Ya estamos en primavera y con ella, como no, los cerezos. Un clásico de la primavera de Japón. Y metida como estoy en el mundo nipón, disfrutando de sus costumbres y tradiciones, no podía tampoco este año dejar de verlos, visitarlos y hacer hanami (literalmente significa "mirar las flores" pero se aplica al acto de hacer una especie de picnic debajo de los cerezos florecidos). No penséis que esto de ir a ver los cerezos es algo baladí que hacen sólo unas pocas personas. Muy al contrario, la visita a los cerezos se convierte en tema habitual de las conversaciones; y las tiendas, empresas y muchas calles se decoran con motivos florales de cerezo (sakura en japonés). En los lugares más destacados o famosos (como al que fui yo y del que hablará a continuación) hay verdaderas aglomeraciones de personas, que nada tienen que envidiar a la hora punta de los trenes en las estaciones más concurridas. Hay inmensas colas de personas que pueden llegar a esperar horas sólo para ver las flores y fotografiarse con ellas. Para hacer el hanami, mucha gente madruga y reserva sitio en los parques desde las 4, 5 o de la madrugada: cotizados sitios.
Este año he ido a un parque llamado Kita no Maru Koen que es realmente increíble y, además, el día que fuimos (fui con Fran, otro español que vive por aquí y cuyo blog podéis visitar) los cerezos estaban florecidos al 100%, es decir, perfecto. Por si alguna vez queréis visitar este parque la estación más cercana es la de Kudanshita (líneas Hanzomon, Toei y Tozai), salida 2.
Toda la parte externa de este parque está rodeado de un foso de agua porque formaba parte de la zona del palacio imperial. Por eso, pudimos hacer bonitas fotos de los cerezos sobre el agua:
Las laderas a ambos lados de ese canal, estaban cubiertas de pequeñas flores moradas que combinaban muy bien con el verde del césped y el rosa del sakura:
Y con más detalle aquí:
La entrada al parque propiamente dicho se hace a través de un ancho puente que estaba lleno de gente como vais a poder ver en la siguiente foto, aunque no tanta como otros días pues era un martes (día laborable) a eso de las 16:30 de la tarde. Ese paseo era realmente espectacular porque las hojas de cerezos cruzaban de un lado a otro y formaban una especie de toldo rosa:
Tras pasar la puerta de entrada al parque (que es una parte de la muralla del palacio) se podía ver al otro lado una bella imagen rosa formada por todos los pétalos de las flores del cerezo:
Dentro del parque, algunas personas hacían fotos de las flores (con un móvil, por ejemplo):
Otros simplemente contemplan muy de cerca las hojas (verdadero espíritu del hanami):
Y algunos grupos celebran el hanami comiendo y bebiendo debajo de los árboles:
Y claro, yo también hice una fotico de un detalle de las flores:
Otras imágenes del parque:
Desde esta zona del lago que veis en las fotos superiores, nos fuimos a la parte alta del parque, también rodeada por otra zona de ese foso-canal. Y por este camino, paseamos y sacamos más fotos:
Desde esta zona había increíbles vistas del sakura sobre el agua. La verdad es que disfruté muchísimo y estaba casi en éxtasis con tanta profusión de cerezos y colores. Era precioso y la verdad es que la cámara no hace justicia a toda la belleza que vimos:
En algunas zonas, la frondosidad de los cerezos era tal que apenas se adivinaba el agua entres los escasos huequitos que dejaban las hojas:
Al otro lado del canal (y, por tanto, al otro lado de este parque) hay una pequeña calle peatonal llamada Chidorigafuchi, realmente famosísima para ver los cerezos (adonde iríamos después) y por eso está siempre llenísima. Esta parte es especialmente famosa por yozakura que podríamos traducir por algo así como 'cerezos nocturnos'. Es decir, las flores y hojas de cerezo por la noche iluminadas por focos o farolillos. Pues bien, desde esta parte ya se podía divisar el área de Chidorigafuchi:
Cuando salimos del parque para ir caminando hacia la zona de Chidorigafuchi, nos topamos con otra variedad de cerezo, el conocido como 'cerezo llorón':
Esta zona es un agradable paseo con bancos junto a ese ancho canal y todo completamente cubierto de cerezos. Pero también llenísimo de gente, tanta que algunos guardias de seguridad controlaban un poco el transito de personas y habían estipulado dos sentidos de la marcha para evitar problemas. Desde esta parte, fotografié el otro lado, de donde veníamos:
Desde esta parte parece que se podía alquilar una barquita. Imagino que tenía que ser precioso remar por ese canal contemplando el sakura:
Si en la otra parte había cerezos, lo de esta ya era increíble y hasta hacía creíbles los manidos suspiros y palabras de admiración típicos de los japoneses:
Detalle de la copa de algunos cerezos:
Normalmente, cerca de los sitios de contemplar cerezos hay algunos puestos de comida típica japonesa como takoyaki (bolas de pulpo rebozadas), yakisoba (fideos fritos), etc. Aquí, en lo que es el paseo propiamente dicho, no había ningún puesto porque ya digo que era una zona relativamente estrecha pero al lado, en la parte de la calle (lo que sería la zona de la calzada) habían instalado un puesto pero, curiosamente, no de comida japonesa sino de curry indio, que me encanta. Es algo que he descubierto en Tokyo y la verdad es que está riquísimo, especialmente el suave que no pica pero tiene un saborcillo muy rica. Así que me pedí una ración y me puse moradita al tiempo que aproveché para entrar en calor con la comida porque, aunque ese día hacía buen tiempo, la verdad es que a medida que el sol se ocultaba, el frío iba calándose en los huesos.
