No es broma. La plaza George Orwell de Barcelona está situada en el centro de la ciudad, en la zona baja de Las Ramblas. Tanto la plaza como sus alrededores, especialmente la calle Escudellers, paso obligado para volver al famoso paseo, son conocidos entre los barceloneses por su peculiar ambiente. Poco podemos observar de la Barcelona fashion y moderna que se proyecta al mundo. Más bien al contrario: lateros, prostitutas, okupas y cada vez más guiris y jóvenes invaden día y noche la zona. Tan peculiar ambiente acabó por bautizar el homenaje urbano al escritor y periodista inglés como "la plaza del Tripi". Las autoridades municipales decidieron controlar la zona con cámaras de vigilancia y la policía pasea a menudo los coches patrulla con un resultado, a primera vista, más bien discreto. Los punkis siguen visitando a George Orwell. Sin embargo, pocas cosas resumen tan bien el mensaje de la obra cumbre de Orwell, 1984, como esa advertencia municipal ilustrada con una cámara de vigilancia.

Que 1984 es una de las obras más influyentes y visionarias del siglo XX es indiscutible. Puede que la obra de Orwell comparta dicho honor junto con el psicoanalismo de Freud, La Metaforfosis de Kafka o los 15 minutos de fama de Andy Warhol. Este alegato anticomunista, antiestalinista y antifascista que Orwell escribió después de luchar en la Guerra Civil Española en las filas del POUM consiguió un doble mérito que pocas obras pueden alcanzar.

En primer lugar, 1984 describió con especial crudeza y delicado detallismo la censura y la represión de una etapa histórica dominada en Europa por el totalitarismo tanto de izquierdas como de derechas. Una etapa en la que la historia de reescribía a base de guerras, genocidios de censura y que Orwell retrató sin necesidad de convertir su obra en un relato repleto de sangre y escenas violentas. No lo necesitaba. La represión, la sensación de impotencia y la pasmosa falta de libertad de la sociedad controlada en todos los aspecto por el Gran Hermano, símbolo del comandante en jefe convertido en Dios y juez, son de una brutalidad lo suficientemente descriptiva por sí misma incluso cuando el Gran Hermano no vigila ("a los proles se les permite la libertad intelectual porque no tienen intelecto alguno").

Por otra parte, la otra virtud de 1984 es su actualidad. Hoy en día cuando la globalización ha rentabilizado una determinada cultura y la ha convertido en un fenómeno global; cuando el poder parece estar escondido en la ubicuidad de las sedes de las grandes multinacionales (que ya representan dos tercios del comercio mundial según el observatorio DESC) y cuando los medios de comunicación tiene el mayor poder que han tenido en su historia (y que no es otro que el de convertir un suceso local en un fenómeno global), 1984 también puede convertirse en una lectura crítica del presente. O es que, por poner un ejemplo, ¿Es muy retorcido entenderla expansión del inglés (o el chino si no fuera tan difícil) como una nueva neolengua? ¿Acaso eldesconcierto y el miedo deWinston Smith, el funcionario que trabaja reinventando la historia para el Ministerio de la Verdad, noson demasiado reales?

Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento.