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Categoría: P-R

REC: miedo en directo

27 Dic 07 En: Cine P-R

La película que ha arrasado en los cines este invierno tan sólo ha costado, en lo material, 1,5 millones de euros, una grabación a base de cámaras digitales y móviles de alta definición y un plató situado en un edificio antiguo en el número 34 de la Rambla de Catalunya, en Barcelona. El resultado ha superado las expectativas desde que sus directores Jaume Balagueró yPaco Plaza arrasaran tanto en con premios como en aplausos del público en el último Festival de Cinede Catalunya (o Festival de Sitges, como se conocepopularmente al certámen). La comparación con films de desorbitado presupuesto y escaso éxito es demasiado obvia. La bruja de Blair ya había demostrado que para provocar miedo y tener repercusión mediática a veces es más importante el ingenio que un abultado talonario.

Pero lo cierto es que en REC la sencillez es la clave del éxito. El argumento es simple: una joven periodista de una cadena local que graba un reportaje en una central de bomberos y que acude junto a ellos a un aviso en un misterioso piso de Barcelona. La realización es efectiva y sin excentricidades; grabamos formato digital y concámara en mano y metemos a los actores en un piso sin decirles lo que va a succeder. De acuerdo que Balagueró y Plaza no han descubierto nada ya que el falso documental (con entrevistas includias) está a la orden del día. Pero es un recurso que sigue funcionando a la perfección. Por último, el reparto apuesta por acercarse al máximo a la realidad; de hecho, la única cara conocida es Manuela Velasco, una chica que hasta hace dos días se encargaba de presentar supermona videoclips de 40TV.

Si a esta buscada cotidianiedad le añades ritmo, misterio y unos vecinos estrambóticamente convencionales (una pareja de ancianos que no se enteran; el típico "rarito de mamá"; unos chinos con un taller de costura en el sótano del edificio y unos policías más empeñados en demostrar quien manda que en actuar) tenemos una película de miedo consistente, correcta y que puede mirarde frente a otras propuestas del género, y que supera a las sobadísimas secuelas de"Se lo que hiciesteis el último verano..." y a la media de comedias españolas de argumento más que nefasto.

Sin embargo, tantos elogios no acaban de hacer justicia a REC ya que, si uno espera encontrarse con el film de terror definitivo, puede llevarse un pequeño chasco. Lo último de Balagueró y Plaza es un film entretendido y con pulso pero el guión quizás peca de querer crear muchas expectativas y deja demasiados hilos por coser.

[SPOILER] ¿Por qué se habla tanto del abuelo chino enfermo si no sale? ¿Por qué no se nos explica más exhaustivamente cómo se produce el contagio de la Niña de Madeirosal perro? [FIN DEL SPOILER]

A pesar de estos detalles, lo cierto es que REC vale la pena por su ritmo y especialmente por su última media hora final, la más terrorífica y en la que el peculiar actor Javier Botet y un gran equipo de profesionales consiguen dejar a más de uno helado en su butaca. Por cierto, que el edificio donde se grabó REC es el edificio más popular de Barcelona.


¿Marilyn Manson con resaca?

Es evidente que una trilogía o la segunda parte de una obra siempre tiene algo en común con su(s) allegadas: el hilo argumental, los personajes, la localización geográfica, etc. Así que indudablemente la segunda de las historias de la famosa trilogía de Nueva York del ahora ya mediático Paul Auster (y que la componen Ciudad de Cristal, Fantasmas y La habitación cerrada) tiene mucho que ver con su predecesora (y que no era otra que Ciudad de Cristal). Fantasmas vuelve a tener como protagonista a un detective privado que acepta un extraño caso en la ciudad de Nueva York. Azul, el protagonista, debe espiar a Negro, un hombre paradójicamente gris y monótono, por encargo del misterioso y silencioso Blanco.

