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5 Octubre 2007

misterios de la historia

Lawrence de Arabia

Desinteresado campeón de la independencia de un pueblo primitivo,
obstinado oponente de las grandes potencias que despojaron a sus seguidores de la
victoria: tal es la imagen del T.E. Lawrence célebre personaje literario y
cinematográfico. ¿Es ésta la verdad?

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Una multitud aclamante abarrotó las calles de Damasco el 1° de octubre de 1918
cuando el ejército rebelde marchó por la ciudad liberada. El día anterior, cuando las
tropas otomanas se replegaron, la antigua ciudad siria pasó del control turco al árabe.
Los vítores no sólo eran para las tribus victoriosas, sino también para un joven
inglés que cabalgaba entre ellos, vestido con ondeante indumentaria árabe. La rebelión
y su británico mentor se habían hecho inseparables.

Buscando apoyo británico

En junio de 1916, el sharif (príncipe) de La Meca, Hussein Ibn Ali, inició la
rebelión contra los cuatro siglos de dominio otomano en la península arábiga. Como
gobernador de Hejaz, provincia desértica junto al mar Rojo, controlaba La Meca, el lugar
más santo del Islam, lo que le hacía líder espiritual de los pueblos árabes. Pero la
rebelión de Hussein se estancó en Medina, donde las tropas turcas podían abastecerse
gracias al ferrocarril del norte. Antes de proclamar la rebelión, Hussein buscó el apoyo
de Inglaterra y más tarde afirmó que le prometieron armas, balas y asistencia técnica
para cortar la vía férrea. Desde un principio, los ingleses quisieron controlar la
rebelión, por lo que le retuvieron el abastecimiento para hacerla "más modesta y
conveniente". Cuando todo indicó que Hussein se retiraba a La Meca, obligado a
rendirse, los ingleses se dieron cuenta de que era tiempo de recabar un informe fidedigno.
Enviaron desde El Cairo a un oficial de inteligencia de 28 años, que hablaba árabe y
tenía años de experiencia en el Oriente Medio: Thomas Edward Lawrence.

Educación de un guerrero

El hogar donde nació T.E. Lawrence el 16 de agosto de 1888 no era precisamente un
estereotipo de la Inglaterra victoriana. Cuatro años antes, Thomas Chapman abandonó en
Dublín a su esposa y cuatro hijas para vivir con Sarah Maden, institutriz de las niñas.
Mudándose de Irlanda a Inglaterra, Gales, Escocia y Francia, Thomas y Sarah tuvieron
cinco hijos en los siguientes 12 años. Asentándose en Oxford con el apellido Lawrence,
la pareja consiguió tener una apariencia de respetabilidad, pero su sensible
segundo-génito, Thomas Edward, sufrió durante toda su vida la vergüenza de ser híjo
ilegítimo. A los 12 o 13 anos, el joven Lawrence se rompió una pierna. Debido a que la
fractura se curó lentamente o a que enfermó de paperas en la adolescencia, el muchacho
dejó de crecer en cuanto midió 1.66 m. Con una cabeza demasiado grande, parecía aún
más corto de estatura. Ingresó al Jesus College de la Universidad de Oxford y, tal vez
para compensar su corta estatura, Lawrence desarrolló varias afectaciones, entre ellas
una risita estridente y nerviosa que sus condiscípulos consideraban molesta. En un mundo
de hombres, parecía asexuado e incluso afeminado. En Oxford, Lawrence fue influido por
David George Hogarth, un arqueólogo y especialista en el Oriente Medio. Hogarth lo
estimuló para que escribiera una tesis acerca de la arquitectura militar en las Cruzadas
y le dio instrucciones detalladas cuando el estudiante viajó al Oriente Medio en junio de
1909 para hacer su práctica de campo. Viajó por Siria solo y a pie, "viviendo como
árabe entre árabes", y se enamoró de la región y sus pueblos. Al regresar a
Oxford se recibió con honores como historiador y egresó de la universidad en 1910.
Recomendado por Hogarth, Lawrence recibió una beca de posgrado para unirse a una
excavación arqueológica en Carchemish, en la ribera occidental del río Éufrates.
Exceptuando los meses de verano, en que el calor obligaba a suspender los trabajos,
Lawrence pasó en Siria casi por complete los siguientes cuatro años, los que luego
consideró los más felices de su vida. Vistiendo sólo pantalón corto, el Sol lo
bronceó y aprendió a comandar a 200 hombres, bromeando con ellos en árabe. Pero Arabia
no solamente era un campo de estudio y al pasar el tiempo la arqueología no satisfizo
todos sus intereses en la región. Poco antes de enero de 1914, se hizo espía.

Espionaje en el desierto

Desde mediados del siglo XIX, el ímperio otomano era conocido como "el
hombre enfermo de Europa". Alemania, Francia y Rusia ansiaban reemplazar al decadente
imperio como factor de poder en el Oriente Medio e Inglaterra quiso asegurar sus propios
intereses. Al tomar Egipto en 1882, los británicos controlaron el canal de Suez, vital
para su imperio en la India. Pero necesitaban vigilar la actividad política al este del
golfo de Suez y en el mar Rojo. Bajo el respetable patrocinio del Fondo de Exploración de
Palestina, Lawrence se unió a principios de 1914 al arqueólogo Leonard Woolley y al
capitán británico Stewart Newcombe para una prospección de la península de Sinaí.
Dijeron buscar evidencias de los 40 anos de éxodo de los israelitas al salir de Egipto.
En realidad, rastreaban las actividades militares de los turcos en la región limítrofe.
La Primera Guerra Mundial estalló en agosto de 1914 y todo parecía indicar que el
imperio otomano sería neutral. Pero cuando atacó a Rusia, aliada de Inglaterra, Lawrence
se enroló en el ejército en Egipto. En diciembre ya estaba en El Cairo, organizando una
red de inteligencia en la región que conocía al dedillo.

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Las hazañas del coronel británico T.E.
Lawrence durante la rebelión árabe entre 1916 y 1918 fueron la base de la peIícula
Lawrence de Arabia, rodada en 1962 por David Lean. Arriba, una foto fija de la película
recrea fielmente a las fribus beduinas cabalgando para combatir en Hejaz, la provincia
árabe en la costa del mar Rojo.

Rebelión en Arabia

Lawrence nunca sería un soldado convencional. El comandante de Lawrence en El
Cairo recordaría posteriormente su intenso deseo de decirle a su joven oficial que se
cortara el pelo. Pero sus colegas militares se impresionaron con su mente ágil, su
contagioso entusiasmo por el trabajo y su "extraordinaria capacidad para salirse con
la suya calladamente". Sin embargo, pronto lo aburrió la rutina de cartografiar
mapas, hacer informes geográficos y entrevistar a agentes de espionaje potenciales. En
1915, dos de sus hermanos murieron combatiendo en Francia, mientras que Lawrence escribía
en 1926: "No hacemos nada, fuera de urdir políticas provocadoras en la
región." Pero al mes siguiente fue enviado a una muy secreta misión a Mesopotamia
(actual Irak), donde los turcos asediaban al ejército inglés: su misión era sobornar
con un millón de libras al comandante turco para que levantara el sitio y, de paso,
sondear la disposición de las tribus árabes para rebelarse contra los turcos. Fracasó
en ambas misiones y regresó a Egipto "para encerrarse en esa oficina en El
Cairo" Cuando Ilegó a El Cairo la noticia de la rebelión de Hussein en 1916,
Lawrence escribió a su casa lo bueno que era "ayudar a forjar una nueva
nación". En octubre se reunió con los rebeldes árabes. El digno Hussein, aunque
capaz de ser líder moral, era muy viejo para ser comandante militar. Lawrence opinó que
su primero, segundo y cuarto hijos eran "demasiado limpios", "listos"
o "fríos". Pero de Faisal, el tercer hijo de Hussein, Lawrence dijo que era
"el hombre que vine a buscar en Arabia, el líder que dará gloria a la rebelión
árabe". El inglés bajo y rubio sería en adelante camarada de armas del árabe alto
y moreno, y juntos cabalgarían a la gloria en los siguientes dos afios.

