Un grupo de niños y niñas de Madagascar recorre España con su música
Caminan de la mano. De dos en dos en una fila de faldas de vivos colores que al llegar al escenario se rompe. Sus ojos se posan en todos lados y en ninguna parte mientras se despliegan sobre el parqué. Los brazos extendidos a lado y lado del cuerpo y la sonrisa asustada de quien pisa territorio desconocido. Más aún. De quién espera sorprender y agradar en territorio desconocido. Trece pares de ojos ven por veintiocho voces roncas y silvestres que han venido a cantar a España desde la lejana isla de Madagascar. Angeline tiene 16 años, aunque aparenta 12. De pie delante del grupo de niños y jóvenes que la acompañan parece perdida con sus ojitos en blanco apuntando al cielo. Espera el silencio de los espectadores con el rostro distendido y, sin tomar impulso, lo rompe de tajo con una voz potente y frágil a la vez. Canta en malgachy y agita su mano derecha como si, a falta de bastón, encontrara puntos de apoyo en el aire. Da un paso adelante y atrás. Baila. Y la sonrisa asustada se torna plácida.
La escena que tiene lugar en Madrid. Es la misma que José Luis Guirao y sus compañeros de la ONG Agua de Coco vivieron en enero de 2007. Tras una corta visita a la escuela Tanambao I, al suroeste de Madagascar, un grupo de niños invidentes quisieron dedicarles una canción de despedida. “Nos echamos a llorar y la canción de despedida se convirtió en el himno que ha guiado nuestro trabajo con ellos desde entonces”, afirma este granadino de 46 años, que tras un extenso trabajo social entre Camboya, África y América Latina ha echado raíces en la ciudad de Tureal, en la cuarta isla más grande del mundo, la misma que por su abundancia de especies endémicas, es para muchos científicos “el principal laboratorio de la evolución”.
Angeline ha empezado la canción que entre inglés y malgachy pregona “Jesus is my lord” (Jesús es mi amo) y el grupo ha hecho una especie de responso a su gutural arranque. Ahora bailan, cantan y hacen palmas. En primera línea el grupo de niños y niñas invidentes corean en malgachy canciones que hablan de la suerte de tener una escuela y de la emoción que les produce cantar. La puesta en escena requiere de cambios de posición. A veces hay un cuarteto con una guitarrita de madera, que llaman Kabosy, de sonido chillón, que toca Mamy, de la etnia merina, el único de cabellera lacia azabache. Es alto y usa lentes oscuros. Cuando no interpreta la guitarrita, canta o toca unas maracas que consisten en dos botellas de plástico rellenas de arroz, el principal producto de la dieta malgachy. Las golpea entre si, las zarandea y baila, mientras el pequeño Harris saca de adentro una canción nostálgica y festiva que celebra la música de los rastaman, a los que admira. En su canto se queja de los niños invidentes, como él, no lo puedan ver, que los sordos no la puedan escuchar y que los mudos no la puedan cantar, como lo hace él, que compuso la letra y la música.
Hay en el público un grupo de chiquillos de ojos brillantes, que escuchan con la luz apagada. Los niños y jóvenes de la Escuela de la Once atienden a la sonrisa de Angeline, aunque no hayan podido verla. Varias lágrimas se dejan caer por ahí y los aplausos, silbidos y ¡Bravos¡ salen automáticamente y con emoción.
Al día siguiente los 28 niños malgaches sentirán por primera vez el halo del frío en su rostro, mientras sienten la textura de la nieve en una especie de gran nevera, que recrea una pista de sky en el Madrid más exclusivo. En el Madrid más exclusivo, 28 niños del suroeste de una enorme isla que se asoma allí, junto al trópico de capricornio, recorrerán el Santiago Bernabeu y se sentarán en las graderías en las que cada domingo se vitorea al equipo del Madrid. En un mes este grupo de niños malgaches, que no saben siquiera que número de zapatillas calzan, descubrirán todo un país con cuatro sentidos y un corazón enorme, en una gira por Almería, Granada, Zaragoza –estarán en el pabellón de Aragón el 8 de julio a medio día- y Valencia.
No fue capaz de llegar a fin de mes, llegó sólo hasta el día 20.
Les ha subido 200 euros más su salario.
