17 Mayo 2008
Y sin embargo, ahora, cuando nos vemos, retomamos el pulso en el mismo sitio en que lo dejamos, nos seguimos reconociendo. Posiblemente, más que por lo que vimos los unos en los otros o por lo que vivimos, por lo que echamos en falta cuando no nos vemos y por lo que recordamos haber vivido juntos.
Porque lo que une a las personas, mucho más que las grandes palabras, es lo doméstico, lo cotidiano, la rutina compartida. Las conversaciones sin hilo que acaban en madeja, los gestos de complicidad que nadie más entiende, las palabras espesas que sólo se desatan, tranquilamente, delante de una cerveza.
La noche fue imprevista, fantástica, bella. Con la belleza extraordinaria de no ser sorpresa, sino costumbre. No sé que más decir, que tuvo ángel y humor, que se palpó el espíritu de la ternura, que regresamos al zen. Que nos quedamos con ganas de más y que, seguramente, la echaremos de menos hasta la próxima vez.
Pero, acordarme de nosotros juntos, mirar hacia detrás y hacia delante, me convence de que, en este preciso instante, en alguna parte del mundo, queda alguien, invisible, que ahora no se puede ni imaginar que acabermos siendo amigos.
Desconozco el mecanismo que desplegará el azar, ni la potencia de la chispa que estalle, ni la fórmula de la alquimia desencadenante ni el hilo que nos unirá. Pero ya noto aquí, en el pecho, la misma suavidad, el mismo hueco, la misma inquietud que tengo cuando, de tanto en tanto y por casualidad, nos vemos y me salen de dentro las ganas de abrazar.
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16 Mayo 2008
Su atuendo era elegante, adecuado. Su silueta, delgada y femenina, sin excesos aparentes. Sin ser atractiva, no dejaba de ser bella, agradable para la vista, allí, detrás de la mesa, en la tarima desde donde desgranaba su presentación.
Su voz, ni monótona ni agresiva, prodigaba una dicción perfecta, con una claridad poco habitual a mis oídos, que envolvía los sonidos en un timbre casi dulce. Ni insolente ni irónica, amable sin afabilidad, cercana, pero manteniendo una distancia prudencial con el resto de la sala.
No caí en la cuenta hasta que no hubo terminado, de que yo sólo la estuve escuchando como música de fondo, de que la miré sin prestar atención, como si ella no hubiera sido más que otro adorno de aquel salón.
Para cuando acabó su discurso, la suerte ya se me había multiplicado por dos. Y los tres emprendimos ese viaje habitual, que siempre es un retorno, hacia el lugar en donde la memoria nos acaba llevando, de risa en risa, para demostrarnos, ante nuestros propios ojos, que ya hace tiempo que somos otros, aunque nos sigamos creyendo los mismos.
Cuánta gente pasa inadvertida, indistinguible. Cuántos se cruzan, anónimos, sin que notemos siquiera el remolino del aire que van dejando. Cuántos viajan, efímeros, por el mismo camino, al lado, tropezando con los hitos incluso, y echándose la rodilla abajo, sin dejar ni tan siquiera un pestañeo como huella de su paso. Invisibles, extraños, como nosotros también lo fuimos, aunque yo ya casi no recuerdo aquel tiempo y me cuesta imaginarlo.
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13 Mayo 2008
Vendo colección de manías
por falta de espacio.
Seminuevas, impecables,
las vendo muy barato
porque me corre prisa.
También, en lugar de venta,
podemos arreglar un cambio;
tú las mías, yo las tuyas,
siempre y cuando
sean de mi talla
y las tengas en buen estado.
Vendo, también,
mi colección de defectos,
por motivo de traslado.
O también acepto,
si no te molestan demasiado,
mudarme a tu lado
y seguir con ellos.
Pero el mantra de los nombres
que susurraron mis labios,
el mapa de los sitios
donde me pusiste tus manos
o la lista de palabras
que aún me quedan por decir,
no entran en ningún cambio,
me las quedo para mí.
Interesados en el trato
pongan aquí sus señas
o déjenme un comentario.
Ruego a quienes no les interesa
que no se queden mucho rato,
que me espantan la clientela.
Pero si alguien esperaba
algo más “literario”,
que vuelva mejor mañana,
cuando haya vendido los saldos.
Y no se me enfade mucho,
ni ponga cara de sorpresa:
que el título ya dice
que esto es un anuncio,
y no un poema.
* * *
Esto es un poema.
Aquí está permitido
fijar carteles,
tirar escombros, hacer aguas
y escribir frases como:
Marica el que lo lea,
Amo a Irma,
Muera el…(silencio),
Arena gratis,
Asesinos,
etcétera.
Esto es un poema.
Mantén sucia la estrofa.
Escupe dentro(...)
Ángel González
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12 Mayo 2008
Entre las rutinas huecas de esta tarde
me pareció ver tu sombra clara.
Estabas allí, delante,
cuidadosamente arreglada
para ser invisible al olvido
que te ocultaba la cara,
y transparente al recuerdo
que me la mostraba.
En los dobleces de la noche,
cosida con mimo a la almohada,
me ha parecido, en un pestañeo,
que tu ausencia me miraba.
Estabas allí, a mi lado,
cuidadosamente tumbada
para no espantarme del sueño
en el que te soñaba
mientras tu perfume, aquel,
me invadía las sábanas.