Y, por tanto, empezaba a anochecer y al tiempo más y más personas acudían a Chidorigafuchi para ver el yozakura del que os he hablado más arriba. Comenzaba a acumularse una verdadera marabunta de gente pero la verdad es que era comprensible, ya que si los cerezos son bonitos, vistos por la noche e iluminados por focos son aún más bellos:
Cerezos de noche con vistas de Tokyo nocturno:
Y, por último, una foto propia también de noche, con el yozakura de fondo:
Cuando nos fuimos de allí, a eso de las 19:30, había una cola de más de 200 personas haciendo una ordenada fila, sólo para pasar por este paseo y disfrutar del yozakura. Algo realmente increíble e impresionante.
Y con esto, cierro el post sobre los cerezos esperando no haberos causado un empacho cerecil. Aunque pueda pareceros que he puesto muchas fotos, saqué muchísimas más y me ha sido realmente difícil seleccionar sólo éstas porque todo era bellísimo. Así que si queréis ver la serie completa pinchad en este álbum.
La verdad es que aunque alguna vez os he comentado que el momiji (hojas rojas del otoño) me gustan más que el sakura, el de este año ha sido tan bonito que cada vez es más difícil elegir.
Muchas gracias a tod@s por vuestras visitas, lecturas y comentarios.
El jueves pasado, aprovechando que era festivo, fui con mi amiga Meo a visitar uno de los tres parques más bellos de Japón. Estos parques son:
- Kairakuen en Mito (Prefectura de Ibaraki)
- Kenrokuen en Kanazawa, que visite el año pasado y del que ya hice un post.
- Korakuen en Okayama
Como el tren suele ser bastante caro, encontramos una buena oferta de Hato Bus que incluía el viaje de ida y vuela en autobús (con "interesantes" explicación en clarísimo japonés), la entrada al parque y recogida de fresas en un pequeño invernadero durante media hora.
Este parque es famoso sobre todo por los ciruelos y, en segundo lugar, por los cerezos. Nosotras tuvimos la suerte de visitarlo el día en que la floración de ciruelos estaba en toda su plenitud y pudimos disfrutar muchísimo del colorido de los árboles.
Lo malo fue el tiempo, porque llovía y hacía bastante frío.
Desde la entrada principal del parque, ya se pueden ver los primeros ciruelos a los lados del paseo y en diferentes colores:
Nos encontramos con una especie curiosa de ciruelo que tenía al tiempo flores rosas y blancas:
En una zona del parque esta la antigua residencia de verano de un antiguo shogun de Japón que se puede visitar por dentro:
Es una casa tradicional japonesa pero donde se nota la riqueza del personaje y así cada estancia está decorada con diferentes pinturas que reflejan las plantas y naturaleza de cada estación:
Los jardines que rodean la casa estaban preciosos con los ciruelos rosas y blancos y alrededor la vegetación verde:
Pero lo más bonito, son las preciosas vistas de todo el parque que hay desde esta casa:
Mi vista y foto favorita del parque:
Y otras partes de la casa integradas en el parque:
Después seguimos caminando por otras zonas del parque más verdes y con menos ciruelos como ésta:
Y otra de las cosas que más me gustó fue un pequeño bosque de bambú de tallos tan altos que apenas podía fotografiar con la cámara:
Desde allí llegamos a la zona central del parque, una amplia área llena de ciruelos, en su mayoría blancos:
Y Meo y yo debajo de uno de los ciruelos:
Después emprendimos un paseo por la parte baja del parque, con más ciruelos, que llevaba hacia una zona de jardín japonés:
Y en esa zona estaba el ciruelo de rosa más intenso que había en el parque:
La zona mas típica japonesa estaba muy tranquila y, además como había dejado de llover, estaba muy agradable para pasear:
Como he explicado mas arriba, esta excursión incluía una actividad de recogida de fresas. Durante 30 minutos podíamos comer todas las que fresas que quisiéramos pero sólo en ese lugar. Así que después de 15 minutos, la verdad es que yo ya estaba llenísima. El lugar donde se recogía las fresas era una especie de invernadero y en el suelo había arbustillos llenos de fresas que podíamos recoger. Y estaban realmente dulces y buenísimas. La verdad es que nunca había comido unas fresas tan dulces:
Coged, coged una:
Y a comer, a comer, que están muy ricas:
De este parque hice muchísimas fotos. Por eso, os recomiendo visitar el álbum correspondiente en Flickr donde podéis apreciar mejor el colorido y verlas (o descargarlas) en tamaño grande.
Muchas gracias a tod@s por vuestras visitas, lecturas y comentarios.
El domingo amaneció radiante en Tokyo, un excelente y animado día de primavera. Y yo fui con dos amigos (Jose y Takako) a un parque que no está muy lejos de mi casa pero que aún no había visitado. Se trata del parque Showa Kinen. Es una amplia zona verde famosa especialmente por las flores, ya que en primavera hay extensas praderas salpicadas de flores de todos los colores.
Este parque se encuentra a unos 10 minutos andando de la estación de Tachikawa y la entrada cuesta 400 yenes. En la entrada ya se puede ver una muestra de las distintas flores que se ven en el parque a lo largo del año:
Y desde el principio se observa la amplitud de este parque:
Gracias al estupendo día que hizo pudimos hacer fotografías de las numerosas flores que ya empezaban a crecer por todos los lados (y no éramos los únicos, había muchos japoneses con enormes cámaras haciendo detalladas fotos de diferentes ejemplares de flores):
En este mes todavía no hay cerezos (sólo algunos tempranos como los que vi en la zona de Shinagawajuku) pero, sin embargo, es la época de los ciruelos japoneses que los hay en tres colores.
- Blanco:
- Rosa pálido:
- Rosa fucsia:
Este parque cuenta con numerosas actividades y servicios: bosque de niebla, jardín de bonsáis, campo de petaca y de críquet, minigolf, uniciclos, alquiler de bicicletas o paseos en trenecito:
El parque estaba lleno de pequeños perritos y siguiendo la moda japonesa, cada mascota estaba más cursimente vestida que la anterior. Y, para ejemplo, estos perros uniformaditos:
Y para acabar hoy, un par de foto donde estoy con Takako y Jose. Ya veis, a 16 de marzo y en manguita corta:
Más fotos de flores, árboles y del parque en este álbum.
En el siguiente puente de ese mes realicé otro de mis viajes pero en esta ocasión acompañada de una amiga japonesa, Kayo. Esta vez, la organización corrió de su cuenta y debo reconocer que lo hizo muy bien y nos salió muy económico. El viaje fue a una isla increíble llamada Yakushima, situada al sur de Kyushuu (una de las cuatro islas principales de Japón). Para llegar allí debíamos coger un avión hasta Kagoshima (en Kyushuu) y después un barco.
El día de inicio del viaje Kayo y yo quedamos en el aeropuerto de Haneda pero ella llego súper justa (a menos de media hora de la salida del vuelo) y además nos equivocamos de sala de embarque, así que cuando por fin embarcamos éramos las últimas.
En el avión de JAL observó algunos detalles en los que no había reparado la anterior vez cuando viajé a Hokkaido. Por ejemplo, cuando el avión está abandonando la zona de aparcamiento, observo desde la ventanilla del avión, entre sorprendida y divertida, que tres trabajadores del aeropuerto (tal vez mecánicos) nos despiden moviendo la mano en señal de adiós y, por último, ejecutan una perfecta y coordinada reverencia. También me fijo en que las azafatas hacen siempre reverencias en el pasillo del avión.
Este primer día de viaje resulta ser el de los medios de transporte, lo que llega a ser un poco agotador pero es que, aunque Japón no es muy grande, al ser tan extendido (es un país "a lo largo") a veces moverse de un extremo a otro requiere mucho tiempo (aunque los medios de transporte son excelentes). Para llegar al aeropuerto de Haneda tuve que coger, desde mi casa, dos trenes. A continuación el avión a Kagoshima y una vez en Kagoshima, nos vemos obligadas a coger dos autobuses. Uno desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad y otro, desde allí otro hasta la zona del puerto.
En el puerto tenemos que viajar en un ferry supuestamente rápido pero aún así tarda más de dos horas desde Kagoshima hasta Yakushima. Desde el barco se puede observar la montaña más alta de Kyushuu. El interior del barco es similar al de un avión aunque más ancho:
Cuando, por fin, pisamos Yakushima, tengo la sensación de volver al verano tokyota pues una bofetada de calor húmedo nos saluda pegajosamente. Es realmente una isla tropical de naturaleza generosa donde la palabra sequía debe de haber desaparecido de su vocabulario. Aquí llueve más de 300 días al año y, por eso, nos hemos venido preparadas con nuestras ropas impermeables. Sin embargo, al llegar no llueve y un tímido sol aparece de vez en cuando entre las nubes. Desde el puerto vamos caminando hasta la zona del minshuku (pensión de estilo tradicional regentada por una familia) y disfrutamos ya de las primeras vistas verdes y exuberantes de esta isla. Por el camino, nos cruzamos con varios cangrejos que, dada la humedad del lugar, no deben de diferenciar bien entre el mar la tierra:
El minshuku resulta ser un lugar encantador y nuestra habitación es completamente de madera, hasta el baño:
La habitación está a pie de calle y tenemos una puerta corredera que da al puro campo y que nos ofrece esta magnífica vista:
Estamos al lado de un río y desde fuera hice más fotos:
Como aún era pronto para cenar, decidimos dar una vuelta por los alrededores, una zona supuestamente algo más urbana pero que, sin embrago, a mí me parece selvática llena de telarañas, hojas de árboles de tamaños imposibles y flores exóticas y tropicales:
Como en esta isla el sol y la lluvia se alternan con tal facilidad que parecen dos amantes traviesos, es fácil observar arco iris como el que tuvimos la suerte de ver y fotografiar en este improvisado paseo:
Poco a poco empezaba a anochecer y nos dirigimos a nuestro alojamiento donde teníamos incluida la cena. Cuando llegamos al comedor había solo un par de platitos pero la señora empieza a traer comida y más comida hasta que toda la mesa queda inundada de alimentos, la mayoría especialidades del lugar, como una especie de pescado frito volador (tenía alas, de verdad, podéis verlo en la foto):
Además podíamos repetir de arroz y de té verde cuantas veces quisiéramos.