La trama sin embargo, lejos de centrarse en los tópicos de la novela negra, se desarrolla por otros derroteros hasta convertirse en una obra que, para entenderos, podríamos calificar entre Kafkiana, por la desinformación y la soledad a la que debe enfrentarse Azul, y absurda por el sinsentido al que debe enfrentarse un espía espiado. Paul Auster utiliza este juego de paradojas y misterio para construir un relato que a medida que avanza se hace más asfixiante, e incluso, hasta claustrofóbico. Y buena parte de esa sensación viene producida por las pocas respuestas y los muchos enigmas que alimenta el autor hasta el final de sus páginas. En consecuencia, Fantasmas es una novela que engancha al lector y que consigue atraparte en el peculiar laberinto kafkiano que vive su protagonista Azul.


Sin embargo, el "pero" de la novela reside en la gran similitud con su predecesora Ciudad Cristal y obras posteriores como Leviatán. De hecho es casi imposible no asociar ambas novela a esta segunda entrega de La Trilogía de Nueva York, por lo que pese a que el relato consigue atraparte, el lector acaba teniendo la racional sensación de que esa obra, o algo muy parecido, ya lo había leído antes. O después, según sea el caso. Demasiadas similitudes incluso para ser una trilogía (si la comparamos con Ciudad de Cristal) o exageradas coincidencias para ser una obra diferente (si la compramos con Leviatán). Detectives, mujeres abandonadas, amigos de la infancia, desapariciones... Quizás, ésa sea la gracia dela trilogía o quizás puede que yo sólo me haya leído los relatos de novela negra. El caso es que Fantasmas tenía un toque demasiado familiar (aunque por esta vez el azar, una de las señas de identidad de las novelas de Paul Auster, no estaba presente).

Veremos si a la tercera (La habitación cerrada) va la vencida.

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Una equivocación. Quizás un simple cruce de líneas. A medianoche suena el teléfono y Daniel Quinn, un poeta aunque también un escritor de novelas policíacas, coge el teléfono. La voz del auricular pregunta por un detective privado llamado Paul Auster. "Se equivocan", responde Quinn. Aunque al fin y al cabo esa llamada tampoco se equivoca tanto.

El azar, la casualidad o las extrañas conjunciones astrales que siempre acaban por situar a un personaje ante un destino insospechado (hasta el momento de la casualidad) son temáticas indiscutibles y plenamente identificables del estilo del neoyorquino Paul Auster. De hecho, Auster recibió realmente esa llamada, se levantó a medianoche y dijo que se equivocaban cuando la voz le preguntó si estaba hablando con una agencia de detectives. Siempre el azar. Incluso a la hora de escribir su novelas o, al menos, esta novela pues no es complicado imaginar a Auster metiéndose otra vez en la cama muerto de curiosidad por saber quién y por qué diablos alguien buscaba a un detective a esas horas.

De moda en parte gracias al Premio Príncipe de Asturias aunque sobretodo gracias a su ya prolífica carrera literaria, Paul Auster inició su célebre Trilogía de Nueva York en 1985 con Ciudad de Cristal. La primera de las tres historias detectivescas que componen la trilogía (formada por la citada Ciudad de Cristal, por Fantasmas y La habitación cerrada) nos narra la historia que se desarrolla a partir de esa llamada equivocada. La historia de cuando Quinn, harto de coger el teléfono y de responder que allí no hay ningún detective Paul Auster, decide convertirse en el investigador Paul Auster.

La obra se inicia bajo los típicos esquemas de las novelas de detectives. Quinn conoce el caso y actúa en favor de los intereses de su particular cliente. Sin embargo, los principales puntos de interés de Ciudad de Cristal no se encuentran propiamente en la historia de gatos y ratones. La historia resulta atractiva por otras razones.

En primer lugar, es interesante observar el paralelismo entre el escritor y sus personajes. Y es que tal y como Auster también hizo en Leviatán, en Ciudad de Cristal nos encontramos con un escritor (Quinn) que se dedica a escribir historias de detectives protagonizadas por un personaje llamado Max Work. Y Max Work hace todo aquello que el pobre Quinn no se atreve o no puede hacer. Si recordamos que Paul Auster se había quedado con las ganas de saber que había detrás de aquella llamada a medianoche que preguntaba por un detective y que es su personaje literario quien acepta el reto de convertirse en un improvisado investigador y en consecuencia hace lo que Auster no se atrevió a hacer, el paralelismo salta a la vista. En otro momento de la novela se nos describe al auténtico Paul Auster, el supuesto detective, aunque en realidad es un escritor fascinado por el Quijote. Pero lo que realmente está haciendo el autor es ponerse como protagonista. Por lo tanto, la relación entre los personajes y el propio autor resulta, como mínimo, curiosa.

En segundo lugar Ciudad de Cristal destaca por su relación con el Quijote de Cervantes y por la influencia de Kafka a la hora describir al protagonista principal. De hecho, en Ciudad de Cristal los personajes cumplen una función meramente representativa. Tan sólo Daniel Quinn se nos describe con profundidad. En consecuencia, leemos la experiencia de un hombre que al igual que Don Quijote, un mito que de tanto leer historias de caballeros acabó pensando que vivía dentro de una novela de caballerías, Quinn, de tanto escribir novelas policíacas acaba superado por su voluntad de vivir en una historia real de investigadores. Por cierto, que Daniel Quinn y Don Quijote poseen en sus nombres y apellidos las mismas iniciales.

El elemento Kafkiano viene determinado por ese final un tanto extraño y sin demasiadas respuestas del por qué de un comportamiento tan excéntrico. Aunque eso no impide que la lectura sea fluída y que Daniel Quinn y sus obsesión te enganchen desde el principio.

Quizás no sea una obra de aquellas que te cambian la vida, pero, sin embargo, eso no implica de debajo de la aparente sencillez de la historia exista un argumento más que interesante y sobre todo un ejercicio de estilo. Del estilo Paul Auster.

Por cierto que Paul Karasik y David Mazzuchelli adaptaron esta obra para publicarla en formato comic.

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Si la primera selección de personajes destacados de la literatura estuvo formada por un pobre estudiante de derecho que de repente se creía Napoleón o por un aristócrata británico de exultante verborrea; en esta ocasión la mayoría de los protagonistas sufren las consecuencias de sus actos. Aunque también queda un pequeño rincón para individuos atrapados en un medio hostil que no acaban de comprender pero al que deben adaptarse.

Quizás uno de los máximos exponentes de personaje abandonado a su suerte sea Gregorio Samsa, un pobre individuo gris que "al despertar una mañana tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto". ¿Por qué? ¿Cómo? Eso es lo de menos. Cuando Franz Kafta escribió La metamorfosis, su obra más conocida, nunca tuvo la intención de realizar un relato de terror ni de aventuras. Ni siquiera quiso que La Metamorfosis tuviera una única interpretación por lo que Gregorio se convierto en insecto sin más motivo aparente. Más bien quería que el lector sacara sus propias conclusiones de esta historia cruel, absurda pero también conmovedora. ¿O acaso no es absurdo que la principal preocupación de Samsa nada más ver que se ha convertido en un insecto sea que faltará al trabajo? ¿No es cruel que sus padres y su hermana le den la espalda y que le abandonen porque su nueva condición de bicho raro (literalmente) les impide seguir ejerciendo de chupasangres que viven a costa del sueldo de Gregorio?

Una vez tuve un profesora de literatura que decía que las obras de Kafka eran la anti-literatura: frías, aburridas, sin emoción e incapaces de transmitir ningún tipo de sentimiento. Quizás sí que es cierto que obras como La Metamorfosis no son libros de esos que te producen una explosión de sensaciones página tras página. Kafka no apela a las emociones de igual manera de Gregorio Samsa tampoco es un ser demasiado expresivo ni cálido. Pero en cambio sí que tiene sus momentos conmovedores (como cuando escucha a su hermana tocar el violín) pese a que poco a poco es más animal y a pesar de que su familia reniega él sin demasiados escrúpulos y sin ni tan siquiera tratar de ayudarle. Samsa quizás represente el rechazo de la sociedad hacia las persones diferentes o el egoísmo humano ante el bienestar de los demás. En todo caso, millones de lectores le han acompañado durante su extraña transformación.

