de -primida
Después de un post largo, espeso y con el único fin de desahogarme, porque no espero ni quiero que nadie se tome tanto tiempo para leerlo, me gustaría publicar algo que le diera un respiro al blog y lo volviera más ligero; pero mi estado de ánimo no ha cambiado. Así que aconsejo pasar también éste por alto.
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Estoy francamente deprimida. Con esa sensación desagradable de querer quedarme en la cama todo el rato. Llevo tres días durmiendo, pensando, escuchando canciones tristes. A menudo tengo espacios de lucidez en los que me digo “oye, que eres tú, que escuchas esta mierda y sigues metida hasta el cuello sólo porque no te da la gana de levantarte, porque es más cómodo seguir ahí tumbada”. Tumbada, en el suelo, estaba anoche cuando hablé con César. Cuando nos despedimos seguí tumbada un rato, totalmente a oscuras, con el móvil sobre el abdomen. Y pensaba en esa sensación que hacía tan sólo unos minutos le había descrito, el miedo a perderme en la oscuridad, el no poder enfocar la vista en ningún sitio y temer no volver a ver ni tocar nada nunca más, no escuchar nada más, perderme en la negrura. Pensaba en eso y deseaba que la pantalla se iluminara con su llamada, para quitarme ese y otros miedos, de golpe. Lo deseé con todas mis fuerzas, con tantas que decidí que si no se producía sólo querría decir que todo había sido un grave error y nunca habíamos tenido nada más que una irrealidad. Y no, no llamó. Pero tampoco yo lo hice.
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Tumbada, también, acabé esta mañana. Sin fuerzas. A pesar de llevar unos días comiendo mejor que nunca, durmiendo casi bien, fumando casi nada. A pesar de que ayer y hoy dejé de lado mis carreras por el parque de los fines de semana. A pesar de que sólo estaba en mi habitación, guardando ropa en el armario, escuchando música (esa música). Pero un rayo terrible de ansiedad me alcanzó, flaquearon mis rodillas y me caí poco a poco, a cámara lenta, resbalando por el armario, respirando con dificultad, hasta llegar al suelo, hasta morir en él.
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Mi príncipe azul estaba hoy más azul que nunca. Llegó vestido de azul, en su coche azul. Me abrazó fuerte desde atrás y tuve que apretar los ojos para no desasirme. Me sonreía todo el rato y me contaba lo mucho que me había echado de menos. Me pedía disculpas por haber pasado el sábado con sus amigos y me increpaba sutilmente por no haber ido con ellos. Que todos tienen ganas de verme, que le echan la culpa por no insistirme, que a ver cuando me apunto a una de sus reuniones. En el coche azul llegamos a la playa. Con el mar azul, el cielo azul. Me senté sobre una roca a tirar galletas a los peces. Inevitablemente, por muy en el centro del charco que yo tirara la galleta, siempre acababa arrinconada contra la roca, rodeada de peces que la mordisqueaban sin piedad. Me sentí un poco galleta, yo. En un instante de despiste me cubrió un abrazo enorme que me tumbó sobre las rocas, hundiéndome bajo el peso del príncipe, con todo su azul a mi alrededor y el azul del mar, el azul del cielo y todo lo azul. Y me mareé. Por un instante creí que iba a vomitar azul.
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No sé bien qué me pasa. César se va, sí, pero la distancia entre él y yo siempre ha sido grande e insalvable por mi culpa, mientras que la emocional no debería verse alterada. Así que esto no debe ser. Estoy confusa por muchas cosas, sí, pero no más de lo que lo he estado en los últimos tiempos, desde que llegué de aquel otro sitio hace ahora ya tanto (¿3 años? Mierda, el tiempo). Estoy deprimida, sin rumbo, sin casi metas, sin sentido, sin los colores que me gustan, sin tiempo, sin hambre, sed, ni libido; esta noche. Aunque advierto que estas cosas, tal como vienen se van. Mañana, porque sí, porque lo he decidido, estaré completamente bien.










Carlos dijo
Linda amiga:
Sal prontito de la cama, que hay un mundo fuera esperándote. No te dejes llevar por los brazos de la tristeza, que parecen cómodos, pero peligrosos para vivir en él.
Un besote y buen principio de semana.
Carlos.
6 Octubre 2008 | 08:31