"Orens": hasta la última consecuencia

Para ganar la confianza de los árabes, Lawrence usó ropa nativa y aprendió a
montar en camello. "Si vistes como árabe", escribió, "hazlo hasta la
última consecuencia. Olvídate de amigos y costumbres ingleses y adopta enteramente los
hábitos árabes". Al adoptar las castumbres árabes, poco a poco se gano la
confianza de las suspicaces tribus nativas, que al Ilegar a los campamentos lo saludaban:
" i Orens ! i Orens ! ", que era la forma en que podían pronunciar su nombre,
tan extraño a su idioma.

Acompañado por Lawrence y su comitiva de 25 criados y guardaespaldas, Faisal
lanzó la ofensiva que terminó en Damasco. Con la asesoría de Lawrence, desarrolló una
estrategia que era adecuada para el terreno y la capacidad de lucha de sus hombres.
Subiendo por la península arábiga, los rebeldes libraron una guerra de guerrillas que
aterrorizó a sus enemigos y ganó reclutas de otras tribus. Esquivaron los fuertes turcos
y dinamitaron el ferrocarril de Hejaz, descarrilando trenes e inutilizando las
locomotoras. "El espectáculo es espléndido", escribió Lawrence. "Es
imposible imaginar mayor diversión para nosotros y mayor vejación y furia para los
turcos." En enero de 1917 tomaron el puerto Wejh, en el mar Rojo, y con la rendición
de Akaba en julio, la campaña de Heiaz terminó en una aplastante victoria para los
árabes. El comandante británico en El Cairo notó que los rebeldes árabes dominaban
más tropas turcas que los ingleses y, como observó Lawrence con cierta malicia,
"comenzaron a recordar que siempre habían favorecido la rebelión árabe".
Desde entonces, las huestes de Faisal se convirtieron en el poderoso flanco derecho de las
fuerzas aliadas del general Allenby que atacaban diestramente desde el norte a través de
Palestina.

En 1917, Lawrence hizo dos peligrosas incursiones tras las líneas enemigas para
enardecer a los árabes sirios. En la aldea Deraa, en noviembre, fue detenido brevemente
por los turcos, que tal vez no supieron quién era él. Aún está a discusión lo que
ocurrió ahí. Según sus memorias de la posguerra, tituladas Siete pilares de
sabiduría
, Lawrence fue horriblemente torturado y vejado sexualmente por
sus captores. Esta sórdida versión fue considerada como "muy improbable" por
un prominente historiador de EUA, pero un colega de Lawrence lo describió como muy
perturbado a su regreso de Deraa y estaba convencido de que sufrió una "horrenda
pesadilla". Sin embargo, tres semanas después de volver de Deraa, Lawrence ya estaba
lo bastante repuesto como para marchar a Jerusalén con Allenby el 9 de diciembre de 1917.
Los aliados siguieron avanzando hacia el norte durante 1918, con Lawrence y los árabes en
su flanco derecho. Cuando Allenby programó el asalto a Damasco para septiembre, tenía
250.000 hombres bajo su mando. Aunque los turcos tenían nominalmente igualdad de fuerzas,
los 3.000 árabes de Lawrence inmovilizaban a 50.000 enemigos al este del Kordán,
mientras otros 150.000 turcos se desplegaban en Mesopotamia, en un vano intento por
sofocar otras rebeliones árabes. Con una superioridad de cinco a uno, Allenby mãrchó a
la victoria el 1° de octubre.

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Luego de su victoria en Hejaz, los árabes
tuvieron un papel militar convencional, como flanco derecho del ejército aliado que
avanzó al norte por Palestina. Arriba, una trinchera en el desierto.

AIta política

En mayo de 1916, Inglaterra y Francia firmaron un tratado secreto, conocido como
Sykes-Picot por sus dos negociodores, que dividía al territorio turco del Oriente Medio
en dos esferas de influencia: la inglesa y la francesa. Todo Estado árabe en la región
estaría sujeto al control administrativo británico o francés. Dos días después de la
entrada triunfal a Damasco, Faisal supo de la amarga realidad y sus limitaciones sobre la
independencia árabe. Insistiendo en que nada sabía del tratado secreto, Lawrence pidió
que Allenby lo relevara de su cargo y le permitiera regresar a Inglaterra. "Como yo
no era un perfecto estúpido", escribió amargamente en Siete pilares de
sabiduría
, "pude ver que las promesas a.los árabes eran huecas".
Lamentó que sus hombres arriesgaran su vida por una recompensa tan insignificante;
"en lugar de enorgullecerme por lo que hicimos, me sentí avergonzado". A partir
de entonces, Lawrence supo, escandalizado, que sus batallas se librarían en los
corredores del poder y no en las arenas del desierto . De vuelta en Inglaterra,
incómodamente vestido con uniforme, Lawrence compareció el 29 de octubre ante un comité
del gabinete de Guerra. Su propuesta era anular el tratado Sykes-Picot para mantener a
Francia fuera del Oriente Medio y dividir Mesopotamia y Siria en tres reinos dirigidos por
tres de los hijos de Hussein, con Faisal presidiendo Damasco. Mientras esperaba la
decisión del gobierno, Lawrence cablegrafió a Hussein, sugiriendo que enviara a Faisal
como representante a una conferencia de paz que se iniciaría en París en 1919. Pero,
nuevamente, Lawrence tuvo malas noticias para Faisal: al recibirlo el 26 de noviembre en
Marsella, le informó a su camarada de armas que Francia había vetado su participación
en la conferencia. Faisal estuvo en diciembre y enero en Inglaterra, donde Lawrence lo
presentó con Chaim Weizmann, el líder sionista a quien los británicos prometieron un
hogar nacional en Palestina. Lawrence, quien veía a los semitas judíos y árabes como
"un todo indivisible", tenía la esperanza de que cooperaran para desarrollar al
Oriente Medio. A cambio de entrar libremente a Palestina, los judíos prestarían dinero a
Faisal para establecer su reino en Siria. La guerra en el Oriente Medio siempre fue
secundaria ante la lucha con Alemania en el frente oeste. La campaña de Lawrence con los
árabes fue Ilamada "lo secundario de lo secundario". Pero según un delegado de
EUA, el coronel Lawrence fue "un atrayente personaje" en la conferencia de paz
del 18 de enero de 1919. Como a Faisal se le negó la admisión, le correspondió a
Lawrence asegurar que su camarada árabe siguiera siendo leal a Gran Bretaña. Para
Lawrence, los enemigos eran ahora los franceses. Su esperanza era que "los árabes
fueran nuestro primer dominio y no nuestra última colonia". Pocos compartían su
opinión, tanto árabes como ingleses. Inglaterra tenía un nuevo interés en el Oriente
Medio: petróleo. Además, no querían enojar a Francia, su aliada en la guerra.
Reticente, Faisal aceptó los términos del tratado Sykes-Picot, que pospusieron la
verdadera independencia árabe.

