de poder, el
individuo descrito haría muchos enemigos, pero derrotaría a
casi todos. El joven Wallenstein quedó muy impresionado con el
horóscopo de Kepler y lo Ilevó constantemente consigo,
comparándolo con los eventos mayores de su vida. Nacido y
educado como protestante, pero cínico converso al catolicismo a
los 23 años, Wallenstein no tenía convicciones religiosas
serias: su fe estaba en las estrellas. Durante toda su vida
buscaría con frecuencia el consejo de astrólogos, tomando
decisiones importantes sólo después de que le habían leído
los astros.

Labrándose un nombre

Tres años después de convertirse al
catolicismo, Wallenstein consiguió por mediación de su confesor
jesuita una boda con una anciana viuda checa con enormes
propiedades en Moravia, cuya conveniente muerte pocos años
después permitió al joven oficial una vida cómoda y hacerse
necesario para el rey Fernando II de Bohemia. Cuando Fernando
pidió ayuda en 1617 para su guerra contra Venecia, Wallenstein
entrenó a una tropa de 260 coraceros y mosqueteros con dinero de
su propio bolsillo. Comandando a los coraceros a caballo,
Wallenstein penetró la línea enemiga que sitiaba una fortaleza
leal a Fernando, cuyos defensores estaban a punto de morir de
hambre o rendirse. La infantería mantuvo abierta la brecha que
la caballería había hecho y Wallenstein desplazó a los heridos
y extenuados a un campamento. La fortaleza se salvó y
Wallenstein se hizo de una reputación militar. El estallido de
lo que se conoció como la Guerra de los Treinta Años ofreció a
Wallenstein su siguiente oportunidad de lograr la gloria militar.
Comenzó como una rebelión de los súbditos protestantes contra
el católico Fernando, dramáticamente demostrada cuando los
rebeldes arrojaron a dos gobernadores por las ventanas del
palacio de Praga el 22 de mayo de 1618. Cayeron 15 m hasta una
zanja: salvaron la vida, pero el atentado constituyó un desafío
para Fernando. Wallenstein financió esta vez un regimiento de
caballería al servicio del rey. Cuando se unieron a la rebelión
los súbditos moravios del primo de Fernando, el emperador
Matías del Sacro Imperio Romano, Wallenstein fue nombrado
coronel del ejército austriaco y enviado contra el mismo pueblo
de cuyas tierras hizo su fortuna. Tomó audazmente el tesoro de
guerra de Moravia y lo entregó al emperador en Viena, un acto
que los moravios consideraron como traición: confiscaron su
propiedad y lo desterraron de su país, lo que no pareció
molestar a Wallenstein. El comandante de 36 años aprendió con
rapidez que no sólo la gloria, sino también la riqueza podía
ganarse si se estaba en el bando vencedor. Wallenstein estaba a
punto de convertirse en uno de los empresarios bélicos más
grandes de todos los tiempos. No era tan ingenuo como para pensar
que Fernando o Matías le reembolsarían el dinero que gastó
entrenando tropas para su causa. Lo que esperó y obtuvo de ellos
era todavía mucho más valioso: títulos, tierras y todas las
prerrogativas que venían con ello.

En la
batalla de Lützen, Sajonia, los suecos perdieron a su
comandante de caballería y a su rey Gustavo II Adolfo.
Al desaprovechar esto, Wallenstein fue derrotado en su
última batalla. Esto fue para él el principio del fín.

Hacia la cumbre

En la Batalla de la Montaña Blanca de Praga,
el 8 de noviembre de 1620, las fuerzas protestantes fueron
derrotadas. Fernando, que mientras tanto fue electo como sucesor
de Matías, nombró a Wallenstein gobernador militar de Bohemia y
socio en un sindicato autorizado a emitir moneda en Bohemia,
Moravia y Austria. Cuando la nueva moneda se redujo a la mitad y
luego a un tercio de su valor original, Wallenstein comenzó a
comprar las propiedades de los nobles protestantes ejecutados o
deportados. En rápida sucesión, casó con la hija del más
cercano consejero del emperador y se le nombró duque de Frisia.
Era el hombre más rico del reino. Wallenstein parecía
arrogante, siniestro y tiránico a sus conterfiporáneos, la
misma imagen del ominoso horóscopo de Kepler. Era famoso por su
orden: "Que el bruto sea ahorcado", impartida a la
menor provocación y generalmente llevada a cabo por temerosos
subordinados. Su mal humor era legendario. Se cuenta que, en una
ocasión, atravesó con su espada a un oficial que trataba de
entregarle un mensaje mientras sostenía una conversación con su
arquitecto. Mientras, el aplastamiento de la rebelión en Bohemia
no terminó la guerra, que entró en una nueva etapa en 1625
cuando el rey Christian IV de Dinamarca asumió el liderazgo de
la causa protestante. Apoyado por los Países Bajos, Francia e
Inglaterra, Christian esperaba expulsar del norte de Alemania a
la Liga Católica de Fernando. El emperador supo a quién acudir.
Wallenstein ofreció formar y apoyar una armada de 24 000
hombres. Sólo pidió a cambio permiso para cobrar impuestos y
tributos de las tierras conquistadas. Como comandante en jefe de
la armada imperial, Wallenstein marchó de victoria en victoria
los siguientes tres años, forzando a los duques protestantes de
Alemania a someterse, uno por uno, a Fernando.