Alba, la adolescente de 14 años protagonista de El mecanoscrit del segon orígen (El mecanoscrito del segundo orígen) de Manuel de Pedrolo también debe enfrentarse a un medio hostil. Pero el reto de Alba es mucho más grande que el de Samsa. Alba debe sobrevivir sola en un mundo en que la especie humana ha sido prácticamente aniquilada por una rápida invasión alienígena. Ya tan sólo quedan las casas vacías, los supermercados repletos de ausencias y millones de coches y de cadáveres abandonados en las calles. En medio de este apocalipsis, Alba decide empezar de nuevo no tan sólo con su vida, sino con de la especie humana. Y lo hace juntamente con Dídac, un pequeño niño de nueve años al que Alba deberá educar y amar para seguir adelante. Quizás lo que más fascina de un personaje como éste es, por una parte, su arrolladora capacidad para sobrevivir con coherencia en una situación de pocas esperanzas y, por la otra parte, de hacerlo conservando lo más valioso de la sociedad: el conocimiento, la cultura y la ciencia (en lo medida de lo posible debido a las circunstancias). Y todo ello al mismo tiempo que desecha el racismo o las diferencias entre géneros. Cuando Manuel de Pedrolo publicó esta obra en 1974 seguramente no se imaginaba que su obra llegaría a ser una de las más leídas por los adolescentes (especialmente catalanes). Y es que pese a que Alba debe aceptar y superar un verdadero un reto de madurez psicológica fuera de lo común, la protagonista también deberá explorar experiencias propias de cualquier adolescente como es la sexualidad. El resultado: un personaje realmente admirable.

A mediados del siglo XIX, Emma Bovary, el personaje creado por Gustave Flaubert en el clásico literario Madame Bovary, no se convirtió precisamente ni en un símbolo ni en un modelo a seguir (al menos no públicamente). Al contrario, los sofocos amorosos de Emma, sus romances platónicos y su apasionada alma adúltera y rebelde provocaron más de un dolor de cabeza a Flauvert (aunque finalmente a obra no fue prohibida). Emma era, para la sociedad francesa del momento, un adúltera, una fresca y una representante de la baja moral y de la indecencia. Sin embargo, también era una mujer casada con un tipo gris y vulgar al que no amaba; una mujer que estaba condenada a vivir encerrada en una casa y en un pueblo mediocres alejados de la ciudad de París, la ciudad de las luces y de los sueños; una mujer con educación y muchas aspiraciones que se negó a aceptar que sus ideales románticos no podían hacerse realidad. En definitiva, Emma era el prototipo de heroína romántica y rebelde que se niega a aceptar su destino. Pese a todo este idealismo que desprende Emma resulta curioso constatar como Fluavert también utilizó la ironía para describirla. Por que, ¿cómo puede ser que una mujer que vive el amor tan intensamente desprecie tan rotundamente a su propia hija? ¿No tenía la Señora Bovary algo de cursi y ridícula cuando exageraba hasta un forzado dramatismo más propio de un mal actor que de algo intenso de verdad? ¿Cómo puede ser tan calzonazos su cornudo marido? Por todo esto, pero también porque Madame Bovary está considerada como la precursora de la narrativa moderna, Emma se convierte en un personaje fascinante pese a sus contradicciones. Ella, al fin y al cabo, solo quería enamorarse una y otra vez.

Igualmente fascinante es la relación que se establece entre en Víctor Frankenstein y su demonio particular, el monstruo. Mary Shelley escribió en la archifamosa novela Frankesntein la historia de un hombre que mediante la ciencia pretende convertirse en poco más de un nuevo Dios, un tipo capaz de crear el más mágico de los milagros: la vida. Sin embargo, quizás porque el ser humano es demasiado ambicioso, o, quizás porque es demasiado imperfecto para tener tanto poder en sus manos, Víctor acabado renegando de su obra cuando ve que el resultado final es algo inaceptable para él. Ha creado un monstruo. La historia de este científico no es tan rocambolesca como parece. Personajes tan dispares como Albert Einstein o de Mijaíl Kalashnikov también renegaron de sus descubrimientos por crear sendos monstruos. En el caso de Einstein por descubrir los principios que llevaron a desarrollar la bomba atómica y en el caso del militar ruso por crear una de las armas que más personas ha matado en todo el mundo: el fusil de asalto AK-47. Sin embargo, la diferencia entre la ficción y la realidad reside en el hecho que en el caso de Frankenstein su monstruo tiene sentimientos. Es más, quiere tener a un buen un padre, quiere crear una familia y quiere convivir en paz con los humanos. Pese a albergar buenos aspectos, su físico y su monstruosa condición le impedirán cualquier tipo de esperanza. De hecho, la crueldad y el desprecio seran sus únicas compañias. Es curioso como en un determiando momento de la historia el lector puede sentirse mucho más identificado y conmovido con un tipo engendrado a base de trozos de cadáveres que con el asustado Victor, un tipo incapaz de asumir sus errores. Pero es que Mary Shelley logró crear y transmitir a la perfección los más puros y buenos sentimentos humanos en la piel de algo no precisamente humano. Al mismo tiempo en esta novela también nos consigue meter en la piel de un hombre realmente atemorizado que no puede huir de su pasado.