La lucha termina, la leyenda crece

Derrotado en la conferencia de paz, Lawrence intentó ganarse a la opinión
pública con una serie de artículos y cartas. Luego fue el asesor de Winston Churchill en
asuntos árabes. Pero todo lo que realizó fue en vano. Faisal, proclamado rey de Siria en
marzo de 1920, fue depuesto por los franceses en julio e Inglaterra no hizo nada. En 1921
los británicos hicieron a Faisal rey de Irak, bajo el dominio inglés durante la
siguiente década. Su hermano Abdullah fue nombrado emir de Transjordania, otro
protectorado inglés. Hussein fue forzado a abdicar como rey de Hejaz en 1924, sustituido
por el jefe de otra tribu, Ibn Saud. Asqueado de la política, Lawrence se retiró a
Oxford para redactar sus reveladoras memorias. ¿Por qué había hecho todo esto? El
epílogo de Siete pilares de sabiduría da cuatro motivos. El
primero y más poderoso era personal, "omitido en el libro, pero creo que nunca
ausente de mi alma durante todos estos años, dormido o en vela, ni siquiera por una
hora". Los detectives académicos revelaron que éste era el amor de Lawrence por un
muchacho árabe Ilamado Dahoum, a quien conoció en Carchemish en 1913; en otra parte
escribió que la libertad para el pueblo del muchacho sería "un regalo
aceptable". Poco antes de que Damasco fuera tomada, supo que el muchacho había
muerto de tifus y anotó con dolor: "mi regalo fue en vano". El segundo motivo
de Lawrence fue su patriotismo: quería ayudar a Inglaterra a ganar la guerra. El tercero
fue la curiosidad intelectual: "el deseo de sentirme el inspirador de un movimiento
nacional". El cuarto fue la ambición personal: "sumar a mi vida esa nueva Asia
que nos traía el tiempo inexorable" ¿Fue Lawrence un héroe? ¿O fue un
oportunista descarado? ¿Estuvo verdaderamente dedicado al nacionalismo árabe con toda la
convicción de conseguir la libertad? ¿Solamente utilizó a crédulas tribus árabes para
perpetuar el imperialismo británico? ¿Es que su historia no fue la de dedicarse a la
causa de un pueblo sino la de su obsesión por un amor imposible?

Escape de la fama

La carrera de Lawrence en la posguerra es tan extrañia e intrigante como sus
andanzas en la rebelión árabe. En agosto de 1922 el excoronel se enroló en la fuerza
aérea inglesa con el seudónimo de John Ross. Se sometió humildemente a la tiranía de
los oficiales que lo entrenaron. Cuando la prensa publicó esta autohumillación de
Lawrence, fue dado de baja. No pudo hallar empleo porque, como lo confesó casi con
alegría, "nadie me ofrece un trabajo lo suficientemente pobre como para que lo pueda
aceptar". Se dedicó a recorrer la campiña en motocicleta. Por intervención de
amigos, fue readmitido al ejército en marzo de 1923, como soldado raso en la unidad de
tanques y bajo otro seudónimo, T.E. Shaw. Dos años después, consiguió ser transferido
a la fuerza aérea, donde sirvió como piloto durante los restantes diez años de su vida.
El 13 de mayo de 1935, Lawrence aparentemente perdió el control de su motocicleta
mientras corría por una curva estrecha al sur de Inglaterra y salió despedido por encima
del manubrio. Murió seis días después, por heridas en la cabeza. Antes del accidente,
un coche negro pasó en dirección opuesta a la de Lawrence, entonces aparecieron dos
niños en bicicleta en una loma frente a él y trató de esquivarlos.

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El monje impio

Como si saliera de la nada, un autoproclamado santo logró un extraño
dominio sobre Ia pareja imperial rusa antes de la Primera Guerra Mundial. ¿Era un santo
que curaba o sólo un fraude y un impostor?

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El miedo y la angustia inundan el palacio en Tsarskoye Selo, la residencia
imperial en las afueras de San Petersburgo, capital de Rusia. El zarevich Alexei, de tres
años, cayó mientras jugaba y yace ahora en dolorosa agonía, con terribles moretones en
su pálida piel que indican las hemorragias internas que amenazan su vida. El niño es
hemofílico, enfermedad heredada de su madre, la zarina Alejandra, que impide la
coagulación de la sangre: la más leve herida provoca sangrados incontrolables. Cuando
los médicos de la corte fracasan para curarlo, Alejandra y su esposo, el zar Nicolás II,
rezan junto a su lecho una noche de julio de 1907, en espera de una visita secreta. Dos años
antes, las grandes duquesas Militsa y Anastasia les presentaron a un hombre
"santo" Ilamado Grigori Efimovich. Según estas dos mujeres, ambas casadas con
primos de Nicolás, Grigori poseía misteriosos poderes de curación. La pareja imperial
lo instó a presentarse en palacio, cuidando que su llegada no fuera advertida por los
guardias imperiales. Hacia la medianoche, el hombre, de aspecto fiero, de pelo negro
encanecido y barba hirsuta, aparece en la habitación del príncipe. Arrodillándose,
Grigori reza ante un icono sagrado. Al ponerse de pie, hace la señal de la cruz sobre el
zarevich, pasa una mano áspera sobre la frente afiebrada del niño y dice con una voz
grave y melodiosa: "No temas, Alexei. Todo está bien. Mañana estarás sano."
Luego de calmar al fascinado niño con cuentos siberianos, sale. "Creed en el poder
de mi plegaria", dice Grigori a los angustiados padres, "y el niño
vivirá". Alexei se recupera, mientras Nicolás y Alejandra dan gracias a Dios por
enviarles al santo varón con poderes curativos tan notables.

EI disoluto

Se desconoce virtualmente la vida de Grigori Efimovich antes de aparecer en San
Petersburgo a fines de 1903. Tenía entonces entre 33 y 40 años de edad, era hijo de un
campesino siberiano y en su aldea lo conocían como Rasputín, que en ruso significa
"disoluto". Sus borracheras, bravatas y parrandas con mujeres eran legendarias.
Pero en cierto momento pasó varios meses en un monasterio local y, después de esta
experiencia, asumió la identidad de un starets, un santo itinerante que debía vivir
pobremente y en soledad, dedicado a aliviar a sus semejantes del dolor y la incertidumbre
espiritual. Pero, posteriormente, los enemigos de Rasputín dirían que fue miembro de los
Jlisti, una secta clandestina que expresaba su fervor religioso en orgías nocturnas.
Ciertamente esto parecía adecuarse a la original filosofía del monje impío, pues
Grigori predicaba que la redención sólo podía lograrse mediante el pecado seguido del
arrepentimiento. Rasputín, que nunca repudió este nombre, tuvo una esposa y cuatro
hijos. Uno de ellos murió en la infancia, otro estaba perturbado y se quedó con su madre
en su aldea siberiana. Pero en cuanto ganó influencia en la corte, el autonombrado
starets aprovechó la excelente oportunidad y Ilevó a sus dos hijas a San Petersburgo a
vivir con él y gozar los privilegios de la nobleza, con el fin de que fueran educadas en
la capital.