Ante un desafío

Los triunfos militares de Wallenstein no fueron
aceptados unánimemente por el bando católico. Por ejemplo,
Maximiliano de Baviera envidiaba y temía la independencia que
Fernando ganó por medio de su general. Poco después él y otros
tantos líderes no tendrían ya ninguna cabida en la Liga
Católica. Cuando Wallenstein se enteró de la disensión, forzó
una confrontación. Si no se renovaba su mando de las fuerzas
imperiales y no se le otorgaba un mandato para sofocar a la
oposición con un ejército que sería el azote de Europa, renun-
ciaría a servir a Fernando. A pesar de la furia de Maximiliano y
otros líderes católicos, se salió con la suya y se le
permitió aumentar el tamaño de su armada a 70 000 hombres. El
general del emperador también fue investido con la autoridad
para hacer cumplir un edicto de regresar a la Iglesia Católica
toda propiedad eclesiástica tomada en tierras protestantes y de
prohibir toda secta protestante excepto el luteranismo. El 22 de
mayo de 1629 Christian firmó el Tratado de Lübeck, donde
acordaba retirarse de los asuntos alemanes a cambio de recuperar
tierras danesas conquistadas por Wallenstein y otros generales
católicos. Entre los aliados católicos abandonados estaban los
duques de Mecklenburg, cuyas tierras y títulos se otorgaron a
Wallenstein. En la cúspide del poder, Wallenstein ya no se
consideró servidor del emperador y siguió una política
independiente.

Durante
las fases iniciales de la Guerra de los Treinta Años, el
triunfador fue el emperador Fernando II, gracias a la
riqueza y habilidad de su comandante en jefe, Albrecht
von Wallenstein

La oposición cobra forma

Las campañas en Dinamarca mostraron por
primera vez a Wallenstein la importancia del comercio marítimo y
del poder naval y se autonombró jefe de una flota imperial que
operó en el mar del Norte y el Báltico. Llegó a soñar con
fundar en la posguerra una flota mercante que rivalizara con las
de Inglaterra y los Países Bajos. Pero cuando fracasó su asedio
del puerto báltico de Stralsund, tuvo que abandonar el plan.
"Es necesario enseñar moral a los príncipes
alemanes", proclamó una vez el arrogante general.
"Sólo el emperador es el dueño de esta casa." El
fracaso de Wallenstein en Stralsund estimuló a los líderes de
la Liga Católica a derrocar al emperador, utilizando a
Wallenstein como blanco aparente. En una reunión de la dieta
electoral en Regensburg durante el verano de 1630, los príncipes
exigieron que el emperador despidiera al general. Sus motivos de
queja incluían el tamaño del ejército de Wallenstein, su
práctica de mantenerlo confiscando provisiones de las tierras
conquistadas, así fueran protestantes, católicas o neutrales,
actos de venganza crueles y arbitrarios que seguramente
acarrearían problemas posteriores, y su forma bárbara y poco
cristiana de enriquecerse empobreciendo a los demás. Para salvar
su trono, Fernando cedió ante los príncipes el 13 de agosto.
Acordó despedir a Wallenstein y nombró al conde Von Tilly, de
71 años, en su lugar. Von Tilly era el vencedor de la Batalla de
la Montaña Blanca y mariscal de la Liga Católica, dirigida por
el envidioso e impredecible Maximiliano de Baviera. Sólo restaba
la desagradable tarea de darle la noticia al comandante imperial
en jefe. Wallenstein recibió en su espléndida tienda de
campaña a dos mensajeros del rey. Para su enorme sorpresa y
alivio, el general no estalló en un acceso de cólera. En vez de
eso, señaló un papel donde había cálculos astrológicos.
Observó que las estrellas de Baviera estaban en ese momento en
ascendiente sobre las de Austria. Maximiliano era más poderoso
que Fernando y el emperador no tenía más alternativa que
aceptar las demandas de la Liga Católica. Pero se reservó la
creencia de que, en un futuro, las estrellas de Fernando y las
suyas ascenderían nuevamente. Wallenstein esperaría su
oportunidad hasta la inevitable petición de Fernando para que
dirigiera de nuevo la armada imperial.

Una marcha triunfal sueca

Mientras los electores imperiales se reunían
en Regensburg, la Guerra de los Treinta Años entraba en su
tercera fase, aunque no la última. El rey Gustavo II Adolfo de
Suecia atracó en la costa báltica de Pomerania y asumió el
liderazgo de la causa protestante entregada un año antes a los
católicos por Christian. El rey sueco estaba indignado por la
opresión católica sobre los protestantes, molesto por haberse
rechazado su mediación en Lübeck, nervioso por las ambiciones
marítimas del emperador y decidido a recuperar la totalidad de
tierras y títulos de sus parientes, los duques de Mecklenburg.
Gustavo Adolfo avanzó, invencible, hacia el sur, aliándose poco
después con el elector de Sajonia. El 17 de septiembre de 1631,
en Leipzig, los suecos y sajones, con una fuerza combinada de 40
000 hombres, derrotaron a Tilly y su ejército del mismo tamaño.
Luego de su brillante victoria, los aliados se dividieron: los
sajones hacia Bohemia, en el sureste, y los suecos al suroeste,
rumbo al río Rin. Cundió el pánico en la corte vienesa de
Fernando.

