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Categoría: Cine

Desde que La pasión de Cristo revelara a los espectadores que William Wallace (el de las películas, claro) en realidad era un ultraconservador religioso, un fundamentalista y un sanguinario que para relajarse degüella corderos en su rancho australiano, aunque Mel Gibson siga poniendo ojitos, ya no es lo mismo.

Y eso se ha notado en la promoción de Apocalypto, su tercer ejercicio tras la cámara. La determinación que Gibson mostró en La pasión... por establecer que el realismo de su epopeya mística era proporcional a la cantidad de sangre y de sufrimiento que aparecía en pantalla le ha dejado la fama de sanguinario. Precisamente, ese adjetivo, sea merecido o no, ha sido el más utilizado para describir una película que se centra en los últimos días de grandeza del imperio maya, una civilización que ya de por sí también es retratada como sanguinaria (sea o no sea adecuado tal atributo).

Sin embargo, Apocalypto se revela como algo más que un film con escenas gratuitas de violencia, sangre y vísceras. La violencia está presente de algún modo u otro a lo largo del metraje aunque las mayores dosis de crudeza se concentran a los pocos minutos del principio. Pero justamente también es en el inicio del film cuando Gibson nos propone la historia sobre la que realmente gira la película. O lo que es lo mismo, Gibson nos presenta a una familia de un poblado cualquiera perdido en la selva. Y nos la presenta mediante escenas cotidianas pero al mismo tiempo tan significativas que, a partir de ese momento, el espectador se sentirá cerca y plenamente identificado con los personajes. Así es como Apocalypto también acaba siendo una historia de amor y odio que engancha hasta el último minuto. Toda una proeza si tenemos en cuenta el film te mantiene sentado en la butaca durante ni más ni menos que dos hora y media.

Una película de larga duración exige dos cosas: por una parte, un argumento interesante de principio a fin y por otra parte un ritmo constante. Y lo cierto es que Gibson consigue ambas cosas. La trama es interesante, no tanto por los diálogos, sino por la multitud de detalles que las pocas palabras pero sobretodo el largo minutaje permiten. De hecho, durante dos horas y media, te puedes recrear observando la estupenda y vistosa caracterización de los personajes: sus pinturas de guerra, su poblado, sus heridas y por qué no decirlo, sus vísceras. En este sentido la escena más impactante sin duda es la que se desarrolla en una ciudad maya momentos antes de un sacrificio. En cuanto a la trama, también es importante resaltar la evolución de los personajes (aquellos que no mueren) aunque en un caso en particular, el cambio parece más propio de Superman. Vamos, un pelín exagerado.

Pero si Apocalypto tiene una virtud, ésa es el ritmo constante durante toda la película. En consecuencia el film no decae en ningún momento por lo que la larga duración de la película al menos se hace más fácil de soportar que en tostones como Alejandro Magno o King Kong. En consecuencia, Apocalypto es una película que sí, tiene escena violentas y muchas de ellas totalmente gratuitas y prescindibles (nunca el sonido de las vísceras fue tan constante), pero que también es una buena película de acción.

Por cierto, tanto la interpretación de los actores como el uso del maya yucateco (todo un acierto no doblar una película así) también se reivindican como dos de los puntos fuertes de Apocalypto.

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(SPOILER)

El mexicano Alejandro González Iñárritu acaba su triología sobre la incomunicación con este cruce de culturas que es Babel. La triología, compuesta por la refrescante Amores Perros, la trágica 21 Gramos y la presente película dejan tres cosas claras. En primer lugar, la gran capacidad del director y de su inseparable guionista Guillermo Arriaga para crear personajes interesantes e historias bien tejidas, tal y como sobretodo demostró en Amores Perros. En segundo lugar, la gran intensidad dramática que Iñárritu es capaz de conseguir a través de dramones en toda regla y que han estado presentes en la tres películas. La incomunicación supone la tristeza y muchos llantos. Eso ha quedado claro. Y ha quedado claro pese a que en ocasiones resultara excesiva tanta desgracia. A los llantos de Naomi Watts en 21 gramos me remito. Sin embargo, Iñárritu, a lo largo de su filmografía, no sólo ha buscado la emoción a partir de personajes a punto de romperse. También ha utilizado la violencia, el sexo o recursos cinematográficos como la música y cierto estilo documental a la hora de rodar, para intentar desnudar al espectador y dejarlo semi lloroso en su butaca. O al menos, con un sentimiento muy diferente que el que te provoca una película de Vin Diesel (si es las historias de ese rapado son capaces de generar algún tipo de emoción). En tercer lugar, la trilogía de Iñárritu ha dejado claro un esquema de trabajo que siempre entrelaza tres historias muy diferentes entre sí pero que, al mismo tiempo, siempre han estado unidas por un detalle.

Y todo esto que ha hemos visto en Amores Perros y en 21 gramos lo encontramos en Babel. Por eso es una trilogía. Así que como de nuevo tenemos tres historias que se cruzan y como la tragedia sigue estando presente, la novedad reside en el hecho de que en esta ocasión Iñárritu & Arriaga hayan querido bucear en Marruecos, Mexico y Japón, tres continentes y tres maneras de vivir totalmente diferentes, pero con el denominador común de que en todos esos países las personas son incapaces de entenderse.

Quizás Brad Pitt y Cate Blanchet protagonicen la historia más floja de la tres. Ambos representan con soltura (aunque también con algún tópico) a un matrimonio norteamericano que decide que la mejor manera de superar su crisis matrimonial es ir de turismo por Marruecos. Como lo que va mal puede ir siempre peor, Blanchet cae herida y tanto Pitt, como el bus turístico en el que viajan y que está repleto de turistas que quieren visitar el país pero sin tener demasiado contacto con los marroquíes (o al menos con los marroquíes menos occidentalizados), acaban en una pequeña aldea. A partir de aquí, la historia matrimonial entre Pitt (correcto en su actuación) y Blanchet (con un papel que le da poco juego para que pueda desplegar sus magníficas dotes interpretativas) se desarrolla de manera algo previsible y un tanto pastelosa. Sin embargo, el punto fuerte de esta historia surge del contraste entre la visión cerrada y temerosa del típico turista occidental (y de occidente en general) que ve a la población rural como poco más que una pandilla de salvajes y de potenciales terroristas, con el retrato casi documental que Iñárritu realiza poniendo de ejemplo a una pequeña familia de pastores (y que se podría considerar como la cuarta historia). Es así como Iñárritu quiere que el espectador se comunique con la otra cultura y la verdad es que lo consigue pese a que el guión de esta historia sea el más flojo.


La actriz Adriana Barraza está nominada a un Globo de Oro

Mucho más interesante, crítica y sobrecogedora es la historia de la nanny de los hijos de Brad Pitt y Cate Blanchet. Ambientada en Estados Unidos y México, pero sobretodo, ambientada en ese territorio hostil para ambos países como es la frontera, la actriz Adriana Barraza, la nanny, coge las riendas e interpreta de manera impecable (Oscar ya) a una mujer que trabaja de manera ilegal en Estados Unidos y que decide ir a México para asistir a la boda de su hijo. Y no lo hace sola, los rubios hijos de Pitt y Blanchet también cruzan la frontera y se dan de bruces con un país vital, que conserva costumbres y que a los pequeños les resulta algo violento. Aunque el viaje de regreso a Estados Unidos les demostrará que Estados Unidos también tienes sus dosis de violencia y de desconfianza hacia sus vecinos. Nos encontramos ante una historia que llega al espectador gracias, en primer lugar, al gran trabajo de Iñárritu a la hora de acercarnos a esa familia mexicana. Una fiesta y una música muy bien elegida son los únicos elementos que el director necesita para retratarnos a ese México fronterizo. En segundo lugar, la historia convence por la ya comentada y solvente interpretación de Barraza. Se come la cámara ella solita. Tan sólo falta añadir que en este punto resulta muy interesante comparar la contenida pero cruel presión de la policía norteamericana con las formas más directas que utiliza la policía marroquina de la primera historia. Los dos países quizás no estén tan lejos como parece.

Por último, la historia protagonizada por la chica sordomuda japonesa no tiene mucha relación con las otras dos historias y, en consecuencia, queda un tanto descolgada del conjunto. Sim embargo, también contiene aspectos destacables como esa apabullante sensación de soledad e individualismo que desprende la sociedad japonesa y que Iñárritu capta a la perfección (esa escena de la discoteca lo dice todo), pese a que su manera de hacerlo nos remita al trabajo que Sofía Coppola hizo en Lost in Traslation. Aunque en principal acierto de esta tercera parte consiste en la desesperada búsqueda de cariño de la adolescente sordomuda. Su incapacidad para comunicarse, pero también la imposibilidad de que otras personas se acerquen a su mundo, la llevan a buscar en el sexo algo parecido al amor y la comprensión. Lástima que esta trama quede demasiado aislada. De hecho el nexo de unión con las otras partes resulta muy forzado y a la vez algo insustancial. En consecuencia, en algunos momentos de la película esta parte puede resultar un tanto molesta.

Por lo tanto, Babel cierra una trilogía continuista en sus pilares fundamentales. Iñárritu vuelve a demostrar que es capaz de realizar una película que atrapa al espectador pese a unos defectos que, al fin y al cabo, no empañan el resultado final. Habrá que ver si Iñárritu es capaz de alejarse de los esquemas que le han llevado a la fama y que tan buenos resultados le han dado.

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Martin Scorsese se sube al taxi de Travis Buckle

Martin Scorsese, neoyorquino e hijo de emigrantes italianos, es uno de los directores que mejor ha retratado a toda esa chusma que coexiste con el prototipo de familia perfecta y de moral incorruptible. Me refiero a todos esos chulos, camellos, ladrones, asesinos, atracadores, pandilleros, drogadictos o timadores sin los cuales, el cine no sería lo que es. Infiltrados, su último estreno, es una buena muestra de su cine rápido y de mirada nerviosa. La película llega tras producciones mucho más faraónicas como El aviador, la biografía del excéntrico Howard Hughes, y sobretodo tras la pesada Gangs of New York. Sin embargo, en esta ocasión, Scorsese ha dejado de lado los efectos especiales y los grandes presupuestos a los que últimamente nos tenía acostumbrados y, en cambio, ha rodado una película más cercana conceptualmente a obras como Malas Calles o Uno de los Nuestros. Aunque en esta ocasión Scorsese se ha pasado el otro bando. O casi.

Porque en Infiltrados no nos encontramos a ese mágico dúo formado por Rober De Niro y a Joe Pesci comiendo espaguetis después de una matanza entre grupos mafiosos. Esos tiempos en que no se entendía a Scorsese sin De Niro (y Joe Pesci o Harvey Keitel) han quedado atrás y nos han dejado films imprescindibles como Casino, aquella película que empezaba con De Niro volando por los aires tras un atentado. De hecho, Leonardo Di Caprio, ese actor que parecía condenado a ser una y otra vez el rey del mundo (por lo de la horrenda Titanic), es ahora el nuevo actor fetiche del reputado director. En la actualidad, Robert De Niro ya no interpreta a pseudo psicópatas como Travis Buckle, el taxista más famoso del mundo. Ahora se dedica a la comedia. Y siguiendo con los cambios, en Infiltrados son los irlandeses y no los ítaloamericanos los protagonistas de engaños, grupos mafiosos y palizas en los patios traseros.


Mark Walhberg y Matt Damon se ponen gallitos

Pese a todas estas novedades Martin Scorsese, un cinéfilo empedernido, sigue en su nueva película fiel a sus principios. Es por eso por lo que, tal y como viene siendo habitual en sus cine (y hay muchos ejemplos), nos encontramos ante una película coral que incluye a pesos pesados como un Jack Nicholson relamiéndose con un personaje hecho a su medida o un con Martin Sheen interpretando a un jefe de policía realmente entrañable. Por otra parte, en Infiltrados también aparecen nuevas caras en el cine de Scorsese. Matt Damon vuelve a demostrar que el buen actor era él y no el cara de palo de Ben Affleck (ambos escribieron e interpretaron juntos la oscarizada El indomabe Will Haunting). Por su parte, Alec Baldwin sigue en buena racha tras divorciarse de Kim Basinger (los divorcios funcionan en Hollywood) y Mark Wahlberg ya deja muy atrás su juvenil etapa en New Kids On the Block (una especie de Backstreet Boys) para interpretar de manera excelente a un carismático malhablado y chulito que te llega al corazón. Los actores destacan, pero lo que sobretodo resalta y funciona el espléndido guión de William Monahan, un tipo que (no me lo puedo creer) ya fue guionista de la horrible El reino de los cielos. Monahan realmente consigue atraparte con varias tramas que se cruzan entre sí pero que en ningún momento desorientan al espectador. Por su parte, Scorsese da al film un ritmo constante pero sin llegar a ahogar.