Atrapado en tu ternura,
en mitad de la madrugada,
he encendido las luces,
he dado un salto de la cama
y me he puesto a escribir
para que no te vayas,
para que sigas aquí,
en este papel-pantalla,
cuidadosamente escrita
entre mis palabras.
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10 Mayo 2008
Apenas tengo recuerdos de Granada. Debe ser porque sigo viviendo en ella y tan sólo la ausencia de las cosas enciende el fulgor insólito de la memoria. La transito indolente, olvidado de la tierra que piso y de quienes la anduvieron antes conmigo.
La miro a todas horas sin verla, porque la llevo en el blanco de los ojos cuando los cierro. Sólo los forasteros de ojos vírgenes saben echarme en cara el error terrible de no buscar lo que se tiene alrededor y no se capta más que desde lo simple.
Apenas tengo recuerdos de mi casa. La palpo todos los días con la misma ansia de refugio que me secuestra en sus paredes sonámbulas. Me rozan en sus estancias todas las horas de la vida y llevo grabados, en un pliegue de las pestañas, los ruidos imposibles de su espíritu estático.
De vez en cuando, vienen extraños de ojos lejanos, que son los únicos que me pueden apuntar en las pupilas que está torcido aquel cuadro, que esa baldosa no es tan solitaria y que ha envejecido el sofá más que la moneda que se cayó dentro, como en un bolsillo imaginario.
Apenas tengo recuerdos de mi infancia. Debe ser porque aún vivo en ella y no han tenido tiempo de secarse las fosforescencias de su tiempo pasado y traspasado de inocencia. O porque la tengo a mano, cuando la extiendo al vacío, en un gesto cotidiano de mirar lo imposible y perderme en lo vano.
Algunas veces, voces que antes lo fueron de niños huecos de ojos claros, me avisan a destiempo de su efecto contrario, del dolor de la vida dormida tanto tiempo esperando y de que, las lágrimas, ya no me dan saltos ni cuando aterrizo de golpe en el suelo, tropezando.
Pero de ti, corazón, de ti, todo lo que tengo son recuerdos. Debe ser porque ya no te tengo, porque me lates sin ruido, sin alma, sin deseo. ¡Quién supiera buscarte, a mi lado, y salir a tu encuentro con los ojos profundos, interminables y lejanos de un forastero!
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7 Mayo 2008
A la hora previsible de los fantasmas, cuando el mundo se concentra bajo el sombrero de una bombilla encendida, empieza este asunto curioso de enhebrar sintagmas y emborronar trabajosamente las rimas.
Cuando ya sólo me queda por hacer lo importante, lo que dejé para mañana aparcado en doble fila, cuando encuentro acomodo en la noche solitaria sin tener que sacar número ni pedir cita, despliego las letras aladas y le abro la puerta, sigilosamente, a las palabras.
Me dilato en ellas, me amplío, me lanzo al vacío de cabeza y me voy haciendo más grande, más ancho, más eximio. Excelso y conspicuo, me elevan al infinito los zancos de palabras que me voy calzando por el camino.
Consigo ser enorme, inmenso, importante, cuando voy bajando por la escalera de los renglones. Me convierto en un inusitado gigante, que lanza las redes de la melancolía para capturar los instantes y que queden atrapados en el azúcar que rezuman.
Y crezco, aumento, me extiendo. Progreso con botas de siete leguas y sobrevuelo el mismo laberinto que voy construyendo. Añado textos, reviso frases y trepo a dos tecleas por la judía mágica hasta tocar el cielo, sin miedo, porque es el único sitio en el que no siento vértigo.
Pero el sol siempre derrite todas las alas que se fabrican con plumas ajenas, Ícaro se despierta dolorido y desangelado y, por la mañana, cuando leo despacito lo que escribí la noche antes, vuelvo a ceñirme a mi papel habitual de increíble hombre menguante. Tan chiquitito, tan anodino, tan insignificante.
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6 Mayo 2008
Ahora que están dormidos todos aquellos que me despiertan los sentidos y me envenenan la sangre de vida, me siento algo somnoliento, un bostezo solitario, un espejismo pequeño de esta noche tranquila.
Cuando sonríen sin medida, cuando florecen a la luz de una tarde amarilla y azul sus espíritus claros, yo mismo sé que me siento un tanto sonrisa, un poco sol y un principio de abrazo enarbolado.
Pero si le negasen sus manos a mi piel, a mi pelo, si cerrasen los oídos a mis palabras-sonda, si apagasen sus iris cóncavos a la llamada de mis pupilas, yo me sentiría, en ese instante, ¡tan ciego! ¡tan sordo! ¡tan inválido!
¿Te parece, entonces, extraño que, cuando lees lo que escribo, sienta yo corazones furtivos palpitándome en los párpados?
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5 Mayo 2008
Todas las cosas tienen su distancia,
como el mar necesita alejarse del cielo
trazando en el horizonte una raya.
El espacio que los separa es tan inmenso
que caben en él mil nubes de plata
como pantalla del firmamento.
Todas las cosas tienen su distancia,
como el vapor que se aleja del suelo
cuando el viento le pone unas alas.
Puede llover hasta vaciarse el universo
cuando el aire gime y se resquebraja
y los pájaros bobos tiritan de miedo,
que todas las cosas tienen su distancia.
Pero aunque todo tenga su distancia,
nube y suelo, mar y cielo,
horizonte y playa,
cuando aprieta la ley del deseo
todas las lluvias se funden en agua.
Y entonces verás que me acerco,
como si no hubiera pasado nada,
como si no estuviesemos tan lejos.
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