Otra vez, el General indispensable

Amargado por su remoción del mando de las
fuerzas imperiales, Wallenstein planeó vengarse de Maximiliano y
de Fernando. En noviembre de 1630 inició negociaciones secretas
con Gustavo Adolfo. Como tantas veces antes para el bando
católico, Wallenstein ofreció recluatr y entrenar un ejército
con sus propios fondos, pero esta vez para la causa protestante.
Todo lo que podió a cambio fue que se le nombrara virrey de
todos los dominios de Fernando que conquistara y que se le
apoyara para hacerse rey de Bohemia. El rey de Suecia vaciló,
desconfiando de tener que tratar con un traidor, aunque su
carrera militar fuera excelente.

Fernando supo de la oferta de Wallenstein de
cambiar de bando, pero prefirió no decir nada ante el avance
suecosajón. Luego de la derrota de Leipzig, el emperador olvidó
sus reservas y llamó a su antiguo comandante, Wallenstein
aceptó dar su ejército de 40.000 hombres en el lapso de tres
meses, pero sólo a condición de recuperar todo su poder como
comandante en jefe. Cuando Tilly fue derrotado otra vez y herido
de muerte en una batalla en el río Lech, en la primavera de
1632, Fernando había tirado prácticamente todas sus cartas y no
tuvo más opción que ceder ante las exorbitantes demandad de
Wallenstein.

Cuando
Wallenstein fracasó en batalla e inició negociaciones
secretas con el enemigo, Fernando tuvo que eliminarlo. La
corona imperial (arriba.) es actualmente sólo una pieza
del museo de Viena.

Las últimas campañas

Inicialmente, el renovado general tuvo un
enorme éxito, expulsando a los s

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22 Febrero 2007

la marsellesa francesa

Allons enfants de la patrie
Le jour de gloire est arrivé!
Contre nous de la tyrannie
L'étendard sanglant est levé!
L'étendard sanglant est levé!
Entendez-vous dans les campagnes
Mugir ces féroces soldats?
Ils viennent jusque dans vos bras
Ecorger nos fils, et nos compagnes,
Estribillo
Aux armes citoyens!
Formez vos bataillons!
Marchons, marchons,
Qu’un sang impur abreuve à nos sillons!
Nous entrerons dans la carrière
Quand nos aînés n'y seront plus!
Nous y trouverons leur poussière
Et la trace de leurs vertus.
Bien moins jaloux de leur cercueil,
Nous aurons le sublime orgueil
De les venger ou de les suivre,

El Himno Nacional Francés en español.

Marchemos, hijos de la patria,
Que ha llegado el día de la gloria
El sangriento estandarte de la tiranía
Está ya levantado contra nosotros (bis)
¿ No oís bramar por las campiñas
A esos feroces soldados?
Pues vienen a degollar
A nuestros hijos y a nuestras esposas

¡ A las armas, ciudadanos!
¡ Formad vuestros batallones!
Marchemos, marchemos,
Que una sangre impura
Empape nuestros surcos.

¿ Qué pretende esa horda de esclavos,
De traidores, de reyes conjurados?
¿ Para quién son esas innobles trabas
y esas cadenas
Tiempo ha preparadas? (bis)
¡ Para nosotros, franceses ! Oh, qué ultraje ! (bis)
¡ Qué arrebato nos debe excitar!
Es a nosotros a quienes pretenden sumir
De nuevo en la antigua esclavitud
¡ Y qué ! Sufriremos que esas tropas extranjeras
Dicten la ley en nuestros hogares,
Y que esas falanges mercenarias
Venzan a nuestros valientes guerreros? (bis)
¡ Gran Dios ! Encadenadas nuestras manos,
Tendríamos que doblegar las frentes bajo el yugo!
Los dueños de nuestro destino
No serían más que unos viles déspotas.
¡ Temblad ! tiranos, y también vosotros, pérfidos,
Oprobio de todos los partidos!
¡ Temblad ! Vuestros parricidas proyectos
Van al fin a recibir su castigo. (bis)
Todos son soldados para combatiros.
Si perecen nuestros héroes.
Francia produce otros nuevos
Dispuestos a aniquilaros.
¡ Franceses, como magnánimos guerreros
Sufrid o rechazad los golpes !
Perdonad estas pobres víctimas
Que contra su voluntad se arman contra nosotros.
Pero esos déspotas sanguinarios,
Pero esos cómplices de Bouillé,
Todos esos tigres que, sin piedad,
Desgarran el corazón de su madre ...
Nosotros entramos en el camino
Cuando ya no existan nuestros mayores ;
Allí encontraremos sus cenizas
Y la huella de sus virtudes. (bis)
No estaremos tan celosos de seguirles
Como de participar de su tumba ;
¡ Tendremos el sublime orgullo
De vengarles o de seguirles !
¡ Amor sagrado de la patria,
Conduce y sostén nuestros brazos
vengadores !
¡ Libertad, libertad querida,
Pelea con tus defensores (bis)
¡ Que la victoria acuda bajo tus banderas
Al oír tus varoniles acentos !
¡ Que tus enemigos moribundos
Vean tu triunfo y nuestra gloria !