Guión, ritmo y actores. Tres pilares fundamentales para entender el cine de Martin Scorsese, un director que siempre ha sacado lo mejor de sí mismo cuando ha utilizado estas herramientas para retratar a la mafia o a personajes tan extremos como el boxeador Jack La Motta en Toro Salvaje. Malas Calles (1972) ya fue un primer aviso de lo que el neoyorquino era capaz de hacer: películas violentas, con mafiosos y ambientadas en Nueva York. Fue la primera colaboración entre Scorsese, De Niro y Harvey Keitel. Sin embargo, esa primera película se queda muy atrás si la comparamos con Taxi Driver (1976), la historia de un ex combatiente en Vietnam metido a taxista nocturno y que de repente decide acabar con toda la basura de Nueva York. Lástima que en lugar de ser un Jesucristo moderno que apuesta por la comprensión y la reinserción a base de bondad y fe, el perturbado Travis Buckle decide optar por la vía directa. Taxi Driver es de obligado visionado no sólo por su aire oscuro y viciado (como la noche) y no únicamente por las estupendas interpretaciones de un Robert De Niro muy metido en su papel (tanto que se encaró de manera improvisada con un miembro del equipo de rodaje al que le dijo ese famoso "Are you talking to me?") y del gran trabajo de la joven de Jodie Foster. La historia, la estética y casi todo está en su perfecta y justa medida.

Tras el musical New York, New York (77), una película que contó de nuevo con la participación de De Niro pero que tuvo una acogida mucho más gélida que Taxi Driver, Scorsese, en la cima junto a Francis Ford Coppola o Steven Spielberg y tras superar sus problemas con la cocaína, decidió retratar el auge y la caída del boxeador Jack La Motta. Rodada en blanco y negro, Toro salvaje nos pone de nuevo tras la estela de un personaje singular a medio camino entre la locura y rodeado de violencia. Scorsese siempre ha dicho que ésta es su mejor película. Y es que esas escenas en el ring con un La Motta que a cada puñetazo que recibe, toca un poco más el fondo se te quedan clavadas en las retinas. Por cierto, que De Niro consiguió su primer oscar como protagonista por su espectacular interpretación en esta película. No solo se lió a hostias, sinó que también engordó 20 kilos para interpretar la etapa de decadencia de De La Motta.

Quizás los dos últimos clásicos de Scorsese sean Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995). Son dos propuestas centradas de nuevo en personajes que viven fuera de la legalidad y que forman un clan casi familiar pero muy particular. De Niro y Pesci vuelven a estar presentes. Y para enojo de ciertos sectores de ítaloamericanos enfadados con tanto tópico, la mafia es la protagonista. Y es que aunque Scorsese también haya intentado abarcar otras temáticas como la alta sociedad del siglo XIX en La década de la inocencia; la invasión del Tibet en Kundun; o el cine más cercano a Hollywood con la polémica La última tentación de Cristo; no hay duda de que las malas compañías son lo suyo.

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En 1968, en plena era de Acuario, de revoluciones sociales y de flores en el pelo, el director estadounidense Stanley Kubrick estrena una de las películas más destacadas de la historia del cine. Por supuesto hablo de 2001: Una odisea del espacio. El proceso de gestación de tan mítica película empezó después de acabar de rodar ¿Teléfono rojo? volamos hacia Moscú (1963), una sátira sobre la paranoia de la guerra fría. Kubrick por entonces ya tenía fama de perfeccionista. Había empezado su carrera profesional ejerciendo como destacado fotógrafo para la revista Look aunque posteriormente se decantaría por el cine y realizaría obras como Espartaco, con Kirk Douglas como protagonista, o la polémica adaptación de la todavía más polémica obra de Vladimir Nabokov, Lolita.

Cada película suponía un ritual de exhaustiva documentación para Kubrick. Todo debía parecer creíble y no se podía dejar ningún detalle al aire. Precisamente, durante el proceso de documentación de ¿Teléfono rojo? volamos hacia Moscú el director estuvo leyendo centenares de informes militares y varias obras de divulgación científica. De esas lecturas creció su interés por acercar la ciencia a la población. También se empezó a preguntar si el hombre estaba solo en el universo.

Sin embargo fue El centinela, un cuento del escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke, la clave sobre la que Stanley Kubrick elaboraría 2001: Una Odisea del espacio. En El Centinela Clarke explica la historia de un geólogo que descubre una extraña pirámide en la luna. El objeto en cuestión acaba siendo una especie de vigilante colocado estratégicamente por civilizaciones superiores con el objetivo de controlar los progresos de la humanidad en el campo de la exploración espacial.

Kubrick y Clarke decidieron unir sus fuerzas y mientras el escritor trabajaba con el guión, Kubrick se dedicaba a estudiar meticulosamente cualquier detalle para que la película fuese lo más real posible. Con esta idea en la cabeza, el director consultó archivos de la NASA para imaginar el diseño de las naves y de los trajes espaciales; probó cerca de 60 colores distintos para la carcasa de las naves; leyó estudios que pronosticaban que a finales de siglo XX los ordenadores hablarían para crear a la computadora sublevada Hal 9000; estudió fotografías de la luna para plasmar con exactitud la llegada al satélite; montó un equipo de 35 diseñadores y especialistas en efectos especiales para la película y, en definitiva, imaginó sobre la base científica las condiciones en las que se encontraría el hombre en el espacio. Si tenemos en cuenta que, por una parte, en 1968 el hombre todavía no había llegado a la luna y que, en segundo término, Stanley Kubrick acertó en bastantes aspectos comprobados científicamente como el de representar en silencio el espacio, el ejercicio de Kubrick es francamente loable.

A parte de la alta calidad técnica de la película, en 2001 también podemos observar otros rasgos comunes del cine de Kubrick. Uno de ellos es el del espectacular uso de la música para crear escenas inolvidables. Quizás, la combinación de música e imágenes que consigue Kubrick sea una de las características de su cine que más me gusta. Y es que quien haya visto esta película recordará el increíble vals de las naves al ritmo de "El Danubio Azul" de Johann Strauss. Posteriormente, la quinta sinfonía de Beethoven sería la encargada de relatar las andanzas de Alex y sus amigos ultraviolentos en La naranja mecánica.