A la mañana siguiente también pudimos disfrutar del desayuno con algunas especialidades del lugar. El menú incluía un huevo crudo (algo habitual en Japón) pero yo aún no puedo comerlo así, de modo que la señora me lo cocinó amablemente en el microondas:
El atractivo principal de Yakushima son sus bosques y, en especial, una parte donde se encuentra un árbol milenario que aseguran tiene más de 7000 años. Sin embargo, la excursión hasta este lugar dura más de 14 horas y no contábamos con tanto tiempo así que fuimos a visitar otro bosque de cedros de unos 300 años y subimos también a una pequeña montaña que ofrecía vistas de la isla.
Para llegar al inicio de la excursión había que coger un autobús que subía por una empinada carretera y ofrecía desde su ventanilla increíbles paisajes en altitud del lugar:
El bosque de la excursión no puede definirse de otro modo que no sea "de cuento". Es un bosque de árboles con formas imposibles, raíces que la vista no alcanza y cantidades ingentes de musgo como para hacer un belén de miles de kilómetros cuadrados.
Árboles (algunos de varios cientos metros de altura):
Raíces (algunas completamente cubiertas de musgo):
Musgo
Y además de los árboles con raíces endiabladas y cubiertas de musgo, a lo largo de la excursión, hemos visto varios ciervos y, dado el contexto, estaba convencida de que, detrás, aparecería un príncipe con su arco:
Pero, ilusa de mí, aquí lo único que aparecía (¡y de forma traicionera!) era la lluvia. Y es que hemos tenido sol, lluvia, sol, lluvia, otra vez sol, en un ciclo un poco desesperante. Casi toda la primera parte de la excursión ha sido bajo la lluvia. Al principio estaba bastante despejado y nos las prometíamos muy felices pero, unos monos nos dieron mal agüero. Me explico. Unos diez minutos después de haber empezado la excursión, llegamos a una explanada de rocas y allí, de repente, dos monos se estaban despiojando:
Y acto seguido (no habían pasado ni 20 segundos) se abrió el cielo y empezó a diluviar. Aquí es donde descubrí que no me había gastado el dinero en balde. Así que estrené mi chubasquero de Northface y unos pantalones impermeables, lo que me daba un aspecto ciertamente lamentable. Aquí, varias fotos de mí, en diferentes momentos de la excursión y con diferentes indumentarias según lloviera, saliera el sol, diluviara...
Pero esta isla es de clima tropical (aunque, increíblemente, según he leído, parece que nieva en invierno a veces, así que, en realidad, el clima me tiene un poco desconcertada) por lo que, aunque mi piel y pelo se mantenían a salvo de la lluvia gracias a las prendas impermeables, mi cuerpo producía su propia lluvia de sudor. Era un abriguillo fino pero se sudaba mucho por dentro.
Nuestra excursión era por ese bosque del que ya os he mostrado algunas imágenes hasta un monte más o menos elevado. Por el camino, también tuvimos que atravesar algunos riachuelos:
Después de unas tres horas de subida, con un último tramo muy empinado lleno de raíces gigantes y barro pues había caído una intensa lluvia, llegamos a la cima que resulta ser sólo una piedra grande en la que apenas cabemos las personas que allí estamos. Las vistas desde el peñasco son increíbles aunque vemos como se acerca peligrosamente una gran nube. Me sorprende también la virulencia que deben tener por aquí las tormentas puesto que muchos árboles aparecen partidos por rayos (incluso durante la subida oímos varios truenos que atemorizan nuestros pasos):
En ese alto me siento a disfrutar un poco del sol y cuando me subo el pantalón (o más bien los pantalones, pues llevaba los de chándal y encima los pantalones impermeables) descubro con horror que, sobre mi pierna, hay un bicho asqueroso que resulta ser una repugnante sanguijuela que, encima, me ha pegado un buen bocado (y más tarde me atacaría otra pero sin llegar a morderme). Supongo que estos bichitos no disfrutan a menudo de sangre fresca de gaijin.