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18 Febrero 2007

APRENDIENDO QUE ES AGNOSTICISMO

El agnosticismo es la creencia de que la existencia o no de Dios es un asunto superfluo en tanto que no forma parte esencial de la condición humana, aunque sí lo sea de la cultura y de la historia humana. Quienes profesan agnosticismo no son necesariamente antirreligiosos, siendo respetuosos de todas las creencias que proceden de una reflexión individual y honesta, y no de un interés egoísta, de la desesperación o de la presión del entorno.
Neologismo derivado del griego "ágnostos" (desconocido), con el que se designa en general toda posición filosófica que niega la posibilidad de conocer lo suprasensible, lo trascendente. El término fue usado por vez primera por Th. H. Huxley , y se asocia más particularmente con toda posición filosófica que niega la posibilidad del conocimiento de Dios.
del griego ðγððσððσ, de ðγððððð, no saber, ignorar. Término acuñado por Thomas Henry Huxley (1825-1895), en 1869, para diferenciar su sistema de ideas del de los metafísicos, en el seno de la Metaphysical Society, que mantenían poder probar la existencia de Dios o sostenían la racionalidad de la fe. En general, supone la afirmación de que no hay que creer en aquello para lo cual no existen suficientes pruebas.
El agnosticismo es la posición filosófica que es imposible saber sobre la naturaleza o la existencia del dios. El término fue acuñado en 1869 por Thomas H Huxley de los agnostos griegos ("unknowable") para referir a su propia convicción que el conocimiento es imposible en muchas materias cubiertas por doctrinas religiosas. El agnosticismo por lo tanto se refiere a las cuestiones de Epistemology, la examinación del conocimiento humano; considera solamente el conocimiento válido que viene de experiencia ordinaria e inmediata. El agnosticismo es distinto del ateismo en la un mano y escepticismo en el otro. Creencia del rechazo de los ateos en la existencia del asimiento de God. Skeptics la suspicacia fuerte o la estimación probabilistic que no existe el dios. Basura de Agnostics para hacer tales juicios.

VERITA LIBERABIS VOS

La posición agnóstica es tan vieja como la filosofía y se puede rastrear pre al Socratics y a los escépticos de Grecia antigua. En épocas modernas, el agnosticismo llegó a ser frecuente durante los décimo octavos y diecinueveavo siglos, principalmente debido a la masa cada vez mayor de los datos científicos que se parecían contradecir la posición bíblica y debido a el desacuerdo de teólogos y de autoridades de la iglesia sobre el uso de la crítica textual e histórica en la interpretación de la biblia. Muchos de los mejores filósofos conocidos han sido agnostics. Entre ellos está Auguste Comte, Guillermo James, Immanuel Kant, George Santayana, y Herberto Spencer.
es la ponencia de que es imposible conocer o probar la existencia de Dios. La palabra “agnóstico” significa esencialmente “sin conocimiento”. El agnosticismo es una postura más intelectualmente honesta que la del ateísmo. El ateísmo declara que Dios no existe – una posición improbable. El agnosticismo declara que la existencia de Dios no puede ser probada o negada – que es imposible conocer si Dios existe. En este concepto, el agnosticismo está en lo correcto. La existencia de Dios no puede ser empíricamente probada o negada.

La Biblia nos dice que debemos aceptar la existencia de Dios por fe. Hebreos 11:6 dice, “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” Dios es espíritu (Juan 4:24) así que Él no puede ser visto o tocado. A menos que Dios elija revelarse a Sí Mismo, Él es esencialmente invisible para nuestros sentidos (Romanos 1:20) La Biblia enseña que la existencia de Dios puede ser claramente apreciada en el universo (Salmo 19:1-4), sentida en la naturaleza (Romanos 1:18-22), y confirmada en nuestros propios corazones (Eclesiastés 3:11).

El agnosticismo está esencialmente indispuesto a hacer decisiones a favor o en contra de la existencia de Dios. Es la última posición de “nadar entre dos aguas”. Los teístas creen que Dios existe. Los ateos creen que Dios no existe. Los agnósticos creen que no debemos ni creer ni negar la existencia de Dios – porque es imposible probar una u otra cosa.

Por el bien del argumento, deshagámonos por un momento de las claras e innegables evidencias de la existencia de Dios. Si ponemos las posturas del teísmo y el ateísmo a la par del agnosticismo, al cual tiene más “sentido” creer – considerando la posibilidad de la vida después de la muerte. Si Dios no existe, los teístas, ateos y agnósticos por igual, simplemente dejan de existir cuando mueren. Si Dios existe, los ateos y agnósticos tendrán a Alguien a quien responder cuando ellos mueran. Desde esta perspectiva, definitivamente tiene más “sentido” ser un teísta que un ateo o agnóstico. Si ninguna de estas posiciones puede ser probada o desaprobada, ¿no parece más sabio hacer cualquier esfuerzo para creer en la postura que puede tener un eterno e infinito resultado más deseable?
Es normal tener dudas. Hay tantas cosas en este mundo que no podemos entender. Con frecuencia la gente duda de la existencia de Dios porque no entienden o están de acuerdo con las cosas que Él hace o permite. Sin embargo, nosotros, como criaturas humanas finitas, no debemos esperar que estemos capacitados para comprender a un Dios infinito. Romanos 11:33-34 dice, “Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” Debemos creer en Dios por fe y confiar en Sus caminos por fe. Dios está pronto y deseoso de revelarse a Sí Mismo en maneras increíbles para aquellos que crean en Él. Deuteronomio 4:29 proclama, “Mas si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma.”
La palabra agnóstico (del griego a, privativo, + gnostikós “que conoce”) fue acuñada por el profesor Huxley en 1869 para describir la actitud mental de quien considera fútil todos los intentos de conocer la realidad correspondiente a nuestras últimas ideas científicas, filosóficas, y religiosas. Como se empleó al principio por Huxley, el nuevo término sugería el contraste entre su propia ignorancia sin pretensiones y el vano conocimiento que afirmaban poseer los gnósticos de los Siglos II y III. Esta antítesis sirvió para desacreditar las conclusiones de la teología natural, o razonamiento teístico, al clasificarlas junto a las inútiles vaguedades del Gnosticismo. La clasificación era injusta, la pretendida antítesis, excesiva. Más bien son los gnósticos y los agnósticos los verdaderos extremistas; los primeros al extender los límites del conocimiento, y los segundos al estrecharlos, indebidamente. La teología natural, o teísmo, ocupa el terreno intermedio entre estos extremos, y debería ser distinguida tanto de las posición gnóstica, de que la mente puede conocerlo todo, como de la posición agnóstica, de que no puede conocer nada referente a las verdades de la religión. (Ver GNOSTICISMO).

