Invisibles (I)
Su atuendo era elegante, adecuado. Su silueta, delgada y femenina, sin excesos aparentes. Sin ser atractiva, no dejaba de ser bella, agradable para la vista, allí, detrás de la mesa, en la tarima desde donde desgranaba su presentación.
Su voz, ni monótona ni agresiva, prodigaba una dicción perfecta, con una claridad poco habitual a mis oídos, que envolvía los sonidos en un timbre casi dulce. Ni insolente ni irónica, amable sin afabilidad, cercana, pero manteniendo una distancia prudencial con el resto de la sala.
No caí en la cuenta hasta que no hubo terminado, de que yo sólo la estuve escuchando como música de fondo, de que la miré sin prestar atención, como si ella no hubiera sido más que otro adorno de aquel salón.
Para cuando acabó su discurso, la suerte ya se me había multiplicado por dos. Y los tres emprendimos ese viaje habitual, que siempre es un retorno, hacia el lugar en donde la memoria nos acaba llevando, de risa en risa, para demostrarnos, ante nuestros propios ojos, que ya hace tiempo que somos otros, aunque nos sigamos creyendo los mismos.
Cuánta gente pasa inadvertida, indistinguible. Cuántos se cruzan, anónimos, sin que notemos siquiera el remolino del aire que van dejando. Cuántos viajan, efímeros, por el mismo camino, al lado, tropezando con los hitos incluso, y echándose la rodilla abajo, sin dejar ni tan siquiera un pestañeo como huella de su paso. Invisibles, extraños, como nosotros también lo fuimos, aunque yo ya casi no recuerdo aquel tiempo y me cuesta imaginarlo.





zarza-de-arena dijo
Cruzamos de continuo nuestras vidas con otras vidas, Cuantas son las que dejan huella en nosotros ? Un beso.
16 Mayo 2008 | 09:17 AM