Otra característica de la filmografía del director y que también está presente en su obra maestra reside en el tratamiento de temas modernos. En 2001, por ejemplo, Kubrick nos habla de la soledad del hombre del futuro o del conflicto que podrían generar máquinas con conciencia. Esa búsqueda constante de la modernidad supuso a lo largo de la filmografía del estadounidense varias polémicas ya que, en ocasiones, algunos sectores de la sociedad todavía no aceptaban al nuevo hombre del siglo XX. Un ejemplo claro lo encontramos en Espartaco(1961). La cinta nos cuenta la historia de la sublevación de los esclavos romanos con Espartaco al frente. La película contenía muchas escenas de violencia que posteriormente fueron censuradas en 1967. Pero si hubo una escena censurable en los sesenta es cuando el general Craso, interpretado por Lawrence Olivier, intenta seducir a su esclavo Antonio en el baño. "Yo como ostras ostras y caracoles por gusto, no por moralidad", insinua Craso a su esclavo. Kubrick, sin embargo, tuvo poco poder de control durante el rodaje de Espartaco ya que se le contrató en substitución del también director Anthony Mann. Y es que en un principio, Mann iba a ser el encargado de dirigir de la película, así que cuando Kubrick llegó el guión y la contratación de actores ya estaban hechos. Por lo tanto, Stanley apenas pudo ejercer su afamado control sobre el producto final, del que por cierto, después renegó.

¿Quién es más fuerte, la máquina o el hombre?

Espartaco no fue la única polémica. Lolita, la adaptación cinematográfica de la novela de Nabokov y en la que se nos explica la obsesión de un hombre de mediana edad por una niña de 14 años, fue prohibida por todos los párrocos de Estados Unidos. Algo que, por otra parte, era predecible teniendo en cuenta las tremendas dificultades que tuvo Vladimir Nabokov para publicar su libro. Aunque quizás una de las obras más polémicas de Kubrick es La naranja mecánica.

La película está basada en la novela homónima de Anthony Burguess. Nos encontramos ante una obra de ultra violencia en la que Alex y sus salvajes amigotes se dedican a apalear, a humillar y a violar a los personajes más débiles de la sociedad. Quizás el aspecto argumental que más le interesó a Kubrick del libro era la manera en la que la sociedad trataba de rehabilitar y de sociabilizar a Alex (un personaje interpretado por Malcom McDovell). Y es que en La naranja mecánica Alex es tratado mediante según un método experimental en el que, como el perro de Pavlov, se le intenta condicionar una respuesta más pacífica poniéndole películas muy violentas y de corte sado-sexual mientras se droga al protagonista con sustancias que le producen efectos repulsivos. De esta manera, cada vez que Alex vea una imagen violenta, el protagonista de la cinta recordará el sufrimiento que sentía cuando veía películas brutales y se le drogaba hasta las cejas con desagradables consecuencias. En consecuencia, una vez finalizado el programa, Alex será incapaz de hacer daño a nadie y sentirá náuseas ante cualquier tipo de escena violenta.

Por lo tanto, nos encontramos de nuevo ante el tratamiento de un tema moderno. Por otra parte, tampoco hay que obviar el gran ejercicio de estilo que Kubrick hizo en La naranja mecánica. El director usó la aceleración/ralentización del tiempo narrativo, la cámara manual o el gran angular para crear escenas visualmente muy atractivas, llenas de fuerza y que, hoy en día, siguen conservando su esplendor. El problema es que cuando Kubrick vio el resultado final pensó que era demasiado violento y que podría llevar a confusiones. O dicho de otra manera, temió que se interpretara la película como una oda a la violencia. En consecuencia, el director prohibió el estreno y la distribución de La naranja mecánica en Inglaterra, el lugar donde el estadounidense se había trasladado a vivir.

Malcom McDowell, el protagonista de La naranja mecánica, fue uno de los primeros actores en explicar el grado de perfeccionismo de Kubrick durante los rodajes. Por lo visto, era bastante común que Kubrick obligara a repetir las escenas una y otra vez hasta casi llegar al centenar de tomas. En teoría, el director buscaba la toma perfecta aunque para muchos intérpretes esas repeticiones tenían como objetivo doblegar la voluntad del actor de turno para imponer la visión del director. Según cuenta Malcom, la constante repetición de escenas le provocaron una herida en el ojo. Las causantes del daño no eran otras que las pinzas que impedían que su personaje escapara del dolor durante el tratamiento anti violencia. A Kubrick el hecho de que su actor estuviese malherido no podía importarle menos.“Todavía nos queda el otro ojo”, llegó a decirle cuando el actor se quejó. Durante el rodaje de La chaqueta metálica Kubrick también las hizo pasar canutas a los miembros del rodaje repitiendo una y otra vez las escenas y cambiando constantemente el guión de la película. Y quizás como demostración fuerza, Kubrick se dedicó a desesperar a toda una estrellita como Tom Cruise alargando hasta lo inimaginable el rodaje de Eyes Wide Shut y haciendo pasar por una puerta más de cien veces a nuestro excéntrico cienciólogo. De esta manera, el director se aprovechaba del hecho de que por entonces trabajar con Kubrick suponía un subidón de calidad y de prestigio muy elevados para la carrera de Tom. Aunque a Kubrick también le quedó tiempo para exprimir y para resaltar, por encima de la interpetación de Cruise, el hasta entonces tapado talento de Nicle Kidman.

Malcom dándolo todo (incluso casi un ojo)

Por otra parte, existen biografías que explican que Kubrick se escapaba a los cines que proyectaban sus películas para observar y analizar las reacciones del público. Aunque sus escapadas también le servían para vigilar, controlar y exigir, si fuera el caso, que en el cine todo estuviese perfecto para la proyección de sus películas.

