"¿A qué huele?" Son las cinco de la tarde y el sol nos sentencia a una condena de 40 grados de temperatura. Tirados en la Plaza del Castillo, en Pamplona, percibimos que ese olor tan significativo que desprende la capital navarresa. Es un aroma dulzón, de tintes peleones y de insultante juventud. La fiesta acaba de comenzar, que corra el vino. Estamos en los Sanfermines.

QUE VER Lo primero es lo primero. Pañuelico rojo al cuello y ropa blanca. Porque sí, del 6 al 14 de julio en Pamplona si alguien va a comprar el pan lo hace con el pañuelo anudado al cuello. Que hay que conducir, que no falte la indumentaria festiva. Que hay que sacar el perro, el pañuelo al menos siempre presente (y que conste que lo de sacar el perro por la noche es normalmente un momento de desahogo en lo que a vestuario se refiere). Da igual que al final del día (que puede ser perfectamente al mediodía) tu cuello esté teñido de rojo a causa del destinte. Es lo de menos. Lo importante es integrarse en la fiesta.

Más que integrados, las cuatro o cinco personas que duermen la mona cerca de la Estación de Autobuses están totalmente desintegradas después de una noche de fiesta. Son casi las doce del mediodía y siguen durmiendo en los bancos de la ciudad. Lo único que puede acabar con su sueño son los rayos de sol que caen sobre sus caras. Abren los ojos y lo que ven es una comparsa de Gigantes y Cabezudos rodeados de su público más incondicioal, los niños. De repente, los cabezudos empiezan a golpear a los niños más mayores con palo en el que en el extremo sobresale un hilo que a su vez conecta con una especie de paquete pequeño. Los niños, lejos de amedrentarse, provocan al gigante. Es como una inocente guerra de golpes en las que, pese al ruido que hace el paquete al contactar con un cuerpo, el daño es mínimo. Los semi dormidos esbozan una pequeña sonrisa y siguen durmiendo.

Todavía sin haver pegado ojo después de una noche de jeurga y a la misma hora del mediodía, dos personas esperan en la Plaza de los Fueros el inicio de la exhibición de Deportes Rurales. Su cuerpo está lleno de agujetas y apenas soportan el calor que esa hora cae sobre sus cabezas. Permanecen quietos y si cierran los ojos son capaces de dormirse levantados. Hoy toca levantamiento de yunke, prueba combinada de aizkolaris y korrikoalis y el espectacular levantamiento de fardo. A lo largo de San Fermín tampoco faltaran las demostraciones de corte de altura o arrastre de piedras con bueyes. La fortaleza física de los participantes de dichas pruebas contrasta con su agotamiento después de más de 15 horas seguidas de fiesta que empezaron la tarde anterior con el Toro de Fuego.

El Toro de Fuego es una actividad que despista. Por su nombre te imaginas a un bravo llegado directamente del averno. Chispas, rayos y centellas salen de su boca y de sus ojos. Que digo, de todos los orificios de su cuerpo. Los mozos, mejor dicho los valientes que se atrevan ante similar salvajada corren un doble peligro: el Toro y el fuego de Belcebú. La tragedia se masca cuando a las diez de la noche te acercas a la cuesta de Santo Domingo (la calle por la que sube el encierro) cerca de la plaza Consistorial y ves a un montón de padres con sus hijos más pequeños. Esperan el Toro de Fuego. Y es ahí cuando empiezas a pensar que algo falla. O ahí hay un gran sacrifico humano o el Toro de Fuego es otra cosa. Inquietos y ojo cuidao, detrás de la barrera, constatamos el nerviosismo de los pequeños antes de la salida del bravo. Pero cuando ves a un toro de cartón piedra al estilo correfoc entiendes porque la mayoría de corredores son niños. No es más que un inocente entreno o simulación para que la infancia saboree un encierro light.

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