¿Más humano que los propios humanos?

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En un principio el argumento de la serie Perdidos no podía parecer más típico y tópico. Lo de siempre, un grupo de personas que no se conocen entre sí se aventuran a coger un avión, el avión se escacharra y se estrella. Milagrosamente algunos pasajeros sobreviven ya sea en medio de los Andes como en Viven o, en el caso que nos ocupa, en una paradisíaca isla en el Pacífico. Después del impacto y de comprobar que los efectivos de rescate son poco efectivos, deben unir codo con codo para sobrevivir.

Pero en Perdidos las cosas se complican. No basta con buscar un coco para beber agua. No es suficiente tomar el sol a la espera de ese salvador que nunca llega. No. Los fans de Perdidos, esa serie maltratada por TVE y todo un fenómeno de descargas por Internet, saben que en la isla, como en la casa de Gran Hermano, las cosas no son lo que parecen. Todo se magnifica. Los inválidos andan, los supervivientes alucinan (literalmente), hay personas que desaparecen. Otras personas, los otros, se aparecen pero con oscuras intenciones. Además, en la isla hay un monstruo pero también se secuestra, se mata, se desconfía y encima los números 4, 8, 15, 16, 23, y 42 tienen una hasta el momento inexplicable influencia ya que provocan desde que a un tío le toque la lotería (y que al mismo tiempo se le empiecen a acumular desgracias, una de ellas, coger ese avión que se estrella) o que una francesa acabe también en la isla tras recibir una señal de radio en la que esas cifras son protagonistas. Ni que decir que si ésos mismos números aparecen en una escotilla de un búnker misterioso de la isla, y que, además, sean la clave para evitar que una misteriosa cuenta atrás llegue a cero, algo serio pasa.

Y lo que pasa es que los misterios de la isla son parte fundamental de esta serie creada por J.J Abrams. De hecho, parte de la gracia de la serie consiste en ir resolviendo las múltiples pistas que encierra cada episodio. Y aquí entra todo. Si en Expediente X la gran incógnita consistía en descubrir la conspiración del gobierno de EEUU para intentar ocultar la presencia de alienígenas, en la isla todo ocurre por una todavía desconocida razón. Si en un capítulo aparece un libro como ya han aparecido El corazón de la tinieblas, La isla misteriosa o El señor de las moscas es por algo. Si los supervivientes alucinan con osos polares, niños secuestrados o sus fobias interiores es por algo. 4 es la hora en la que se estrelló el avión, 8 es el canal que entrevistó a Hurley cuando le tocó la lotería, 15 son las personas que participaban en la expedición de la francesa pero también el número de la botella de whisky que bebe Sawyer... la suma de los 6 anteriores números, 108, son los minutos que deben esperar los supervivientes para introducir una combinación (la mítica 4,8,15,16,23 y 42) en el ordenador aunque también pueden ser le número total de supervivientes. Para teorías, esa que dice que los personajes están muertos y que donde realmente están viviendo es en el infierno. O la típica escapatoria de cien cutre, la decepcionante "todo ha sido un sueño". Muchas opciones y de muy distinta índole (¿se depilan las supervivientes?).


Uno de los grandes secretos de la isla ¿qué demonios es esa empresa??