El empresario italiano Enzo Rossi, de 42 años, ha decidido subir el sueldo de sus empleados en doscientos euros netos al mes después de haber intentado vivir son su salario y llegar sólo hasta el día 20, según publica este domingo diario "la Repubblica" en su edición digital. Rossi, director de la fabrica de pasta Campofilone, declara tras la experiencia que "es justo tomar más de los ricos para dárselo a los pobres".
El empresario se asignó un sueldo de mil euros para sí y otros mil para su mujer, que también trabaja en la sociedad, aunque reconoce que esos dos mil euros de ingresos son superiores, incluso, a los que tienen algunas de las familias de sus empleados. "Estamos volviendo al siglo XIX"
Es justo tomar más de los ricos para dárselo a los pobres
El empresario explica que decidió hacer la experiencia porque "estamos volviendo al siglo XIX cuando en mi pueblo había condes y barones, por un lado, y aparceros, por el otro, y se decía que los cerdos nacían sin piernas porque los jamones debían ir a los señores". "En los últimos decenios la vida de los trabajadores creció y la diferencia con las otras clases sociales había disminuido. Pero ahora se está volviendo atrás y hay que remediarlo", aseguró.
El empresario comenta que no ha sido capaz de llegar al día 20después de haber pagado las facturas del agua, el gas, el seguro del automóvil y haber tenido cuidado en el gasto cotidiano.
"Eso significa que en un año entero habría estado sin dinero durante 120 días al año; eso no sólo es pobreza, es también desesperación", afirma.
Después, hace una metáfora para mejor comprender la situación de no tener dinero a fin de mes: "me he sentido como uno cuando se sumerge en el mar a veinte metros de profundidad y descubre que la bombona de oxígeno se ha agotado". Beneficios para todos
Por ello, ha decidido subir el sueldo de sus empleados en 200 euros al mes, ya que "es lo mínimo que podía hacer.
"El coste de la vida ha subido 150 euros al mes, según el Instituto Nacional de Estadística. Para los que son como yo no es nada, para los trabajadores 150 euros menos son casi dos mil euros al año y eso significa no pagar las averías del automóvil o no comprar el ordenador al hijo", dice Rossi.
El empresario explica que en los dos últimos años los beneficios de su empresa han ido bien y, por tanto, "no es justo que el único en disfrutarlos sea yo".
Y aunque no se define marxista, sino ex de derechas, Rossi afirma: La plusvalía generada de la transformación de la harina y de los huevos debe dar también beneficios a los agricultores que me dan la materia y a los trabajadores de la fábrica".
elbicholanza el sencillo los rokipankis como adelanto de su próximo álbum
Para que haya bichose tienen que juntar siete componentes, que desde hace siete años se han fundido en una especie de comunidad-familia-secta-congregación creativa para hacer su flamenco-fusión, desde la capital: Pepe Andreu, trompeta; Toni Mangas, batería; Miguel Campello, voz; Juan Carlos Aracil, flauta; David Amores, percusión; Carlos Tato, bajo, y Victor Iniesta, guitarra. Nadie es del sur, pero como si lo fueran. "Allí nos quieren mucho y nos lo pasamos muy bien", confiesa Víctor, el guitarrista de peinado punk que vive en Guadalajara, en el viejo establo que se ha convertido en la segunda guarida de elbicho. La número uno es un viejo local en el barrio de Carabanchel, donde el sonido de los tornos vecinos ahoga el estruendo de la música. "No hay quejas, todos hacemos mucho ruido".
Acaban de sacar su nuevo sencillo, Los rokipankis, que presentaron esta semana en Madrid y que sus seguidores pueden descargar de su página web (www.elbicho.com) . Entre el 20 y el 28 de julio estarán de gira en Francia. El nuevo álbum verá la luz en septiembre. Los dos anteriores, elbicho (2003) y elbicho II (2005), han vendido más de 50.000 copias y han conseguido ambos disco de oro.
Pregunta. ¿Dónde se gestó y dio a luz este bicho?
Respuesta. Nos juntamos en Madrid los siete, en la Escuela Popular de Música, y empezamos a experimentar. Creo que en el primer año tocamos unas 300 veces en la calle. Tocábamos en conciertos, pero sin contratos, en negro. Después de un par de años, al fin nos grabaron un disco.