(2) Agnosticismo, como término general en filosofía, es frecuentemente empleado para expresar cualquier actitud consciente de duda, negación o incredulidad, hacia alguna o incluso todas las facultades del hombre de conocer o los objetos de conocimiento. La significación del término puede según eso variar, como el de la palabra “Escepticismo” a la que ha reemplazado en gran medida, desde Agnosticismo parcial a completo; lo que se cuestiona puede ser nuestro conocimiento del mundo, de uno mismo, o de Dios; o puede ser la cognoscibilidad de los tres, y la validez de cualquier conocimiento, bien de percepción o intelectivo, de ciencia o de filosofía, historia, ética, religión. El elemento variable en el término es el grupo de objetos, o proposiciones, a las que se refiere; el elemento constante, la actitud de sabia ignorancia que siempre implica la posibilidad de adquirir conocimiento.

(3) Agnosticismo, como término de filosofía moderna, se usa para describir aquellas teorías de las limitaciones del conocimiento humano que niegan la capacidad constitucional de la mente de conocer la realidad y concluyen con el reconocimiento de lo intrínsecamente Incognoscible. Se afirma habitualmente la existencia de una “realidad absoluta” mientras, al mismo tiempo, se niega su cognoscibilidad. Kant, Hamilton, Mansel, y Spencer hacen de esta afirmación una parte integrante de sus sistemas filosóficos. Los fenomenalistas, sin embargo, niegan abiertamente esta aserción, mientras que los positivistas, Comte y Mill, suspenden el juicio en lo relativo a la existencia de “algo más allá de los fenómenos” (Ver POSITIVISMO).

(4) El Agnosticismo moderno se diferencia de su antiguo prototipo. Su génesis no se debe tanto a un espíritu reaccionario de protesta, y a una colección de argumentos escépticos, contra los “sistemas dogmáticos” de filosofía a la moda, cuanto a una crítica adversa a las facultades de conocimiento del hombre para responder a la pregunta fundamental: ¿Qué podemos conocer? Kant, que fue el primero en suscitar esta cuestión, en su memorable réplica a Hume, la respondía mediante una distinción entre “fenómenos cognoscibles” y “cosas-en-sí-mismas incognoscibles”. Hamilton siguió pronto con su doctrina de que “sólo conocemos las relaciones entre las cosas”. El Agnosticismo moderno está así estrechamente asociado con la distinción de Kant y el principio de relatividad de Hamilton. Afirma nuestra incapacidad de conocer la realidad correspondiente a nuestras últimas ideas científicas, filosóficas, o religiosas.

(5) El Agnosticismo, con relación especial a la teología, es un nombre para cualquier teoría que niega que sea posible para el hombre llegar al conocimiento de Dios. Puede asumir una forma religiosa o antirreligiosa, según se limite a una crítica del conocimiento racional o se extienda a una crítica de la fe. De Bonald (1754-1840), en su teoría de que el lenguaje es de origen divino, conteniendo, preservando, y transmitiendo la revelación primitiva de Dios al hombre; De Lammenais (1782-1854), en su teoría de que la razón individual es impotente, y sola la razón social competente; Bonetty (1798-1879), en su defensa de la fe en Dios, las Escrituras, y la Iglesia, proporciona ejemplos de teólogos católicos que intentan combinar su fe en las verdades religiosas y morales con la negación de que un conocimiento válido de las mismas sea alcanzable por la razón aparte de la tradición y la revelación. A estos sistemas de Fideísmo y Tradicionalismo debe añadirse la teoría de Mansel (1820-71), que Spencer consideraba como una confesión de Agnosticismo, de que la verdadera incapacidad de la razón para conocer el ser y los atributos de Dios prueba que la revelación es necesaria para suplir las deficiencias de la mente. Esta actitud de criticar el conocimiento, pero no la fe, fue también una característica de la filosofía de Sir William Hamilton (Ver FIDEÍSMO y TRADICIONALISMO).

(6) La opinión extrema de que es imposible el conocimiento de Dios, incluso con la ayuda de la revelación, es la última forma de Agnosticismo religioso. La nueva teoría considera a la religión y a la ciencia como dos capítulos de experiencia separados, y busca conjugar un intelecto agnóstico con un corazón creyente. Esto ha sido llamado acertadamente “llevar una contabilidad mental por partida doble”. Ritschl, reviviendo la distinción separatista de Kant entre razón teórica y práctica, proclama que la idea de Dios no tiene ni un átomo de conocimiento razonado; es meramente “un ideal atractivo”, que tiene valor religioso y moral, pero no objetivo ni científico, para el creyente que lo acepta. Harnack sitúa la esencia del Cristianismo en un relación filial sentida hacia un Dios Padre incognoscible. Sabatier considera las palabras Dios, Padre, como símbolos que registran los sentimientos del corazón humano hacia el Gran Incognoscible del intelecto

