la generación OT

No pretendo hablar aquí de "OT" (algún día lo haré con detalle, sin escatimar en odio y profusión de insultos y aportando jugosas exclusivas), sólo es una manera de etiquetar esta tendencia que se nos ha impuesto en la última década según la cual parece que hay que triunfar cuando aún eres un pimpollo. Si no eres famoso/exitoso/rico a los treinta, eres un fracasado, tu vida es una mierda y más te valdría cortarte las venas, porque lo único que ya te queda por hacer es sobrevivir o tener hijos o ser feliz como un don nadie más. Vaya mierda, ¿no?
También podría haber titulado el post “Generación Amenábar”. Admiro y respeto la habilidad como director de este chaval (aunque mi opinión sobre sus tramposos guiones no es muy favorable), pero creo que su éxito, paradójicamente, ha hecho mucho dañito al cine nacional.
Ahora todo el mundo busca nuevos Amenábares y niños prodigio por doquier. Si una actriz está razonablemente bien en un par de películas, se la convierte en la "nueva musa del cine español". Si un director novel graba un corto divertido "es el nuevo Almodóvar". Si un guionista escribe un par de guiones solventes, "al fin tenemos al nuevo Azcona".
Este año tenemos por ahí a directores que emergen como Sánchez Arévalo, Vigalondo, Koldo Serra, Borja Cobeaga… Todos ellos prometedores, todos ellos interesantes y trabajadores.
Pero la industria ha impuesto que muchos de estos cineastas se lo jueguen todo a una baza. Rodar una primera película ya no es tan complicado o imposible como antes (en gran parte por las ingentes ayudas a nuevos realizadores), pero debes asegurarte de que realmente das el campanazo con un peliculón, porque si no, te puedes despedir de tu segunda película (y, si consigues hacerla pero no es un éxito igual o superior, adiós muy buenas).
Una buena amiga bien colocada en la industria me aseguraba que un primigenio fracaso de taquilla hace muy difícil que alguien vuelva a confiar en ti, a pesar de que en muchas ocasiones este fracaso no tenga que ver necesariamente con tu trabajo (remito aquí a uno de mis últimos posts ).
Así, la presión para estos nuevos realizadores se convierte en algo opresivo y tremendista, y muchos de ellos, conscientes de lo mucho que se juegan, intentan contar “su gran película”, intentan demostrar todo lo que son capaces de hacer y transmitir, y claro, muchos la cagan.
Porque hay una trampa: y es que el oficio de cineasta, con esas salvedades que son los genios divinos, se aprende a base de curro, de meter la gamba muchas veces, de hacer callo y aprender desde las entrañas del asunto. Un director debe saber mucho de muchas cosas (dirección de actores, guión, realización, fotografía, música…) y tener muchas virtudes (paciencia, resistencia física, dotes de mando, energía ilimitada, don de gentes…) y además saber combinar todos esos elementos con gracia y coherencia organizando a un equipo de tropecientas personas que, por dentro, están pensando que saben más que tú. Nada menos. Por lo tanto, en realidad me parece muy difícil que con poco más de tres décadas de vida uno pueda sacar ya todo su potencial como director.
Por eso es una mierda tan grande y maloliente el que tengamos una industria tan endeble, porque cada vez es más difícil que surjan cineastas que se hayan curtido como ayudantes de dirección, o como guionistas, o como actores, haciendo cine comercial y ganando puntos “desde abajo”, que es desde donde se ganan los puntos y no te los regalan.
¿Y qué fue de la antigua y sana admiración y respeto por la sabiduría de nuestros mayores? Muchos de mis directores favoritos se han hecho viejos mientras vivían ese proceso. Clint Eastwood conoció el oficio desde su vertiente de actor. Hizo espagueti westerns y películas de usar y tirar antes de ponerse a narrar sus propias obsesiones. Woody Allen se divirtió escribiendo chistes para otros, primero, y comedias alocadas e intrascendentes (pero que daban dinero) durante muchos años después, antes de dar el salto a sus películas más personales. Wilder trabajó como guionista para otros durante décadas. Cómicos como los Marx o los Python se curtieron en teatros y programas televisivos endebles. Los autores de la maravillosa “Miss Sunshine” han crecido como guionistas en series de televisión (dentro de una industria televisiva que no se avergüenza de serlo, claro).
En nuestro país, Almodóvar, Médem, Amenábar o Fernando León son de los pocos que se han podido, o se podrán, permitir aprender de sus errores, filmando una película tras otra con relativa facilidad y éxito continuado. Incluso podría llegar a ocurrir que Santiago Segura tuviera una trayectoria interesante si no fuera porque camina de culo (la primera parte del primer “Torrente” me parece lo único pasable de su filmografía, que va a menos inexorablemente). Pero desde luego, no se puede decir que su actitud de “ganar toda la pasta que pueda”, no sea coherente y beneficiosa para la industria. Y quién sabe, a lo mejor un día, en la crisis de los cincuenta, sufre un coágulo cerebral y le da por hacer una obra maestra.
Claro, en España también hay directores maduros que ruedan mucho, diréis muchos. Sí, pero es que ésa es otra lacra en este país, los cineastas aburridos cuyas películas no ganan un duro pero que siguen rodando porque tienen suficiente apoyo económico de no se sabe muy bien quién. Muchos de ellos no aprenden nada con sus nuevas películas, porque no arriesgan demasiado, porque tienen asegurado su pastel. Ventura Pons, Iborra, García Sánchez, Garci, Colomo, Oristrell, Trueba, Saura… ¿Quién va a ver sus películas? ¿Es necesario que las sigan haciendo cuando está claro ya que no van a dar nada mejor de sí mismos? (admito aportaciones o reprobaciones a estos nombres, por supuesto, son fobias personales anárquicas y que me salen de los cataplines).
En fin, que no veo una solución clara aparte de fortalecer la industria para que los chavales que sueñan con ser Spielberg puedan ir asumiendo responsabilidades paulatinamente, y no de sopetón, porque si no este país se seguirá llenando de muñecos rotos que pudieron llegar a serlo todo… y no fueron nada (el caso más llamativo que recuerdo es el de Tinieblas González, que parecía el nuevo gurú del cine español antes, incluso, de rodar ningún largo. Qué cosas, oyes).



olga dijo
Querido Guionista Hastiado, has dado con una grandísima clave: el vacío generacional entre los post-adolescentes treintañeros y los dinosaurios del celuloide. ¿Dónde está la generación intermedia? ¿Está en la tele, quizá? ¿Intentando contra viento y marea -y ejecutivos de cadenas- hacer productos dignos e interesantes fuera del exclusivo mundo cinematográfico? Cuando consigamos como en otros países -bueno, sólo uno, en realidad- que la ficción en la tele sea considerada como un digno producto narrativo y no un relleno entre publicidades, donde da igual lo que cuentes, con tal de hacer audiencia -que cada vez es más huidiza-, otro gallo nos cantará...
27 Febrero 2007 | 12:33 PM