P. Siguen explorando los sonidos del flamenco, ¿han pensado en cambiar?
R. No, a todos nos gusta mucho el flamenco, no es que acojamos un estilo y lo toquemos y después otro, sino que somos eso, somos flamenco-fusión. Es una forma de exteriorizar tus penas y alegrías.
P. ¿Cómo ven la proyección internacional de este tipo de música?
R. Fuera, el flamenco es estratosférico. Lo que aquí la gente no valora, fuera es muy bien acogido. En Francia acaban de hacer un festival y en Argentina lo flipan, nos han acogido muy, muy bien.
P. ¿Por qué su nuevo disco se llama Elbicho VII?
R. Si, queríamos reafirmar que somos siete, aunque justamente ahora entra un octavo músico a la formación: Mario, que toca el piano sintetizador. Pero es que el siete es un número mágico, pasamos del II al VII. El disco que estamos mezclando ahora lo edita Warner,, tiene 12 temas, entre ellos Los rokipankis; además, vendrá un DVD con videocreaciones de nosotros, el flamencoapayao, que hemos ido sacando en Internet, conciertos, fotos, sorpresas, como lo que entregamos en el disco anterior. Bebe es invitada en el tema Ropa tendía y La Carbonera también es invitada en varios temas.
P. ¿Quiénes son losrokipankis de los que habla la canción?
R. Es un grupo de amigos que se junta para hacer na, es juntarte por juntarte, para charlar, y si no charlamos nos miramos y ya. Quisimos hacer esto, aunque la gente se pregunte ¿qué hacen estos cantando Los rokipankis? Cuando alguien escribe una letra, creo que es porque se acuerda de algo, nuestras letras hablan de cosas que quieres que se conviertan en recuerdos. Los encuentros de los rokipankis tienen que recordarse.
Foto: Marcel Lí Sáenz/El País
El escritor irlandés John Banville (Wexford, 1945) ya no está seguro de si John Banville es Benjamin Black, o si es Benjamin Black quien se hace pasar por John Banville.
Había olvidado el placer de contar una historia. Entonces aparece Black, un novelista que vive dentro de mí. Cuando soy él no tengo miedo
Lo que está claro es que son dos espíritus o, si se quiere, dos plumas diferentes. Benjamin Black es el narrador en tercera persona, cínico y teatral, que revela El secreto de Christine, la novela publicada por Alfaguara, con un cintillo bastante llamativo en la portada: "Benjamin Black es John Banville".
Banville es el consagrado escritor que obtuvo el Premio Booker 2005 por su novela El mar(Anagrama), y de quien George Steiner ha dicho que es "el estilista más elegante" de la literatura en inglés. Es autor, entre otras obras, de El libro de las pruebas (1989), El intocable (1997), Eclipse (2000) e Imposturas (2002). Tiene a sus lectores acostumbrados a personajes agobiados por las culpas, que van y vienen, abriendo y cerrando heridas del pasado; a las tramas densas, mucho fondo, pero también forma; a la lírica, al uso de la palabra precisa y a la construcción de la metáfora perfecta, que conmueve o perturba.
Este señor de cabello cano y ojos azulísimos estuvo en Madrid, adonde no venía desde hacía unos 30 años. Después de mucho insistir a su agente, logró robarle 15 minutos a su apretada agenda de promoción para visitar el Museo del Prado: quería volver a ver Las meninas.
Habla de sí mismo y de Benjamin Black en tercera persona, como si se refiriera a dos escritores y los analizara. Se lía; a veces no sabe si habla de uno o de otro e, incluso, si está describiendo a Quirke, el atormentado protagonista de El secreto de Christine, su primera novela negra, escrita en clave de los romans durs (las novelas duras) de Simenon.
La trama tiene todos los elementos de un thriller. Ocurre en un Dublín gris de los años cincuenta. Hay una guapa mujer que muere en circunstancias misteriosas. Tensiones familiares relacionadas con el poder y hasta la fe. Redes de tráfico de bebés, amenazas, palizas y, cómo no, un antihéroe: Quirke, un médico forense que, pese a su torpeza y debilidad por el alcohol, asume el reto de descubrir la verdad. El secreto de Christine fue inicialmente escrita como el guión de una serie de televisión, pero nunca llegó a rodarse. Ahora la historia se puede leer en 386 páginas llenas de misterio, de ironía, de suspense.
