Sí, sí sí... porque no todo fue siempre coser y cantar; porque hasta Audrey Hepburn seguro que perdió los nervios y la compostura en algún rodaje; porque hasta un maniático controlador como Stanley Kubrick quizás vio como su plató se convertía en un caos. Lo cierto es que hay veces que 90 minutos de imágenes se conviertieron en toda una pesadilla durante meses de largo y agotador rodaje.
En ocasiones la causa del problema son, en cierto modo lógicas. Levantar una mega producción en color como Lo que el viento se llevó estaba claro que no iba a ser una tarea fácil. Y evidentemente no lo fue. Hasta cinco directores pasaron por el plató, cada uno cortando y pegando el trabajo de los demás; 1.400 actrices aspiraron al papel de Scarlet 0'Hara en interminables castings durante dos años hasta que al final (pero bastante al final) Vivien Leigh fue la escogida. Más de 4,25 millones de dólares de presupuesto de la época se invierton durante los 140 días en que duró el rodaje hasta conseguir una película faráonica, un clásico entre los clásicos. Y no contento con tantos tropiezos, esperas e impedimentos, el famoso "Francamente querida, me importa un bledo" estuvo a punto de ser censurado. Menos mal que al productor David O. Selznick no le importó soltar otro fajo más de billetes (ya había quemado 4 millones de dólares) con tal de sortear la censura y estrenar la cinta. Estaba convencido que su film sería un clásico imperecedero. Y con razón.
Está claro que rodajes tan excesivos no pueden reproducirse tan a la ligera en las alegres colinas de Hollywood, más si el que paga es un productor y la rentabilidad no está asegurada. Pero a veces las cosas se complican y lo que inicialmente tiene un presupuesto de 2 millones de dólares acaba costando la friolera de 44 millones de dólares. Hablamos claro que sí de Cleoptara con Liz Taylor a la cabeza. El tiempo ha acabado acusando a una excesiva improvisación durante el rodaje de tal despilfarre. Tanto el director como los actores se cambiaron a mitad del rodaje y, además, se tuvo que volver a empezar a filmar cuando el afamado director Joseph L. Mankiewich cogió las riendas y fue el único con el suficiente sentido común para señalar que Londres no era el lugar ideal para rodar una película sobre el viejo, caluroso y exótico Egipto. Está claro que los 250.000 dólares que se gastaban semanalmente en agua embotellada tampoco ayudaban a ahorrar, ni todo el lujo de los decorados, trajes y demás de la bella Cleopatra. Pero al contrario que con Lo que el viento se llevó, Cleopatra no fue un éxito y casi arruinó a la Twenty Century Fox.
Aunque para carreras suicidas la de Kevin Costner cuando levantó la futurista ciudadela de Waterworld en medio del mar en un alarde de ingeniería y demás efectos especiales para que sus hombres con branquias pudieran nadar con libertad. Muchos, todavía no se explican esos 25.000 millones de las antiguas pesetas.

"Todos los que han venido a Filipinas parecen estar experimentando algo que les afecta profundamente, cambiando su perspectiva sobre el mundo o sobre ellos mismos, lo mismo le ocurre a Willard en el transcurso de la película, desde luego a mi me está pasando algo y a Francis también." Eleanor Coppola.
Finalmente si hablamos de rodajes técnicamente complicados debemos señalar el cine bélico como uno de los géneros que más complicaciones puede conllevar para cualquier planificación o presupuesto. Que se lo digan a Francis Ford Coppola, quien tras más de 10 intentando adaptar la novela El corazón de la tinieblas, sólo consiguió el apoyo, la financiación y la energía necesaria para tal reto tras el éxito de El Padrino. El objetivo de Coppola era trasladar de la novela de Joseph Conrad a la guerra del Vietnam. Y desde luego el rodaje de Apocalypse Now en Filipinas fue una verdadera batalla contra los elementos. Para empezar, los actores se lo pusieron difícil al bueno de Coppola; Harvey Keitel, que intepretaba al capitán Willard, fue substuido a las dos semanas por Martin Sheen. Martin no solía beber pero el día de su cumpleaños lo celebró por todo lo alto. Esa fiesta quedó para la posteridad puesto que Coppola aprovechó para rodar la impactante escena inicial de la película. Poco después Sheen tuvo un ataque al corazón que casi acaba con su vida (incluso un cura llegó para administrarle la extrema unción) y estuvo varios meses apartado del rodaje. Por su parte, Marlon Brando hizo lo que se esperaba de Marlon Brando, ir a la suya. Llegó pesando casi 120 quilos y sin haberse preparado el personaje (y mucho menos leído el libro). Tras una dieta, empezó a preparar al enigmático Kurtz a conciencia hasta el punto de pasarse 3 días discutiendo con el pobre Coppola cómo había que enfocar el personaje.
