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Instanteca

Colección de instantes de la vida misma, que traigo desde mi memoría muy fresquitos, recién vividos, con la esperanza de poder alargar su duración o diluir sus efectos.

13 Agosto 2007

Intruso

El ritmo de la prisa enfurece mochilas y maletines. En el hormiguero de la estación me recibe la soledad geométrica de los pasillos abarrotados de pasos ligeros y febriles, la angustia de la desorientación señalizada, la estridencia de un bullicio repleto de desconocidos.

Intento caminar despacio, pero es imposible resistirse a la corriente humana de vaivenes presurosos. Todo el mundo parece saber hacia dónde se dirige, pero el eco de los pasos rebosa con la inquietud escondida de un desamparo desolador.

Suben y bajan las escaleras mecánicas con su monotonía de dientes afilados, con la parsimonia exasperante de no conducir a ningún sitio. Ni siquiera en ellas se detienen los pasajeros, que nadan en los peldaños con sus aletas de codos y sus silencios de maleficio.

Las pantallas gritan sin ruido su laconismo de mensajes mientras el coro de los carteles telegrafía un canto de sirenas que conduce al extravío. Leo su calculada frialdad en legítima defensa, con la más angustiosa intensidad que he leído nunca, restregándome en ellos las pupilas para que el dolor se encargue de despertar mi cerebro embotado.

La selva de pasajeros avanza por lianas de tubos mientras yo me aferro a las manos de la confusión. Sigo leyendo el prospecto enmarcado, las pintadas en los asientos, el color de las razas. Sigo leyendo la ausencia en las miradas, que edifica a mi alrededor un muro insalvable de incomunicación.

El vagón adelanta al tiempo y el tiempo adelanta a las manecillas del reloj que no llevo, pero que late acelerándose en mi interior. Hasta que la carrera se detiene por un instante y el chirrido metálico de la puerta vomita con un sobresalto de empujones su indigestión de impaciencia contenida.

Sigo leyendo, sigo andando, echo a correr. Un inexplicable frenesí de pasos se instala en mi estómago. La sordera de corcho de los pasillos abarrotados me libera del peso de mi cuerpo y nado con los codos al escalar peldaños, de dos en dos, en las faldas que dan acceso al último rellano.

Reluce el sol cuando salgo de las entrañas de la tierra, respiro aliviado el humo amargo de vehículos que braman pidiendo un verde que no es el mío. Me alejo del laberinto y me sumerjo en arquitecturas desoladas, recorriendo la cuadrícula estrecha que miran los escaparates, intentando eludir las secuelas del viaje.

Pero ya es demasiado tarde para mis pasos, que se aturullan en la libertad secuestrada por el hormigón. Y, entonces, siento cómo la prisa indescifrable del minotauro de hierro me ha envenenado por dentro hasta el tictac del corazón.

servido por instanteca 4 comentarios compártelo favorito

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Fernando

Fernando dijo

ya se que no tendra que ver...pero segun leia me ahogaba en este mes de agosto...
ten buena tarde

14 Agosto 2007 | 07:03 PM

flor_deloto

flor_deloto dijo

No me siento intrusa, sino náufraga, cuando trato de sobrevivir a las corrientes humanas e impersonales. Me gusta la gente, pero no me gustan las prisas ni estar desorientada tratando de leer carteleras en los aeropuertos, mapas de estaciones de metro, etc. Se me llenan los pulmones de alivio cuando salgo nuevamente a la vida que no trascurre dentro de las 'catacumbas' o las 'burbujas de vidrio'.

[ tic, mua, tac ]

14 Agosto 2007 | 11:43 PM

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

ahhhh Instanteca, ése es el espíritu del romántico, sentirse intruso entre la multitud!
un beso

15 Agosto 2007 | 12:05 AM

now

now dijo

te haz ganado un premio. Pasate por mi blog.
Abrazo

15 Agosto 2007 | 04:29 AM

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Sobre mí

Padezco un grave desorden mental degenerativo cuya sintomatología consiste en pasar mucho rato navegando en internet, diseñando páginas web para nadie, recorriendo desconsolado los arrabales del irc o skypeando a deshoras. En fases agudas, escucho canciones de Serrat o investigo trucos matemágicos. Lo más grave es que, en ocasiones, veo vivos.

Así que decidí convertir este lugar en un remanso desesperado destinado a conseguir empatía y simpatía. Un intento biográfico de superar la desoladora sensación de ser único y esperar sin miedo el profundo consuelo de no serlo.

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