Desde aquí, y tras el desagradable incidente, emprendemos el regreso pasando por alguna de las zonas de estas fotos:
Y después de la dura excursión volvimos al minshuku donde nos esperaba una opípara cena en la que nos pusieron un total de nueve platos (incluyendo entre éstos el arroz y la sopa de miso). En la primera foto podéis ver ocho de estos platos y en la segunda, el último plato que nos sirvieron cuando yo creía que ya no podía comer más:
Ya, por la noche, dispuestas a dormir y con los músculos doloridos por la caminata, descubrimos que en la habitación había un visitante inesperado:
A la mañana siguiente (tercer y último día de viaje) teníamos pensado visitar un parque en el que se podrían observar distintos tipos de vegetación propios de la isla. Ya que no teníamos tiempo para visitar más zonas de Yakushima, nos pareció que acercarnos a este parque sería buena idea. Sin embargo, no fue fácil. No sabíamos muy bien si había autobuses o a qué hora pasaban y nos vimos (otra vez, como ya me pasó en Hokkaido pero esta vez bajo un calor pegajoso y chicloso) caminando por una carretera y con las pesadas mochilas a cuestas. Eso sí, la vegetación era muy atractiva ya que, como ya he dicho, esta isla disfruta de una generosa frondosidad. Seguimos caminando sin encontrar ninguna parada de autobús (para, al menos, poder consultar los horarios) ni tampoco pasaba ningún taxi. Después de caminar un buen rato (os aseguro que se me hizo eterno) llegamos a una parada de autobús. Según la información allí escrita, el bus debería pasar a las 10:00 y en ese momento eran menos diez. Sin embargo, se retrasó bastante y no llegó hasta pasadas y cuarto. Aquí se nos ve en esa carretera medio devorada por la vegetación que todo quiere invadirla y con cara de cansancio y calor:
Y toda esta espera y camino bajo el calor húmedo isleño para... pues para ser devorada y mordida en ese parque por decenas de mosquitos amantes de mi sangre extranjera. Bueno, en realidad, de cualquiera. A la entrada del parque regalaban pai pais para espantar los numerosos mosquitos que por allí volaban. Pero, además, la señora que vendía las entradas, al ver mi piel blanca de gaijin, debía saber que atraía más a estos voraces insectos y me colgó en el pantalón un utensilio que soltaba humo y supuestamente los espantaba. Era un armatoste metálico del que salía un humo y olía de forma parecida al incienso. Aquí podéis verlo un poco:
Además de todo esto, la amable señora (o con miedo a una demanda de una furiosa gaijin devorada por los incestos) me echó por todo el cuerpo loción repelente de mosquitos. Aun así, a los tres minutos, miré mi cuerpo y observé, entre alarmada y sorprendida, que varios mosquitos estaban sobre mis piernas y tenía ya varias picaduras. Por eso, y dado que tenía demasiada carne expuesta a su gula (iba en pantalones cortos y camiseta de tirantes) desafié el calor y la humedad y me subí los calcetines (a lo Steve Urkel), me puse una camiseta de manga larga y me coloqué un pañuelo al cuello. En la siguiente foto os dejo que os rías de mis ridículas pintas pero que ilustran muy bien todo lo que os estoy contando:
Aún así, se dieron un buen festín a mi costa y, dicho sea de paso, también un poco a la de mi amiga.
En cuanto al parque, era interesante. No muy grande pero con enormes árboles tropicales. Algunos adquirían formas realmente curiosas y se doblaban sobre si mismos hasta no parecer un sólo árbol sino varios:
Pero esta visita de 10 minutos (más hubiera supuesto un desangramiento, estoy segura) me costó:
Una agotadora marcha por la carretera cargada con la mochila bajo un sol abrasador
270 yenes del autobús para ese último tramo que hicimos motorizadas
200 yenes de la entrada al parque
Varias (conté más de 20) picaduras de mosquitos desnutridos antes de nuestra llegada (después, tal vez, murieron de indigestión)
1000 yenes del taxi que cogimos para volver a la zona del puerto (al que llamamos desde el parque) para emprender el regreso.
Un susto porque el taxista nos dijo, espero que en broma, que en ese jardín había mosquitos de la malaria puesto que eran árboles tropicales. Qué chistoso el hombre, ¿no?
Y tras el banquete de los mosquitos, volvimos tranquilamente a Tokyo repitiendo el mareo de medios de transportes del primer día.
Aunque, como siempre, he puesto bastantes fotos, de este viaje hay muchísimas más y (lo creáis o no) me he cortado un poco. Así que, ahora como se permite integrar Flickr (uno de los mejores programas de fotos de Internet) en el blog, podéis ver en el módulo de la derecha todas las fotos y además en tamaño grande. Sólo tenéis que pinchar en ese módulo y ¡disfrutar!
Por cierto,s e me olvidaba, esta isla fue elegida por la UNESCO como patrimonio de la humanidad.
En mi búsqueda del momiji y los colores del otoño, además de mi temprana visita a Kamakura y mi rápida escapada a un parque cercano a mi casa, otro día fui a uno de los jardines más bellos de Tokyo, el Korakuen. Fui hace unas dos o tres semanas (jo, ya no lo recuerdo bien), después de mi clase de japonés y antes de entrar a currar y encontré los momiji (arce japonés) en su mayor esplendor.
