
Es difícil saber que se le pasaría por la cabeza a David Bowie cuando, tras lo éxitos de Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y Station to Station, vivía base de cocaína y no pesaba más de 45 quilos. Bueno, en realidad, no es tan complicado. Probablemente su día a día consistía en levantarse a las 4 de la tarde con los ojos hundidos y la mirada clavada en el infinito. En lugar de un café, pedía "más" e iba y venía sin saber qué pasaba por la vida. Probablemente, pasaba de la vida. Y él sin enterarse.
En el mundo artístico se suele comentar que en estados graves de sufrimiento, locura, adición o depresión un artista puede sacar lo mejor de sí mismo. Los mitos y los ejemplos (salvando las distancias) están ahí: Van Gogh y su oreja, Rimbaud y sus poemas de Una temporada en el infierno; el film Vidas rebeldes, con dos atormentados actores como protagonistas (Montgomery Cliff y Marilyn Monroe) y un matrimonio a punto de romperse en el plató (el de la exuberante rubia de platino con el dramaturgo y guionista Arthur Miller); o el unplugged de Alice In Chains, donde pese a que Layne Stanley parecía más muerte que vivo, consiguieron grabar un directo realmente emocionante. Aunque a veces no hay final feliz. Ian Curtis, líder de Joy Division y que sufría graves problemas epilépticos, se ahorcó en la cocina de su casa mientras sonaba The Idiot de Iggy Pop.
Pero en el caso de Bowie sus 45 quilos de excesos no le pedían una obra de arte, le pedían una solución. Y para encontrarla el Duque Blanco se trasladó a Berlín atraído por el emergente kraut rock alemán. Iggy Pop le acompañaba, no en vano el chico de Detroit también necesitaba una solución a sus problemas con las drogas. El destino elegido por ambas estrellas del rock no fue fruto del azar: a mediados de los setenta la ciudad alemana era un emergente centro artístico bastante cool y moderno.
En Berlín, Bowie encontró mucho más que una cura. Se juntó con dos tipos talentosos como Toni Visconti y al ex-Roxy Music Brian y los tres empezaron a grabar y a producir un total de tres discos que poco tenían que ver con lo que hasta el momento habían hecho cada uno de ellos por separado. Las referencias al avant garde, el kraut rock alemán y la música electrónica del momento tomaron un mayor protagonismo. Y las canciones dejaron de ser perfectos singles glam-rock para dejar paso a canciones mucho más largas y elaboradas.
Fruto de este periodo, David Bowie grabó tres de sus mejores y más experimentales discos: el fascinante Low, el elaborado Heroes y el más flojo, Lodger. Además, el inglés produjo en apenas un año los dos primeros discos de Iggy Pop, los también exitosos The Idiot y Lust for Life. Quizás sea Low el disco más representativo de toda esta etapa de inspiración y de cierta trasgresión, ya que temas como la instrumental "Speed of life" o "Sound and Vision" representan a ese renacido Bowie berlinés: un tipo mucho más arty, más enigmático (la portada de Low es una de las carátulas más fascinantes de la música) y más centrado en la música.
Quién sabe que sería de Bowie si no se hubiera regresado a Europa. Probablemente hubiera seguido deprimido y colocado demasiado tiempo. O quizás, simplemente es mejor levantar el vuelo que tocar fondo. Aunque en el arte nunca se sabe.










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