En el restaurante de un moderno hotel del centro de Madrid, entre sorbo y sorbo de vino blanco, Banville trata de arrojar algo de luz sobre esta especie de doble personalidad creativa: "John Banville pretende ser Benjamin Black, pero ¿quién sabe?... No lo tengo muy claro: ¿A quién se está entrevistando aquí?". Pregunta. A los dos. Respuesta. Mmm, es curioso: yo esperaba que me iba a resultar más difícil hablar como Benjamin Black. A veces me parece que me he metido en una especie de comedia enloquecida. Sigo esperando tener un sueño como Benjamin Black y que así su vida pueda penetrar la mía, como si Mr. Hyde tomara el lugar del Dr. Jekill. Cuando escribo como Black utilizo el oficio que he aprendido y cuando escribo como Banville ya no sé bien lo que hago. P. Benjamin Black parece un narrador mucho más atrevido, más cínico. R. La diferencia fundamental que hay entre Benjamin Black y John Banville es que todos los libros de Banville están escritos en primera persona -o en última persona, como dicen que decía Beckett-. En cambio, Benjamin Black escribe en tercera persona, y ése es un cambio enorme. Hay una especie de alegría de vivir, no en el libro en sí, sino en el proceso de hacer el libro. Con este tipo de narración, desde fuera, los lectores pueden ver qué pasa: todos los lectores son más listos que Quirke, el protagonista. El muy idiota no ve lo que está ocurriendo; nosotros sí lo vemos, y eso le gusta al lector. P. ¿Con qué personalidad se siente más cómodo escribiendo? R. Últimamente, cuando empezaba a escribir un libro de John Banville me sentía intimidado por el proyecto, como si me quedara grande. Me sentía como si hubiera gran bloque de piedra y tuviera que esculpir algo en él. Pero cuando escribo como Benjamin Black siento que controlo el material, que yo soy ese gran bloque de piedra. No tengo miedo cuando soy Black. Sólo narro. El placer de contar una historia es algo que había empezado a olvidar. Y entonces aparece Benjamin Black, un novelista de 23 años que vive dentro de mí, y dice: "Yo quiero hacerlo, quiero contarlo". Por otro lado, en este libro hay mucho diálogo. Y me encanta el aspecto que tiene una página con diálogo. Me gusta entender el libro, las páginas, también como un objeto. P. Ese joven de 23 años que es Benjamin Black tendrá mucho ímpetu para seguir escribiendo. R. Sí, sí, no puedo pararle... algún día me tendrán que poner una camisa de fuerza. Acabo de terminar el segundo libro sobre Quirke y sigue siendo igual de torpe, se confunde en todo, todo lo interpreta de forma errónea. Se llama El cisne de plata. Mucha gente quería que le diera un nombre femenino otra vez -también hay una mujer asesinada que se llama Laura Swan-, pero pense que, si continuaba dándole nombres de mujeres a los libros, terminarían llamándose Jane Smith o Juana González, sería muy genérico. Además, John Banville tiene fama de ser misógino, de odiar a las mujeres. Creo que no me conviene. P. Algunos, incluido el mismo Benjamin Black en una conversación que usted mismo escribió, atacan a Banville por su excesiva preocupación por la forma. R. Es cierto que la forma no es lo único importante. Tengo que tener mucho cuidado con Benjamin Black, corro el peligro de acostumbrarme a escribir de una forma muy fácil. Cuando uno aprende a escribir, llega un momento en el que puede expresar bien cualquier cosa. Y el peligro es precisamente eso: acabar diciendo cualquier cosa sin contenido.
(Publicado en El País - 14 de julio de 2007)
No han visto una cancha de fútbol y tampoco han seguido con la vista una jugada mundialista deMaradona. No conocen el color de las camisetas que defienden cuando juegan al fútbol bajo un sol brillante que tampoco pueden ver. Vicente, Agapito, Víctor, Carmelo y Juanillo son jugadores de primer nivel del equipo de futbol de ciegos de Madrid de ciegos. Juan, un joven robusto, de 25 años, es el portero vidente que completa la cuadrilla, que bajo el mando de Miguel Boniches pretende derrotar este verano a los más firmes contrincantes de la liga nacional: el Málaga y el Sevilla. Hay cuatro equipos más en España: el Cádiz, el Murcia, el Barcelona y el Alicante, donde a fines de mes se disputará el Campeonato español de Futsal para ciegos, categoría B1 (Ciegos totales), que organiza la Federación de deportes para ciegos.
