Benditos acomodadores

Aunque muchos pensáis que he trabajado sólo en el mundo de la tele, en realidad mis comienzos laboriles tuvieron lugar en la industria del cine, hace ya más de diez años. Como acomodador.
Trabajé durante tres años en los Golem de Pamplona, unos cines que han ampliado notablemente su negocio en los últimos tiempos, expandiéndose por varias ciudades y ganándose un hueco, además, como distribuidores de cine independiente, con bastante acierto en la elección de sus productos, casi siempre de una calidad indiscutible.
El trabajo de acomodador tiene sus ventajas e inconvenientes. Ganas poco, claro, pero al tener sesiones nocturnas y horarios flexibles a mí me permitió compaginarlo con la carrera. El curro no era especialmente duro. Lo peor: recoger toda la mierda que deja la gente en el suelo (aparte de los envoltorios y las palomitas, llegué a encontrar condones, pañuelos usados, sujetadores y hasta ¡unos calzoncillos!). También es muy molesto reacomodar a desaprensivos que se sientan donde les da la gana. Odiaba mover a varias filas enteras cuando la proyección ya había empezado, intentando reconstruir con mi linternita el puzzle de las entradas mientras oyes los típicos “tch-tch” de desaprobación del resto de espectadores. Las excusas eran siempre penosas. “Es que me ha tocado muy adelante”. “Es que mi sitio estaba ocupado y me he sentado aquí”. “No me había dado cuenta de que éste no es mi sitio” (mucho mejor que el otro, claro).
En nuestro caso, cuando había mucho público, el encargado nos obligaba a ponernos en la entrada de la salas repitiendo a todo el que entraba “butacas pares a la derecha-butacas impares a la izquierda... butacas pares a la derecha-butacas impares a la izquierda”. Era una labor denigrante, que se ganaba las risas de los que se sentaban cerca, y absolutamente inútil (siempre pensé que era mucho más fácil haber puesto un cartel. Creo que con los años, lo han hecho). Además, de vez en cuando debías limpiar vómitos, meados, fantasnaranjas y cocacolas, escupitajos, chicles pegados a la moqueta...
Pero el trabajo tenía sus pros, también. Lo mejor era organizar preestrenos clandestinos los jueves por la noche, que era cuando llegaban las novedades para el día siguiente. Nos juntábamos después del último pase cuatro o cinco currantes (proyeccionistas incluidos, claro) y disfrutábamos de un estreno en una sala enorme para nosotros solitos. Al no tener jefes cerca, nos permitíamos fumar, beber y comer todo lo que quisiéramos del kiosco. Es posiblemente lo que más echo de menos.
También estaban las ventajas para un neófito cinéfilo, claro. Me veía todas las películas gratis (no en horas de trabajo, que no había tiempo), y además podía invitar a un número limitado de personas o, directamente, colarlos en las proyecciones (alguna vez me llamaron la atención por abusar y colar a más amigos de los que la discreción hubiera aconsejado).
Aquel fue mi primer auténtico trabajo. Conocí gente maravillosa, con responsabilidades familiares y económicas que para mí, hasta entonces, pertenecían al ámbito de “la gente mayor”, y me fogueé en el trato con jefes de mayor o menor calidad humana.
Y, desde luego, aprendí ciertas cosas acerca del universo de la exhibición, el último paso del negocio cinematográfico (exceptuando venta de deuvedeses y emisión televisiva). Éstas son algunas de mis anécdotas y conclusiones:
-La calidad de una película es inversamente proporcional a la cantidad de mierda que recoges del suelo tras su proyección.
-Aunque hay algunos cinéfilos empedernidos, la mayoría de la gente va poco al cine, una vez al mes, o menos.
-No hay apenas cultura de cine entre semana. Los días potentes son, invariablemente, festivos y fines de semana, sobre todo los domingos.
-Los pases para niños son un infierno. No por los niños, sino por los padres que les esperan fuera.
-Existen los analfabetos en España, sí. Lo sé porque teníamos que acomodarlos personalmente.
-Que una película haya sido premiada en festivales internacionales (que no sean los oscars) no significa que vaya a verla más gente. A veces, es todo lo contrario.
-Existe gente con suficiente morro como para fumar en el cine.
-Existen críos suficientemente tocapelotas como para llevarse un puntero-láser al cine y apuntar sistemáticamente a los genitales de los/las protagonistas.
-Y sí, como acomodador, puedes quitárselos y quedártelos tú. Y da mucho gusto.
-Un niño berreando puede estropear la proyección a una sala entera. No hay más remedio que rogar a su familia que abandone la sala. En alguna ocasión, vimos cómo el padre, ya fuera del cine, golpeaba a la madre por no haber sido capaz de callar al niño (una imagen terrible que no se me borrará).
-Una sala entera comiendo palomitas emite un estruendo raro, desasosegante.
-La mayoría de la gente que va al cine no es para ver una película en concreto. Van “al cine”, en sí mismo, y luego deciden a qué película entrar.
-Las salas más grandes son para el cine norteamericano, exceptuando honrosas excepciones.
-Nunca pillé a nadie con una cámara grabando una peli para colgarla en Internet. Mi teoría es que son los proyeccionistas los que mejor pueden hacerlo, si quieren (gente mal pagada, a menudo frikis, con ciertos conocimientos tecnológicos, que se quedan solos en sus cabinas durante los pases nocturnos…).
-No numerar los asientos es un gran problema si la sala se llena. Somos autistas por naturaleza y todo el mundo deja uno o dos huecos entre sí. Y luego, a disgregar grupitos, claro.
-Todavía hay padres incapaces de averiguar qué tipo de película van a ver con sus niños, y que salen a los quince minutos de proyección horrorizados.
-No todo el mundo va al cine para ver películas. Algunos van para meterse mano o directamente a follar. Otros, para dormir. O para charlar. Incluso hay quien paga la entrada para poder calentarse un ratito en invierno.


grampus dijo
Gran post. Es como pasar Cinema Paradiso por las manos de Bukowsky.
21 Noviembre 2006 | 02:32 PM