Cuando 2001: una odisea del espacio se estrenó la crítica la destripó argumentando que era lenta, aburrida y pretenciosa. Por contra, a muchos hippies, la película les encantó ya que durante la psicodélica parte final se dedicaban a tomarse un tripi. El viaje estaba asegurado. Sin embargo, con el tiempo, la película fue mejorando sus críticas hasta llegar a ser considerada como unas de los films más innovadores de la historia del cine. De hecho, los increíbles efectos especiales que Kubrick consiguió en 2001 son una de los principales argumentos para situar al director en el rodaje de una curiosa teoría. Según esta teoría, la retransmisión de la llegada del hombre a la luna en 1969 es falsa ya que en esa fecha no se daban las exigencias técnicas necesarias para hacer algo así. Por lo tanto, el gobierno estadounidense pidió a Kubrick que se encargara de rodar en un plató las imágenes que todos conocemos. Hasta existe un documental que nos muestra una foto de esa primera expedición a la luna y en la que, misteriosamente, aparece una foto de Kubrick en el teórico suelo lunar (en dicho documental también se nos da a conocer un asesinato de esos que se hacen para silenciar secretos). Sea lo que fuese, lo cierto es que Kubrick, quien murió al poco tiempo de acabar de montar Eyes Wide Shut, ya nos había mostrado en 2001 la luna y mucho más.

Por cierto, que Kubrick como Chaplin o Hitchcok nunca recibió un Oscar.

Webs recomendadas: http://www.euros.net/2001

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Después de un verano de estrenos cinematográficos realmente funestos, la cartelera parece que empieza a ofrecer productos interesantes. Uno de ellos es la nueva película de Alfonso Cuarón, el director de obras tan dispares como Y tu mamá también, Paris, je t'aime o Harry Potter y el prisionero de Azkaban. En esta ocasión, Cuarón ha decidido rodar un drama futurista protagonizado por dos estrellas con fama de calidad contrastada: Clive Owen, la nominadísima al Oscar Jualianne Moore y el prestigioso Michael Caine.

El drama reside en la historia: en el 2027 hace 18 años que no nace un niño en la tierra. El mundo, además, se encuentra inmerso en devastadoras batallas de todo tipo que no hacen si no confirmar la poca esperanza que el ser humano tiene en sí mismo. Londres es la única ciudad que resiste al caos y a la masiva llegada de inmigrantes en busca de un lugar en el que morir con alguna dignidad.

Como iba diciendo, Hijos de los hombres es un drama futurista y por lo tanto, lo que uno espera ante este tipo de películas, es una visión del futuro repleta de androides, nuevas tecnologías y una infinidad de avances que realmente evidencien el progreso del hombre (o si nos ponemos marcianos, que se evidencie que no estamos solos en el universo). Sin embargo el futuro de Cuarón tiene mucho que ver con el presente. Ni androides, ni porras. La película nos muestra un mundo en el que los coches siguen necesitando el asfalto para avanzar, la población sigue necesitando comer con platos y cubiertos, los inmigrantes siguen jugándose la piel para mejorar su presente, hay pobres, hay millones de pobres en guetos y los avances de la ciencia no han conseguido que el hambre sea una epidemia erradicada. La gente sigue matándose por cuestiones religiosas, los grupos terroristas de toda índole siguen estando al orden del día y los abusos y la represión gubernamental son de una brutalidad apabullante.

Y en medio de todo esto la población debe sobrevivir. Y debe sobrevivir a pesar de que son conscientes que la especie humana está apunto de desaparecer y a pesar de que la humanidad haya tomado la opción de liquidarse los unos a otros antes de que la naturaleza lo haga. En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película reside en el hecho de que Cuarón haya decidido mostrarnos as diferentes variables de ese instinto de supervivencia. Por una parte, Julian (Julianne Moore)ha decidido liarse la manta a la cabeza y pasar a la acción directa. Jasper, un viejo hippy pacifista del futuro interpretado por Michael Caine, ha optado por alejarse de la humanidad para vivir en plena naturaleza, rodeado de música y de porros entre otras "cosas". Por su parte, la sociedad se ha visto obligada a abandonar prácticas inútiles como por ejemplo la limpieza de las calles, la restauración de los edificios o la protección del arte. Y Theo, Clive Owen, ha decidido no decidir puesto que el futuro no tiene sentido. Y no decidirá hasta que se vea obligado a proteger a la única esperanza de la humanidad y que vendrá de la mano de una de esas personas perseguidas que hasta ese preciso momento Theo había ignorado.


¿Hacia dónde se encamina el hombre?

Por lo tanto, nos encontramos ante un film con una guión interesante y que sorprende por la veracidad del desastre que nos muestra. La caracterización es estupenda y realmente hay momentos en que te estremeces porque piensas que ese futuro no está muy lejos del mundo en el que ahora vivimos. Pero no sólo es eso. La película tiene ritmo gracias, sobretodo, a unos magníficos planos secuencia que te aproximan tanto al personaje que parece que, en cualquier, momento vas a poder oler y a poder tocar el sudor, la sangre y las lágrimas de Clive Owen. El entretenimiento está presente desde el principio y eso que la película va claramente in crescendo hasta llegar a un final muy adictivo. No en vano, los últimos 20 minutos de Hijos de los hombres son para agarrarse a la butaca del cine y aguantar la respiración. Quizás el único fallo del film es que Cuarón no ha querido darle un toque épico (en serio que no) y, en consecuencia, a la película le falta la chispa final que la convierta en algo más grande. O quizás es que he visto muchas americanadas.

Eso no quita que el adjetivo "grande" pueda utilizarse perfectamente para definir la interpretación de Clive Owen. Sin estridencias, sin muecas a los Tom Cruise y con miradas que lo dicen todo. Yo, hasta me reconcilié con él después de haberle odiado por su participación en la horrenda El Rey Arturo, un film en el que se pasaba todo el metraje con cara de palo y con los morros pintados. Los demás actores del reparto ofrecen una interpetación coral que ayuda a que la película resulte creíble y nada forzada.

Otros estrenos interesantes parecen ser las dos últimas entregas de dos mitos de la dirección. Por una parte, Woody Allen con su habitual entrega anual titulada Scoop y protagonizada por Scarlett Johanson. Y por la otra, la última película del también neyorkino Martin Scorsese, ese hombre que rodó las míticas Toro Salvaje y Taxi Driver. Su nueva apuesta Infiltrados parece ser más ligera que Gangs of New York.

