de maíz
Es medianoche. Estoy tumbada boca arriba en medio de un maizal. El cielo está nublado, gris. Detrás de mí hay montañas. Delante, destellos de colores de alguna fiesta que se celebra muy lejos. El maíz se agita muy despacio, con el viento. De vez en cuando se escuchan ruidos diferentes, el movimiento de algún animal, sonidos de ramas rompiéndose bajo algún peso; que erizan la piel. Es una noche cálida, estoy desnuda y no tengo frío. Tengo ramas enredadas en el pelo, me he arañado las piernas y los brazos al llegar hasta aquí, en el muslo me escuece una herida que no sé cómo me he hecho y mis pies están llenos de barro que se coló entre mis sandalias.
.
Estoy borracha, sólo un poco. En mi cabeza intento darle un poco de sentido a todo. Pero no puedo, porque no lo tiene.
.
Hace un rato, antes de llegar a este campo de maíz y estrellas, estaba sentada frente a una cerveza, escuchando esa frase que siempre suena tan bien como teoría, que nunca me creo, pero que aun así me embargó. Es que cuando te gusta otra persona, significa que se ha acabado.
.
El chico que está tumbado a mi lado parece feliz. Con esa felicidad momentánea, que es la única que existe. Yo sonrío al verlo así, pero no sé si me alegro por él o por mí misma, por perder con esa sonrisa los remordimientos de las que le robé el viernes. Porque el viernes él tenía todas las ganas del mundo de pasar la noche conmigo, me dijo, y yo estaba demasiado cansada. Porque me miraba bailar con mi camiseta favorita, escrutaba mis ojos sin saber muy bien de qué estaban llenos y me decía lo guapa que estaba. Y antes de que pudiera siquiera darme tiempo a plantearme si sospecharía algo, me apuñaló con un ponte mañana igual de guapa para mí, que sonó a esta vez para mí.
.
Me fui a casa, llamé al chico verde, y cuando me di cuenta habíamos pasado 4 horas hablando, eran las 5 de la mañana y me hacía a mí misma la promesa de cumplir otra que le había hecho a él.
.
Esas dos promesas, más un montón de nuevos proyectos, recuerdos que vaya creando y ni un solo cigarrillo, las voy a guardar en un bolso que me he comprado esta tarde, después de dudar un rato sobre el color. Al final, me ayudaron a decidir.
.
Ahora me pregunto si ese bolso y otras cosas pueden hacer que el chico verde cambie de color para mimetizarse o si se estabilizará en el que tiene ahora y dejará de mutar. Su cambio de color desde aquella primera conversación sobre cine de serie B hasta hoy ha sido progresivo, aunque hubo algunos momentos de cambios bruscos, sin difuminos. El primero me lo dio una frase envuelta en el deseo de un abrazo, el segundo una risa tonta por un beso con ruido y el tercero y definitivo, un cuento.
.
Sigue moviéndose el maíz a mi alrededor, aun cuando ya no estoy allí tumbada sino sentada frente a esta pantalla, obligándome a no escribir nada sobre celos que nunca he tenido y que vienen ahora a acosarme para hacerme parecer estúpida. Y siguen brillando las estrellas, intensas como mi convicción de que el chico verde habría elegido el bolso verde.














Quim Vera dijo
Siento estropearte el bonito post pero.....
....AAAAYYYY quien te pillara a ti en el maizaaaaal!!!
Besos, pequeña hermosura!!
29 Septiembre 2008 | 08:17