(7) El Agnosticismo reciente es también en gran medida antirreligioso, criticando adversamente no sólo el conocimiento que tenemos de Dios, sino también los fundamentos de la fe en Él. Una combinación del Agnosticismo con el Ateísmo, más que con una fe irracional y sentimental, es la dirección adoptada por muchos. La idea de Dios se elimina de la opinión que se tiene tanto personal como sistemática acerca del mundo y de la vida. La actitud de “juicio solemnemente suspendido” se transforma primero en indiferencia hacia la religión, en el mejor de los casos como una cuestión inescrutable, y a continuación en incredulidad. El agnóstico no siempre se abstiene meramente de afirmar o negar la existencia de Dios, sino que se traslada a la vieja posición del Ateísmo teórico y, con el argumento de la insuficiente evidencia, deja incluso de creer que Dios exista. Por tanto, aunque no pueda identificarse con el Ateísmo, el Agnosticismo se encuentra a menudo en combinación con él. (Ver ATEÍSMO)

II. EL AGNOSTICISMO TOTAL SE REFUTA A SÍ MISMO

El Agnosticismo total o completo – ver (2)—se refuta a sí mismo. El hecho de que haya existido nunca, incluso en la fórmula de Arcesilao, “No sé nada, ni siquiera que no sé nada”, es cuestionado. Es imposible construir teóricamente una idea coherente de ignorancia, duda, increencia total. La mente que emprenda probar su propia incompetencia absoluta tendría que presumir, mientras hace eso, que era competente para llevar a cabo la tarea asignada. Aparte, sería imposible aplicar prácticamente tal teoría; y una teoría completamente subversiva de la razón, contradictoria con la consciencia, e inaplicable para la conducta es una filosofía de la sinrazón fuera de lugar en un mundo de leyes. Son, por tanto, los sistemas del Agnosticismo parcial los que merecen examinarse. Estos no pretenden construir una filosofía completa de lo Incognoscible, sino excluir clases específicas de verdades, notablemente religiosas, del dominio del conocimiento. Son edificios que se dejan a propósito inacabados.

III. LA DISTINCIÓN DE KANT ENTRE APARIENCIA Y REALIDAD, EXAMINADA

La idea de Kant de “un mundo de cosas separado del mundo que conocemos” proporcionó el punto de partida del movimiento moderno hacia la construcción de una filosofía de lo Incognoscible. Con la laudable intención de silenciar al escéptico Hume, mostró que el análisis de este último de la experiencia humana, en particular las impresiones de los sentidos, era defectuoso e incompleto, ya que fracasaba en reconocer los elementos universales y necesarios presentes en el pensamiento humano. Consiguientemente, Kant procedió a construir una teoría del conocimiento que pudiera enfatizar los rasgos del pensamiento humano descuidados por Hume. Presumió que la universalidad, la necesidad, la causalidad, el espacio y el tiempo eran meramente una forma constitutiva de la mente de ver las cosas, y de ningún modo derivaban de la experiencia. El resultado fue que tuvo que admitir la incapacidad de la mente para conocer la realidad del mundo, del alma, o de Dios, y se vio forzado a refugiarse del escepticismo de Hume en el imperativo categórico “Debes” de la “razón moral”. Había dejado impotente a la “razón pura” al trasladar la causalidad y la necesidad de los objetos de pensamiento al sujeto pensante. Para desacreditar esta idea de una “realidad” inaccesiblemente oculta tras las “apariencias”, es suficiente señalar las presunciones gratuitas en las que se basa. El error radical de Kant fue prejuzgar, en vez de investigar, las condiciones en las que se hace posible la adquisición de conocimiento. No se ofrece prueba alguna de la arbitraria presunción de que las categorías son completamente subjetivas; ni siquiera es posible esa prueba. “El hecho de que una categoría viva subjetivamente en el acto de conocer no es prueba de que la categoría no exprese verdaderamente al mismo tiempo la naturaleza de la realidad conocida” [Seth, “Two lectures on Theism” (Nueva York, 1897) p. 19]. La armonía de la función de la mente con el objeto que percibe y las relaciones que descubre muestran que la capacidad de la mente para alcanzar la realidad está implicada en nuestros propios actos de percepción. Aun así, Kant, sustituyendo el hecho por la teoría, descalificaría a la mente para su tarea de conocer el mundo real en que vivimos, e inventaría una tierra adyacente de cosas-en-sí-mismas que nunca se conocen como son, sino sólo como parecen ser. Esta utilización de un principio puramente especulativo para criticar los contenidos reales de la experiencia humana, es injustificable. El conocimiento es un proceso vivo que ha de ser investigado concretamente, no algo mecánico para que la razón abstracta juegue con él introduciendo rupturas artificiales entre pensamiento y objeto, y entre realidad y apariencia. Una vez se considera que el conocimiento es un acto sintético de un sujeto que actúa por sí mismo, la brecha artificialmente creada entre sujeto y objeto, realidad y apariencia, se cierra por sí misma. (Ver KANT, FILOSOFÍA DE).