No tengo mucho que comentar sobre esta visita, sólo hay que ver las imágenes y disfrutar de los increíbles colores otoñales. Hay muchas porque todos los encuadres y tomas eran increíbles así que me temo que en este post os vais a empachar un poco de otoño.
Tan sólo las agruparé en temas
1) Las hojas del otoño
2) Gama de colores otoñales (con predominio, por supuesto, del color rojo)
3) El intenso rojo del momiji (¡preparaos para morir de empacho! jeje)
4) El reflejo del momiji sobre el agua
5) Imagen muy japo
Bueno, y además quería desearos ya a tod@s FELICES FIESTAS y FELIZ 2008 porque ya no sé si podré escribir más hasta el año que viene. Me voy a España mañana 18 de diciembre y pasaré allí mis vacaciones. Voy a intentar escribir algún post pero no lo puedo asegurar. Muchas gracias a tod@s por seguirme durante todo el año y por el apoyo que me habéis dado en mis momentos más bajos.
Miles de besos para tod@s. ¡Disfrutad de las fiestas!
Uno de las características más importantes de la cultura japonesa es la importancia que dan al paso de las estaciones. Acontecimientos naturales como el florecimiento del cerezo , la floración de las hortensias o los lirios y el enrojecimiento de las hojas, tienen una gran importancia e influencia en la psique japonesa. Por ello, organizan excursiones para contemplar todos esos fenómenos, hay ofertas especiales, la gente lo comenta y los productos, la tele y la vida en general se tiñen de cada uno de los símbolos de la estación. Esto no es algo actual sino que se ve an la cultura japonesa desde antiguo. Así, muchos poemas clásicos utilizan los símbolos de cada estación para stiuar el contexto temporal. No les hace falta decir el nombre de la estación sino que simplemente poniendo "arce" o "cerezo" ya todos saben a qué momento del año se están refiriendo.
Aunque yo intento disfrutar de todos estos cambios, a veces me pasan un poco más desapercibidos. Sin embargo, no puedo pasar por alto el otoño de Tokyo, que se ha convertido aquí en mi estación favorita. Ahora no tengo ningun puente pero he aprovechado varias mañanas o partes de mi día libre para intentar buscar entre el caos urbano, los colores otoñales, y especialmente el rojo del momiji (Por ejemplo, en mi reciente excursión a Kamakura ).
El pasado martes 27 tuve que trabajar haciendo unas entrevistas de trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores (fue curioso estar por primera vez en el otro lado y ver a los candidatos tan nerviosos mientras yo pensaba "pero ¿de qué tienen nervios?, si yo no tengo ninguna autoridad"). Muy cerca del Ministerio está el edificio de la Dieta (el parlamento japonés) y desde una de las plantas donde yo estaba había una vista extraordinaria de la Dieta rodeada de los árboles otoñales en diferentes colores y gradaciones (y eso que aún no había llegado al máximo de intensidad de rojo):
Por la tarde de ese mismo día, fui a un parque que hay cerca de mi casa que tiene muchisimos árboles y también el espectáculo otoñal era increíble. Juzgad vosotros mismos:
Y lo mejor y más increíble fue que en este parque encontré dos momiji (nombre para el arce japonés pero también para el color rojo de las hojas otoñales), uno de ellos de un rojo tan intenso que parecía de ficción, parecía pintado. Primero, el que tenía un color un poco más granate:
Y el otro momiji que yo llamo "de ciencia ficción". Podría haber estado horas contemplándolo. La verdad es que, realmente, ese rojo me cautiva (y la pena es que en la foto no se aprecia tan bien):
Un primer plano de su intensidad:
Y un contraste de este momiji con otro de un rojo algo más apagado:
Y yo debajo del momiji, con jersey color momiji, je, je:
En breve, una próxima entrega del increíble otoño tokyota.
Los que me seguís asiduamente tal vez recordáis que uno de mis lugares favoritos de Japón es Kamakura, una ciudad marítima pequeña llena de templos y montañas. Y lo bueno es que está a sólo una hora de mi casa. Por eso, ya que el otoño es tan absolutamente maravilloso en Japón, decidí visitar de nuevo esta zona para poder ver los templos rodeados de hojas rojas. Los que queráis ver más imágenes y explicaciones detalladas de Kamakura (ahora no las voy a dar tanto) podéis ver Kamakura primera parte, Kamakura segunda parte, Kamakura tercera parte y Kamakura en primavera con mis padres.
Esta vez decidí visitar algunos templos más alejados de la zona más turística y cogí un autobús hacia la parte este. El primer templo que vi se llamaba Komyoji y fue construido en 1243 y pertenecía a la secta budista de la tierra pura. Pese a ser domingo, al ser un templo poco famoso, no había mucha gente:
Lo malo es que el otoño no había llegado a su plenitud en Kamakura pero aún así se puede ver un poco la gradación de colores en las montañas (al fondo) y en el jardín del templo:
Normalmente estos templos budistas no se pueden visitar por dentro, pero debía de haber habido alguna celebración y estaba abierto, por lo que hice varias tomas del interior:
Después visité otro templo, Kuhonji (construido en 1336), muy pequeño y tranquilo:
Ese día era estupendo y hacía un tiempo buenísimo por lo que después de perderme un rato por algunas calles buscando otros templos que no me encontré, llegué hasta la zona de la playa. Después de varios meses, pude de nuevo disfrutar del mar y además junto a un precioso paisaje de montaña:
Y logré hacerme una foto a mí misma con el mar de fondo:
Realicé un paseo muy agradable junto al mar que estaba muy animado, lleno de gente y con numerosos surfistas.