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Heroínas de acción

21 oct 06 En: Cine

Costó bastante ver en Hollywood a una mujer de armas tomar. Es decir, durante mucho tiempo fue muy complicado que una mujer protagonizara una película de acción y que, en consecuencia, luchara de igual a igual contra sus enemigos. Quizás, una de las razones por las que las actrices se veían siempre relegadas tras la estela del gran héroe de acción masculino era que resultaba demasiado atrevido que fuera la fémina de la película la que se dedicara a dar buenos puñetazos sin temor a romperse las uñas. O que fuera ella la que salvara al mundo. Y que encima, al público le gustara ese argumento.


Sigorney Weaver no sabe lo que le espera...

Fue precisamente el factor sorpresa lo que llevó al director Ridley Scout en 1979 a cambiar el género del protagonista de su inminente película "Alien: el octavo pasajero". En un principio el papel que bordó Sigourney Weaver iba a ser encarnado por el actor Tom Skerritt. Scott quiso crear un película misteriosa pero también innovadora, pese a que hacía tan sólo dos años Stanley Kubrick había revolucionado el género de ciencia ficción con "2001: una odisea del espacio". Para conseguir el misterio, el director evitó que el espectador viera la espectacular apariencia del octavo pasajero durante buena parte de la película. Y para innovar, puso al frente del reparto a la desconocida por entonces Sigourney Weaver, tras rechazar para el papel a actrices como Meryl Streep. Y no sólo eso, además, con la ayuda de los guionistas crearon un papel femenino hasta entonces inédito: el de una mujer fuerte, valiente y anti erótica. Nadie se imagina a una Teniente Ripley maquillándose para seducir a un hombre. Ni tan siquiera podemos concebir que la protagonista de Alien se lance a los brazos de alguien en busca de protección. Ella misma se vale para luchar, curiosamente, contra a una especie alienígena de género femenino.

Por lo tanto, nos encontramos ante una auténtica heroína en un rol, hasta el momento, típicamente masculino. Scott no dudó en rechazar filmar una escena en la que la Teniente Ripley se enrollaba con Dallas aduciendo temor a la censura. Esa decisión, no pudo ser más acertada, ya que de lo que se trataba era de crear un personaje que, en ese momento, tuviera pocas concesiones al amor. Aunque fuera una mujer. Únicamente podemos apreciar cierta vulnerabilidad o instinto maternal cuando Ripley lucha por salvar al gatito de la nave. Aunque el gato no sea más que un permanente cebo para Alien. Sin embargo, pese a que Ripley sea el prototipo de heroína en cierto modo, masculinizada (tal y como también lo sería Sarah Connor en la saga de "Terminator"), "Alien: el octavo pasajero" también nos ofrece una escena de evidente sensualidad. Me refiero a la ya mítica escena final en la que Sigourney Weaver se queda en camiseta y en unas mini braguitas ante la bestia. Nunca un personaje estuvo más expuesto ante la ávida mirada de su enemigo. Después de todo, Sigourney sólo era una mujer que tuvo que sacar fuerzas de donde pudo. Ni que decir, que la película arrasó y que la Teniente Ripley se convirtió en un todo fenómeno social y de masas tanto para hombres como para mujeres.

En cambio, la agente del FBI Clarice Starling es todo lo contrario a la teniente Ripley. Clarice también debe enfrentarse a un temible monstruo como es Hannibal Lecter, un personaje magistralmente interpretado por Anthony Hopkins. Pero su actitud frente al enemigo es muy distinta. Hay que tener en cuenta que quizás "El silencio de los corderos" es una de esas películas que, personalmente, no dudo en calificar como redondas. No sólo por la excelente trama, sino también porque Jonnathan Demme y su equipo nos obsequiaron con imágenes absolutamente inolvidables como son todas las escenas que se ubican en el hospital psiquiátrico donde está encerrado Lecter. Además de todo esto, "El silencio de los corderos" puede presumir de recrear la peculiar relación de seducción-morbo que se establece entre sus dos protagonistas principales (y brillantemente interpretados).

El paso del tiempo y la secuela del escritor Thomas Harris, el creador literario de toda la saga, han acabado situar a Hanníbal Lecter como protagonista absoluto. Sin embargo, Clarice Starling es el personaje fundamental. Bella y vulnerable, Clarice es el alter-ego del espectador. Es a través de su miedo, pero también de su ansia por superar sus temores, como nos sentimos seducidos por un tipo como Lecter. Clarice también es fuerte y decidida pero no es una super woman. Lo es cuando se supera a sí misma utilizando su inteligencia y evitando que su atractivo físico hable por ella. De hecho, la novela de Thomas Harris dibuja a una Clarice mucho más coqueta y segura de sí misma. En cambio, el director Jonnathan Demme optó por recrear un personaje no tan pendiente de su belleza y más vulnerable. Y el resultado fue espectacular. Michelle Pfeiffer fue la primera opción para dar vida a Clarice. Sin embargo, una actriz tan inteligente como Jodie Foster, pero al mismo tiempo, tan aparentemente vulnerable (bajita, delgadita) ayudó a reflejar ese matiz especial de Clarice Starling.


La verdadera Erin Brockovich tiene poco que envidiar a Julia Roberts

Poco faltaba ya para recrear a un mujer armas tomar, fuerte, inteligente y encima sensual. Y ahí estaban el interesante director Steve Soderbergh y la mega estrella Julia Roberts para intentarlo. El motivo: llevar a la pantalla la historia real de Erin Brockovich, una mujer tres veces divorciada, sin estudios universitarios, con tres hijos y que en 1993 consiguió la mayor indemnización de Estados Unidos (que ya era decir). Erin luchó por demostrar que la compañía Pacífic Gas & Electric había contaminado las aguas de todo un pueblo con consecuencias nocivas en la población. La propia Erin en la vida real resulta una mujer bastante espectacular. Por ello, Julia Roberts no tuvo demasiadas dificultades en interpretar el papel de una mujer sexy, con mucho desparpajo y sobretodo incombustible. Si la actriz ya había protagonizado un cuento de princesas (“Pretty Woman”) esta vez protagonizaría un cuento en el que la tenacidad de de una princesa de clase media baja ayudaría a vencer a su particular monstruo. Más recientemente, Uma Thurman en las dos partes de Kill Bill también se sumó a este tipo de super women en todos los sentidos.

Muchas más han venido después.