Un peregrino en la corte del zar

El dudoso starets Ilegó por primera vez a San Petersburgo en 1903 y se presentó
como pecador penitente ante el padre Juan de Kronstadt, el clérigo más respetado de la
ciudad. El padre Tuan se impresionó por la humildad, sinceridad y habilidad como
predicador de Rasputín. Lo consideró un instrumento ideal para Ilegar a los campesinos
analfabetos de Rusia. Luego Rasputín fue aceptado abiertamente en los círculos de la
corte y, en 1905, fue presentado ante el zar y la zarina por las dos duquesas. Todo el que
conocía a Rasputín recordaba sus ojos. El príncipe Yusupov, con quien Rasputín
tendría un fatal encuentro, los describió como "rayos de luz brillantes,
fosforescentes" Una joven a quien trató de seducir recordó su horror al descubrir
al hombre "hábil, misterioso y corruptor" que la miraba con ojos que antes
parecían irradiar bondad y gentileza. El embajador francés escribió que la personalidad
toda del monje estaba concentrada en sus ojos: "Eran de un azul claro, con brillo,
profundidad y atracción excepcionales. Su mirada era al mismo tiempo penetrante y suave,
ingenua y astuta, ausente y atenta." La extraña combinación de sensualidad cruda y
contagiosa piedad de Rasputín le ganaron una leal camarilla de damas cortesanas. Luego de
su visita nocturna junto al lecho del zarevich, su mayor defensora era Alejandra, quien lo
consideraba incapaz de hacer el mal; no quería oír hablar de sus parrandas. Lo que
agradaba a Alejandra también agradaba a su fiel y débil marido. Al principio confiaron
en la misteriosa habilidad de Rasputín para curar a su hijo. Poco después pedían su
consejo para asuntos de Estado. Cuando ya no fue posible ocultar la escandalosa influencia
del starets sobre la pareja imperial, el zar fue forzado por sus parientes a expulsar a
Rasputín de la capital. Sólo fue un exilio temporal, pues una vez más el monje impío
demostró sus poderes curativos enviando un telegrama desde Siberia, asegurando a los
preocupados padres que Alexei se repondría de otro sangrado interno.

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La zarina Alejandra y su hijo, el zarevich
Elexei

Enemigo de la guerra

En la primavera de 1914, Alexei, de 9 años, gozaba de buena salud. En contraste,
el imperio ruso, descuidado por el preocupado zar, se tambaleaba al borde de la guerra. El
28 de iunio, el asesinato del heredero del trono austro-húngaro inició la larga cadena
de eventos que desembocaron en el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto. Por
una curiosa coincidencia, Rasputín escapó por poco de ser asesinado un día antes,
cuando una mujer enloquecida lo apuñaló en el estómago, gritando "!he matado al
Anticristo!" Al recuperarse de su herida, el starets escribió al zar con letra
temblorosa que la guerra debía ser evitada; sólo traería "desastre, dolor... un
océano de lágrimas y mucha sangre". Se ignoró la lúgubre profecía y Rusia
marchó a la destrucción con Europa. Dos años después, con la guerra estancada, se
renovaron los rumores acerca del starets y la pareja imperial. El supuesto hombre de Dios
había convencido a Alejandra -y por lo tanto a Nicolás- de hacer la paz con Alemania. Un
grupo de nobles tomó la decisión de librar a Rusia del monje impío.

La invitación fatal

El líder de la conspiración fue el príncipe Félix Yusupov, de 29 años,
heredero de la mayor fortuna de Rusia y casado con una sobrina del zar. Juerguista como el
starets, él y Rasputín se reunían con frecuencia en notorios centros nocturnos de San
Petersburgo; el príncipe acudió una vez a él para ser curado. A fines de diciembre de
1916, Yusupov invitó a cenar en su palacio a Rasputín después de medianoche. El
starets, que generalmente era desaseado, se bañó con jabón barato y se vistió para la
ocasión con una camisa de seda bordada y pantalones de terciopelo. Pero al llegar al
palacio Yusupov, el príncipe lo Ilevó a un sótano. Arriba, cuatro conspiradores
pusieron un fonógrafo para simular una fiesta en la que supuestamente estaba la
anfitriona. Mientras que los dos esperaban, el príncipe Félix sirvió al starets
pasteles con cianuro y lo hizo tomar vino envenenado. Para horror y pasmo de Yusupov,
Rasputín no pareció sentir ningún efecto por ingerir varias dosis de veneno,
suficientes para matar a varios hombres. Luego de dos horas y media, el príncipe se
retiró, pretextando revisar la "fiesta" de arriba. Luego de hablar con los
cuatro conspiradores, Yusupov regresó con una pistola oculta. Dirigiendo la mirada de
Rasputín hacia un crucifijo en la pared, el príncipe le pidió elevar una plegaria y le
disparó a quemarropa en la espalda. Rasputín se desplomó ensangrentado sobre una
alfombra blanca de piel de oso y los conspiradores entraron al recinto. Uno de ellos,
siendo médico, lo dictaminó muerto.

Mientras los asesinos se felicitaban, el starets abrió los ojos, se levantó de
un salto y corrió por las escaleras hacia el patio. Pero antes de llegar a la puerta,
otro de los complotados le disparó en la cabeza y espalda. Yusupov golpeó el cuerpo con
un garrote hasta que no dio más señales de vida. Envuelto en lienzo y atado con cuerdas,
el cuerpo de Rasputín fue tirade por un agujero en el hielo del río Neva. Cuando el
cuerpo fue rescatado tres días después, se comprobó que los pulmones de Rasputín
contenían agua: esto demostraba que aún estaba vivo cuando fue arrojado al río. Hubo
regocijo general en San Petersburgo con la noticia de la muerte de Rasputín. Los
conspiradores fueron deportados, enviados al servicio militar o exonerados. Pero Rasputín
tuvo la última palabra: en su último mes de vida escribió a la zarina Alejandra,
prediciéndole de manera intrigante que ninguno de sus familiares sobreviviría más de
dos años la muerte del monje. En marzo de 1917, la predicción comenzaba a cumplirse:
Rusia perdía la guerra y Nicolás II era forzado a abdicar. Dieciséis meses más tarde,
se informó que Nicolás, Alejandra, Alexei y las cuatro hermanas fueron asesinados por
los bolcheviques, quienes poco antes habían tomado el control de Rusia.

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A pesar de su indecisión, errores,
neglígencia en los asuntos oficiales, y de preocuparse por problemas de familia, el zar
era querido por las masas. Abajo, los soldados se arrodillan ante el zar, a caballo.

TROYA
De origen humilde, amasó cuatro fortunas. Sin educación, aprendió
17 idiomas. Pero su mayor friunfo fue tardío, cuando demostró a los escépficos del
mundo que la historia de Homero acerca de la guerra de Troya ocurrió en realidad.

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En La Eneida, Virgilio cuenta
la historia del caballo de madera con que los griegos vencieron a los troyanos. Una copia
del caballo se yergue entre las ruinas de Troya, descubiertas por Heinrich Schliemann, que
confió más en el poeta que en los expertos.