Después llegué a otro templo (cerca de mi amado Hasedera) cuyo nombre no logré averiguar:
Lo que más me gustó dentro del templo, fue la fuente que tenían para purificarse:
Este templo está en lo alto de una colina, por lo que ofrece impresionantes vistas de la montaña (que ya empezaba a teñirse de los característicos colores del otoño) y de la playa:
Y desde aquí me dirigí a la joya de Kamakura, el Buda gigante (más conocido como Daibutsu) que ya había visitado en verano (con la vegetación en pleno verdor) y en primavera (con los cerezos como telón de fondo). Yo esperaba encontrarme el Daibutsu rodeado de árboles de hojas rojas, pero sólo había un momiji (el arce, el árbol otoñal más famoso de Japón) junto al que todos nos hacíamos fotos. Le pedí a una parejita que me hiciera una foto en la que se me ve con el momiji detrás y al fondo el gran Buda de Kamakura:
Y para ver bien las tonalidades rojas, un detalle de la hoja de momiji:
Y os he preparado un pequeño montaje con imágenes del Buda en otoño (primera foto, la más reciente y con el Buda más de lejos), en primavera (la segunda, con el cerezo) y en verano (la foto de debajo):
Y una última imagen del Daibutsu desde detrás y con árboles otoñales al fondo:
En mi tercer día en Hokkaido decidí hacer una excursión por mi cuenta a la zona del lago Toya (Tokayo) donde además se podía visitar un volcán todavía en actividad con un inmenso cráter.
Para acceder a esta zona cogí un autobús de línea regular que salía desde la estación de Sapporo. Era un autobús normal que efectuaba varias paradas antes de llegar al punto final de destino. Me sorprendió (nuevamente) el paisaje que podía contemplar a través de las ventanillas, ya que eran todo montañas completamente cubiertas por árboles; miles de árboles, todos de una frondosidad tan tupida y espesa que no se podía ver la tierra, todo era verdor. Por eso, mirara a donde se mirara, sólo había árboles y más árboles como una sábana de intenso verde extendida sobre los montes. Algunos de ellos estaban cubiertos por nubes.
Más o menos al cabo de una hora y media, el autobús hizo una parada en una estación de servicio o algo parecido. Este fue el paisaje que pude contemplar:
Allí parados había también un grupo de militares pero no tengo ni idea de que es lo que harían por allí:
Poco antes de llegar ya se podían ver las primeras escenas del lago:
Por fin terminó el viaje y nos encontrábamos ya en la zona del lago. Estaba bastante nublado pero el paisaje era muy interesante. Se puede visitar la zona con algunos barcos que ofrecen rutas, para observar, por ejemplo, las islas circundantes:
Mi intención era ir andando desde el lago hasta el volcán Usu (objetivo fundamental de mi visita) y desde donde también habría vistas del lago, del océano Pacífico y de otro volcán aún humeante llamado Showa Shinzan. Pero el paseo alrededor del lago terminaba y no parecía que estuviera cerca la zona del volcán pese a que en todos los lugares (mapas, guías, etc.) había leído que estaba cerca. Continué andando y aparecí en una carretera, y ya bastante desesperada porque parecía que el famoso volcán no estaba cerca y ni siquiera a la vista. Sólo veía carretera delante de mi pero ni un alma ni, desde luego, indicación alguna:
Por todo ello, cada vez me sentía más agobiada y, finalmente, opté por entrar a un hotel que allí había para preguntar. Allí me explican que el volcán está bastante lejos para ir andando, a más de una hora a pie. Amablemente, la señorita del hotel consultó un horario de autobuses (autobuses que, para más inri, salían del mismo sitio donde me había dejado el autocar de Sapporo) y resultaba que justo acababa de perder uno y ya no había otro hasta las 12:45 (y aún faltaba una hora y media). Por eso, pensé que si había ido hasta allí sola, había cogido un autobús para acercarme a esa zona remota, había tratado de superar mi tristeza, ¿iba a poder conmigo ese contratiempo? Pues no, no lo iba a permitir, por lo que me armé de valor y decidí ir andando. Tengo que confesar que sí, que fue durillo pues se trataba de pura carretera, sólo con arcenes (a veces extremadamente estrechos) y, por supuesto, sin aceras. Además, eso de ir caminando por una carretera solitaria debía resultar bastante extraño para los conductores japoneses: una "gaijin" sola andando por el arcén de una carretera de una zona de Hokkaido adonde ni siquiera llegan los trenes.