Quien tan bien fue perdiendo quilos fueron Coppola y su mujer Eleanor. Todo eran problemas, cada noche se reescribía una y otra vez el guión y, por si fuera poco el ambiente de trabajo se iba volviendo cada vez más perturbador. “Al igual que el Capitán Willard, yo subía río arriba en una selva lejana, en busca de respuestas y una especie de catarsis. Hicimos ‘Apocalypse’ como los americanos hacían la guerra en Vietnam: éramos demasiados, teníamos demasiado dinero y demasiado equipo - y poco a poco nos volvimos locos.", reflexionó Coppola.
Por si fuera poco, el rodaje (y todo el equipo) corrió un serio peligro cuando les pilló el peor tifón en 40 años. El coproductor Gray Frederickson lo definió como “una lluvia tan intensa que no veías tu mano delante de la cara”. Quedaron destrozados casi todos los decorados hechos con tanto esmero por Dean Tavoularis así que tuvo que reconstruirlos. Además, el equipo tuvo que ser atendido en un hospital de Manila por desnutrición cuando a resultas del tifón se quedaron aislados.
Para acabar de rematar tal locura, el entonces presidente de Filipinas, Ferdinando Marcos, se llevaba a menudo los helicópteros y los pilotos del rodaje para luchar contra las fuerzas rebeldes que se oponían a su gobierno.
En total, Coppola utilizó 600.000 metros de película (370 horas) a lo largo de un rodaje de 238 días. El resultado fue más que brillante.

Mark Lanegan siempre ha sido el típico tío duro, alto y poco amigo de las conversas que uno imagina sentado en la esquina del bar, a las cuatro de la mañana, tomándose un whisky y apurando el último cigarro. Es su segundo paquete del día. Claro que su gesto serio y su voz profunda ayudan a mitificarlo como ese tipo extraño y misterioso que canta también y que vete a saber que se ha metido. Porque meter, se ha metido y su delator siempre ha sido su aspecto físcio. La suerte, claro está, no le sonrió tanto a nivel musical como a sus colegas de Seattle Kurt Cobain, Layne Stanley o Chris Cornell ya que pese a la calidad de su grupo de toda la vida, hablamos de Screaming Trees, nunca llegaron a despuntar a nivel comercial. Fueron lo que ahora se le llama un grupo de culto, un concepto que en el momento y más aun cuando te quedas sin discográfica, no te mola nada pero que con el tiempo no acaba por ser una mala etiqueta. En el caso de Lanegan, si hoy en día sigue girando y tiene cada vez más éxito es gracias a su extensa carrera en solitario (donde destaca su álbum Whisky for the Holy Ghost) y a sus colaboraciones ya que su voz de tabaco negro ha sonado en discos de Queens of the Stone Age, Isobell Campbell, Soulsavers y ahora junto su colega de barra Greg Dulli.
Lo cierto es que superando con más o menos gracia sus problemas personales, los gemelos tóxicos aparecieron la pequeña sala Melkweg (Via Láctea en holandés) con un disco muy disfrutable y de calidad bajo el brazo como es Saturnalia. "The Stations", la canción inaugural del disco fue la encargada de romper el silencio. O mejor dicho, la grave voz de Lanegan, que parece mejorar cada vez más a medida que pasa el tiempo, empezó a rugir tal y como lo hace él, aferrado perpetuamente al micrófono, con los ojos cerrados y vestido de riguroso negro. Pocos artistas consiguen tanta atención sin apenas pestañear. Greg Dulli, por supuesto elegantemente vestido, es el encargado de la parte "show" del concierto: baila, fuma sin parar, anima al público y da rienda suelta a esa vena loca suya que ha veces le da por enseñar. "God's Children" y "The Body" siguieron con el repaso al nuevo disco ( y que todavía no se ha publicado) hasta que sonó "Live With Me", un tema ya conocido y que ambos bordaron. Más si a continuación uno comprueba como Lanegan solventa con matestría un registro mucho más dulce que lo que en él suele ser habitual en "Seven Stories" y como ambos rematan con "Idle Hands", una de las mejores canciones del disco.
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El punto final de la obra rockera estuvo marcada por el guiño cariñoso y con el estilo que el grupo hizo de épocas más excitantes. Tras “The Reflecting Good”, unos de los mejores temas del grupo, Marilyn Manson volvió a sacar su púlpito de agitar las masas en “Antichrist Superstar” y se explayó con su retahíla de gestos y pantomimas políticas. El final, con la inevitable “The Beatiful People”, dejó claro que sus shows todavía son agradecidos. Llamen a la Srta. Diversión, sin más.
BETTY BLOWTHORCH -ARE YOU MAN ENOUGH?. Sus referencias están claras. La voz de Bianca Butthole lo dice en "Big Hair, Broken Heart": Guns N' Roses, L.A., Motley Crüe, el whisky y, en definitiva, el rock angelino, ése en el que los tatuajes, la diversión, el alcohol y el rock'n'roll más fiestero reinan, son su razón de ser. Y como es obvio, en
THE CURE - GREATEST HITS. La sencillez de las versiones acústicas de éxitos como"Boys Dont' Cry" o "Love song" permiten certificar que la gracia de The Cure no radica tanto en ese oscuro maquillaje (que también, el cardado de Robert Smith y su rimmel son marca de la casa)como en saber combinar canciones simples con ese regusto gótico sin demasiadas extravagancias (que no hablamos de Lordi, precisamente). Y este Greatest Hits, precisamente, vale la pena por eso además de ser una estupenda manera de calentar motores para su gira por Spain en abril.
RADIOHEAD - IN RAINBOWS. Tras el éxito de ofrecer sus fans este nuevo
NEIL YOUNG - ON THE BEACH.Cuando un artista posee tantos discos, tantas etapas musicales y tantas canciones fundamentales comoBob Dylan o Neil Young, la pereza o el no saber por donde empezar pueden suponer un obstáculo. En el caso de Bob Dylan, todavía no he superado esa barrera incial. Con Young, puse más voluntad y, antes de que On the beach cayera en mis manos, lo había intentado con su última obra Living at war y con After the Gold Rush sin demasiado éxito. No hubo nada que me enganchara, nada más el nombre del artista. Sin embargo, conOn the beach la cosa cambió. La melancolía y la tristeza que, sin abusar del color negro y abrazando el blue, desprenden las ocho canciones de este gran disco me atraparon, literalmente,al instante. Pese a que en el disco encontremos canciones llenas de fuerza como la inicial "Walk on",son temascomo esa triste "On the beach" ("Thought my problems are meaningless, that don't make them go away") ese estupendo punto final con "Ambulance blues" las que realmente resumen a la perfección el sentimiento y el significado de esta gran joya.
NINE INCH NAILS - THE DOWNWARD SPIRAL. Recuperar este disco una fría tarde de invierno nunca está de más. Y esta vez, en lugar de centrarse en escuchar esos hits industriales del calibre de "Marcho of the pigs" o "Closer" uno podría acercarse al lado más conceptual del disco. Porque de ser así, uno se puede maravillar de la manera con la que Trent Reznor consiguió crear, en boca de Lou Reed, "la banda sonora de un cuadro de Pollock" gracias a esa repetición de melodías, pasajes, sonidos y conceptos ("nothing can stop me now") a lo largo de las 11 canciones que componen uno de los discos más originales que dio la década de los noventa.Es que de hecho, la calidad deThe Downward Spiral radica en ese "todo" sonoro.
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