Los recuerdos de infancia de Heinrich Schliemann eran sombríos. Nacido en 1822 de
una pareja mal avenida, creció entre campesinos supersticiosos en una lejana aldea
alemana cerca de la frontera con Polonia. Su madre murió, dando a luz, cuando él tenía
nueve años. Su severo y egoísta padre, el párroco de la aldea, fue destituido del
púlpito por ser mujeriego. A los 14 años, Heinrich fue separado de su amada Minna, a
quien conocía desde la niñez, para ser aprendiz en el degradante trabajo de ayudante de
tendero. Pero hubo un resplandeciente interludio en su vida temprana. En las crudas noches
de invierno, el párroco entretenía a sus hijos narrándoles historias de La Ilíada, el
famoso poema épico de Homero, poeta ciego de Grecia, acerca de la guerra de Troya. Los
niños se emocionaban con el relato del heroísmo de Héctor y Aquiles, las tretas de los
entrometidos dioses y la belleza de Helena, por la que los griegos habían sitiado la gran
ciudad de Troya. A los siete años, Heinrich recibió de su padre una historia ilustrada
del mundo e inmediatamente buscó la antigua Grecia. Nunca olvidó lo que vio ahí: en un
grabado del incendio de Troya, Eneas -idéntico al párroco- salvaba a su padre del incendio.
El niño estaba ávido por tener más conocimientos acerca de las glorias de la antigua
Grecia. Convencido de estar regido por el destino, Schliemann, ya maduro, creyó que un
pesado cajón de achicoria lo salvó de la monótona vida en el almacén. Cuando tosió
sangre por el esfuerzo de cargarlo, renunció y fue a Hamburgo, donde aprobó en pocos
días todo un ciclo de cursos de contabilidad. Convencido de que la América de 1840 le
prometía grandes riquezas, vendió su reloj y abordó un barco rumbo a Venezuela. Una
feroz tempestad de diciembre hundió el barco y él cayó desnudo al mar helado, pero otro
cajón flotó en la vida de Schliemann. Se aferró a él durante horas, Ilevado por el
viento en todas direcciones, hasta que fue hallado y rescatado con otros 13
sobrevivientes. El miserable grupo llegó a la costa de Holanda, donde descubrió que
solamente el equipaje de Schliemann había llegado intacto a la playa, con sus
pertenencias y docurnentos. Aprovechó la oportunidad en cuanto la tuvo: consiguió un
empleo de contador en Amsterdam e inició el hábito de trabajo que lo haría rico y muy
solitario en las décadas venideras. Decidido a no gastar en mujeres o diversiones, vivió
frugalmente, concentrando su tiempo libre en educarse y afinar su de por sí considerable
memoria. En poco menos de un año dominó el holandés, inglés, francés, español,
italiano y portugués. Esto lo llevó a un empleo en una enorme empresa de importaciones y
exportaciones. Luego de aprender el ruso para manejar correspondencia en un idioma
desconocido para los demás, fue recompensado a los 25 años con el puesto de
representante en jefe de la compañía en San Petersburgo. Al ganar más dinero del que
pudo haber soñado, por fin pudo escribir para pedir a Minna en matrimonio. Su padre le
respondió que recién se había casado con un granjero de la pequeña aldea. El hábil y
joven empresario, a quien sin lugar a dudas en ese momento le esperaba un briilante futuro,
quedó devastado por la noticia.

schliemann2.jpg (8619 bytes) schliemann3.jpg (12034 bytes)
Heinrich Schliemann era de origen
humilde; a la izquierda, la casa en la que creció como hijo de un párroco de aldea. Su
riqueza subsiguiente es tipificada por la palaciega residencia (derecha) que construyó en
Atenas para sí y para su amada segunda esposa, Sofía. La diseñó como una
reconstruccidn moderna de los antiguos palacios que desenterró.

Fríos consuelos del éxito

Durante los siguientes años, lamentando la pérdida de Minna, viajó
constantemente, trabajó como un poseído y soñó con un escape. Su inepto hermano menor
huyó a California, hizo una pequeña fortuna en la fiebre del oro y murió: Schliemann
decidió recoger el legado para hacerlo crecer. Navegó a Nueva York y luego a Panamá,
que en ese entonces debía cruzarse a lomo de mula, un viaje que ofrecía cocodrilos,
fiebre amarilla, ladrones y asesinos. Al Ilegar a California, descubrió en Sacramento que
el socio de su hermano desapareció con la herencia. Impávido, Schliemann abrió un
negocio de polvo de oro. En el lapso de nueve meses fue atrapado en el catastrófico
incendio de San Francisco, casi murió por dos accesos de fiebre amarilla y se las
ingenió para obtener una ganancia de 400.000 dólares. Quizá debido a que los
estadunidenses le parecieron descorteses y que las mujeres no eran atractivas, regresó a
Rusia. Atravesar el istmo de Panamá esta vez fue casi fatal: sus guías huyeron durante
un continuo aguacero. Tuvieron que cazar iguanas y comerlas crudas y muchos murieron de
disentería o fiebre. Perdidos, hambrientos y peleando entre sí, el grupo se volvió una
amenaza para Schliemann, quien no dormía en la noche, armado con una daga y un revólver,
vigilando sus lingotes de oro y cheques bancarios aun cuando tenía una herida gangrenada
en la pierna. Pero sobrevivió.

Pasión sin esperanza

De vuelta en San Petersburgo, dio un paso que le trajo 17 años de otra clase de
sufrimiento: su desdichado matrimonio con Ekaterina Lishin. Aunque en vísperas de su boda
en octubre de 1852 escribió que ella era "buena, sencilla, inteligente y
sensible", en realidad Ekaterina lo despreciaba tanto que este apasionado hombre
estuvo a punto de volverse loco. Pocas semanas después de la noche de bodas, volvió a su
trabajo, amasando otra fortuna en el comercio de añil. Aunque la infeliz pareja tuvo tres
hijos, a partir de entonces Schliemann vivió solamente para los negocios, especulando y
arriesgando donde otros se movían con cautela. Laborando seis días a la semana, como
siempre, dejó los domingos para estudiar el griego. "!Soy adicto a este
idioma!", exclamaba. Habiendo sorteado magníficamente la crisis financiera
internacional de 1857, compensó la pasión ausente en su matrimonio viajando a los
países de sus sueños: Grecia, Egipto, Palestina, India, China y Japón. Confundido,
solitario e insatisfecho, Schliemann tenía el tiempo y dinero para considerar un cambio
tras otro en su vida, como dedicarse a escribir, establecerse en una granja o ingresar a
la Sorbona de París como estudiante. En vez de esto, durante otro viaje a EUA supo que
Indiana estaba por aprobar una nueva ley de divorcio, ofreciendo una solución a su dilema
marital. Inició un exitoso negocio de almidón en Indianápolis y al cabo de un año se
hizo ciudadano de los Estados Unidos.

La planicie de la mítica Troya

Pero Schliemann se sentía oprimido por la vaciedad de su vida. En el verano de
1868, fascinado por la oportunidad de hacerse arqueólogo, viajó a Itaca y organizó una
pequeña expedición de aficionados para descubrir el castillo de su héroe Ulises.
Reunió suficientes chucherías para convencerse de que había hallado la recámara de
Ulises y su fiel esposa Penélope. Como le ocurría con frecuencia, su entusiasmo lo hizo
Ilegar a conclusiones que eran inaceptables para las demás personas. Luego viajó a las
planicies de Constantinopla, donde tradicionalmente se situaba a la mítica ciudad de
Troya. Los pocos que creían que la ciudad existió tal y como fue descrita por Homero
consideraban que su lugar más probable era Burnarbashi, a pesar de estar a unos 15 km del
mar Egeo. Basándose en eventos de La Ilíada, Schliemann prefirió investigar una colina
llamada Hissarlik, más cercana a la costa. Con su característica energía, bombardeó al
gobierno turco con peticiones para que se le autorizaran y facilitaran las excavaciones.