Carmelo Garrido tiene 35 años. Hace seis tiene un puesto de cupones de la ONCE (Organización Nacional de Ciegos Españoles) en la calle de Santa Engracia. Sus ojos no ven pero sienten, “mis ojos tienen más sensibilidad que mi piel para percibir la brisa, el frío, el calor, la humedad” afirma. Nació ciego y desde muy pequeño llegó de Ciudad Real a formarse en uno de los internados de la ONCE. Ahora viaja cada día desde Alcalá de Henares, a unos 45 minutos en tren, acompañado de su labrador Conde, con el que conforma una “unidad integral de trabajo”, nombre técnico con el que se conoce la vieja amistad entre el perro y el hombre. Jugaba al fútbol desde los seis años, en el colegio: “metíamos la pelota en una bolsa de plástico y jugábamos siguiendo los sonidos. También con botes de fanta, llenos de piedras”. En uno de esos partidos conoció a Agapito Blanco, que ahora tiene 39 años. La mirada de Agapito es azulísima, es ciego de nacimiento y como Carmelo vende cupones de la suerte en la esquina de doctor Esquerdo con O´Donell. Su hijo Karim, de once años le acompaña a los entrenamientos y a veces oficia como guía en los partidos, una posición fuera de la cancha, sin la cual, los defensas y atacantes de un equipo de ciegos estarían perdidos.
El juego es una adaptación del fútbol sala: Cinco jugadores. Cuatro de ellos invidentes, que suelen utilizar un antifaz para igualar sus condiciones, en caso de que alguno tenga percepción lumínica. Un portero vidente que se mueve en un espacio muy reducido. Tienen la palabra un guía tras la red del equipo contrario y un entrenador a uno y otro lado del medio campo.
Un partido de fútbol de ciegos es una especie de tertulia-futbolín, que requiere la máxima concentración, no sólo de los jugadores, sino de sus acompañantes e hinchas, que deben permanecer en silencio para que las respiraciones, la música del balón -adaptado con cascabeles de plomo- y las claves de los guías puedan ser escuchadas. Suena el silbato, el cascabel empieza a rodar, el guía va indicando en qué posición de la cancha va el atacante -10 – 12 – 10 (metros). Con un golpe en los laterales de la portería y un par de palmadas en el centro, el guía hace una imagen sonora del arco que hay que penetrar. El entrenador en el medio campo advierte que el número 4 quiere regatear el balón –¡Vicente!, a la derecha, centra y dispara. Una patada segura, un balón que el portero ve entrar a la cancha, pero Vicente no. Segundos después, cuando la palabra ha descrito la jugada y el gol… entonces se besa la camiseta y saluda a la tribuna, “se celebra el gol como Dios manda”.
Vicente Aguilar es la estrella del Madrid, y uno de los goleadores de la selección España. Su mirada de cristal es poco expresiva. Él no perdió la vista, sino los ojos a los dos años, a causa de un retinoblastoma (un tumor). Ese corto tiempo de luz le valió para caminar con más seguridad, apoyando primero el talón y después la punta del pie –normalmente los ciegos caminan en bloque, con el pie plano sobre el piso a cada paso-. La expresión que falta en la mirada de Vicente, la pone su entusiasmo cuando habla de fútbol. Del fútbol que él juega y también del que es forofo: el “juego bonito” del Barça. Casado, a punto de acabar su carrera de derecho en la Complutense, este valenciano de 35 años trabaja como administrativo en las oficinas de la ONCE. Desde su ordenador, adaptado con braille y lectores, despacha correos electrónicos y revisa órdenes de compra. Entrena los jueves y sábados,y los viernes es comentarista en la sección “Cómo lo ves” de El Larguero de la cadena Ser de radio.