IV. LA DOCTRINA DE LA RELATIVIDAD DE HAMILTON, EXAMINADA

Sir William Hamilton contribuyó al principio filosófico en el que se basa el Agnosticismo moderno, con su doctrina de que “todo conocimiento es relativo”. Conocer es condicionar; conocer lo Incondicionado (Absoluto, o Infinito) es, por tanto, imposible, produciendo nuestros mejores esfuerzos “meras negaciones de pensamiento”. Esta doctrina de la relatividad contiene dos serias equivocaciones que, cuando se señalan, revelan la diferencia básica entre las filosofías del Agnosticismo y del Teísmo. La primera está en la palabra “relatividad”. La afirmación de que el conocimiento es “relativo” puede querer decir simplemente que para conocer algo, sea el mundo o Dios, debemos conocerlo como se nos manifiesta según las leyes y relaciones de nuestra propia conciencia; fuera de tales relaciones de automanifestación sería para nosotros un vacío aislado, incognoscible. Así entendida, la doctrina de la relatividad afirma el método humano efectivo de conocer el mundo, el alma, el yo, Dios, la gracia y lo sobrenatural. ¿Quién podría, naturalmente, sostener que conocemos a Dios, de otra manera que por las manifestaciones que Él mismo hace en la mente y en la naturaleza?

Pero Hamilton entendía el principio de relatividad como significando que “sólo conocemos las relaciones entre las cosas”, sólo lo Relativo, nunca lo Absoluto. Una conclusión negativa, que fija un límite a lo que podemos conocer, era así extraída de un principio que afirma por sí mismo un método, pero no establece nada respecto a los límites, de nuestro conocimiento. Esta arbitraria interpretación de un método como limitación está en el centro de la postura agnóstica contra el Teísmo. Un posible conocimiento idealmente perfecto se contrapone al conocimiento imperfecto, aunque sin embargo verdadero, que poseemos efectivamente. Al asumir así la “comprensión ideal” como regla mediante la cual criticar la “aprehensión real”, el agnóstico invalida, aparentemente, lo poco que conocemos, tal como se establece en la actualidad, mediante lo mucho que podríamos conocer si nuestra constitución mental fuera distinta de la que es. El teísta, sin embargo, reconociendo que los límites del conocimiento humano han de ser determinados por los hechos, y no por la especulación, rechaza prejuzgar la cuestión, y procede a investigar lo que podemos legítimamente conocer de Dios a través de sus efectos o manifestaciones.

La segunda equivocación seria está en los términos “Absoluto”, “Infinito”, “Incondicionado”. El agnóstico tiene en la mente, cuando usa estos términos, esa vaga idea general del ser que nuestra mente alcanza vaciando la realidad concreta de todos sus contenidos particulares. El resultado de este proceso de vaciamiento es lo indefinido del pensamiento abstracto, cuando se lo compara con lo definido del pensamiento concreto. Es este Indefinido lo que el agnóstico exhibe como lo absolutamente Inconexo, Incondicionado. Pero esto no es el Absoluto de que se trata. Nuestra incapacidad para conocer tal Absoluto, al ser simplemente nuestra incapacidad para definir lo indefinido, condicionar lo incondicionado, es una perogrullada irrelevante. El Absoluto del que tratan los teístas es el real, no el lógico; el Infinito en cuestión es el Infinito real de perfección llevada a cabo, no el Indefinido del pensamiento. Lo Omniperfecto es la idea de Dios, no lo Omni-imperfecto, dos polos opuestos que frecuentemente confunden los panteístas y materialistas desde los tiempos jónicos hasta los nuestros. El agnóstico, por tanto, desplaza todo el problema teístico cuando sustituye por un Absoluto lógico definido como “el que excluye toda relación externa e interna”, el Absoluto real. Un examen de nuestra experiencia muestra que la única relación que el Absoluto excluye esencialmente es la de dependencia real de cualquier otra cosa. En buena lógica, no tenemos derecho a definirlo como el no-relacionado. Si nuestro conocimiento de este Absoluto real, o Dios, merece ser caracterizado como totalmente negativo, es, por consiguiente, un problema distinto (ver VI).

VI. LA DOCTRINA DE LO INCOGNOSCIBLE DE SPENCER, EXAMINADA

Según Herbert Spencer, la doctrina de que todo conocimiento es relativo no puede ser inteligiblemente afirmada sin postular la existencia del Absoluto. El impulso del pensamiento inevitablemente nos lleva más allá de la existencia condicionada (conciencia determinada) a la existencia incondicionada (conciencia indeterminada). La existencia de la Realidad Absoluta debe por tanto afirmarse. Spencer hizo así un visible progreso respecto de la filosofía de Comte y Mill que mantenían una actitud no comprometida sobre la cuestión de la existencia de un absoluto. Hamilton y Mansel admitían la existencia del Infinito por la fe, negando sólo la capacidad del hombre para construir una concepción positiva de él. La prueba de Mansel para una concepción válida de algo es un control agotador de sus contenidos positivos—un test ideal para invalidar el conocimiento tanto de lo finito como de lo infinito. La prueba de Spencer es la “incapacidad de concebir lo opuesto”. Pero puesto que él entiende que “concebir” significa “formarse una imagen mental”, la consecuencia fue que las concepciones supremas de la ciencia y la religión – materia, espacio, tiempo, el Infinito – no lograban responder a su presunto patrón, y fueron declaradas “meros símbolos de lo real, en absoluto cogniciones de ello”. Así él se dirigió a buscar la base y reconciliación de la ciencia, filosofía, y religión en el reconocimiento de la Realidad Incognoscible como el objeto de la constante búsqueda y culto del hombre. La inexistencia del Absoluto es impensable; todos los esfuerzos para conocer positivamente lo que el Absoluto sea desembocan en contradicciones.