Por fin, una compañera digna

Sin embargo, Schliemann no estaba tan ocupado como para olvidarse de encontrar a
su propia Penélope. Regresando a Indianápolis para iniciar su divorcio de Ekaterina,
decidió que debía tener una esposa griega. Escribió a un viejo amigo en Atenas y le
pidió la fotografía de cualquier mujer joven que fuera hermosa, gustara de la poesía de
Homero, necesitara dinero y pudiera dar amor a un hombre elegido como su esposo. Su amigo
le propuso a Sofía Engastromenos, la hija de 17 años de un pañero. En la primera cita,
el candidato a marido preguntó a la hermosa adolescente si le gustaría salir a un largo
viaje, si conocía la fecha en que el emperador Adriano visitó Atenas y si podía recitar
de memoria algún pasaje de Homero. La respuesta fue "sí" a todas las
preguntas, pero la franca respuesta de la muchacha a otra pregunta casi rompió el
compromiso. Cuando Schliemann le preguntó en privado por qué se casaría con él, ella
respondió: "Porque mis padres me dijeron que usted es rico." El financiero
sufrió durante dias como un adolescente herido, pero Sofía lo pudo atraer, revelando la
sensibilidad y sabiduría nativa que haría de su matrimonio uno fuerte, cálido y
duradero. La primera excavación de Schliemann en Hissarlik fue decepcionante. Luego de
hacer canales exploratorios, los dueños locales de la propiedad lo expulsaron y el
gobierno turco se hizo el sordo a sus frenéticas peticiones de autorización oficial para
su excavación.

Un dorado tesoro de la Edad del Bronce

Durante los siguientes años acosó incesantemente a la burocracia y excavó el
lugar, con o sin permiso, volviendo periódicamente a Atenas para examinar sus
enigmáticos y decepcionantes hallazgos. Sus trabajadores hundían sus picos en el seco
suelo ante las ansiosas miradas de él y Sofía, pero sólo desenterraban reliquias de
poca importancia. Pero la cuarta expedición de Schliemann fue crucial. Posiblemente el 30
de mayo de 1873, Schliemann halló un tesoro de 10.000 objetos de oro y supuso que
perteneció a Príamo, el último rey de Troya. Apenas pudo eludir a guardias y oficiales
turcos para llevar el tesoro a Grecia, donde los numerosos parientes de Sofía ocultaron
en sus granjas las copas, diademas y aretes. Schliemann reveló en un libro la historia a
un mundo atónito, demostrando a los escépticos expertos académicos la existencia de la
ciudad de Homero. El gobierno turco, desde luego, estaba indignado. Era de esperarse que
Schliemann se mantuviera firme, declarando que había salvado el legado de Troya de
codiciosos guardias yburócratas. Los turcos elevaron una demanda ante una corte griega,
pero los Schliemann iniciaron alegremente otra excavación, pues Heinrich pensaba que los
académicos estaban errados respecto al lugar de las tumbas reales de Micenas. Esta
importante ciudad en una colina fue regida por Agamenón, cuñado de Helena. Los expertos
creían que las tumbas importantes yacían fuera de los muros de la ciudad, pero
Schliemann intuía un lugar cerca de los muros interiores, no muy lejos de la famosa
Puerta del León. Su intuición resultó espectacularmente correcta. Vigilados por
oficiales griegos, Sofía y él hallaron tumbas que contenían hermosos objetos funerarios
de oro, incluyendo máscaras.

schliemann5.jpg (11822 bytes)schliemann6.jpg (20676 bytes)
Schliemann afirmó descubrir el tesoro del rey
Príamo en los muros del palacio de la antigua Troya (excavación a la derecha).
Desafortunadamente, ese tesoro se perdió, por lo que su afirmación no puede ser
comprobada. Sobrevive la llamada Máscara de Agamenón (izquierda), aunque data de 300
años antes de la guerra de Troya.

Laureles en los últimos años

Durante sus últimos 10 años, Schliemann vivió feliz con Sofía y sus hijos en
una casa de Atenas diseñada a semejanza de los palacios que descubrió. Los expertos
discutieron sus hallazgos, pero fue celebrado en toda Europa. A pesar de su éxito, murió
solo y casi sin atención médica. En Nápoles se desplomó en una plaza pública, pero
como no Ilevaba dinero o documentación el hospital lo rechazó como indigente. Cuando su
médico lo halló, Schliemann estaba paralizado y sin habla. Murió el 26 de diciembre de
1890, muy poco antes de cumplir los 69 años. Su viuda escribió: "Tuve la divina
oportunidad de internarme en las profundidades del significado de la vida. Todo esto se lo
debo a mi muy amado esposo Henry." Luego de un trabajo monumental contra grandes
obstáculos, Schliemann logró materializar muchos de sus sueños: riqueza, fama duradera
y el amor de una mujer notable.

El tesoro de Príamo

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Sofía y Schliemann

"Ven ahora mismo. Es vital. No hables." Ése fue el mensaje velado que
la enamorada Sofía detectó cuando el tensamente controlado Heinrich Schliemann murmuró
suavemente su nombre una cálida mañana en las excavaciones.de Troya. Se ignora la fecha
exacta de 1873, porque ninguno de los Schliemann reveló lo que pasó después. Tocando
metal al excavar, Schliemann supo inmediatamente que había conseguido la meta de su vida.
"Ve ahora y grita !paidos!", murmuró a Sofía,
sugiriéndole que dijera a los trabajadores que se otorgaba un inesperado día de descanso
en honor a su cumpleaños. Cuando los excavadores se alejaron, Heinrich y Sofía
escarbaron rápida y furtivamente, desenterrando una caja de cobre. Dentro estaba el oro
resplandeciente que se convertiría en el mayor hallazgo arqueológico del siglo XIX.
Hábil, Sofía escondió miles de piezas pequeñas en su falda y las llevó a su pequeña
casa para examinarlas tras cortinas cerradas. Poniendo dos de las deslumbrantes diademas
de oro en la cabeza de Sofía, Schliemann exclamó: "El adorno usado por Helena de
Troya ahora engalana a mi propia esposa."

Los escépticos afirmaron que el tesoro fue reunido en diferentes riiveles de la
excavación (y por tanto, de distintas eras de la historia del lugar); los críticos más
incisivos acusaron a Schliemann de reunir secretamente la colección recorriendo los
mercados de antigüedades. Desgraciadamente, es imposible usar las sofisticadas técnicas
actuales que determinan la edad de los descubrimientos arqueológicos para verificar el
hallazgo. El Ilamado Tesoro de Príamo fue donado a un museo de Berlín. En el caos de la
Segunda Guerra Mundial fue guardado en un refugio, pero para 1945 había desaparecido sin
dejar rastro. El tesoro que tal vez yació bajo tierra durante 3.000 años vio brevemente
la luz del día para luego desaparecer.