Obviamente, como hablamos de un serie de calidad, el argumento no gira únicamente en torno a raras conexiones que enloquecen a los más fieles seguidores de Perdidos. Las vidas de los supervivientes y su manera de enfrentarse a los misterios de la isla son la otra gran baza de la serie. En cada capítulo, los flashbacks nos remiten a la vida antes de que los los pasajeros subieran al avión maldito; a ese tiempo en la que no debían pasarse todo el día en medio de una selva con los pantalones roídos y sudando con los poros abiertos al 100%.

Así descubrimos que Jack Shepard, ese médico guapo, responsable y uno de los líderes del grupo está divorciado de una paciente a la que curó milagrosamente. Y que además, conoció al extraño hombre que después se encontraría dentro del búnker dándole al teclado. O sabemos que el inquietante y desconcertante John Locke, que se llama así como el famoso empirista inglés (¿coincidencia?, imposible puesto que en la isla hay otros personajes con referencias a los filósofos Rousseau (la francesa Danielle Rousseau y David Hume, Desmond David Hume, el hombre que vive en el búnker apretando a la dichosa a una dichosa tecla) era un tipo ofuscado por su minusvalía. Precisamente, uno de los principales puntos de confrontación y de tensión constante de la serie son las continuas discrepancias entre Jack, y Locke, los dos líderes, hasta el momento, de los supervivientes. Jack es racional mientras que Locke es un tipo proclive a dejarse llevar por pensamientos y sensaciones menos fundamentadas en la ciencia. Otro personaje destacable es el rebelde Sawyer. Un timador profesional que se niega a seguir el liderazgo de Jack y de Locke y que prefiere actuar y poner normas por su cuenta. Los personajes femeninos está bien representados por la valiente Kate Austen, una fugitiva de la justicia y objeto de deseo de Jack y de Sawyer, y por Ana Lucía, la ex policía, una chica dura.

A pesar de que éste es el núcleo que, en la segunda temporada (y hasta lo que he visto), corta el bacalao y por lo tanto, tiene mayores cotas de protagonismo, todos los personajes son relevantes. Desde el gordotetas Hurley y sus números malditos, hasta el heroinómano músico Charlie Pace o Sayih Jarrah, un guardia republicano iraquí que ejerció como torturador profesional.

Nos encontramos, por lo tanto, ante una serie que cuanto más avanza, más consigue enganchar al espectador. Sobre todo, una vez que éste entiende que lo que sea que hay en la isla no se va a desvelar hasta el final. Mientras tanto, demos gracias a que entre tanta telebasura exista un producto de calidad como éste.

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Obviamente hay tantos personajes a lo largo de la historia de la literatura como libros existen en el mundo. Probablemente muchos más. Sin embargo, un día empiezas a leer la primera página de un libro y te adentras en el mundo de alguien muy peculiar. Acabas de encontrar a uno de esos protagonistas difíciles de olvidar. Alguien que, quizás por su comportamiento o por su manera de ser y de pensar, despierta tu curiosidad. La lectura te engancha y el libro en cuestión acaba por convertirse en un grato recuerdo. O mejor dicho, en un universo casi paralelo que te ha ayudado a no sentir el agobio del metro o a hacerte más corta una larga noche en vela.

Cuando Holden Caulfield escribe desencanto adolescente eso de "Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de mi vida privada", nos invita a entrar en su particular historia. Pero, al mismo tiempo también nos avisa de que su relato va más allá de la típica historia de adolescentes. Y ciertamente, así es. No en vano "El guardián entre el centeno" de J.D. Salinger es un viaje en el que su protagonista, Holden Caulfield, nos explica su dudas y sus temores ante la inminente entrada en el mundo de los adultos. Un mundo al que Caulfield odia porque cree le obligará a dejar de ser él mismo. Aunque todavía no sepa quién es.