La crítica adversa de Spencer de todo conocimiento y creencia, en cuanto que no permite ninguna intuición de la última naturaleza de la realidad, se basa en notorias presunciones. La presunción de que toda idea es “simbólica” que no puede ser vívidamente reproducida en el pensamiento es tan arbitraria como decisiva contra todo su sistema; es un prejuicio, no un canon válido de crítica inductiva, lo que él emplea constantemente. Del hecho de que no podemos formarnos una concepción de la infinitud, como reproducimos un objeto o recordamos una escena, no se sigue que no tengamos aprehensión de lo Infinito. Constantemente aprehendemos cosas de las que no podemos forjarnos una imagen mental con claridad. Spencer meramente contrapone nuestras formas de pensamiento imaginativas con las no imaginativas, utilizando las primeras para criticar negativamente las segundas. Las contradicciones que descubre son todas reductibles a esta contraposición de los pensamientos determinados con los indeterminados y desaparecen cuando pensamos en un Infinito real de perfección, no en un Absoluto lógico. El intento de Spencer de detenerse finalmente en la mera afirmación de que el Absoluto existe, él mismo probó que era imposible. Frecuentemente describe lo Incognoscible como el “Poder que se manifiesta a sí mismo en los fenómenos”. Esta descripción física es una rendición de su propia posición y una virtual aceptación del principio del Teísmo, de que el Absoluto se conoce a través de, y no separadamente de, sus manifestaciones. Si el Absoluto puede ser conocido como energía física, seguramente puede ser conocido como Poder Inteligente Personal, tomando en cuenta las manifestaciones superiores, no las inferiores, de energía conocidas por nosotros como base de una concepción menos inadecuada. La existencia vacía no es una estación final para el pensamiento humano. La única dirección racional es concebir a Dios en sus manifestaciones supremas y recordar mientras lo hacemos que estamos describiendo, no definiendo, su naturaleza insondable. No es cuestión de degradar a Dios a nuestro nivel, sino de no concebirlo por debajo de ese nivel como energía inconsciente. El ulterior intento de Spencer de vaciar la religión y la ciencia de sus contenidos racionales respectivos, a fin de dejar sólo una vacía abstracción o símbolo como objeto final de ambas, es de nuevo una enorme confusión de lo indeterminado del pensamiento con lo infinito de la realidad. Nunca existió una religión completamente separada de la fe, el culto y la conducta. La religión debe hasta cierto punto conocer su objeto o ser mera emoción irracional. Toda religión reconoce el misterio; la verdad y la realidad imperfectamente conocidas, no absolutamente incognoscibles. La distinción entre “fenómenos cognoscibles y realidad incognoscible tras los fenómenos” quiebra a cada paso; y Spencer ilustra bien qué fácil es confundir pensamientos simplificados con la simplicidad original de las cosas. Su categoría de lo Incognoscible es un receptáculo conveniente para todo lo que uno pueda elegir meter en él, puesto que no es posible afirmación racional alguna referente a sus contenidos. De hecho, Spencer afirma tranquilamente la identidad de los dos “incognoscibles” de la Religión y la Ciencia, sin parecer darse cuenta de que ni en buena lógica ni según sus propios principios hay fundamento para esta afirmación tan dogmática.

VI. LA FACULTAD DE CONOCER

El hecho primario descubierto en nuestra percepción es que existe un objeto externo, no que se ha experimentado una sensación. Lo que percibimos directamente es la presencia del objeto, no el proceso mental. Esta unión vital entre sujeto y objeto en el mismo acto de conocimiento implica que cosas y mentes están armoniosamente relacionadas una con la otra en un sistema de realidad. Lo real está implicado en nuestros actos de percepción, y cualquier teoría que descuide tomar este hecho básico en cuenta desdeña los datos de experiencia directa. A través de todo el proceso de nuestro conocimiento, la mente tiene realidad, fundamentalmente al menos, para su objeto. El segundo hecho de nuestro conocimiento es que las cosas se conocen según la naturaleza del conocedor. Podemos conocer el objeto real, pero la extensión de este conocimiento dependerá de la cantidad y grado de las manifestaciones, tanto como de las condiciones actuales de nuestras facultades mentales y corporales. Cualesquiera que sean los resultados alcanzados por los psicólogos o físicos en su estudio de la génesis del conocimiento o de la naturaleza de la realidad, no puede caber duda del testimonio de la conciencia de la existencia de una realidad que “no somos nosotros”.El conocimiento está, por tanto, en proporción a las manifestaciones del objeto y a la naturaleza y las condiciones del sujeto que conoce. Nuestra facultad de conocer a Dios no es una excepción en esta ley general, cuya inobservancia es la debilidad del Agnosticismo, como su observancia es la fuerza del Teísmo. La presunción fundamental en los sistemas agnósticos generalmente es que podemos conocer la existencia de una cosa y aun así continuar en completa ignorancia de su naturaleza. El proceso de nuestro conocer se contrapone con el objeto supuestamente conocido. El resultado de esta contraposición es hacer que el conocimiento aparezca no tanto como que da cuenta, sino que transforma, la realidad; y hacer que el objeto aparezca como cualitativamente diferente del conocimiento que tenemos de él, no, por tanto, intrínsecamente incognoscible. Esta presunción da por resuelta toda la cuestión. No existe ninguna razón válida para considerar el estímulo físico de la sensación como una “realidad pura y simple”, o como el último objeto del conocimiento. Concebir el conocimiento como algo que altera su objeto es hacerlo carente de significado, y contradecir el testimonio de la conciencia. No podemos conocer la existencia de una cosa y mantenernos en completa ignorancia de su naturaleza.

El problema de la cognoscibilidad de Dios suscita cuatro cu