Jugar al fútbol con la luz apagada, como hacen todo cada día estos atletas, representa una posibilidad de socializar, hacer y ser amigos y de superar la barrera que su limitación parece imponerles. En España, unas mil personas con discapacidad visual juegan al fútbol. Sin embargo, en la categoría B1 de ciegos totales, son pocos los que disciplinadamente lo hacen, “unos cien”, afirma Carlos Campos, seleccionador nacional.
Después del entrenamiento de hoy, la rutina es casi igual a la de un equipo de barrio: ¡cañitas!. En el bar, el novato del grupo, Víctor de 29 años pregunta por el clima de Alicante –está seguro de que irán al nacional-. Juanillo remata apuntando que el Madrid siempre ha estado entre los mejores, “seguro que pasamos y le arrebatamos el campeonato al Málaga, que nos ganó por un pelo la temporada pasada”.
Faltaba sólo una calle para llegar a "mi" casa cuando cayó la primera. Yo ni me inmuté, aunque a mi alrededor la gente empezó a correr despavorida y animaban a todos a seguirlos, a esconderse, a resguardarse... Corrían desesperados, con las manos en la cabeza. Algunos se protegían con las páginas del periódico del día.
Derepente, varios desenfundaron sus armas negras -entonces pensé que la cosa era seria-. Varios paraguas largos y amplios, como cuervos gigantes, que posaban sobre sus cabezas... aquella fina primera gota, fue seguida de dos gruesas lagrimas que en un parpadeo se convirtieron en chorros helados... entonces di media vuelta y empecé a contar las calles mientras me alejaba de casa.
Hasta que apareció él. El taxi destartalado que a la mañana me había llevado al trabajo entre risas y bromas, pasó embalado y me cubrió -cual fresca fresa- de un líquido chocolatoso, pero poco apetitoso, que me sacó del éxtasis húmedo (que no placentero) y me hizo descubrirme empapada.
Entonces, reconté las calles, al compás de mis zapatos húmedos que tarareaban ese chui chui asqueroso... y heme aquí, de nuevo en El Bar... Manolo, un roncito seco, pa´calentarme!
Quimérica
Si quieren saber cómo ha sido la "tromba" acuática que ha azotado Madrid, El_bar les presenta:
Quimérica ha entrado al bar hoy echando humo por los ojos.Su endiablada actitud,estaba relacionada con las palabras pronunciadas por el Santo Papa Benedicto en Brasil.
Resulta que durante su visita al país suramericano, al Pastor alemán se le dio por hacer alarde de grandes proezas que él nunca vio (ni él ni nadie). El Papa afirmó que los ancestros de los indígenas actuales habían "esperado en silencio" durante mucho tiempo convertirse en católicos cuando Brasil fue colonizado hace 500 años.Es decir, que los indígenas americanos recibieron con los brazos abiertos a los predicadores de la iglesia católica en épocas de la colonización.
Quimérica se apuraba un ron -esta vez no pidió una caña como siempre- mientras decía "habrán abierto los brazos después de tenerlos arriba, en posición de criminal sorprendido en flagrancia".
Es naif, por llamarlo de algún modo, hacer tal afirmación ante las irrefutables pruebas de exterminio indígena y cultural en América por parte de los colonizadores, apoyados por la acción evangelizadora de la iglesia.
La prueba de que la colonización y evangelización no ha sido agua de mayo para los indígenas es que siguen viviendo en condiciones paupérrimas, rezagados y limitados en pequeños territorios, llamados resguardos.
En la víspera de la visita papal, los mismos indígenas del Amazonas brasileño le escribieron una carta al Pontífice solicitándole una entrevista y contándole su actual situación de minoría oprimida.
Es verdad que si yo no hubiera sido moreno, habría nacido rubio y que no conviene reavivar peleas que ya fueron peleadas, ganadas por unos y perdidas por otros. En resumen no se trata de revivir el pasado.
Pero la prudencia se agradece. La prudencia y el respeto. Los indígenas brasileños recibieron con respeto y receptividad al Papa en esta visita. Respeto y receptividad que no han sido recíprocos.
Soy católico y bautizado, pero por encima de todo RESPETUOSO y hasta donde puedo, prudente. Por eso he hablado yo y no Quimérica que sigue muy ofendida y poco diplomática.