Lo que atrapa del protagonista de "El guardián entre el centeno" es su sensibilidad ante el mundo. Y quizás ése sea su mayor problema. Se ve incapaz de aceptar que a veces tirar hacia adelante puede suponer perder parte de tu idiosincrasia. O mejor, ve con espanto que crecer supone, en buena medida, cambiar. Es por eso por lo que Caulfield se convierte en un personaje muy cercano. Todos hemos pasado por eso. Recuerdo que en el instituto nos hicieron leer la obra de Salinger. Y muchos de mis compañeros la rechazaron "porque no pasaba nada". Se referían a que, obviamente, en el libro no hay tesoros, ni grandes aventuras, ni princesas encantadas. Precisamente, creo que uno de los motivos por los que Holden Caulfield resulta tan cercano; nuestras vidas, por lo general, tampoco transcurren entre grandes historias. Las cosas no son fáciles y menos para una persona tan sensible cómo él. Una persona cuya felicidad consiste, por si fuera poco, en querer evitar que la infancia que juega en campos de centeno se precipite por el barranco del mundo adulto. Al fin y al cabo, quizás Holden Caulfield tan sólo era un chico demasiado inocente.

El lago de Central Park en el que Holden Caulfield alimentaba a los patos

Por contra, Ignatius Reilly es una bestia del sarcasmo y de la ironía. Un treintañero que vive con su madre en la desvecinjada Nueva Orleans. Un vago, un tipo de come demasiados perritos calientes y que tiene demasiadas luces colores en la cabeza. Demasiado excéntrico para hacer algo bueno y demasiado real como para no ser cierto. Leer "La conjura de los necios" de John Kennedy Toole es adentrarte en la trepidante historia de un personaje muy quijotesco. O lo que es lo mismo, la obra en cuestión es la historia de un tío con extrañas ideas en su cabeza que intenta sobrevivir en un medio hostil y poblado de personas absurdas y algo patéticas. Su manera de sobrevivir es su peculiar forma de ser: a veces bruto, a veces genial, otras absurdo pero siempre sin ninguna intención de comprometerse ni de tomarse nada en serio. Nada excepto a él mismo, aunque ni de eso podemos estar seguros. Muchos Ignatius Reilly han surgido después de luchada publicación de la obra de Toole. Uno podría ser el propio autor, ya que su biografía coincide en algunos aspectos con la de Ignantius. El protagonista de "Lo mejor que le puede pasar a un cruasán" de Pablo Tusset siempre me ha recordado de alguna forma a Ignatius Reilly. Pero lo que es seguro es que Ignatius sólo hay uno ya sea un absurdo o un genio loco, lo cierto es que es todo un personaje en muchos sentidos.

"Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él" - La conjura de los necios

Si Ignatius se consideraba un genio (del sarcasmo) Rodion Ramonovich Raskolnikov, el personaje principal de "Crimen y castigo" de Fedor Dostoyevski, el gran arrepentido de la historia, sintió lo mismo cuando decidió matar de un hachazo a una vieja usurera. Y es que "Crimen y castigo" es la historia de un pobre joven estudiante de derecho que, de repente se compara con personajes históricos como Napoleón y que, en consecuencia, cree estar por encima de la historia y por encima del bien y del mal. Es innegable que el aspecto más atractivo de la obra de Dostoyesvski son las razones psicológicas por las que Raskolnikov decide cometer el crimen. ¿Si uno mata a cien asesinos, no es acaso un héroe? ¿No fue Napoléon un héroe a pesar de haber manchado sus manos de sangre? ¿Acaso todos los grandes personajes de la historia no tienen sus manos manchadas de sangre? ¿Y si él fuera un elegido? ¿Y si matar a esa vieja usurera fuera el primer paso hacia la libertad? La teoria de Raskolnikov, sin embargo, no le lleva a la gloria si no al arrepentimiento. Y gracias a eso podemos disfrutar de un profundo análisis psicológico de un personaje que quiso ir más allá.

Por último me quedo con un personaje teóricamente secundario pero que por sus magníficas frases acaba robando el protagonismo del joven Dorian Gray en la obra de Oscar Wilde "El retrao de Dorian Gray". Lord Henry es ese dandy, ese revelación amante de los placeres y esa voz irónica y misógina. En definitiva, Lord Henry es un vividor capaz de opinar con maestría sobre cualquier cosa y también es un personaje que cada vez que habla deja tras de si una estela de frases para enmarcar. Da igual que parta de una idea, que la desarrolle y que, al final, acabe sustentando todo lo contrario. Nos encontramos ante un tipo bastante coherente pero sobretodo sorprendente en todo momento. No obstante también es un personaje extremo: o lo odias por su influencia perniciosa sobre Dorian Gray o lo amas porque leer sus diálogos es disfrutar.