Fe en las estrellas

Muchos se habrían desalentado por
la lectura de carácter que Albrecht von Wallenstein recibió del
astrónomo y matemático Kepler. Pero el desconocido joven
oficial lo tomó como una predicción de triunfo militar y poder
en el futuro.

Se
piensa que la oposición de Mercurio a la conjunción de
Saturno y Júpiter en el horóscopo de Wallenstein fue la
causa de su vacilación durante una batalla crítica.

En 1608, a los 25 años de edad, un oficial al
servicio del rey de Bohemia recibió un horóscopo hecho por
Johannes Kepler. Como la mayoría de sus contemporáneos, este
joven creía que el carácter se regía por la posición de los
planetas y las estrellas al memento de nacer y que los signos del
zodiaco determinaban el destino de la vida. Como el oficial
empleó a un intermediario para solicitar al famoso astrónomo y
matemático, Kepler no conocía la identidad de la persona cuyo
carácter se le pedía analizar. Y aun si la hubiera conocido, el
nombre no le hubiera dicho nada. Para Albrecht von Wallenstein,
la fama y la fortuna estaban aún distantes. Nacido a las 16:36
del 24 de septiembre de 1583, Wallenstein era Libra. Según la
interpretación de Kepler, el sujeto del horóscopo era
"despierto, vivaz, inquieto, curioso con todo tipo de
novedad, no apto para el comportamiento ordinario de la
humanidad, siempre en busca de formas extraordinarias".
Decía menos de lo que pensaba o percibía y el taciturno
individuo tenía un toque de melancolía o lo que el astrólogo
describió como "una propensión a la alquimia, magia y
hechizos, comunión con los espíritus, indiferencia hacia las
convenciones humanas y hacia todas las religiones, para quien lo
propuesto por Dios o el hombre es sospechoso o
despreciable". Además, Kepler predijo que el sujeto
tendría una existencia "inmisericorde, sin amor fraternal o
matrimonial, preocupado solamente por sí mismo y sus deseos,
severo con sus subordinados, parsimonioso, codicioso, engañoso,
injusto en sus negocios, usualmente callado y a menudo impetuoso,
beligerante y valiente". No era un perfil agradable. Pero
Kepler ofreció esperanza al sujeto en su pronóstico:
"Muchos de estos defectos desaparecerán con la madurez; una
naturaleza tan poco común será capaz de obras
importantes." Debido a su gran ambición y sed de poder, el
individuo descrito haría muchos enemigos, pero derrotaría a
casi todos. El joven Wallenstein quedó muy impresionado con el
horóscopo de Kepler y lo Ilevó constantemente consigo,
comparándolo con los eventos mayores de su vida. Nacido y
educado como protestante, pero cínico converso al catolicismo a
los 23 años, Wallenstein no tenía convicciones religiosas
serias: su fe estaba en las estrellas. Durante toda su vida
buscaría con frecuencia el consejo de astrólogos, tomando
decisiones importantes sólo después de que le habían leído
los astros.

Labrándose un nombre

Tres años después de convertirse al
catolicismo, Wallenstein consiguió por mediación de su confesor
jesuita una boda con una anciana viuda checa con enormes
propiedades en Moravia, cuya conveniente muerte pocos años
después permitió al joven oficial una vida cómoda y hacerse
necesario para el rey Fernando II de Bohemia. Cuando Fernando
pidió ayuda en 1617 para su guerra contra Venecia, Wallenstein
entrenó a una tropa de 260 coraceros y mosqueteros con dinero de
su propio bolsillo. Comandando a los coraceros a caballo,
Wallenstein penetró la línea enemiga que sitiaba una fortaleza
leal a Fernando, cuyos defensores estaban a punto de morir de
hambre o rendirse. La infantería mantuvo abierta la brecha que
la caballería había hecho y Wallenstein desplazó a los heridos
y extenuados a un campamento. La fortaleza se salvó y
Wallenstein se hizo de una reputación militar. El estallido de
lo que se conoció como la Guerra de los Treinta Años ofreció a
Wallenstein su siguiente oportunidad de lograr la gloria militar.
Comenzó como una rebelión de los súbditos protestantes contra
el católico Fernando, dramáticamente demostrada cuando los
rebeldes arrojaron a dos gobernadores por las ventanas del
palacio de Praga el 22 de mayo de 1618. Cayeron 15 m hasta una
zanja: salvaron la vida, pero el atentado constituyó un desafío
para Fernando. Wallenstein financió esta vez un regimiento de
caballería al servicio del rey. Cuando se unieron a la rebelión
los súbditos moravios del primo de Fernando, el emperador
Matías del Sacro Imperio Romano, Wallenstein fue nombrado
coronel del ejército austriaco y enviado contra el mismo pueblo
de cuyas tierras hizo su fortuna. Tomó audazmente el tesoro de
guerra de Moravia y lo entregó al emperador en Viena, un acto
que los moravios consideraron como traición: confiscaron su
propiedad y lo desterraron de su país, lo que no pareció
molestar a Wallenstein. El comandante de 36 años aprendió con
rapidez que no sólo la gloria, sino también la riqueza podía
ganarse si se estaba en el bando vencedor. Wallenstein estaba a
punto de convertirse en uno de los empresarios bélicos más
grandes de todos los tiempos. No era tan ingenuo como para pensar
que Fernando o Matías le reembolsarían el dinero que gastó
entrenando tropas para su causa. Lo que esperó y obtuvo de ellos
era todavía mucho más valioso: títulos, tierras y todas las
prerrogativas que venían con ello.

En la
batalla de Lützen, Sajonia, los suecos perdieron a su
comandante de caballería y a su rey Gustavo II Adolfo.
Al desaprovechar esto, Wallenstein fue derrotado en su
última batalla. Esto fue para él el principio del fín.

Hacia la cumbre

En la Batalla de la Montaña Blanca de Praga,
el 8 de noviembre de 1620, las fuerzas protestantes fueron
derrotadas. Fernando, que mientras tanto fue electo como sucesor
de Matías, nombró a Wallenstein gobernador militar de Bohemia y
socio en un sindicato autorizado a emitir moneda en Bohemia,
Moravia y Austria. Cuando la nueva moneda se redujo a la mitad y
luego a un tercio de su valor original, Wallenstein comenzó a
comprar las propiedades de los nobles protestantes ejecutados o
deportados. En rápida sucesión, casó con la hija del más
cercano consejero del emperador y se le nombró duque de Frisia.
Era el hombre más rico del reino. Wallenstein parecía
arrogante, siniestro y tiránico a sus conterfiporáneos, la
misma imagen del ominoso horóscopo de Kepler. Era famoso por su
orden: "Que el bruto sea ahorcado", impartida a la
menor provocación y generalmente llevada a cabo por temerosos
subordinados. Su mal humor era legendario. Se cuenta que, en una
ocasión, atravesó con su espada a un oficial que trataba de
entregarle un mensaje mientras sostenía una conversación con su
arquitecto. Mientras, el aplastamiento de la rebelión en Bohemia
no terminó la guerra, que entró en una nueva etapa en 1625
cuando el rey Christian IV de Dinamarca asumió el liderazgo de
la causa protestante. Apoyado por los Países Bajos, Francia e
Inglaterra, Christian esperaba expulsar del norte de Alemania a
la Liga Católica de Fernando. El emperador supo a quién acudir.
Wallenstein ofreció formar y apoyar una armada de 24 000
hombres. Sólo pidió a cambio permiso para cobrar impuestos y
tributos de las tierras conquistadas. Como comandante en jefe de
la armada imperial, Wallenstein marchó de victoria en victoria
los siguientes tres años, forzando a los duques protestantes de
Alemania a someterse, uno por uno, a Fernando.

