Los Topos (20)

Álvarez Muñoz,Andrés.Fusilado:10/07/40(89) |
María Teresa y Juan Jiménez 3 Juan Cazallero, El Tiarrón, abandonaba así Alhaurín el Grande (Florida según el informe), acompañado por la mujer que le había salvado la vida todos los días durante catorce años. No era el terrible legionario de los desiertos africanos, el condenada a trabajos forzados, el luchador republicano que iba a caer preso; no era el terrible maqui, bandolero de la sierra. "Nos llamaban así, bandoleros, pero qué vimos a ser bandoleros".
Le esperaba siete años de cárcel. Solamente siete años gracias a su buena conducta en los penales. El fiscal le había pedido trinta y finalmente le habían condenado a veinticinco. Era el tipo de condena que otros hombres como él, quizá menos afortunados, habían temido en sus escondites. Estaba uno mejor preso en la propia casa, al lado de la familia, que en las cárceles españolas de la posguerra. También en este peregrinaje le seguiría su novia, una muchacha que sólo parecía vivir por el hombre perseguido.
La persecución.
Se habían encontrado por vez primera en 1.943, cuando ella tenía solamente dieciocho años y Juan había conocido ya casi todo lo que un campesino de su tiempo podía conocer. Había luchado en una guerra sangrienta a favor de los unos y a favor de los otros, había vivido preso en un batallón disciplinario, se había aburrido en los desiertos africanos dentro de un uniforme de legionario aceptado como mal menor. María Teresa era solamente una chiquilla aldeana, hermosa y valiente, enamorada de aquel muchacho alto y enjuto, de mirada directa y un poco desafiante que había hurgado en los ropajes interiores de la muerte, que había tocado la muerte, la había abrazado y finalmente la había ahuyentado. En común sólo parecían tener sus ganas de vivir.
Los dos enamorados se habían conocido en uno de los escasos intervalos de paz y de sosiego en la vida de Juan. Ella estaba pasando el verano en un cortijo y Juan solía rondar por los alrededores en compañía de algunos muchachos de sus edad. "Vino con unos mozuelos – dice María Teresa – vino a verme un día y otro día y ya nos hicimos novios, me hizo la visita y nos ennoviamos". La visita oficial, la petición de mano; una ceremonia casi religiosa para la que había que vestir el mejor traje y cubrirse con el sombrero más limpio. La pidió a sus padres y ni ellos ni ella pusieron reparo alguno. "Yo no pensaba casarme; yo era una chiquilla y me gustaba Juan". Al confesarlo ahora, tantos años y tantas penas después, sonríe María Teresa con una brizna de picardía y Cazallero baja la cabeza avergonzado. Se aman aún. A ella le gustó su porte orgulloso, sus andares llenos de vigor y fuerza, el gesto casi señorial con que se limpiaba el espeso sudor del rostro, la forma de golpear los juncos del riachuelo que daba fuerza a los huertecillos del valle, a una legua escasa de Alhaurín.
Las visitas apenas duraron medio año. María Teresa, con el otoño, regresó a su casa del pueblo y Juan, unos meses más tarde, se tiró al campo detrás de sus dos hermanos. Se puso delante de la ley y definitivamente delante de sus perseguidores. Era ya una bestia acorralada que solamente podría descansar el día en que los civiles lo obligaran a subir al jeep. Durante dos años, desde finales de 1.941 hasta principios del 44, Juan Cazallero, había llevado una vida relativamente sosegada en el cortijillo en que sus padres trabajaban, una casa modesta rodeada de modestos terrenos de cultivo. Allí trabajaba con ellos y con sus dos hermanos hasta que un día el mayor de ellos, Fernando, por razones que aún hoy nadie quiere revelar del todo, " se echa a la sierra ".
El segundo hermano, Pepe, siguió muy pronto al primero y Juan quedó solo en casa. "La autoridad – dice María Teresa – agarraba al que podía y le molestaba para que dijera dónde estaban ellos". "Para cortar esta situación (el desarrollo de la guerrilla campesina) se procedió a detener a las esposas y padres de todos los bandoleros y adoptar medidas contra sus haciendas, contrastando así el estímulo que provocaba el dinero de la Agrupación", dice un informe oficial del teniente coronel de la Guardia Civil Eulogio Limia Pérez (Granada, 1.951). Cazallero conocí bien a la autoridad de la época. Los guardias civiles llegaban a los cortijos y utilizaban sus métodos habituales para exigirle que les informara del escondite de sus hermanos. Y el pequeño de los tres muy pronto no pudo resistir más. Los primeros días se ocultaba en los desvanes, entre la maleza de los alrededores cuando los veía llegar a lo lejos. Luego, decidió unirse a la partida de sus hermanos para no ser interrogado nunca más. ¿Por qué tomó una decisión que le colocaba definitivamente al margen de la ley y. además, en la más peligrosa de las marginaciones: la guerrilla rural? "- Por que las circunstancias de la vida se presentaron así. Uno mismo no se da bien cuenta de ellas.
"- Juan se escondió a la espera de que pasara la atmósfera aquella – dice María Teresa – pero como la atmósfera siguió, fue tomando miedo y más miedo y dijo: lo que Dios quiera.
Así de fácil. Cazallero quiere dejar bien claro que él no es un bandolero. Cree, o dice que cree haberlo hecho por ignorancia, por falta de cultura. Por la zona había un centenar largo de hombres en su misma situación. ¿Hombres? "¡ Pero si eran unos niños ¡", asegura María Teresa, que entonces no había cumplido aún los veinte años.
Casi todos ellos, evidentemente, formaban parte de las guerrillas que arrojaron a los campos y a los montes españoles a millares de ex combatientes republicanos. No podían escapar al extranjero ya que las fronteras estaban lejos y no tenían cargo político o militar alguno, eran soldados del montón. Regresar a sus hogares de origen hubiera significado la muerte o, como mínimo, una larga condena. Animados por líderes anarquistas, comunistas y socialistas, se agrupaban en partidas más o menos numerosas que sentaban plaza de soberanía en diversas zonas del país.
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isabel61 dijo
Buff!, mala pinta tiene ésto, éstas historias de posguerra son las más interesantes , esas que el PP considera provocar la desunión y volver a las dos España, como la Ley de Punto final que Franco proclamó después de la guerra, qué hermosa reconciliación entre todos los españoles, acogidos bajo los brazos de papá franco.
Según Pedro J director de El Mundo, la II República carecía de “legitimidad” y el franquismo no fue sino “la respuesta imprescindible” a sus “excesos, abusos y crímenes”.
Y el Rey, está más preocupado por la extrema derecha, capitaneada por Fedeggico que los cuatro separatistas que le queman. ¡Vaya futuro inminente!
Besos
10 Octubre 2007 | 12:33 PM