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"Eraserhead", de David Lynch

Hace unos años, quizás no muchos, fui al cine acompañada por una familiar con inquietudes similares a las mías. Pagamos nuestras casi 700 u 800 pesetas. El objetivo de ese derroche adolescente era Mulholland Drive, de David Lynch, un director por el que por entonces sentíamos una iniciada devoción. Y durante hora y media nos sentamos, evitamos comer palomitas (durante una peli de Lynch quedaba como feo) y no entendimos nada. Y no nos gustó. Se encendieron las luces del cine Aribau y nos miramos en plan "¿que me estás contando?".

Si uno tiene conocimientos de la carrera de este hombre, sabes que el director norteamericano tiene películas con pies y cabeza como la bella "El hombre elefante" o "Blue Velvet". Por otra parte, su filmografía está compuesta por otras cintas mucho más abstractas como "Cabeza Borradora", "Carretera Perdida" o "Mullholand Drive".

La cuestión es que buena parte de los fans y de los críticos que adoran a Lynch encumbran de la misma manera esas odas a la confusión como son la esperpéntica aventura en las colinas de Mullholand Drive y las comparan con obras realmente emocionantes como la del granjero en busca de su hermano ("Una historia verdadera"). A mí no me incluyan en ese grupo.

Con el paso del tiempo, he dejado de admirar Lynch y de defender películas como "Cabeza Borradora" basándome en el uso de adjetivos como "hipnótica", "atmosférica" u "oníroca". Adjetivos que, en la actualidad, me parecen que lo único que hacen es decir que no te has enterado de nada pero que, sin embargo, por una extraña razón que no sabes muy bien de donde surge, pasas de destripar el film. El miedo a no entrar en el club de los cinéfilos o el respeto hacia obras de las que mucha gente habla maravillas pueden influir a la hora de decir que las paranoias experimentales de Lynch te gustan.

Obviamente, es muy posible que mucho de sus fans ciertamente puedan sentirse atraídos por esa faceta más transgresora del director. Y que uno disfrute viendo películas pensadas para los sentidos o que se lo pase en grande cosiendo teorías sobre el argumento del film. Como también habrá quién encuentre terriblemente irónica la actitud del director ante semejantes trabajos.


El director y los actores de "Mullholand drive"

Personalmente me quedo con esas obras mucho más accesibles de ser captadas a la primera. A Lynch no le hace falta escribir guiones susceptibles de ser utilizados como materia de estudio para una clase de semiótica (ejemplo basado en un caso real) para resultar inquietante. "Blue Velvet" tiene personajes desconcertantes y estremecedores y la película en sí resulta bastante inquietante. "El hombre elefante" también es un buen ejercicio de estilo.

Quizás el cine necesite de sujetos que busquen ir más allá de lo que uno ve normalmente en la pantalla. O quizás Lycnh sea un provocador en ese sentido, capaz de combinar interesantes films con obras más espesas y conseguir en ambos casos que se hable de él. Para bien o para mal, pero que se hable. Pero con el paso de los años, aguanto menos sus paranoias.

Por cierto, que el Festival de Cinema de Sitges rinde un homenaje al protagonista de esta entrada. Allí podréis ver sus obras en pantalla grande y decidir.

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Mia Farrow en "La semilla del diablo"

En la historia del cine hay muchas películas que costaron sangre, sudor y lágrimas. Algunas veces, el principal problema de un film fue el constante ataque de nervios de los productores y de, por supuesto, el inminente suicidio del contable de producciones como Cleopatra con la ambiciosa Liz Taylor derrochando sin parar ante la atónita mirada del estudio. Aunque no hace falta remontarse tan atrás. Waterworld con Kevin Costner como Capitán Pescanova del futuro también costó sus 25.000 millones de pesetas de la época lo que no era moco de pavo. Con lo barato que le hubiese salido rodar en Isla Fantasía.

En otras ocasiones son los caprichos la estrellita de turno lo que dificulta la aparición del The End en la pantalla. Rebelión a bordo es un ejemplo mítico. El reputadísimo pero también conflictivo Marlon Brando dedicó la mayoría de su tiempo de rodaje a intimar con las nativas de los mares del sur (lugar donde se rodó la película) a llegar tarde a la grabación de las escenas, a ignorar el guión por completo y no contento con todo esto ¡encima montó un verdadero motín durante el rodaje!

Pero cuando he dicho que una película puede costar sangre, sudor y lágrimas, en el caso de La semilla del diablo la palabra metáfora desaparece. Y es que cuando analizas la multitud de sucesos extraños que tuvieron como protagonistas al director, la mujer del director o el lugar del rodaje en los meses posteriores al estreno de dicho filme parece que la verdadera película de terror es la que se vivió fuera de los platos.

Roman Polanski decidió adaptar en 1968 la novela de Ira Levin que nos cuenta la historia de una pareja (Rosemary y Guy) de recién casados que estrenan piso. Piensan que ese edificio es el mejor lugar para encontrar su hogar dulce hogar. Garrafal error, ya que allí Guy, interpretado por John Cassavettes, se hace amigo de los vecinos del piso de arriba, una aparentemente inofensiva pareja de ancianos. Casi al mismo tiempo, su esposa Rosemary (Mia Farrow) queda embarazada durante lo que ella creerá que es un ritual satánico. Y por lo tanto, durante el proceso de gestación y hasta el parto Rosemary vivirá situaciones, digamos que moviditas (por algo la película lleva ese título).


Rosemary y su "entrañable" vecina

Hasta ahí, todo normal. Polanski rodó la película con su habitual tono distante y durante el rodaje reinó el buen rollo entre los miembros del equipo. Quien lo diría viendo la película pero es cierto. Existen imágenes que así lo certifican. Mia Farrow, por ejemplo, estaba en plena fase hippie y se dedicó a dibujar flores y mensajes pacifistas en toda pared blanca que se le pusiera por delante. Claro que la mujer se había separado recientemente de Frank Sinatra y dicen las malas lenguas que salió un poco tocadita de la relación.

Polanski, por su parte, seguía con su relación con la actriz Sharon Tate. Ambos se habían conocido durante la filmación de la anterior película del director polaco, El baile de los Vampiros.