Antes de la llegada de los europeos en 1500, Brasil era el hogar de entre cinco y trece millones de personas, se calcula, repartidas en al menos mil tribus. Quinientos años de exposición a enfermedades, violencia y desposesión eliminaron a la mayor parte de la población indígena. Hoy, existen unos 350.000 indígenas en Brasil, repartidos en más de 200 tribus, que viven dispersos por todo el país. Si quieren saber algo más de las tribus indígenas del Amazonas, les recomiendo este link, del cual extraje la última información y estapreciosa foto: http://www.survival.es/tribes.php?tribe_id=129
Para terminar... un trocito de una canción, casi, dedicada al Papa: "La pipa de la paz" de Aterciopelados.
¡El 15 de mayo es fiesta en Madrid! Se celebra a San Isidro Labrador. Aquel humilde y sencillo campesino, que llegado a Madrid, multiplicó la comida metiendo un puchero en la olla (yo ya lo intenté y no funcionó). Como a todos los santos, dedicamos a San Isidro Labrador un día de diversión y excesos. Van estas fotos en palabras de lo que vimos la Mary, Manolo y yo junto al Manzanares (que por cierto, está bastante desmanzanado, ya hablaremos de él).
I
Olía a manteca y a costillitas asadas. A dulce y a fruta fresca. La pradera de San Isidro fue el escenario de una enorme fiesta popular y ecléctica. Peluches del conejito de playboy, tómbolas que dan como premios reproductores mp3 y globos con personajes de Walt Disney, empuñados por pequeños chulapitos y chulapitas. Clavel rojo y una enorme sonrisa para recorrer la larga fila de tenderetes apostados a un costado de la pradera, hasta la Ermita del santo celebrado.
II
El brillante sol madrileño, disparó las ventas de calimocho, cañas y zumos y la humarada aromática alborotó el apetito. Hacia las 5 de la tarde no había una silla libre en los restaurantes improvisados como ventorrillos ambulantes, que exhibían chorizos, roscas del santo, paella y –como no- perritos calientes.
III
Cada dos metros, aparecía un globero con una nube de colores, que a veces por cansancio de su titiritero, debía ser atravesada por el transeúnte. Bajo un frondoso árbol, una familia de gitanos cantaba el chotis. Allí mismo y en una ronda de improvisados voyeurs, una elegante chulapa, de unos sesenta años, bailaba pegada a una joven, que ya parecía haber superado a su maestra. Aplausos y sonrisas.
VI
Subiendo la cuesta, cuerpos desperdigados sobre el césped en tapetes coloridos, junto a tupper wares con comida hecha en casa. Juan y Simón, decidieron ser chulapas y fueron de las más bellas. Sólo al agradecerme el retrato que les hice, me enteré de que no eran Juani y Simona.
V
El letrero ponía Hermanos Díaz y se leía desde lejos. Comprando unos papelitos por ocho o diez euros te daban unos segundos para soñar con que tenías una moto poderosa. Al final, la tómbola entregaba jamones y licuadoras, con los que no te puedes transportar pero si comer bien para seguir andando.
VI
Mari Pepi reclama desde el escenario que las nuevas Mari Pepis se hacen llamar Josefinas y con una corte de chulapos se confiesa madrileña hasta el tuétano y hace reverencias a un público, que no puede más que conmoverse con este grupo de baile de ancianos juveniles y vitales. Al fondo, la gran tarima, la que por la noche será acariciada por el zapateo de la gran tonadillera, esa que dicen que tenía bolsas llenas de dinero en casa.
Por:Quimérica
PD: El significado que la RAE le da a chulapo (a) está emparentado con la despectiva palabra chulo, en una de sus acepciones, lo valioso es que es exclusiva de Madrid. Chulapo (a): 1. m. y f.chulo (‖ individuo de las clases populares de Madrid).
Manolo: Sesenta y dos abriles. Cuarenta sirviendo cañas y bocadillos en El bar y ahora despachando eructos literarios en la ciberbarra.
Personajes clave: 1. Mi perro lisboeta Messi; 2. Mi amiga Quimérica: pone el toque femenino que parece imperar en estas notas; 3. La Mary: es mi cónyuga, jeje... la que hace las tapitas tan buenas que ponemos en este bar...
Y bueno, ya verá usted como entran y salen personajes sobrios y otros no tanto con historias buenas y otras no tanto. ¿Qué le sirvo?