"No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo." - Oscar Wilde

Reilly, Raskolnikov, Caulfield, Lord Henry...todos ellos persoanejs redondos. Y todos ellos fueron creados por escritores con vidas muy agitadas. Salinger optó por recluirse ante la fama que estaba alcanzando el libro. Pocas cosas se saben de él y hoy en día el escritor continúa siendo una incógnita rodeada de escandalosos rumores. Por su parte, Kennedy Toole, quien como Ignatius residía en Nueva Orleans y vivía con su madre, se suicidó sin conseguir publicar su obra. "La conjura de los necios" finalmente se editó tras la muerte del escritor con gran éxito de público y de crítica. De hecho, el autor acabó recibiendo post mortem el prestigioso premio Pulitzer por las aventuras de Reilly. Dostoyesvki fue acusado de conspirar contra el Zar de Rúsia y al final de sus días tuvo que lidiar una dura batalla contra su ludopatía y la depresión. Por último, Oscar Wilde fue condenado por sodomía y posteriormente se trasladó a París donde murió entre la miseria.

A veces, hasta de las tragedias personales surgen obras de arte.

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Un día cualquiera en una autopista de Estados Unidos un hombre salta por los aires. A partir de este final, estadounidense Paul Auster escribe las páginas de la novela Leviatán, una obra de la que emanan múltiples historias que se encuentran por casualidad.

El misterio del azar es el eje principal de muchas de las historias que Paul Auster ha escrito a lo largo de su carrera. Y Leviatán es una de ellas. ¿Por qué si no van a encontrarse Peter Aaron y Benjamin Sachs, los dos protagonistas de la novela, los dos escritores, en un bar tras una fuerte tormenta de nieve? ¿Cómo puede ser que la esposa de Benajmin Sachs sea que la misma mujer por la que suspiraba en su juventud Peter Aaron? ¿Y por qué piruetas del destino la cartera que se encuentra Maria, una mujer indispensable para encontrar el hilo dentro de laberinto de la novela, conduce a tantas brutales coincidencias?

Cuando uno lee Leviatán tiene la sensación de ir buscando las piezas de un puzzle del que desconoces que dibujo te ofrecerá una vez acabado. El marco que delimita el juego de piezas está compuesto por la relación de amistad existente entre los dos personajes principales: Benjamin Sachs y Peter Aaron. El primero es un hombre sociable, con talento y con una energía desbordante. Por su parte, Peter Aaron representa la ternura, el cariño y la reflexión. De hecho, Leviatán no es más que la reconstrucción cronológica que Peter Aaron hace de la vida de su amigo Benjamin Sachs. Una biografía en la que también tienen un rol destacado las mujeres presentes en el entorno social de los dos amigos escritores.

Precisamente la descripción de ese entorno amplio, pero centrado en unos pocos personajes, es uno de los mayores aciertos de la novela. A lo largo de las páginas (bastantes, por cierto) Auster ofrece a cuenta gotas los datos necesarios para conocer a los personajes con la misma información e impresiones que tiene el narrador de la historia, Peter Aaron, en ese instante del relato. Un narrador que, por otra parte, ejerce de álter ego de Auster. La trayectoria personal de ese protagonista coincide en algunos aspectos con la vida del propio Paul Auster y, de hecho, los nombres de Peter Aaron y Paul Auster son bien parecidos.

La dificultad, por así decirlo, de la novela reside en recordar y, por consiguiente, avanzar a través de una historia protagonizada por tantos personajes unidos por un fino hilo. Sin embargo, la amistad entre Sachs y Aaron y la narración de los diferentes triángulos amorosos y emocionales que se desarrollan en Leviatán constituyen un pilar demasiado firme y bien elaborado como para recomendar esta novela.

No nos olvidemos del azar, ese elemento tan presente en la novela y motor de muchas otras historias en la vida real.

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