Por el camino me consolé pensando que, al menos, estaba pudiendo disfrutar de unas vistas únicas que otros se perdían por ir en coche, pero lo cierto, es que desde arriba del volcán, luego las vería aún mejor. Aún así, os pongo algunas de ellas, las que me más me gustaron:
A lo largo de este camino, vi ya la cumbre humeante del volcán aunque luego, en la zona de aparcamientos (sniff, sniff, donde llegaba todo el mundo motorizado) se podría ver aún mejor:
El último trecho fue el más difícil pues tenía bastante pendiente, vamos que era toda una señora cuesta. Además, hacía mucho viento bastante fresco que me daba de lleno en la cara (y recordad que además estaba bastante constipada porque ya sabéis que el refrán dice que todo se junta; así que con ese viento aún me resfrié más). Y en este punto, al menos, la vegetación era bastante bonita:
Y EN EXCLUSIVA, por primera vez en este blog ¡mi voz! Es que como me sentía sola y un poco hasta las narices de esa caminata, grabé con la cámara desde esa carretera (recordad, solitaria y en la que sólo pasaban coches a toda velocidad) la parte de arriba del volcán Showa Shinzan y comento (subid el volumen si no lo oís bien, je, je) con mis palabras lo que siento al tiempo que explico las imágenes. PONED ALTAVOCES (claro, esto si me queréis oír, je, je):
Por si con el vídeo no se ve muy bien el humo de la montaña Showa Shinzan (al lado del volcán Usu, que es al que se podía subir), aquí tenéis las fotos de
lo que yo veía:
Y, cuando por fin, llegué al fin del camino, resultaba que desde ahí había unas vistas estupendas de esa montaña, además con una preciosa pradera verde delante:
Desde esa parte se podía coger un teleférico que llegaba justo hasta la cumbre del volcán Usu (donde había vistas de esta otra montaña de las que he puesto imágenes, del océano Pacífico e incluso del lago Toya).
El viaje en teleférico la verdad es que es muy bonito pero también bastante caro. Y (como se observa, por ejemplo, en la segunda foto) las vistas eran impresionantes:
Y ya desde la cumbre del monte Showa Shinzan, vistas del monte Usu y del lago Toya:
Desde el lugar donde nos dejaba el teleférico, ya se observaba perfectamente las paredes humeantes del volcán:
Había un pequeño camino pavimentado que llevaba hasta un punto privilegiado de observación del cráter del volcán y cuyo paisaje lleno de diferentes verdes y marrones es también digno de ser mostrado:
Y al fin, alcancé la zona del cráter. Un cráter formado por la erupción de 1977 y que tiene 350 metros de diámetro:
Además, resulta que existía una ruta que rodeaba todo el cráter humeante pero había una indicación donde decía que la duración aproximada de esa excursión era de 40 minutos. En ese momento eran la una del mediodía y se suponía que todavía tenía que volver al teleférico (que pasa cada quince minutos) calculando bien el tiempo para poder coger el autobús hacia la zona del lago, que salía de la base del monte a las 14:15 porque ya el siguiente era a las 15:00, tal vez demasiado tarde para llegar bien al lago, coger el autobús a Sapporo y después el avión. Además estaba muy cansada pues recordad que había hecho un largo camino por la carretera. Me dio bastante pena no poder hacer este recorrido, todo de escaleras, porque parecía realmente precioso y además el humo llegaba hasta la base misma del sendero:
Y para ver mejor el cráter y este camino, desde aquí también hice un vídeo (y también con VOZ, como los dos anteriores):
La pena es que si hubiera sabido desde el principio que este volcán no estaba tan cerca del lago, podría haber cogido el autobús desde allí para llegar con tiempo y menos cansada y así realizar esta ruta.
Por lo tanto, decidí volver y al bajar del teleférico me tomé un ramen típico de Hokkaido en un pequeño establecimiento que allí había:
Después de comer, me subo al autobús que en 15 minutos (frente a la más de una hora de caminata que había realizado yo) me lleva al lago y aún me sobra una hora hasta la salida del siguiente autobús (el que me llevaría a Sapporo). La verdad es que esto de los autobuses resulta ser un rollo, porque me sobraba tiempo pero, por ejemplo, no suficiente para poder hacer una excursión en barco de las que allí había. Sin embargo, tengo la fortuna de descubrir un onsen público (y, por tanto, gratis) para pies. Hokkaido, como casi todo Japón es rico en aguas termales debido precisamente a la existencia de volcanes. Gracias a estas aguas termales para pies y piernas me repongo de mi fatigante excursión:
Hay que ver lo a gustito que estuve, je, je:
Y después del relax, cogí el autobús hasta Sapporo; desde allí, el tren hasta el aeropuerto; después el avión hasta Haneda y, por último, en Tokyo, dos trenes para, POR FIN, llegar a mi casa.
Y así acaba el relato de mi mini viaje por la isla más septentrional de Japón.
Muchas gracias a tod@s por leerme y comentarme. Vosotros sí que sois mi bocanada de aire fresco.
28 años. Profesora de español en Tokyo. A veces perdida, a veces me encuentro. En cualquier caso, viviendo y descubriendo nuevas cosas cada día. Pero seguiré contandoos mis experiencias en este raro y peculiar país.