Si todo era tan bonito, ¿de dónde vinieron las malas vibraciones? La semilla del diablo es una cinta precursora en su tiempo ya que fue una de las primeras veces que la gran pantalla, y de la mano de Hollywood, abordaba el tema de las sectas satánicas. Por otra parte, con el tiempo resultaría también sorprendentemente significativo el hecho de que la película de Roman Polanski, un cineasta que vivió en el gueto de Varsovia, se rodara en el edificio Dakota de Nueva York.


Roman Polanski y Sharon Tate

Cercano a Central Park dicho edificio esconde entre las paredes de sus apartamentos historias realmente sorprendentes. Un buen ejemplo es esa leyendo urbana neyorkina que señala que, precisamente, en ese edificio se reunían las brujas de Nueva York a princpios de siglo XX para sacrificar a niños. Brujas y brujos como los vecinos de Rosemary y Guy. Y niños como el futuro hijo de Mia Farrow en La semilla del diablo .

Pero si por algo es conocido el edificio Dakota es por ser el lugar en 1980 el fan perturbado David Mark Chapman asesinó a su ídolo John Lennon horas después de haberle pedido un autógrafo en ese mismo lugar. Por lo tanto, nos encontramos que la localización de la película se hizo, en un lugar, cuanto menos, con una leyenda algo inquietante.


John Lennon firma un autógrafo ante la mirada de su futuro asesino

Pero la historia del asesinato del compositor de “Imagine” es mucho más simbólica de lo que parece en principio. ¿Cómo no va a ser muy simbólica si precisamente 11 años atrás fueron las letras de los Beatles las que inspiraron a Charles Manson para ordenar el asesinato de seis personas, una de ellas Sharon Tate, la ya por entonces mujer de Polanski y que estaba embarazada de ocho meses?.

Charles Manson había pasado buena parte de su vida de correccional en correccional hasta que no paró de entrar y de salir de cárcel en cárcel acusado de delitos como proxenetismo. En 1967, en plena era de Aquariouuus y con 32 años, Manson arrastraba ya un larguísimo historial lleno de violencia, violaciones y vejaciones. Era un tipo peligroso con una gran habilidad para manipular a sus semejantes. Sin embargo, en 1967, Charles Manson consiguió la libertad condicional. No volvió a la cárcel hasta dos años después a causa de un nuevo delito: inducción para el asesinato de seis personas.

A parte de su carrera como criminal, Manson tenía una clara obsesión: ser rockstar. Pero no lo consiguió. Grabó temas en la cárcel pero una vez concedida la condicional se perdió en desvaríos hippies y acabó fundando una comuna llamada "La Familia" y formada básicamente por mujeres que le obedecían sin pestañear. Hacían cualquier cosa que Manson deseara. Sin embargo, aparte de sexo y drogas, en esta época Manson tuvo una revelación: el White Album de los Beatles publicado en 1968. El mismo año en que se estrenó La Semilla del Diablo.


Manson y sus discípulas

Quizás se le fue la mano con el ácido, pero el caso es que después de escuchas diarias de ese disco el tipo acabó creyendo que los Beatles eran los cuatro jinetes del Apocalipsis y que, mediante canciones como "Helter Skelter", "Piggies" o "Blackbird", los Beatles le estaban mandando un mensaje. Pero no un mensaje de paz y amor como “All you need is love”, no. Para Manson y sus seguidores "Helter Skelter", una canción sobre una montaña rusa y cantada por Paul McCartney, era un aviso sobre lo que iba a pasar de forma inmediata: el alzamiento de la raza negra (la subida de la montaña rusa) contra los blancos. O tal y como los negros llamaban a los blancos, el alzamiento contra los cerdos, en inglés piggies, como la canción de George Harrison incluida en ese disco.

Pero Charles Manson estaría ahí para salvar la situación. De los 144.000 elegidos que se salvarían al esconderse en el Mundo Subterráneo (obviamente, según Manson & Co, los Beatles ya habían señalado en “Yellow Submarine” la existencia de dicho lugar) y que saldrían de su escondite tras el Apocalipsis (tras el levantamiento), él, Charles Manson, resurgiría como líder único y absoluto del mundo en una nueva era en la que devolverían a la raza negra a "su sitio".

Pues la paranoia convenció a sus discípulos. El problema fue que la raza negra no se alzaba y, que por lo tanto, la pronosticada la orgía de sangre no se cumplía. Así que el psicótico líder decidió encender la mecha y convenció a sus discípulos para que asesinaran. Una vez cometidos los asesinatos, se culparía a los negros de dichos crímenes. Por eso, cuando los miembros de La Familia (Manson se quedó en su comuna) entraron en la casa en la que Sharon Tate y cinco personas más estaban cenando, los únicos asesinos pintaron en las paredes y con sangre de las víctimas la palabra “pigs”, una pista indudable (puesto que como ya se ha especificado anteriormente pigs era la palabra despectiva para referirse al americano de descendencia europea) de la inminente sublevación racial.

Claro que cuando lo hicieron pasaron de ponerse guantes (¿para qué, si estaba clarísimo?) y al poco tiempo de descubrirse ese crimen tan horrendo y salvaje, detuvieron a La Família entera. Las huellas estaban por toda la casa. Y la era de paz, amor y buen rollo se estremeció al conocer como un chalado había convencido a varias personas para cometer tales crímenes. Y todo a partir de las canciones de los Beatles. Para que luego digan que el heavy es violencia. Después del juicio Roman Polanski decidió volver a Europa aunque su posterior regreso a los Estados Unidos no fue muy afortunado: le acusaron de violar a una menor de edad y desde entonces no pede pisar suelo americano.

Años más tarde, en la casa donde se produjeron los asesinatos, el líder del grupo de rock industrial Nine Inch Nails grabaría su disco The Donward Spiral, una obra enfermiza. “Cuando viví allí conocí a las personas más extrañas que te puedas imaginar”, respondió Reznor a la pregunta de si recibía visitas de fan de Charles Manson. Probablemente, el músico fuera uno de los últimos inquilinos en vivir allí ya que el propietario de la vivienda decidió el inmueble porque nadie (excepto Reznor y sus amigos como Marilyn Manson, quien tomó el apellido de Charles como nombre artístico) quería vivir en ese lugar. Antes de abandonar la casa, el tipo se llevo la puerta principal donde uno de los seguidores de Manson había escrito “pigs”.

Una historia de sangre. Muerte, embarazos, sectas con líderes oscuros…¿Pero no hablábamos de La semilla del diablo?

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