Ante un desafío

Los triunfos militares de Wallenstein no fueron
aceptados unánimemente por el bando católico. Por ejemplo,
Maximiliano de Baviera envidiaba y temía la independencia que
Fernando ganó por medio de su general. Poco después él y otros
tantos líderes no tendrían ya ninguna cabida en la Liga
Católica. Cuando Wallenstein se enteró de la disensión, forzó
una confrontación. Si no se renovaba su mando de las fuerzas
imperiales y no se le otorgaba un mandato para sofocar a la
oposición con un ejército que sería el azote de Europa, renun-
ciaría a servir a Fernando. A pesar de la furia de Maximiliano y
otros líderes católicos, se salió con la suya y se le
permitió aumentar el tamaño de su armada a 70 000 hombres. El
general del emperador también fue investido con la autoridad
para hacer cumplir un edicto de regresar a la Iglesia Católica
toda propiedad eclesiástica tomada en tierras protestantes y de
prohibir toda secta protestante excepto el luteranismo. El 22 de
mayo de 1629 Christian firmó el Tratado de Lübeck, donde
acordaba retirarse de los asuntos alemanes a cambio de recuperar
tierras danesas conquistadas por Wallenstein y otros generales
católicos. Entre los aliados católicos abandonados estaban los
duques de Mecklenburg, cuyas tierras y títulos se otorgaron a
Wallenstein. En la cúspide del poder, Wallenstein ya no se
consideró servidor del emperador y siguió una política
independiente.

Durante
las fases iniciales de la Guerra de los Treinta Años, el
triunfador fue el emperador Fernando II, gracias a la
riqueza y habilidad de su comandante en jefe, Albrecht
von Wallenstein

La oposición cobra forma

Las campañas en Dinamarca mostraron por
primera vez a Wallenstein la importancia del comercio marítimo y
del poder naval y se autonombró jefe de una flota imperial que
operó en el mar del Norte y el Báltico. Llegó a soñar con
fundar en la posguerra una flota mercante que rivalizara con las
de Inglaterra y los Países Bajos. Pero cuando fracasó su asedio
del puerto báltico de Stralsund, tuvo que abandonar el plan.
"Es necesario enseñar moral a los príncipes
alemanes", proclamó una vez el arrogante general.
"Sólo el emperador es el dueño de esta casa." El
fracaso de Wallenstein en Stralsund estimuló a los líderes de
la Liga Católica a derrocar al emperador, utilizando a
Wallenstein como blanco aparente. En una reunión de la dieta
electoral en Regensburg durante el verano de 1630, los príncipes
exigieron que el emperador despidiera al general. Sus motivos de
queja incluían el tamaño del ejército de Wallenstein, su
práctica de mantenerlo confiscando provisiones de las tierras
conquistadas, así fueran protestantes, católicas o neutrales,
actos de venganza crueles y arbitrarios que seguramente
acarrearían problemas posteriores, y su forma bárbara y poco
cristiana de enriquecerse empobreciendo a los demás. Para salvar
su trono, Fernando cedió ante los príncipes el 13 de agosto.
Acordó despedir a Wallenstein y nombró al conde Von Tilly, de
71 años, en su lugar. Von Tilly era el vencedor de la Batalla de
la Montaña Blanca y mariscal de la Liga Católica, dirigida por
el envidioso e impredecible Maximiliano de Baviera. Sólo restaba
la desagradable tarea de darle la noticia al comandante imperial
en jefe. Wallenstein recibió en su espléndida tienda de
campaña a dos mensajeros del rey. Para su enorme sorpresa y
alivio, el general no estalló en un acceso de cólera. En vez de
eso, señaló un papel donde había cálculos astrológicos.
Observó que las estrellas de Baviera estaban en ese momento en
ascendiente sobre las de Austria. Maximiliano era más poderoso
que Fernando y el emperador no tenía más alternativa que
aceptar las demandas de la Liga Católica. Pero se reservó la
creencia de que, en un futuro, las estrellas de Fernando y las
suyas ascenderían nuevamente. Wallenstein esperaría su
oportunidad hasta la inevitable petición de Fernando para que
dirigiera de nuevo la armada imperial.

Una marcha triunfal sueca

Mientras los electores imperiales se reunían
en Regensburg, la Guerra de los Treinta Años entraba en su
tercera fase, aunque no la última. El rey Gustavo II Adolfo de
Suecia atracó en la costa báltica de Pomerania y asumió el
liderazgo de la causa protestante entregada un año antes a los
católicos por Christian. El rey sueco estaba indignado por la
opresión católica sobre los protestantes, molesto por haberse
rechazado su mediación en Lübeck, nervioso por las ambiciones
marítimas del emperador y decidido a recuperar la totalidad de
tierras y títulos de sus parientes, los duques de Mecklenburg.
Gustavo Adolfo avanzó, invencible, hacia el sur, aliándose poco
después con el elector de Sajonia. El 17 de septiembre de 1631,
en Leipzig, los suecos y sajones, con una fuerza combinada de 40
000 hombres, derrotaron a Tilly y su ejército del mismo tamaño.
Luego de su brillante victoria, los aliados se dividieron: los
sajones hacia Bohemia, en el sureste, y los suecos al suroeste,
rumbo al río Rin. Cundió el pánico en la corte vienesa de
Fernando.

Otra vez, el General indispensable

Amargado por su remoción del mando de las
fuerzas imperiales, Wallenstein planeó vengarse de Maximiliano y
de Fernando. En noviembre de 1630 inició negociaciones secretas
con Gustavo Adolfo. Como tantas veces antes para el bando
católico, Wallenstein ofreció recluatr y entrenar un ejército
con sus propios fondos, pero esta vez para la causa protestante.
Todo lo que podió a cambio fue que se le nombrara virrey de
todos los dominios de Fernando que conquistara y que se le
apoyara para hacerse rey de Bohemia. El rey de Suecia vaciló,
desconfiando de tener que tratar con un traidor, aunque su
carrera militar fuera excelente.

Fernando supo de la oferta de Wallenstein de
cambiar de bando, pero prefirió no decir nada ante el avance
suecosajón. Luego de la derrota de Leipzig, el emperador olvidó
sus reservas y llamó a su antiguo comandante, Wallenstein
aceptó dar su ejército de 40.000 hombres en el lapso de tres
meses, pero sólo a condición de recuperar todo su poder como
comandante en jefe. Cuando Tilly fue derrotado otra vez y herido
de muerte en una batalla en el río Lech, en la primavera de
1632, Fernando había tirado prácticamente todas sus cartas y no
tuvo más opción que ceder ante las exorbitantes demandad de
Wallenstein.

Cuando
Wallenstein fracasó en batalla e inició negociaciones
secretas con el enemigo, Fernando tuvo que eliminarlo. La
corona imperial (arriba.) es actualmente sólo una pieza
del museo de Viena.

Las últimas campañas

Inicialmente, el renovado general tuvo un
enorme éxito, expulsando a los s

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